389 | Mariana

Una vez más, Bilbao celebra su Semana Grande. La ciudad está de fiesta desde hace un par de días y ese ambiente se nota en las calles. Como en años anteriores, el programa de actividades incluye música, gastronomía, deportes y pirotecnia, pero también trae una novedad: “Por primera vez desde que las fiestas son fiestas, participará una comparsa multicultural con su propia txosna”, dice muy ilusionada la nicaragüense Mariana Urcuyo. “Nuestra agrupación se llama Munduko Jendeak Konpartsa y está conformada por personas de varios países, desde cubanos y colombianos hasta marroquíes y rusoparlantes”, agrega para esbozar la variedad.

La konpartsa se creó el año pasado y es una de las iniciativas más ambiciosas de la Federación Gentes del Mundo, entidad que agrupa a una treintena de asociaciones de extranjeros y cuya iniciativa más conocida es el festival intercultural que se celebra anualmente en Bilbao. “Ese festival promueve el conocimiento de otras culturas y la integración social -dice Mariana-, pero esto es un paso más. Esto es la posibilidad de participar activamente en una celebración local, estar incluidos en una fiesta tradicional y, sobre todo, dejar de ser meros espectadores para poder vivirla desde dentro”, expone.

En esa línea, Mariana agrega que este paso es una “evolución natural”, tanto de la federación y sus actividades como de la gente que la integra y que “también forma parte de la sociedad y de la vida bilbaína”. La participación en las fiestas, dice, “es el fruto de mucho esfuerzo y de una voluntad clara por ser parte de las tradiciones y las costumbres del lugar donde vivimos”. Además, es un reto y una oportunidad de aprendizaje. “Todo es nuevo. Prepararnos para esto ha supuesto acometer un trabajo colectivo distinto al que hacemos habitualmente, asumir los fallos de la inexperiencia y aprender cómo se organiza una fiesta de estas características de la mano de Bilboko Kompartsak”.

Precisamente, es allí donde Mariana destaca “la apertura de las personas” y los aspectos positivos de las mezclas. “Desde el comienzo ha habido un espíritu festivo muy marcado. En las actividades compartidas con otras comparsas se han cumplido los objetivos de disfrute y de respeto a la diversidad”, subraya. “Las comidas de organización son en sí mismas una fiesta -menciona a modo de ejemplo-. Este año hemos hecho carne a la parrilla, al estilo argentino, y aquello olía fenomenal. Muchas personas se acercaban con interés y hasta se hacían fotos con Manu, el asador. Ese ambiente invita a intercambiar, a compartir. Realmente es muy positivo”.

La txosna que estrenan este año -justo detrás del Teatro Arriaga- pretende ser “un espacio de encuentro”. Habrá bocatas y kalimotxo, pero también bebidas y platos típicos de otras tierras. “Queremos que se acerque todo el mundo, sin importar de dónde sea cada uno. Por eso hemos decidido ofrecer lo tradicional, respetar los gustos y estilos locales, y a su vez presentar otras opciones, como la barbacoa argentina o el mojito cubano”, detalla. Para las más de 150 personas que atenderán estos días la txosna serán jornadas “muy exigentes, aunque cargadas de satisfacción”.

Valor colectivo

“En realidad, todo el año ha sido muy intenso para nosotros. Nos reunimos a menudo y siempre estamos haciendo cosas. A veces acabamos agotados, pero merece mucho la pena. Ten en cuenta que formar parte de un colectivo y participar en este tipo de actividades te aporta una nueva dimensión como persona, especialmente cuando eres inmigrante”, apunta Mariana, que además de extranjera es psicóloga. “A muchos de nosotros nos suceden cosas parecidas: llegamos sin conocer a casi nadie, dedicamos el tiempo y la energía a trabajar, a resolver problemas, y no solemos tener un espacio donde sacarle partido a nuestras habilidades”.

“En lo personal, me impresiona cuando hacemos equipos de trabajo, porque cada uno aporta saberes y visiones muy interesantes, diferentes a los de los demás. Son realmente equipos interdisciplinares”, destaca. “Es una dinámica que te enriquece mucho y que compensa otras ‘pérdidas’, como el hecho de que no puedas ejercer tu profesión aquí y debas trabajar en tareas muy específicas”. Ella, en concreto, no ha vuelto a trabajar como psicóloga en ningún departamento de Recursos Humanos, ni ha vuelto a encargarse de la selección de personal, ni trabaja con víctimas de violencia machista, como hacía en Nicaragua.

“Sin embargo -matiza-, estoy contenta con el cambio. Estar vivo es ya una ganancia. Vivir es tener nuevas oportunidades cada día. Hoy puedo decir que tengo más amigos que nunca, que conozco personas de muchos lugares y que juntas hacemos cosas bonitas. Ya el año pasado, cuando participamos en el desfile de las comparsas, tuvimos la oportunidad de vivir también esta fiesta y de mostrar nuestra creatividad. Y ahora, con este nuevo paso, celebramos que la fiesta de Bilbao es también nuestra”.

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380 | Bárbara

El próximo fin de semana tendrá lugar el IX Festival ‘Gentes del Mundo’ en Bilbao. La celebración rebosará de actividades e iniciativas que van desde lo lúdico y gastronómico hasta lo reivindicativo y lo social. No serán pocas las propuestas de este año, y los organizadores -personas de todas partes del globo- se encuentran estos días ultimando los detalles en el Casco Viejo, donde la federación que les agrupa tiene su sede. Entre ellos está Bárbara Dewolff, la vicepresidenta de la Federación Gentes del Mundo que, este año, ha sido designada como directora del festival.

La conversación con Bárbara -‘Baby’, para los amigos- es ágil y distendida, si bien el ritmo lo marcan sus obligaciones, que no están libres de estrés. “Aún quedan cosas por hacer y falta poco para el inaugurar el festival”, comenta, realista. En su calendario, el horizonte está trazado a las 11 de la mañana del sábado, en la explanada del Museo Marítimo de Bilbao. “Ese día nos acompañarán autoridades del Ayuntamiento, del Gobierno vasco y de la Diputación Foral de Bizkaia, además de todas las entidades privadas que nos apoyan y que han colaborado para que esta iniciativa tenga lugar”, dice con tono de agradecimiento.

La gratitud es genuina. Desde su punto de vista, la existencia de este festival es “indispensable para promover la integración, los espacios de intercambio y un marco de encuentro entre personas de distintas procedencias”. Objetivos todos que tienen su momento más visible en los días de celebración, y que también se marcan para el trabajo previo, el que no se ve, pero transcurre en el día a día de la federación.

“Trabajar con personas de culturas diversas es muy bonito. Lógicamente, es complejo y muy exigente, ya que debes aunar sensibilidades distintas, encontrar los puntos comunes y sacar lo mejor de las diferencias, pero es una gran oportunidad para conocerse, crecer y aprender los unos de los otros. ¡Estamos muy contentos y orgullosos!”, confiesa Baby, que tiene mucha experiencia en el mundo asociativo y de la inmigración. Su participación en él comenzó en 2006, cuando llegó a Bilbao.

“La labor de las asociaciones es muy importante a nivel humano y social. Formaciones como Mujeres del Mundo, La Posada de los Abrazos o Euskadi-Cuba, en el caso particular de quienes somos cubanos, hacen un trabajo excepcional de integración y desarrollo”, sostiene. “A Mujeres del Mundo llegué por una chica que conocí al poco de llegar y que era miembro de la asociación. Fui acogida con muchísimo amor y aprendí muchas cosas. Sobre todo, aprendí de los valores humanos que importan”, dice.

“Las asociaciones consiguen ayudar mucho a quienes llegan solos a un entorno nuevo -insiste-. Gracias a ellas, por ejemplo, supe lo que era Lanbide, hice cursos de formación y he podido conseguir un trabajo Eso te hace ser una persona agradecida y te motiva a trabajar por los demás. Ponerte en la piel del otro te ayuda a conectar, a no estar aislado. Esto es válido para todos, pero en particular para quienes migran. Cuando llegas a un lugar que no conoces, tienes que tocar puertas; si no, te quedas en el aire”.

Una apuesta que crece

El Festival Gentes del Mundo es, quizá, una de las mejores expresiones de la capacidad de cambio y creación que tienen los grupos de personas que se organizan con fines comunes. Con los años, ha crecido mucho y no solo en número de participantes -actualmente trabajan 45 asociaciones para que sea una realidad-. La iniciativa a crecido en la profundidad de sus propuestas, que conservan lo folclórico y lo lúdico, pero va algunos pasos más allá.

“En esta edición habrá talleres de género, de integración y antirrumores. Se harán programas de radio en directo, para transmitir las actividades del festival, y también habrá sitio para los juegos infantiles, la música y la gastronomía”, enumera Baby, que no quiere olvidarse de nada. La sección de ‘Sabores del Mundo’, de hecho, ocupará una carpa entera y allí se podrán degustar las bebidas y platos de distintos países.

“Y sí, claro que habrá folclore, pero será una parte más del festival, no la única. Bailar dice mucho, pero no lo dice todo y es necesario que haya espacios para pensar e intercambiar ideas todos juntos. La diversidad es esencial para construir la identidad colectiva y es algo que a todos nos interesa hacer bien. A fin de cuentas, todos somos ciudadanos del mundo.”

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379 | Pablo

Un día, Pablo Fernández Reyes se marchó de La Habana para radicarse en Bilbao. Treinta años después, siente que la cultura vasca -y no solo la lluvia- ha calado en él, que Euskadi ha moldeado su carácter. “Cuando vine aquí, yo era un extraterrestre”, dice entre risas, acordándose de los primeros tiempos. “En 1985 había muy poquitos extranjeros; y morenos, casi ninguno. Yo tenía 23 años y, como practicaba deporte [era judoka], estaba fuertecillo, majo, de buen ver. Llegué en invierno y aquí estaba todo el mundo más blanco que la leche. ¡Me quedaban mirando como si hubiera venido de otro planeta!”

Su simpatía y su risa demuestran que el humor es una estupenda herramienta de adaptación, de asimilación de cambios y aprendizaje. Porque la llegada, en sí, fue un poco dura para él. “Era invierno y llovía mucho, casi todos los días. El sirimiri me sorprendió, porque de pronto estaba cayendo durante tres semanas seguidas. La ciudad no estaba como ahora. Bilbao era distinto, mucho más gris e industrial. Además del clima y del paisaje, era una época convulsa. Había más partidos políticos que ahora, que han vuelto a aparecer muchísimos, y eso me costaba un montón. Digo… yo venía de un país con un único partido…”.

Las diferencias eran notables “¡y falta hablar del carácter!”, apunta. “La gente aquí es muy seria y formal. Los vascos son reservados al principio; son precavidos. Cuando te conocen, siempre esperan a ver cómo eres, qué quieres, cómo evolucionas. Y no es mala estrategia, ojo, así se evitan muchos problemas. Con el tiempo, uno aprende también y lo incorpora. Al menos en mi caso, después de tantos años, me he vuelto como ellos. Uno se amolda a la situación y al entorno donde vive, se adapta a la sociedad y al estilo de vida, adopta las maneras… Tanto es así que después, cuando conozco gente nueva, dicen ‘¿y este es cubano? ¡de cubano no tiene nada!’”

Para Pablo, la integración es esencial. “Es importante relacionarte con la gente de aquí, conocer la cultura, las costumbres, la manera de pensar. Si no, te refugias en los tuyos, buscas a las personas de tu propio país y acabas enganchado en ese círculo, en el que solo te relacionas con quienes son como tú. Eso es muy triste porque, al final, sigues en Ecuador, el Cuba o en Colombia aunque estés viviendo en Euskadi”, reflexiona, si bien agrega un matiz: “No es lo mismo venir solo y sin apoyos que llegar con tu pareja a un entorno familiar que te espera y te ayuda. En ese sentido, yo tuve muchísima suerte”, reconoce.

“Yo acabé aquí por una casualidad de la vida que después se transformó en una historia de amor -adelanta-. Un día, estaba paseando por La Habana y conocí a unas chicas, turistas, que me preguntaron cómo llegar a un sitio. Les di las indicaciones y seguí mi camino, pero esa tarde me las volví a encontrar. Conversamos, se iban a conocer Varadero, las acompañé al autobús y quedamos para vernos a la vuelta. Así conocí a la mujer con la que después me casé”, resume Pablo.

Su llegada a Bilbao, además de la adaptación cultural, supuso un cambio de rutina y de trabajo. “En Cuba, yo era judoka. Cuando vine aquí, me puse a entrenar y continué con mi actividad deportiva durante un tiempo, pero rápidamente entendí que de eso no podría vivir. El judo es un deporte muy bonito y muy noble, pero también es minoritario y, a diferencia del fútbol, son contados los casos en los que te da de comer aunque te dediques a él de manera profesional”, analiza, antes de contar que ha intentado varias cosas para salir adelante en estos años.

Gimnasios, mojitos y vinilos

“Tengo un amigo que siempre me dice: ‘Hombre de muchos oficios, pobre seguro’. Y yo siempre le respondo con la frase de un científico francés del siglo XVII, que sostenía que más vale saber un poco de casi todo, que todo de una sola cosa. En mi opinión, lo universal es mejor porque siempre te da más opciones”, sostiene. Después, enumera sus intentos más o menos exitosos a lo largo de tres décadas, entre los que se cuentan sus años como entrenador y un gimnasio pequeñito que montó por su cuenta. “Funcionó hasta que surgieron las grandes franquicias, con gimnasios inmensos, y me di cuenta de que no podía competir”.

El deporte cedió paso a la hostelería, donde trabajó como relaciones públicas, pinchando discos, al frente de un café teatro… Su iniciativa más reciente -“influenciada por el lounge”, apunta- es el Mojito Social Club, un local especializado en esta bebida típicamente cubana, pero que ha buscado desmarcarse de la oferta de ocio actual. “Servimos caipiriñas, mojitos, margaritas… todas bebidas muy tropicales, pero no somos un local ‘latino’. De hecho, la música es quizá el elemento que más nos distingue. Me gusta mucho el latin jazz y tengo un punto nostálgico, porque muchas veces pongo a Nat King Cole en vinilo. A mi padre le encantaba y me lo hacía escuchar de pequeño. Hay que buscar siempre la originalidad, especialmente en el trabajo. Si eres uno más, eres uno menos”.

2015 América Central Ellos

363 | Enrique

De su llegada recuerda dos cosas: “Hacía frío y llovía. Estaba todo mojado. El paisaje era distinto al que yo conocía. También eran diferentes la comida, el carácter de la gente y los coches. Todos los coches me parecían muy modernos”. Así describe Enrique Vera sus primeros tiempos en Galicia, la tierra que le recibió hace quince años cuando se marchó de Cuba.

Su relato migratorio, como muchos otros originados en esta isla del Caribe, comienza con una historia de amor. La prevalencia no es casualidad. Como él mismo explica, “es muy difícil salir libremente del país. Tiene que haber una razón de peso. En aquel momento, al menos, eran muy pocas las personas que tenían la posibilidad de viajar al extranjero. O eras deportista de élite, o salías por estudios o por cuestiones culturales. Si no destacabas en alguno de esos campos, no podías ni pensar en salir al mundo… a menos que te casaras con alguien de fuera”.

Y eso fue lo que hizo él: enamorarse y casarse. “Yo conocí a mi mujer allí, claro. En ese entonces, trabajaba en un hotel y tenía contacto con los turistas que venían de otros países. La conocí en su primer viaje y no volví a verla hasta seis meses después, cuando regresó. Después seguimos la relación por correo. Nos carteábamos mucho”, recuerda. La relación se construyó con tinta y papel, y se consolidó de la misma manera, cuando se casaron.

Tras la boda, Enrique cruzó por primera vez el Atlántico. “Llegué, como te decía, a Galicia. Mi mujer y su familia son de allí. Pero poco después nos trasladamos a Bilbao, por el trabajo de mi esposa. Yo empecé a buscar empleo enseguida. Miraba en el periódico y casi todas las ofertas eran del sector de la hostelería, de la cocina. Me pareció interesante, aunque tenía mucho por aprender. Si quería trabajar de eso, tenía que formarme, así que me apunté al Instituto Vasco de Nuevas Carreras. Soy cocinero de profesión”, dice, satisfecho por haber alcanzado esa meta.

Esa y otras, porque a Enrique le fue muy bien en el plano laboral. Su percepción de la demanda era correcta. “Empecé a trabajar casi de inmediato. Conocí varias cocinas, e incluso fui jefe de cocina en un restaurante. Era la época en la que se pagaba bien. Como el trabajo estaba bien remunerado, yo podía ahorrar y volver con cierta frecuencia a Cuba, a visitar a mi familia”, explica. “Eso era muy importante para mí, porque no es tan fácil que vengan a verte”. En su caso, la dificultad era triple. A la cuestión económica se sumaban las barreras migratorias de allí y de aquí.

“Mi madre vino solo una vez. Cuando quise que volviera, repetí los trámites, la carta de invitación… todo. Y me lo denegaron. Suponían que iba a quedarse a vivir”, cuenta con resignación. “Por suerte, ahora las cosas son un poco más fáciles, incluso en Cuba -matiza-. El país ha cambiado bastante en estos años. Quizás quienes viven allí no lo notan tanto, pero para alguien como yo, que va cada cierto tiempo, es claro. Hay más movimiento, más comercio y más libertad de expresión. También hay mucha gente con ideas, con ganas de emprender. Lo que falta, sin embargo, es inversión. Todavía hace falta dinero”.

El corsé de las banderas

Después de pasar varios años en los fogones, Enrique decidió cambiar de área. “La cocina es muy bonita, pero también es muy dura. Estaba sometido a mucho estrés y pensé que podía emprender algo distinto, montar un negocio”. Así abrió una zapatería, que funcionó bien hasta que tropezó con la crisis, y luego un txoko cubano, “un lugar de encuentro para mis paisanos”, detalla. “También compré una casa en Cuba y, con esfuerzo y trabajo, la transformé en un hostal”, dice. Y añade que, “más allá de lo que uno haga, siempre hay que estar activo, emprender, intentar cosas nuevas para salir adelante”.

“La verdad -prosigue-, este es un buen lugar para hacer cosas y crecer. En todos los años que llevo viviendo aquí, jamás me he sentido solo o discriminado. Al contrario. Los vascos tienen un apego especial con los cubanos. Somos muy bien recibidos. Además… creo que es importante salirse un poco del corsé de las banderas. Cuando te vas de tu país, cambias, y también cambia aquello que has dejado. Echas de menos cosas mientras estás aquí y, cuando vuelves, extrañas esto. Las cosas ya no son ‘blanco o negro’, los sentimientos se mezclan. Hoy en día pienso que mi tumba está allí… pero eso convive con la certeza de que aquí también estoy en casa. Este país me lo ha dado todo”.

2015 América Central Ellos

359 | Arisleydis

Todo proceso migratorio tiene sus luces y sombras. En general, se hace hincapié en las segundas, porque cambiar de país no es sencillo y adaptarse a lo nuevo, tampoco. No es sencillo para quien da el paso, para quienes le ven marchar, ni para quienes le reciben. Emigrar es una decisión de gran calado que repercute en el ámbito cultural, pero también en el social, el laboral o el afectivo. Las relaciones cambian, las prioridades cambian, los problemas son otros. Pasa un tiempo más o menos prolongado hasta que las piezas se acomodan y el mecanismo encuentra un nuevo modo de funcionar.

Este proceso es, a veces, tan lento, tan trabado y tan duro, que invariablemente unos y otros hacen foco allí: en lo que falta, lo que sobra, lo que duele. Sin embargo, existen luces, rostros amables, zonas más fáciles de transitar. En la inmigración no todo es sufrimiento o tristeza. También hay margen para el encuentro, el crecimiento y la alegría. Incluso, para la prosperidad. Arisleydis Melo -Aris, para los amigos- es un buen ejemplo de ello. Catorce años después de partir de su Cuba natal, no solo siente que la decisión ha merecido la pena; siente que ha sido el primer paso hacia la felicidad.

“Yo vine al País Vasco convencida. Tenía amigos aquí y, además, era forofa del Athletic”, explica con naturalidad. “Sí, sí. Ya antes de marcharme formaba parte de una peña. Siempre me gustó. Me parecía un club genuino, con valores y muy emblemático de esta tierra. En Cuba somos más de béisbol que de fútbol, pero allí el béisbol lo practican los cubanos. En ese aspecto, encuentro mucha similitud con el Athletic, un equipo en el que juegan los vascos. Creo que eso es un valor. Los demás equipos parecen más un zoológico: unos de aquí, otros de allá, tres de no sé dónde… Cuando alientas a los leones, sabes que son de aquí. Es normal que pongan tanto sentimiento y que tengan la mejor afición del mundo”, subraya.

Aris es una mujer de convicciones. Su defensa encendida de la pertenencia en el ámbito del fútbol es una de ellas. Sin embargo, esto no impide que también ponga en valor la interculturalidad, la fusión o los aspectos más positivos de la mezcla. “Un año después de llegar a Euskadi conocí a mi chico -relata-. Él es de aquí. Hoy es mi marido y el padre de mis dos hijos. Soy muy feliz con él y siempre digo que haberlo conocido y haber formado una familia juntos es lo mejor que me ha pasado en la vida”, enfatiza ella, con la autoridad que tiene al ser “la mamá de dos niños preciosos de cinco y ocho años”.

Como madre, de hecho, ha vivido la misma realidad que muchas mujeres trabajadoras: encontrarse un día sin empleo y tener en casa dos niños a los que sacar adelante. “Yo empecé a trabajar en cuanto llegué a Bilbao. Por un lado, no había crisis. Por otro, tenía 28 años. Jamás tuve un problema, hasta que un día me quedé sin trabajo, y con 42 años. Eso es tremendo, porque envías tu currículum, vas a las entrevistas, y una de las primeras cosas que te preguntan es si tienes hijos. Dices que sí y, al final, solo recibes un ‘ya te llamaremos’. Es triste pero, en el ámbito laboral, una mujer de mi edad y con hijos no tiene nada que hacer”. Nada… excepto emprender.

Tomar la iniciativa

“Mi marido y yo nos decidimos a lanzarnos por nuestra cuenta. En septiembre, hace poquito, abrimos una frutería. Elegimos el barrio de Miribilla porque allí viven muchas familias y porque queremos volver al modelo del pequeño negocio de barrio, familiar; huir de las grandes superficies. Me parece que en un momento como este, de crisis, es importantísimo activar el comercio de cercanía y el empleo local. El carpintero y electricista que nos hicieron las instalaciones en la tienda son del barrio”, señala.

“Además, en nuestro caso, la tienda nos permite combinar tradiciones, saberes y sabores. Yo nací y me crié en un pueblo de Cuba donde mi familia tenía fincas, así que crecí entre sandías y melones. Soy una enamorada de las frutas, sobre todo de las de mi tierra, que son maravillosas. Aquí, en nuestra tienda, tenemos una importante selección de frutas tropicales, las que más conozco. Eso me permite darlas a conocer, explicar cómo se preparan o enseñar algunas cosas que aquí no se conocen, como cómo abrir un coco. Usamos mucho las redes sociales para hacer vídeos, o sortear cestas frutales”, explica con mucho entusiasmo.

“Pero también tenemos género de aquí. Mi esposo y yo vamos cada mañana a Mercabilbao a elegir nosotros mismos la mercadería. Y, aparte, hemos contactado con algunos aldeanos de la zona para incorporar sus hortalizas a nuestra oferta. Estoy encantada con el proyecto. Trabajamos mucho y acabamos cansados, pero lo disfrutamos un montón. Cada uno ofrece lo mejor que tiene. Eso es lo bonito”.

2014 América Central Ellas

358 | Jhony

Hay sucesos que dejan marcas en la vida. Emigrar, con todo lo que ello implica, es un buen ejemplo de ‘experiencia con cicatriz’. La inestabilidad política, la volatilidad social y las crisis ciudadanas son también experiencias así, con secuela, en especial en un país como Honduras, donde el golpe de Estado más reciente tuvo lugar hace apenas cinco años. Dejar atrás la querencia, con la probabilidad incierta de volver, o perder para siempre un hermano, con la certeza de que no hay reencuentro ni abrazo posible, son marcas inocultables, aunque no necesariamente barreras.

Jhony Capella lo cuenta bien, en la entrevista y en sus canciones, cuyas letras son de su autoría y recogen vivencias personales. “Hay temas que me interesan mucho, como la inmigración, la mujer o la desigualdad social. Tengo unas cuantas canciones que se refieren a ello. Pero, básicamente, mis letras hablan de mis experiencias. Cuento aspectos de mi vida o comparto mi manera de mirar ciertas cuestiones. Es verdad que siempre hago foco en la parte positiva, porque soy optimista y defiendo la alegría, pero eso no significa que no sea consciente de los problemas”, explica.

“La violencia machista, por ejemplo, no la entiendo. Cuando veo las noticias y hay algún caso, me siento fatal. No es solo que esté totalmente en contra… es que no soy capaz de comprender cómo alguien puede hacerle daño a una mujer, ¡si son una bendición de Dios!”, exclama Jhony, que se enfrenta a un doble estereotipo: el que pesa sobre el inmigrante latinoamericano varón y el que recae sobre los jóvenes que gustan del hip hop, el reggaeton y los ritmos urbanos.

“Mira, cuando vivía en Honduras, asesinaron a mi hermano mayor -dice, con semblante más serio-. Fue una desgracia para nosotros, la consecuencia de la violencia callejera y de las malas decisiones. Yo, en ese momento, estudiaba. También jugaba al fútbol. Pero cuando pasó aquello, todo cambió. La familia se quebró. La impotencia y el dolor eran enormes. Aunque eso no cambia con el tiempo, sí puedes usarlo bien. Yo nunca olvido lo que pasó, y me da fuerza para seguir adelante, para ayudar a mi madre y a mi familia, para no dejar de trabajar en lo que me gusta y, sobre todo, para lanzarle un mensaje a otros jóvenes. No hay necesidad de proclamar violencia. Eso no conduce a nada bueno. Da igual que solo sea de palabra o en canciones, lo que a uno le sale por la boca, muchas veces se transforma en realidad”.

Por eso, sus propuestas musicales son optimistas, están llenas de energía e, incluso, tienen un toque de humor. Uno de sus últimos videoclips -que grabó aquí en Euskadi y lanzó el jueves pasado en Youtube- lo muestra con claridad. Lo que, en un principio, parece ser la típica canción de cortejo, acaba siendo una parodia al estereotipo dominante… una suerte de homenaje divertido a la cotidianidad de una relación. “Hay que aprender a reírse de uno mismo, a disfrutar de las cosas buenas y a quedarse con lo mejor de cada experiencia”, opina.

El frío del principio

“Cuando llegué, hace siete años, viví las mismas cosas que cualquier inmigrante. Me fui de mi país por la situación, no porque quisiera. Dejé a mi familia, empecé desde cero una nueva vida, trabajé en lo que pude, intenté ayudar a quienes se quedaron… Todo es difícil al principio. La adaptación no es sencilla; te encuentras solo, descubres el frío… Tengo una canción en el nuevo disco que se titula ‘Mi sueño’, en la que hablo de eso. Los primeros tiempos no son fáciles, pero no puedes dejar que la dificultad te arrebate lo que quieres hacer en la vida, la ilusión de salir adelante”.

El sueño de él, está claro, tiene que ver con la música. “Antes de venir a Bilbao viví en otras partes de España. Estuve en La Rioja, en Valencia, en Zaragoza… Me trasladé aquí cuando conocí a mi chica y a su familia. Fue una decisión personal y también profesional, porque en Aragón veía que no tenía la oportunidad de salir adelante con mi música. En Euskadi es diferente. Y hay gente de todas partes, lo cual es muy interesante y muy rico”.

Su observación atañe a lo social y a lo musical porque, además de su trabajo en solitario, Jhony forma parte de un grupo llamado Sildolfaya Music, junto a JuanpaStyle y Bettosnay (de República Dominicana y Angola, respectivamente). “Aquí, en Euskadi, he podido grabar mi primer disco. Es decir que este lugar me ha permitido avanzar. Antes estuve en otros sitios, pero me he quedado aquí. Me gusta mucho la ciudad. Es pequeña, acogedora y hay de todo. En especial, hay buena gente, que eso es lo más importante. Por supuesto que extraño La Ceiba, y a mi madre y mi familia, pero lo cierto es que aquí también me siento en casa”.

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