444 | Katherine

El próximo viernes, en Vitoria, se celebrará la Mesa Social para la Paz de Colombia. El encuentro tendrá lugar en el Palacio de Villa Suso, durará seis horas y contará con la participación de personas relevantes en el ámbito político, académico y cultural de ambos lados del Atlántico. El objetivo de la iniciativa, que comenzó a prepararse hace meses, es reflexionar acerca de la situación actual en el país latinoamericano y crear un espacio de pensamiento colectivo para sus ciudadanos en el exterior. Todo un desafío, teniendo en cuenta el resultado del referéndum del día 2.

«La mesa es un punto de partida, no de llegada», apuntan sus organizadores, que se mantienen en pie pese al varapalo de «no» y de la abstención, que superó el 60%. «Queremos promover un gran diálogo para superar el conflicto social, económico y político que subyace a la confrontación armada, en favor de una paz real con justicia social para todos», añaden. Muchos de ellos, miembros del Colectivo Bachué, son víctimas de la violencia. Son refugiados. Forman parte de las casi 396.000 personas que han emigrado en busca de protección internacional. Algunos viven en Euskadi desde hace casi veinte años.

Pero no todos los participantes de la mesa tienen este perfil. «Algunas personas, como yo, vivíamos en Colombia al margen de esta realidad. Vivíamos en una burbuja», resume Katherine Muñoz, una joven bogotana que llegó al País Vasco en 2008, cuando tenía quince años. «Mi vida allí era muy fácil: clase media acomodada, colegio privado, urbanización con vigilancia y una familia compuesta por mi madre, mis hermanos y la empleada. No tenía ni idea de lo que eran las FARC, ni mucho menos podía imaginar el sufrimiento de tantísima gente porque, sencillamente, no coincidíamos. Estábamos en planos paralelos», reconoce.

Sin duda, la idea del mundo que Katherine traía desde Bogotá era también un punto de partida, pero su experiencia a partir de entonces colocó muy lejos el punto de llegada. «Fue aquí donde rompí esa burbuja. Tuve que venir a Euskadi para conocer a mi país», indica. Su historia personal muestra de manera cristalina hasta qué punto puede cambiar una persona y una situación, por difícil que parezca.

«En 2008 estaba en la época difícil de la adolescencia. Discutía mucho con mi madre y quería irme de casa. La mejor opción que encontré fue marcharme con mi padre, que en ese momento estaba viviendo en Mungia. Mis padres se habían divorciado años antes y, después de la separación, mi padre emigró a Euskadi», explica. «Yo quería poner distancia… pero uno no imagina que la distancia es esto».

En el ‘esto’ de Katherine caben muchas cosas: «Un padre que trabaja como jardinero o en la construcción o en lo que surja, un colegio público en Bilbao donde hay chavales extranjeros como tú, incluso de tu país, con los que no tienes afinidad, una crisis económica que deja a tu padre sin ingresos, una cola para el banco de alimentos de Cáritas, una remesa desde Colombia que me mandaba mi mamá para ayudar, un cubo de agua fría cuando dices ‘soy estudiante’ y descubres de repente que eres una inmigrante más».

Una mudanza de piel

Lo dice sin ambages: la emigración, para ella, fue «una cura de humildad». También le permitió llenarse «de herramientas y recursos» que, de otro modo, jamás habría tenido. «Me habría quedado en Bogotá, habría estudiado Medicina en la Universidad Javeriana y jamás me habría enterado de cómo vive buena parte de la población en mi país». En su lugar, Katherine se estrenó en el mercado laboral en una cadena de comida rápida, ahorró, y con eso se pagó el primer año de su carrera en San Sebastián.

«El segundo año tuve una beca, aunque siempre me ha ayudado mi madre desde Colombia», dice Katherine, que se acaba de graduar como antropóloga. Su carrera, además de la experiencia vital, contribuyó mucho a su cambio. «Mientras estudiaba conocí a personas que lo habían pasado muy mal, colombianos que tuvieron que exiliarse por culpa de la guerrilla, de la violencia machista, de situaciones económicas tremendas… Comprendí el alcance del problema, el impacto de la violencia en la vida de las personas, y desde entonces estoy comprometida con esta causa. Por eso participo en la Mesa del viernes».

En su ponencia, abordará el tema de cómo los jóvenes apuestan por la paz en Colombia. «Es complicado. La gente joven vive en la inercia del bienestar. Si nos movemos poco por la LOMCE, que nos afecta directamente, menos aún por algo que sucede al otro lado del mundo. De todas maneras –matiza–, hay que seguir. Siempre se puede cambiar para ser mejor persona y construir una mejor sociedad».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2016 América del Sur Ellas

443 | Kateryna

Kateryna Kaminska tiene 29 años y llegó a Bilbao hace dos. Se marchó de Ucrania consciente de que la decisión marcaba un antes y un después en su vida, pero convencida de que hacía lo correcto. La situación de su país, explica, fue la principal razón para emigrar: «Había mucha inestabilidad y las perspectivas de futuro eran inciertas». Kateryna es filóloga y economista, pero ni su experiencia laboral ni las dos carreras universitarias que hizo en paralelo le bastaron para trazar un horizonte de prosperidad en su tierra.

«Tenía dos caminos: o seguía con el negocio familiar sin garantías de futuro o salía del país para emprender algo propio en una nueva cultura», resume para definir su «gran paso», un salto de 3.500 kilómetros que la transportó de Jersón, a orillas del Mar Negro, a Bilbao, a orillas del Mar Cantábrico. «Euskadi no se conoce en mi país. Yo misma vine sin saber casi nada del País Vasco. Lo único que conocía, porque lo estudié en la universidad, era el llamado ‘efecto Bilbao‘. Venir era una oportunidad de ver en directo el modelo de transformación que había estudiado en los libros».

Dos años después, Kateryna siente que acertó. «No hace tanto que me fui de Ucrania, así que todavía aprecio los contrastes y puedo comparar. La cultura vasca es muy diferente a la de mi país. Es singular y fascinante. Además de la gente, que es súper amable, Euskadi es un lugar lleno de oportunidades para crecer. Esta ciudad tiene todo lo que podía soñar. Si realmente quieres hacer cosas, si tienes ganas y deseos de desarrollarte, puedes hacerlo. Mi percepción es que puedes conseguir todo lo que te propongas».

Plantea unos cuantos ejemplos de ello, empezando por los idiomas. «Aprender idiomas en Ucrania es muy caro. Estudiar, en general, no es algo que pueda hacer todo el mundo. Aquí, en cambio, lo puedes hacer. Yo empecé estudiando castellano y ahora estoy aprendiendo euskera. El idioma es el corazón de un país, me parece básico intentar comprenderlo», opina. «Otra cosa que he podido hacer aquí es practicar deportes. En Ucrania, la gente es muy trabajadora pero casi no se toma tiempo para el bienestar. En Euskadi sí hay costumbre de cuidarse. Ves gente haciendo ejercicio, se organizan carreras populares. Yo he participado en algunas», apunta.

Así y todo, la gastronomía fue uno de los aspectos locales que más la cautivó. «Hice un cursillo de cocina vasca y me encantó, no solo porque es una cocina rica y saludable, sino porque comer es un acto cultural; es algo que incluye a la familia, a los txokos con amigos…». Algo que engarza a la perfección con su trabajo porque Kateryna se dedica a hacer ramos con frutas y verduras. Donde otros ponen rosas o margaritas, ella coloca lombardas, manzanas o pimientos. «O fresas –apunta–. Todo depende de la ocasión. Hace poco preparé un ramo entero de fresas. Me lo encargó un chico que le iba a proponer matrimonio a su novia. Además de original, estaba lleno de vitaminas», dice entre risas.

El retrato frutal

Kateryna siempre tuvo facilidad e interés por las manualidades. Es una defensora de la creatividad y considera que cada persona lleva un artista dentro, que cada uno es bueno en algo. «Bailar, pintar, cocinar… siempre hay algo que te sale especialmente bien y que te da felicidad. En mi caso, es esto». Desde hace ya varios meses combina su trabajo en una imprenta y sus clases particulares de ruso con esta actividad, en la que trabaja por encargo.

«No hay dos arreglos iguales. Los colores, las frutas o las verduras que elijo siempre tienen que ver con la situación, con lo que me cuentan de la persona que va a recibir ese regalo. Podría decirse que lo que hago es como un retrato frutal». Kateryna no es Arcimboldo, pero algunas de sus obras están expuestas en una frutería donde, además, se asegura de conseguir «el mejor género». El producto «tiene que ser de calidad –enfatiza–. Ten en cuenta que un ramo de verduras es un ramo de alimentos. Hay que ser muy cuidadoso».

Lo subraya porque estos arreglos se pueden comer. De hecho, están pensados para que se coman. «La idea es que sea un regalo útil. Imagina que recibes un ramo de frutas y una receta para preparar con ellas un postre. En Ucrania hay mucha tradición de hacer regalos, de agasajar a los demás, sin un motivo concreto. No hace falta que sea un cumpleaños o navidad, solo que tengas ganas de decir ‘te quiero’ sin palabras. Me gustaría fomentar esa tradición en Euskadi con un proyecto como este, en el que combino mis habilidades y conocimientos con algo que es muy de aquí: productos frescos de la huerta».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

442 | Youkhowme

Youkhowme Sy es pescador. Lo ha sido toda su vida, desde que era un niño y faenaba con una pequeña embarcación familiar en las costas de Senegal, hasta hoy, que tiene 42 años y zarpa con regularidad desde el puerto de Bermeo a bordo de un pesquero vasco. Los últimos tres meses los ha pasado en el mar, recalando de tanto en tanto en distintos muelles del norte. La entrevista tiene lugar justo al terminar la campaña del bonito. “Ha habido años mejores”, dice, aunque matiza que no se puede quejar. Se dedica a lo que le gusta y vive de su trabajo.

“Empecé de pequeño, en mi país. Ganaba lo suficiente para vivir al día, pero no tanto como para ahorrar o ayudar a mi familia. Eso es duro porque los senegaleses tenemos la cultura de ayudar, incluso a las personas que no conocemos. Yo ni siquiera podía darle una mano a mi madre. Además, tenía a mis hijos. Y cuando los hijos van creciendo, aumentan las necesidades –explica–. Un día, mi madre comentó que los jóvenes se estaban marchando del país hacia Europa y me preguntó si yo no me quería ir”. La pregunta fue tan sugerente como el contexto. Youkhowme decidió emigrar.

Viajó de Senegal a Canarias a bordo de su cayuco, en 2006. La travesía duró más de una semana, pero asegura que no sintió miedo. A Youkhowme le preocupaba más el horizonte que el mar. “Yo crecí entre embarcaciones. Mi casa estaba a veinte metros de la costa. Mi preocupación no era el agua, sino qué pasaría cuando llegara a destino, no saber cómo sería esto ni con qué me iba a encontrar”, señala. Cuando llegó a Tenerife no tenía idea de cuál sería su paradero final.

Al llegar, Youkhowme tuvo la oportunidad de elegir una ciudad y escogió Bilbao. “Aquí vivía un tío mío, Omar, que me recibió en su casa y me ayudó mucho en los primeros tiempos. Si no hubiera estado él, me habría ido a Francia, donde vive una de mis hermanas –señala–. Gracias a mi tío, tuve cobijo y comida mientras aprendía el idioma. Comunicarme, poder hablar, era fundamental para buscar trabajo y defenderme solo”. A medida que pasaban los meses y mejoraban sus habilidades, empezó a pensar cómo podía ganarse la vida. No quería ser una carga para nadie.

“Lo primero que te ofrecen es salir a vender discos o ropa de imitación por la calle, pero eso es ilegal. Yo necesitaba ganar dinero, pero tenía muy presentes las palabras de mi padre, que me dio un único consejo antes de partir: ‘Cuando llegues a cualquier país, evita hacer cosas prohibidas’. Le hice caso. Me informé y encontré una solución: comprar mercadería en los bazares chinos y revenderla en la calle. Mi tío me dejó algo de dinero para empezar y con eso fui avanzando poco a poco”, relata.

Cambio de rumbo

Youkhowme empezó como vendedor ambulante en Muskiz, aunque pronto se dio cuenta de que “así no iba a llegar a ninguna parte”. Quería dedicarse a la pesca. En la academia donde aprendió castellano, le ayudaron a navegar por internet para conocer qué requisitos se pedían aquí para lograrlo. “Lo primero era un curso. Tuve que ir a San Sebastián. Allí no conocía a nadie, así que los veinte días que duró aquello los pasé fatal. Tuve frío, hambre… de todo”, dice sin abundar en detalles, aunque menciona que subsistió gracias a la generosidad de una iglesia donde le daban galletas y agua.

Tras acabar el curso, siguió como vendedor ambulante en Vizcaya. Pero ahora, cada vez que ganaba algo extra de dinero, “cargaba la tarjeta de transporte Creditrans, me montaba en el autobús y me iba a los pueblos con puerto. Iba a Santurtzi, Getaria, Orio, Bermeo… a cualquier puerto, recorría los muelles y preguntaba si no necesitaban a un pescador. Al puerto de Bermeo fui unas cincuenta veces antes de que el patrón me viera y me diera trabajo. Para que veas que no hay que tirar nunca la toalla. Uno tiene que insistir y resistir hasta salir adelante y realizar sus sueños”.

Una pregunta de tres palabras –“¿Qué hay, moreno?”– cambió la vida de Youkhowme. “Así me saludó el patrón del barco donde trabajo hasta hoy. Hablamos, le conté que era pescador. Me dio una oportunidad y me hizo un contrato. Tanto él como otras personas de aquí han sido muy buenas conmigo. Siempre está la persona que aprieta el bolso cuando te acercas porque cree que le vas a robar, pero por suerte son excepciones. En Zorrotza, donde vivo, tengo vecinos vascos que se interesan por mí. Son currelas como yo y siempre me han tratado de maravilla. Y en Bermeo, en el mar, la acogida ha sido muy buena. Estoy encantado. Los vascos y los senegaleses tenemos fuertes vínculos y una relación que viene de largo. Hay muchos pescadores de aquí buscándose la vida en las costas de mi país. No todos lo saben, pero los marineros sí”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 África Ellos

441 | Oksana

Oksana Zubriev llegó al País Vasco en 1998 y conoció un Bilbao muy diferente al de ahora. En ese momento, el Guggenheim era una flor de titanio recién nacida entre los escombros y el botxo era un cuenco plomizo con una tapa casi permanente de nubes. “Además, casi nadie hablaba ruso. No es como ahora, que cada tanto lo oyes por la calle y hasta tienes asociaciones de personas rusoparlantes. En esa época, encontrar a alguien que te entendiera era una fiesta”, recuerda esta ucraniana, que emigró de su país a los 21 años de edad.

“Yo estudié magisterio en Ucrania y trabajé como maestra durante un tiempo. Me gustaba lo que hacía, pero el empleo no estaba bien remunerado. El sueldo de un mes era de unos 25 dólares, mientras que unas botas de piel para el frío podían costarte 50 o 100”, detalla. “El tema económico siempre es un aliciente, en especial cuando eres joven. A esa edad, sueñas mucho y te lanzas más. Por otra parte, en esa época era muy complicado salir de Ucrania. Como mucho, ibas a Kiev, la capital, pero no conocías más allá. Y ya sabes… cuando eres joven, basta con que te prohiban algo para que no dejes de pensar en ello”.

Ese mundo deseado, sin embargo, tenía capas de fabulación porque las noticias que llegaban de fuera eran escasas y estaban distorsionadas. “Había poca información y, muchas veces, era engañosa. La gente que salía del país no siempre tenía buenas experiencias. Algunas personas conseguían progresar, pero otras sufrían explotación laboral. Se aprovechaban de ellas y lo más triste es que no sabían ni cómo volver a casa”, relata. Por fortuna, a ella no le sucedió.

“Yo supe que existía Euskadi por los llamados ‘Niños de la Guerra‘, los emigrados a la Unión Soviética en 1937. Ellos y sus familias me ayudaron mucho en Ucrania y también aquí, sobre todo con el idioma. Cuando llegué a Bilbao, no sabía ni una palabra de castellano. Empecé a trabajar en hostelería y, al principio, me comunicaba casi por señas. Tenía un cuaderno en el que iba anotando las palabras nuevas que oía en el bar. Después, cuando me reunía con ellos, les preguntaba por su significado. ‘¿Pero tú dónde has oído esto?’, me preguntaban. ¡Casi todas eran palabrotas!”, dice riéndose.

No solo aprendió palabrotas. “Aprendí el idioma y el oficio, a hacer un buen café y una buena tortilla. Mira que en Ucrania somos muy patateros, pero la tortilla de patatas bien jugosa la aprendí a hacer aquí –reconoce–. Ese trabajo me ayudó a entender la manera de ser y de pensar que tienen los vascos. Estaba en contacto con mucha gente, personas mayores que iban a diario al bar y que, con el tiempo, se fueron convirtiendo en mi familia adoptiva. Todavía hoy, que han pasado casi veinte años, hay personas que cuando me encuentran en la calle se alegran de verme, se acuerdan de mí y me saludan. Eso es muy bonito, especialmente si tienes presente que llegaste sin conocer a nadie”.

Acentos, seriedad, amistad

Oksana se siente feliz en Euskadi. Aprecia mucho la tranquilidad, la naturaleza y la limpieza de las calles. Pero, sobre todo, aprecia a las personas. “Los vascos son serios, aunque si te ganas su corazón, serán tus amigos para toda la vida. Sé que es una frase muy repetida, pero es verdad. En los primeros tiempos, me sorprendía lo mucho que gritaban. Tenía la impresión de que estaban discutiendo e iban a acabar a los golpes”, dice. “Lo interesante es que aquí tienen la misma impresión sobre nosotros cuando nos oyen hablar en ruso. Entre el acento y nuestra costumbre de tomar vodka sin nada más que limón, parecemos mucho más recios de lo que somos”, compara.

“En realidad, lo que más me gusta de Bilbao es que encuentras personas de casi todas partes del mundo. Existe una gran diversidad cultural, gastronómica, religiosa y de costumbres que es muy interesante porque representa una oportunidad de aprender y enriquecerse. Obviamente, es un desafío y hay que saber llevarlo. Tiene que existir voluntad de conocerse y entenderse con los demás. Si lo piensas, no somos tan diferentes unos de otros. Queremos lo mismo, amamos lo mismo, nos enfadamos igual”.

Sus palabras van más allá del discurso. Ella pone un ejemplo concreto: “Aquí en Euskadi tengo amigos lituanos, kazajos, rusos… compartimos un idioma porque nuestros países tienen una historia común, pero también hay grandes diferencias –como el conflicto que persiste en Crimea–. Nosotros dejamos eso a un lado y nos centramos en las cosas que nos unen. Si tú me caes bien, eres buena amiga, compartimos cosas… ¿qué sentido tiene que me distancie de ti solo por haber nacido en un país determinado? ¡Cada persona contiene un mundo!”

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

440 | Irma

Entre Euskadi y Lituania hay 3.000 kilómetros de distancia y unas cuantas diferencias culturales, como un idioma que compite en dificultad con el euskera o un carácter tan recio que puede eclipsar al estereotipo del vasco. En el contexto lituano, los vascos son blandos y dulces como gominolas, tan pintorescos y extrovertidos que no pasan desapercibidos jamás. Esta es la idea que prevalece después de hablar con Irma Cijunaityte, una lituana que está acostumbrada a deletrear su apellido y que vino a vivir a Euskadi hace siete años porque se enamoró de un vasco.

“Nos conocimos en mi país, en un hotel. Kepa había ido con un amigo de vacaciones; yo trabajaba en la recepción. Era invierno y no había casi nadie. En esa época, el hotel estaba prácticamente vacío y ellos siempre estaban de fiesta. Impresionante. Toda la semana de juerga”, recuerda ahora, y en su voz se revive la extrañeza que experimentó en aquella ocasión. “Me tiraba las fichas, trataba de darme conversación. Hablaba mal en inglés, pero se esforzaba muchísimo. La última noche, se apareció en la recepción con un chorizo, su guitarra y una botella de cointreau. Yo no sabía dónde meterme. Como viniera mi jefe en ese momento…”.

La original velada se extendió durante horas. Irma y Kepa se quedaron hablando y, como ella misma reconoce, al final le dio “penita que se fuera”. Tenían menos de 25 años los dos. Mantuvieron el contacto por e-mail. “No fue hace tanto, pero no existía whatsapp, así que nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Estuvimos escribiéndonos durante tres meses, hasta que nos volvimos a ver. Y sí, en ese tiempo me enamoré un poco”, reconoce, poniendo énfasis en lo de “un poco”. Todavía faltaba lo mejor: el reencuentro… en familia.

“Kepa volvió a Lituania y la mayor parte de su viaje coincidió con Semana Santa, que allí se celebra a lo grande. Son unas fechas muy especiales para nosotros, y yo iba a estar en casa con todos, hasta con mis tíos y abuelos. Soy de un pueblo de 36.000 habitantes que está a 100 kilómetros de Vilna, la capital, así que le dije ‘vente con mi familia’”, cuenta ella. Él no se acobardó. “Fue una entrada por todo lo alto. Pensé que lo iba a pasar mal, pero después del segundo chupito de vodka ya se entendía perfecto con todos”.

“La verdad es que se adaptó súper bien. Mis abuelos estaban encantados con él. Les pareció un chico muy cálido y cercano, pero imagínate el contraste. Nosotros somos muy fríos, muy reservados, y él, en cambio, era pura confianza y besitos para todos. Mi madre flipaba. No se fiaba de él. Creo que no se fió hasta que nació nuestra primera hija y se dio cuenta de que íbamos en serio”, relata. De eso ya han pasado cuatro años, otro hijo y un hogar en Zierbana donde se habla castellano, lituano y euskera.

Jarabe de Palo y Macaco

“Yo aprendí castellano con los discos de Macaco y Jarabe de Palo. Eran cosas sencillas y me resultó bastante fácil –relata–. Después de un año así, a distancia, decidí venir”. A diferencia de su chico, que tenía trabajo aquí, Irma no había conseguido ejercer su profesión y, como ella misma dice, difícilmente lo conseguiría. “Estudié Endología, traducía frases escritas en sánscrito. Es algo muy interesante, pero como te puedes imaginar, no tiene mucha salida laboral. Por eso no me costó venir. Me lo planteé como una aventura. Soy muy echada para adelante y no tenía nada que perder”.

Venía predispuesta a que le gustara, pero el País Vasco, directamente, la cautivó. “Yo no creo que los vascos sean fríos o cerrados. Al contrario. La gente es muy hospitalaria y más cuando coge confianza”, opina y ofrece un ejemplo concreto: “Mi primer trabajo aquí fue como comercial. Vendía cursos de inglés a puerta fría y ¡lo pasé súper bien! La gente era muy amable conmigo. En mi país lo pasaría mal con un trabajo como ese”, compara.

“Es que el estilo de vida es muy diferente. Aquí saben lo que es vivir. Sales un domingo cualquiera y ves a los aitites con sus gorras, impecables, de paseo por la ría, tomando sus vinos, bailando… pasándolo muy bien. En Lituania, como mucho, se plantan en un banquito frente a su casa y se quedan ahí, viendo pasar a los demás. Quizá el clima influye en eso, porque nieva mucho y los inviernos son muy duros, pero también hay una cuestión cultural. En Lituania lo hemos pasado muy mal y la gente mayor tiende a ahorrar por si acaso. Disfrutan menos del presente. Piensa que yo nací en la URSS, tenía ocho años cuando se declaró la independencia y ese periodo fue muy difícil. No teníamos juguetes y había mandarinas solo en Navidad. Tenías dinero pero había escasez de cosas; al revés que ahora, que hay mucha variedad pero poco dinero”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Ellas Europa

439 | Hamad

Hamad Ali Rudwan llegó a Euskadi en 2015 y, desde hace apenas tres meses, regenta una tienda de zumos naturales en Bilbao. Combina kiwis con naranjas, plátanos con fresas… Pasa buena parte del día en un ambiente saludable y de colores donde se respira el perfume de las frutas. Nadie diría, al verle sonreír allí, que pasó años enteros en un ambiente opresivo donde el color predominante era el gris. Menos aún que los diez metros cuadrados de su tienda son mucho más amplios que los cientos de kilómetros de muro que separan Israel de Palestina. Desde su casa, en Azzoun, se divisaba ese horizonte de cemento.

El muro lo cambió todo –resume–. Las cosas que estaban a un paso de nosotros quedaron muy lejos de un día para otro. Escuelas, hospitales, familiares… Antes del muro, yo tardaba diez minutos en llegar desde mi casa al trabajo. Después del muro, demoraba casi dos horas. Tenía que ir hasta las zonas de paso habilitadas y, como muchos otros palestinos, vivía a diario la tensión y las esperas de los puntos de control. La situación es muy dura para quienes vivimos allí. Es muy injusta”.

Hamad tiene 29 años y es enfermero de profesión. Su trabajo, precisamente, estaba en un hospital. Consistía en salvar vidas, no en quitarlas. Pero, así y todo, cuenta que los militares israelíes lo detuvieron cuatro veces y allanaron su casa más de una. Al preguntarle por qué, su respuesta es tan concisa que abruma: “Porque soy palestino”, contesta con la naturalidad de quien tiene asumido que ha nacido en uno de los países más castigados del mundo sin derecho a réplica.

“Como otros jóvenes, yo me manifestaba en contra del muro de separación, en contra de ese régimen que tanto daño nos hace. Pero manifestarse está prohibido. Tengo amigos en la cárcel. Los arrestaron por protestar. Están presos sin haber tenido juicio, sin garantías de nada. Los militares entraron varias veces a mi casa. Buscaban cualquier cosa con la que poder incriminarme. Cada vez que entraban, lo destrozaban todo. Intentan generar mucho miedo y angustia. Yo sabía que iban a por mí. Era solo cuestión de tiempo”.

El riesgo fue aumentando y la situación se volvió insostenible. No solo para él, sino también para su familia, que sufría esas violentas irrupciones. “Decidí marcharme. Era lo mejor”, dice Hamad, que tuvo que huir durante semanas para pedir refugio en Europa. “Fue un viaje difícil y largo, pero más difícil era vivir así, perseguido en un mundo cada vez más radicalizado. Yo no quería eso para mí. Yo estaba decidido a buscar mi futuro”.

Tierra de nadie

Ese futuro comenzó en Gijón, de la mano de una ONG que, finalmente, lo trasladó a Bilbao. “Aquí era donde había una plaza. La ONG decide a dónde vas, te ayuda con los primeros pasos y te da apoyo social durante el primer año. Ese apoyo no es indefinido. Te dan lo justo para vivir durante unos meses, mientras te haces con el nuevo lugar, aprendes el idioma y encuentras el modo de valerte por ti mismo. A partir de ahí, es cosa tuya salir adelante”, explica.

El problema es que, a veces, la Administración va más despacio que la vida. Según los datos de la Oficina Europea de Estadística (EUROSTAT), en España existen más de 16.000 solicitudes de asilo por resolver. Una de ellas es la de Hamad, que lleva meses esperando que se le conceda el estatus de refugiado. De momento, cuenta con un documento de identidad que le autoriza a trabajar, pero no a viajar, y que es de carácter transitorio: se renueva cada seis meses.

“No sé qué tengo que contar que no haya contado ya. No sé qué más puedo hacer yo para dejar de estar así, esperando y esperando. Hay palabras y discursos muy bonitos, pero la realidad es esta tarjeta de cartón con una foto grapada. Es muy difícil alquilar un piso, abrir una cuenta bancaria o que alguien te contrate para trabajar cuando te presentas con esto. La gente no se fía, no quiere líos, y es comprensible”, dice Hamad. Él pudo abrir la tienda de zumos gracias al apoyo de su socio, un hostelero del Casco Viejo que es sirio, tiene nacionalidad alemana y lleva muchos años aquí. “Si no, hubiera sido imposible”, reconoce.

En paralelo, solo tiene buenas palabras para Bilbao y su gente. “Las personas me han acogido muy bien. Todos son amables conmigo y me siento protegido. Aquí hay estabilidad, hay leyes que se respetan y hay democracia. Los vascos son muy solidarios con los palestinos, están al tanto de lo que nos pasa. Estoy contento y agradecido. La seguridad es un privilegio. Me siento a salvo en el País Vasco”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2016 Asia Ellos