453 | Diego

La historia de Diego Chávez es similar a la de muchos jóvenes latinoamericanos que conocieron la emigración siendo niños. Unos se iban de sus países, otros veían partir a sus padres. Y otros tantos, como él, experimentaron las dos caras del proceso: despedir a quienes se iban y marcharse un tiempo después al destino elegido por los primeros. Así fue el comienzo del siglo XXI para miles de familias en América Latina, desde Ecuador y Colombia hasta Argentina y Bolivia, el país donde él nació.

Lo que diferencia a Diego de muchos otros chavales que llegaron al País Vasco en estos años es su talento deportivo y la constancia que ha tenido para entrenar hasta convertirse en un tenista profesional. A día de hoy, este joven boliviano es el campeón de Euskadi Absoluto, ha ingresado en el ranking ATP y tiene serias posibilidades de competir por la Copa Davis, formando parte del equipo de Bolivia. «Mi meta es mejorar cada día y ver hasta dónde puedo llegar», dice con una solvencia que camufla los 21 años que tiene.

Y es que, a pesar de su juventud, Diego es todo un ‘veterano’. El deporte lo cautivó desde la cuna. «Empecé a practicar tenis cuando tenía cuatro años, en Bolivia, pero iba a los partidos desde mucho antes. Mi padre era entrenador y mi madre iba a ver los partidos cuando estaba embarazada, así que desde entonces estoy ligado a este mundo», relata con simpatía. «Recuerdo que cuando mi padre iba a dar clases yo iba pegadito a él. Me encantaba acompañarlo. El tenis siempre fue algo imprescindible en mi vida, desde niño», agrega.

En 2003, cuando él tenía ocho años, su madre emigró a Euskadi. La decisión, aunque muy dura, no era algo excepcional en ese tiempo. Por el contrario, era tendencia. La madre de Diego fue una de las 15.485 mujeres bolivianas que, según los datos del INE, cruzaron el Atlántico ese año. Buscaban, en ese viaje, expandir los horizontes, las perspectivas de sus familias. «Ella vino a trabajar y, por suerte, le fue muy bien. Yo me quedé en Bolivia con mi padre, mi abuela y mis hermanos, hasta que mi madre pudo traernos a todos». Para entonces, habían pasado tres años.

Diego llegó al País Vasco en 2006 y recuerda aquello como «un cambio bastante brutal». Muchas cosas se alteraron en ese primer momento. «Por un lado, dejé a mis amigos de la infancia, la escuela de siempre, lo que conocía. Por otro, me encontré con un idioma totalmente nuevo. En el colegio, las clases se daban en euskera, así que tuve que aprender a toda velocidad, con clases de refuerzo, para poder manejarme y entender lo que me decían». No le faltaron desafíos durante el primer año, que dedicó por completo a adaptarse. «Estuve un año sin jugar al tenis, hasta que me fui acomodando. Entonces sí, volví a entrenar».

No perder la pista

Empezó en Barakaldo y poco después se pasó al Club de Tenis Fadura, donde sigue jugando hoy. Pero también aquello le planteó nuevos retos. «Yo estaba acostumbrado a jugar en tierra batida y en altura», observa. Cochabamba, su ciudad, está a 2500 metros sobre el nivel del mar. «Aquí tuve que aprender a jugar en pista dura y a comprender el sistema de entrenamiento, que también era distinto. Por suerte, me hice muy amigo de mi entrenador y poco a poco fui mejorando. Este año empecé a dedicarme al tenis de manera profesional».

Diego es cauto y se plantea objetivos realistas, aunque no por ello poco ambiciosos. «De aquí a dos años me gustaría estar entre los 500 mejores del mundo. Sé que no es fácil, pero también creo que con dedicación y sacrificio se pueden hacer muchas cosas. Puedes tener aptitudes o talento, pero la disciplina y el esfuerzo son lo que marcan la diferencia», opina el joven tenista, que tiene como referencia deportiva a Rafa Nadal. «Siempre me ha gustado por su carácter, por la capacidad de luchar cada punto y por la fortaleza mental. También me gusta Andy Murray; está hecho un atleta. Pero Nadal es impresionante».

Cuando le preguntan por su mejor partido, el que más disfrutó, Diego responde sin dudar. «Fue hace dos años, cuando conseguí mi primer punto ATP. El partido duró cuatro horas, se definió en el tercer set. Iba 5 a 1, abajo, y conseguí remontar. Gané en el tie break y me metí en el ranking ATP. Fue increíble», recuerda. Momentos así ponen en valor el sacrificio de sus padres, que muchas veces lo acompañan y alientan en los partidos, aunque no en todos. «Cuando juego fuera de España, viajo solo y me apaño como puedo para controlar un poco los gastos. Cuando juego aquí, sí, mi familia y mis amigos están presentes. Ese apoyo suma mucho y se agradece».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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452 | Mounir

Llegó al País Vasco hace más de veinte años con una única meta: estudiar. Cuando se marchó de Marruecos, su país, Mounir Bou-Ali era un joven físico que deseaba progresar en su carrera. El horizonte se perfilaba lejos de Tánger y como una tesis doctoral. Aunque «tenía más sentido ir a Francia o a Bélgica» –ya que había hecho toda la carrera en francés–, vino a Euskadi porque «tenía amigos estudiando aquí» y porque «las referencias académicas eran muy buenas». No imaginaba Mounir que con aquella decisión cambiaría tanto su vida, que acabaría encontrando aquí su lugar en el mundo, formando una familia y recibiendo varios reconocimientos por sus trabajos de investigación, como sucedió.

«Vine a hacer el doctorado a Leioa porque me habían dado buenas referencias de la universidad, e hice mi tesis sobre Mecánica de Fluidos. La Mecánica de Fluidos es la asignatura que analiza el comportamiento de cualquier material deformable», apunta de manera didáctica para que lo entienda hasta alguien de letras. El caso es que, mientras hacía su doctorado, conoció a Pilar, una chica que también estaba haciendo su tesis –la suya, en Biología– y que hoy es su mujer. Aunque los posgrados tengan fama de ser incompatibles con la vida social, Mounir asegura que «se pueden hacer las dos cosas a la vez».

La pareja, el trabajo y el entorno modificaron sus planes iniciales. «Originalmente, no iba a quedarme, pero una vez que estas aquí, te enamoras de Euskadi. Desde que llegué encontré gente muy trabajadora, gente noble, seria y sana. La sociedad en su conjunto era muy educada, todo estaba limpio y en orden. En la calle no oías ni los pitidos de los coches ni nada. No esperaba encontrar algo así y la verdad es que me encantó. Me sentí muy a gusto desde el primer día», relata.

Los años siguientes fueron, quizá, más exigentes para él porque su trabajo estaba en Navarra y la familia, en Vizcaya. «Saqué una plaza de profesor asociado en la Universidad Pública de Navarra, me casé con Pilar y tuvimos a nuestros hijos, Ismael y Nadia». Con el trabajo allí y la familia aquí, Mounir empezó a buscar otras opciones más cercanas que le evitaran tener que desplazarse tanto. «En 2002 saqué la plaza de profesor en Mondragon Unibersitatea y, desde entonces, me encuentro fenomenal. Aquello fue un desafío muy estimulante porque empezamos con la Mecánica de Fluidos desde cero, tanto con la asignatura como con el departamento de I+D», recuerda.

A día de hoy, Mounir da clases a los jóvenes que cursan el tercer año de Ingeniería. Asegura que los aprecia como si fuesen sus hijos y no duda en definirlos como «el futuro de Euskadi». Además, coordina el departamento de Mecánica de Fluidos y continúa investigando en la materia, una labor por la que él y su equipo han recibido distintos reconocimientos y premios, dentro y fuera del País Vasco. «Hemos conformado un excelente grupo de trabajo, de prestigio. Tenemos varios proyectos y, sí, hemos sido galardonados por algunos», dice con tanta alegría como sorprendente naturalidad.

Premio de Europa

El premio más reciente lo recibieron hace muy poco, en noviembre, cuando la Agencia Espacial Europea reconoció su labor en un proyecto de alcance internacional que busca predecir el comportamiento termo-hidro-dinámico de distintas mezclas que se encuentran sometidas a altas presiones. «Este es un proyecto en el que participan otras universidades, además de la de Mondragón, y otros países, como China, Francia e Inglaterra –detalla–. Aunque la tendencia general es la de recortar en investigación científica y reducir las convocatorias, en Euskadi se promueve la investigación y el tema está mejor que en muchos otros lugares», añade.

Mounir también reconoce que su país ha mejorado en ciencia e innovación. «Viajo con cierta frecuencia para ver a mi padre, que vive allí, y he notado en estos años un avance gigantesco. Marruecos tiene muchos proyectos de gran envergadura, como la planta termosolar más grande del mundo», dice, mientras constata que las cosas han cambiado mucho y que ahora hay más oportunidades de las que había cuando él era un chaval.

«A veces, para tener éxito no basta con tener talento. Hay que estar en el lugar adecuado, y Euskadi es uno de ellos. Si yo no hubiera venido a hacer el doctorado, probablemente hoy sería taxista, como mi padre, y no habría podido dedicarme a lo que más me gusta, a la investigación. Por eso siento que he acertado. Por supuesto, echo de menos cosas de mi tierra, y viajo allí cada tanto, con la familia o incluso con la cuadrilla. Pero lo cierto es que aquí he encontrado mi sitio. Vivo en Elorrio y, para mí, es el pueblo más precioso del mundo. Me siento agradecido con el País Vasco e intento dar lo mejor de mí al lugar que tanto me ha dado».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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