353 | Isadora

La maternidad marcó un antes y un después en la vida de Isadora Leiva, y la colocó en una situación límite cuando tomó la decisión de emigrar. Ocurrió hace siete años, el día de Navidad. Sus hijos, que eran pequeños, se quedaron en Bolivia, pero no se quedaron atrás. Para ella son una meta. Cada una de sus decisiones está llena de proyectos y futuro, apuntala el próximo reencuentro, el próximo abrazo y la posibilidad de vivir más cerca, sin un océano marcando las distancias.

“Hay circunstancias muy adversas que te obligan a hacer algo tan difícil como marcharte lejos de tus hijos, de lo que más quieres, para poder proporcionarles bienestar. Mi situación en La Paz era muy mala. No vivía, padecía. Y llegó un punto en el que no pude más. Tanto me estaba ahorcando la soga que tomé la determinación más dura de mi vida: venir aquí a trabajar. Es el sacrificio más grande que he hecho como madre: alejarme físicamente de ellos, privarme y privarlos del abrazo cotidiano para darles un futuro con posibilidades, para darles un presente mejor”. El tono de su voz refrenda cada palabra.

Viajó, como muchos, con un horizonte migratorio de dos años. Y también como muchos descubrió que materializar ciertos sueños no es tan fácil como se imagina, ni se consigue tan rápido. “Por suerte -comenta-, llegué en una época en la que había trabajo. Hice de todo, desde cuidar niños y acompañar ancianos, hasta tareas de albañilería. Empecé llevándoles la comida a los albañiles y terminé pintando, lijando y empapelando paredes con ellos”, recuerda. Su oficio -es modista- le fue siempre muy útil, “pero más ahora, porque con la crisis no se compra tanta ropa nueva”.

Ya fuera con hilos, con brochas, con pañales o con la plancha, consiguió abrirse paso lejos de casa y sola. “Aguantas cosas de todo tipo y a medida que pasa el tiempo te vas haciendo más fuerte. Y si eres madre… ni te digo. Trabajas más horas, soportas cualquier carga, porque lo único que quieres es que no les falte nada a tus pequeños. Solo piensas en sacarlos adelante. A las mujeres que emigramos así nos hace fuertes la ausencia de nuestros hijos”.

Habla en plural porque su caso no es el único y porque, en todo este tiempo, ha tenido la oportunidad de conocer de cerca muchas otras situaciones complicadas e historias de superación. “Hace dos años, en mayo, nos reunimos un grupo de mujeres bolivianas para celebrar el día de la madre. Algunas tenían a sus hijos aquí, otras los teníamos lejos, pero fue muy bueno poder reunirnos y celebrar esa parte tan importante de la vida”, relata. También explica que esa reunión informal fue la génesis de lo que hoy es una asociación muy activa y con perspectiva de género.

Red de madres

“Cuando nos reunimos aquella vez y empezamos a hablar, nos dimos cuenta de que todas teníamos carencias similares. Nos faltaba, por ejemplo, un consulado más cercano, que nos evitara tener que ir a Madrid para hacer cualquier trámite. Entre todas, juntamos firmas, hicimos una petición y conseguimos que se abriera una delegación consular aquí”, dice a modo de ejemplo. Pero la Red de Madres y Mujeres Bolivianas en Bilbao no es solo un grupo reivindicativo. También se ocupa de la contención y el empoderamiento de sus integrantes, y hace trabajo social.

“Somos treinta mujeres, y la mayoría procedemos del altiplano, de ciudades como La Paz, Cochabamba y Oruro. Hay personas con oficios y con profesiones, de modo que nos ayudamos las unas a las otras. Tenemos una profesora de educación física, una psicóloga, hay secretarias, están quienes disfrutan con la repostería, yo soy modista… Trabajamos mucho la autoestima, la solidaridad e intentamos ayudar a quienes lo pasan peor que nosotras. Todas venimos de entornos humildes y conocemos historias durísimas, muy tristes. Hay niños que no comen en todo el día, hasta que regresan sus madres de trabajar, por la noche. El gran proyecto que tenemos entre manos es colaborar con pueblitos pequeños y muy pobres de nuestro país para cambiar esas situaciones”.

En paralelo, afrontan en grupo las adversidades y esas circunstancias tan peculiares como la maternidad a distancia, un gran reto que no siempre se entiende desde fuera. “Nos juzgan todo el tiempo, en todas partes, ya sea en Bolivia o en Bilbao. La gente casi nunca se pregunta ni sabe qué cosas has pasado para llegar al punto en el que estás. Eso duele, por supuesto, pero aprendes a enfrentarlo. Emigrar te hace fuerte, te da poder y libertad, especialmente si eres mujer y antes vivías en un entorno machista. Yo renové mi pensamiento aquí, descubrí que podía salir adelante por mí misma, sin pedir ayudas, y que podía impulsar a mis hijos. Nunca he dejado de estar encima de ellos, siempre les hablo claro y no les prometo lo que no puedo cumplir. Algún día volveré y montaré un negocio. Y estaré para acompañarlos en otra etapa de la vida”.

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352 | Harold

Bilbao es un buen lugar para vivir, sobre todo, para quienes se dedican al diseño. Este es el caso de Harold Durán, un diseñador colombiano que llegó hace cuatro años. “Vine por razones familiares, ya que tenía a mi sobrino aquí. Conocí distintas ciudades de España, como Granada, Barcelona, Sevilla o Madrid, pero finalmente me quedé en Bilbao. Andalucía, por ejemplo, es muy bonito, pero yo soy de tierra fría. Me gusta el clima del norte y encuentro que el País Vasco tiene un cierto parecido con Bogotá, mi ciudad. Llueve, hace frío y hay montaña”, compara.

Para Harold, el cambio de país ha supuesto una gran experiencia creativa, profesional y personal. “Es mucho lo que aprendes; cambia tu visión del mundo. Estos años han sido bastante reflexivos para mí. Entre otras cosas, porque te das cuenta de que estás solo. Hay gente que te ayuda, pero también están quienes se aprovechan un poco de ti y de tu vulnerabilidad. También comprendes que, por mucho talento que tengas, sin trayectoria no eres nadie. Debes empezar desde cero y eso cuesta muchísimo. Es una constante muy dura, una sensación latente que está ahí y te acompaña a diario”.

“Una vez que pasas por esa etapa inicial, por los momentos más difíciles, puedes hacer retrospectiva, cuantificar los obstáculos que has vencido y entender mejor el camino que has hecho -prosigue-. Encontrarte solo, lidiar con las adversidades o darte cuenta de que, de entrada, tienes un estigma solo por ser colombiano es muy útil para comprender las situaciones, sensibilizarse, desarrollar la empatía y aprender a colocarse en los zapatos del otro”.

Un ejemplo doméstico de esto es la relación de amistad que construyó con otro joven, iraquí, con quien fue compañero de piso. “Compartimos vivienda durante un tiempo, hasta que él se fue de Bilbao. En lugar de caer en generalizaciones, empezamos a detectar similitudes y a reírnos de las diferencias. Descubrimos que teníamos mucho en común y que podíamos bromear sobre las curiosidades culturales de cada uno. Con frecuencia nos decíamos: ‘Vienes del otro lado del mundo, normal que hagas las cosas al revés’”, recuerda Harold, riéndose.

“Pero lo cierto es que, en general, no miramos lo que le sucede a los demás -añade, más serio-. Tendemos a pensar siempre que el de afuera nos va a quitar algo, y ese no es un pensamiento exclusivo de aquí; ese recelo existe en todas partes. Al mismo tiempo, la gente que migra pierde su esencia, su ser. Está más pendiente de cómo hay que comportarse, de lo que hay que mostrar, que de su naturalidad. Eso me entristece. En mi caso, intento hacer mi propio camino, mejorar en lo mío, buscar nuevas cosas cada día y trabajar en lo que me gusta, en lo que soy bueno, sin molestar a los demás”, explica.

Creatividad, lo primero

Y lo ‘suyo’ es, claramente, el diseño. Una profesión que empezó con el diseño industrial, pero que fue evolucionando hacia otras áreas, como la moda, lo gráfico o los soportes web. “Cuando todavía vivía en Colombia y me mudé a Cartagena, creé mi propia línea de camisetas. No encontraba nada que aunara calidad y precio, que fuera asequible pero con estilo, así que empecé a hacérmelas yo y, más adelante, a venderlas”, relata. La experiencia, que unió diversos saberes -desde las técnicas serigráficas al trabajo de costura o la actividad comercial-, le sirvió para desarrollarse en distintas áreas y poder trabajar por su cuenta.

“Siempre me he valido por mí mismo. Valoro mucho mi independencia, aunque sé que a veces cuesta mucho mantenerla. Incluso aquí, en los primeros tiempos, salí adelante con muy poco. Algún amigo me decía ‘estás en la olla, estás mal’ -refiriéndose a la zozobra económica-, pero yo no hacía caso. Vengo de un país que permanentemente está en crisis, y he sobrevivido en él. ¿Por qué no podría hacer lo mismo aquí?”, preguntaba entonces. “De hecho, prefiero el ‘coste’ que ha tenido dedicarme a lo que me gusta, a los proyectos que me interesan, que quedar atrapado en la rutina, en un trabajo sin cambios, sin posibilidad de crear. Esa es la parte del ‘sueño europeo’ que no me gusta”.

“Cada día intento aprender algo más, sobre todo en este trabajo, en el que surgen cosas nuevas de manera permanente”, explica Harold que se ha embarcado en varios proyectos, desde un trabajo compartido con el fotógrafo Pedro Arregui, hasta la colaboración con un anticuario, el diseño de páginas web y souvenirs de Euskadi. “Siempre involucro el ‘yo’ en mi trabajo. Pienso, estudio, me renuevo, hago mapas mentales para determinar un curso de acción. Y me siento satisfecho. La verdad es que nunca he pedido ayuda, pero tampoco me he sentido desamparado”, concluye.

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351 | Colette

Mucha gente, cuando migra, siente que queda en tierra de nadie. Da igual lo que sugieran sus ‘papeles’ o los datos de la documentación. Da igual que se haya expedido un permiso de trabajo, que se obtenga la nacionalidad del país de acogida o se conserve el pasaporte del país de nacimiento. El sentimiento no siempre puede demarcarse con la tinta de los sellos y las firmas. La pertenencia, las raíces y la identidad se quedan de algún modo divididas; repartidas entre el lugar que se dejó y el de destino, enganchadas en una suerte de ‘no lugar’, como diría el antropólogo Marc Augé. En una especie de limbo.

Encontrarse a la deriva, entre dos aguas, es una sensación bastante habitual en los procesos migratorios, pero no la única. A Colette Hugo, por ejemplo, le pasa justamente lo contrario: la indefinición está en los papeles, en los sellos, en las firmas, pero no en sus sentimientos. Esos sí que los tiene claros: Colette se siente de aquí, pese a haber nacido en otra tierra. “Nací en Chile y vine a Euskadi cuando tenía diez años, con mi madre y mi hermana -cuenta-. Llegué en marzo de 2003, y nunca regresé allí. Para mí no hay duda: yo soy de Bilbao. Es aquí donde me he construido como ciudadana, como persona. Si me fuera a Chile, sería solo una turista”.

La posibilidad de volver no había estado en sus pensamientos hasta hace poco, cuando fue a renovar su permiso de residencia y se dio de bruces con una situación inesperada. “Me lo denegaron. Como ya tengo 21 años, me dijeron que debía acreditar medios propios de subsistencia. Con el sueldo de mi ama no bastaba, porque no llega a la cuantía mínima establecida para una familia con dos hijos. Yo, en ese momento, trabajaba los fines de semana en una pizzería, como camarera. Cotizaba a la Seguridad Social, pero no ganaba mucho. No era suficiente a ojos del sistema”, resume, aunque esto fue solo el principio, la punta del iceberg.

“Al no tener un documento de residencia, no pude pedir una beca universitaria. Y, hasta entonces, yo había podido estudiar gracias a eso y a una reducción en la matrícula que tenía concedida por excelencia académica”. Colette, que está en el último año de la carrera, tiene más de 8,5 de nota media. “Mi familia es la típica familia de hoy en día, una familia golpeada por la crisis, que vive al día. Para entendernos: si se estropea la nevera o la lavadora, se desajusta el presupuesto del mes entero. Si no fuera por la beca, no podría estudiar”, detalla, y se le quiebra la voz.

Las soluciones no son sencillas. “Para renovar mi permiso de trabajo me exigen presentar una oferta de contrato laboral de un año como mínimo, hacer un trámite y que el hipotético empleador espere tres meses a que llegue la autorización para poder contratarme. Si te parece difícil, súmale que estamos en crisis. No te echan, pero te invitan a irte. Y, ojo, que yo me busco la vida. Hago voluntariado, limpio casas. Hago lo mismo que muchos jóvenes que tienen que ayudar en casa. Pero eso, como no se refleja en ningún lado, te limita, te coarta como ciudadano”.

Barreras y soluciones

Las barreras le duelen especialmente porque es una persona con un gran compromiso social. “Me muevo mucho en ese ámbito, estoy concienciada de lo que pasa a mi alrededor, soy una ciudadana muy activa… Y, de pronto, veo recortados mis derechos, como le ocurre a tantos otros jóvenes, que por culpa de esta crisis ya no pueden estudiar. Esto va más allá de ser inmigrante o no serlo, si bien me consta que hay otras personas como yo, que nos hemos criado aquí y que nos sentimos de aquí, pero que vemos de repente cómo nos invitan a irnos”.

La situación de Colette no ha pasado desapercibida en la universidad, donde muchos estudiantes se sintieron tocados por su causa. “La gente sintió que era una injusticia social. Hubo una gran empatía, hicieron collares y pulseras para vender, sortearon una cesta, tocaron música… Incluso el sindicato de estudiantes buscó la manera de ayudarme. Entre todos reunieron el dinero de mi matrícula para que pueda acabar la carrera”, dice, claramente conmovida.

“Si estoy estudiando hoy -prosigue- es por la buena voluntad de las personas. He encontrado una calidad humana indescriptible, mucha empatía y apoyo real. Mi título pertenecerá a un montón de gente anónima que se ha preocupado por inventar soluciones. Gente noble y buena que, pese a todo, me hace decir ‘amo a la humanidad’”.

“Además… lo que pase conmigo es anecdótico. Somos todos jóvenes y tenemos derecho a estudiar. Por eso es importante contar esto, para que no le ocurra a nadie más. Yo no pido dinero, sino un poco de dignidad, Pido que las instituciones, sobre todo las públicas, revisen los casos de las personas más vulnerables, sean de donde sean. No hay personas ilegales. En un mundo global, lo ilegal es que las personas no tengan dignidad. Las instituciones no se pueden quedar impávidas”.

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350 | Bilal

“El aforo está completo”. “Ya no quedan más entradas”. Estas frases se repitieron una y otra vez en la puerta de la sala El Carmen hace un par de semanas, cuando actuó Mohamed El Jem, uno de los principales humoristas de Marruecos, acompañado por otros actores del Teatro Nacional. Varias personas se quedaron sin ver la obra, pero muchas otras -alrededor de 350- sí pudieron disfrutar del espectáculo. “Era la primera vez que esta compañía llegaba a Bilbao y la verdad es que fue un gran éxito. Despertó mucho interés en el colectivo marroquí del País Vasco y de las comunidades vecinas”, cuenta Bilal Ben Janan, uno de los espectadores.

Bilal es marroquí y vive en Euskadi desde 2011. Llegó aquí por trabajo, tras vivir más de una década en Madrid. “Yo vine a España en el año 2000, para estudiar en la Universidad Complutense. Soy licenciado en Ciencias Empresariales. Cuando terminé la carrera, hice prácticas en un banco, luego me contrataron en otro, hasta que empecé a trabajar para el Chaabi Bank, uno de los principales bancos de Marruecos”, detalla. A finales de 2010, la entidad decidió abrir una sucursal aquí, en Bilbao. Y en marzo del año siguiente, Bilal se trasladó para dirigirla.

“Fue un cambio muy brusco y al principio me costó muchísimo -confiesa-. Todo era distinto, el clima, el carácter de la gente, las dimensiones de la ciudad… Me resultó difícil adaptarme. Pero, fíjate que, a medida que fue pasando el tiempo, me fui acoplando al lugar. Hoy en día, encuentro que Bilbao es muy cómodo para vivir, muy acogedor. Tiene el tamaño justo. De hecho, creo que si tuviera que volver a instalarme en una ciudad grande, lo notaría y me costaría”, señala.

“La adaptación a un lugar nuevo no siempre es sencilla -prosigue-. Yo soy del norte de Marruecos, de modo que la cultura de aquí siempre me ha resultado muy familiar. De hecho, en ciudades como Tetuán se habla español. El tema es que para la integración hacen falta herramientas. Por supuesto que, cuando uno se muda de país, debe adaptarse al lugar al que va, pero eso es algo complicado de hacer sin ayuda. Es como pedirle a un albañil o un pintor que haga su trabajo sin los utensilios necesarios”, compara.

Para él ha sido un poco más sencillo; en gran medida, por su profesión. “Estoy en contacto con la comunidad marroquí de Euskadi y sus alrededores, pero también con empresas locales que tienen intereses en mi país, que no son pocas. En la actualidad, España es el primer socio económico y comercial de Marruecos -precisa-. Ha conseguido desbancar a Francia de esa posición. Hace diez años, eso era impensable”.

“En realidad, muchas otras cosas eran impensables hace diez años”, continúa. “El auge del turismo, la ‘primavera árabe’, la mejora en las infraestructuras, el comercio, la construcción de nuevos puertos de mercancías… En este momento, tenemos el puerto comercial más grande del norte de África”, puntualiza, orgulloso. “Queda mucho por hacer, sin duda, pero lo cierto es que en la última década se ha hecho más que en medio siglo. Nuestros países tienen lazos muy estrechos, muy antiguos, aunque en la actualidad se haga foco en los aspectos negativos”.

Un 83% por aeropuertos

Se refiere, en concreto, a las fronteras. “El 83% de la inmigración que llega a España lo hace por los aeropuertos. Sin embargo, las fotos que vemos siempre son de Ceuta y Melilla. Se muestra lo que da pena, lo que conmueve, y se exagera con expresiones como ‘oleada’, ‘asalto’ o ‘avalancha’ para generar una sensación de inminencia y así poder pedir más recursos para hacerle frente. En el mundo todo es economía, incluyendo muchas decisiones políticas. La valla es un ‘joker’, un comodín, para pedir dinero a la Unión Europea”, analiza.

Y, al respecto, añade una interesante reflexión. “Esto es como la gestión en la crisis del ébola: no puedes centrar los esfuerzos en las fronteras porque siempre algo va a escapar a tu control. Si quieres prevenir más contagios, tendrás que ir al foco original y actuar allí, en lugar de esperar a que las cosas se te vayan de las manos. Con la pobreza y los movimientos migratorios pasa lo mismo. Si hubiera un interés genuino y serio por solucionar este problema, Europa tendría que actuar directamente en la raíz; fortalecer las economías de los países de origen, en lugar de invertir dinero en las vallas. Mientras África sea expoliada, mientras se le sigan quitando sus recursos y llevando, a cambio, bolsas de arroz, no va a cambiar nada. Es una decisión política”.

«La decisión -concluye- es política. Política y económica. Después viene todo lo demás, el esfuerzo social y cultural de unos y otros por fomentar una convivencia interesante, de intercambio y crecimiento rica para todos».

2014 África Ellos

349 | Alfredo

La nostalgia, en general, está ligada a un lugar y a un tiempo concretos. Para los migrantes, suele adoptar la forma del país que dejaron, la etapa más feliz antes de irse, la que haya sido más plena. Pero, ¿qué pasa cuando no se ha dejado un país sino varios? ¿Qué pasa cuando se han echado raíces en varias partes del mundo? Este es el caso de Alfredo Pacheco Tanaka, un químico e investigador peruano que se marchó de su tierra cuando tenía 24 años y ahora vive en Donosti, pero se ha pasado más de media vida viajando.

Alfredo es originario de Puno, una pequeña y pintoresca ciudad al sur de Perú, que se encuentra a orillas del lago Titicaca. “Está a 4.000 metros de altura, próxima a la frontera con Bolivia”, precisa él, que en 1990 cambió aquella orografía, clima y entorno por otros completamente distintos. Se marchó a Inglaterra. “Yo había estudiado Farmacia y me surgió la oportunidad de completar mi formación en Reino Unido. Viajé para hacer un doctorado en Química”, explica.

Pese a que era muy joven, Alfredo tenía grandes responsabilidades cuando se marchó: era jefe de Farmacia en un hospital y, además, profesor universitario. La decisión implicó cerrar esas vías para volver a estudiar. “Viví cinco años en Inglaterra, cerca de Londres. Estaba en calidad de profesor visitante, además de sacarme el doctorado”. Cuando acabó con su formación, tras un breve paso por Perú, volvió a marcharse. Esta vez, más lejos y por más tiempo. Se mudó a Japón.

La motivación fue profesional, si bien había un factor afectivo: “Mi abuela era japonesa”, explica. La cultura nipona, por tanto, no le era ajena ni distante. De hecho, Japón tiene lazos muy estrechos con Perú, un país que recibió a miles de inmigrantes japoneses durante el siglo XX y con el que comparte unos cuantos rasgos, empezando por el gastronómico. “Tuve la posibilidad de incorporarme como investigador en el AIST, el Instituto Nacional de Industria, Ciencia y Tecnología Avanzada. El trabajo me permitió desarrollarme profesionalmente y establecerme allí durante once años”, relata.

Estaba a gusto, pero no se quedó. “Mi jefe se iba a jubilar y yo sabía que no tenía más posibilidades de crecimiento. El idioma era una limitación muy importante para mí, ya que allí todos los estudios se presentan en japonés. Una cosa es manejar un idioma para las cosas cotidianas, pero dominarlo a nivel académico es muy complicado. Yo sabía que no iba a poder dirigir mis propios estudios o estar al frente de un equipo, así que busqué alternativas y, finalmente, me marché”. El destino fue Oporto, donde vivió cuatro años mientras trabajaba como investigador en la universidad.

La decisión de venir a Euskadi

“Cuando estaba allí ocurrieron varias cosas. Vi en las noticias cómo el tsunami arrasaba el lugar donde había vivido antes. Vi en directo cómo la crisis avanzaba en Portugal. Yo tenía un contrato por cinco años, y comprendí que no me lo iban a renovar. Entendí también que mi hijo, que ahora tiene catorce años, necesitaba que nos estableciéramos en un lugar, hacer amigos, afincarse”. En la vida de Alfredo convergieron una serie de factores, personales y profesionales, que le llevaron a plantearse algunos cambios. Fue justo en ese momento cuando se le presentó la oportunidad de venir a San Sebastián.

“En 2012 conocí a unos investigadores de aquí que estaban buscando a alguien con mi perfil. Me ofrecieron venir a Euskadi para trabajar en Tecnalia, en el Parque Científico y Tecnológico de Guipúzcoa. Era una gran oportunidad y acepté”, resume Alfredo, que desde entonces vive en Donosti. Su trabajo como investigador en esta corporación tecnológica se centra en los materiales para la energía. “La idea, desde un comienzo, fue aportar mi conocimiento en el desarrollo de membranas para la separación de hidrógeno”, especifica.

También detalla que se encuentra muy a gusto en la ciudad, un lugar del que destaca “la limpieza, el orden, la propuesta cultural, el deporte y el alto nivel de vida. Donosti es lo suficientemente grande y lo suficientemente pequeña como para tenerlo todo, y al alcance de la mano. Me gusta mi trabajo, la gente con la que comparto el día a día, y poder comunicarme en mi idioma. Eso hace una gran diferencia, porque te permite expresarte mejor, desenvolverte con naturalidad, tal como eres”. En cuanto a la nostalgia, Alfredo echa de menos algunas cosas de Japón, un país del que valora mucho “la sociedad, la puntualidad, el respeto y las pocas ganas de tener problemas. Allí importa más la sociedad que el individuo y siempre se intenta resolver los conflictos antes de que se agraven demasiado. Por eso hay tan pocos abogados -señala-. Pero la nostalgia de verdad, esa es para mi tierra, mis amigos y mi infancia. Ahí están mis recuerdos más intensos”.

2014 América del Sur Ellos

348 | Andrea

Educación, género y desarrollo comunitario. Sobre estos tres pilares se asienta un nuevo programa de radio que comenzó a emitirse en septiembre. La propuesta -que ha encontrado lugar en la emisora Candela- tiene un fuerte componente social, un punto crítico y reivindicativo y, sobre todo, una mirada joven. Los tres presentadores de ‘Comuna Intercultural’ son estudiantes universitarios. Cursan el último año de Educación Social. Creen que el mundo se puede cambiar si hay esfuerzo y voluntad, cuando se tienen las herramientas adecuadas.

Andrea Correa es una de las voces tras el micrófono. Comprometida, sensible, crítica y optimista, representa el mejor perfil de la juventud y el mundo de hoy. Tiene 23 años, nació en Colombia y se marchó de su ciudad, Bucaramanga, hace una década junto a sus padres y su hermana. Llegó a Euskadi con una edad suficiente para recordar su procedencia, pero sin tantos años como para que la adaptación fuera un reto complicado. Ella no eligió emigrar. Sin embargo, cuando le preguntan de dónde siente que es, no duda ni un segundo en la respuesta: “Me siento colombiana y me siento bilbaína. Me siento ciudadana de un lugar llamado mundo”.

“He tenido mucha suerte -prosigue-. Bilbao me ha visto crecer y yo he podido incorporar otra cultura a mi vida. Por supuesto, cuando cambias de entorno te sientes vulnerable, pero eso no es un impedimento para crecer. Al contrario: si tú transformas los desafíos en oportunidades acabas fortaleciéndote. Además… si algo caracteriza a mi generación es la movilidad. Tengo amigos aquí que han hecho experiencias fuera, con las becas Erasmus. Con ellos siempre intercambio perspectivas y vivencias. Mi hermana, por ejemplo, creció en Colombia, hizo aquí su carrera y ahora vive en Londres. Para la gente de nuestra edad, eso no es raro. El mundo es más pequeño que antes”.

Andrea no cree que la integración social tenga que ver con la edad. En su opinión, tiene que ver con los esfuerzos. “Para la inclusión real hace falta que todo el mundo ponga algo de su parte: quienes vienen y quienes reciben, todos. Y para que eso sea posible -razona- es necesario entender a la inmigración como una oportunidad, no como un problema. Las grandes ciudades del mundo son cada vez más cosmopolitas y mestizas. Bilbao está en ese proceso, aunque aún le falta. Nosotros somos parte de ese cambio, no podemos ser indiferentes a ello”, subraya.

Una profesión para ser feliz

El programa de radio que presenta cada jueves por la tarde es un ejemplo del compromiso al que se refiere. Y lo es en distintos niveles. “Muchas veces se define a mi generación como la generación ‘ni-ni’. Hablan de nosotros como personas pasivas, y eso no es cierto. Como tantos otros jóvenes, yo estudio, me apunto a trabajos temporales para tener cierta independencia económica y, además, hago cosas para promover la transformación social del lugar donde vivo. Hoy en día, los jóvenes no solo participan de los cambios, sino que los lideran. Tenemos mucho que decir, mucho que aportar y, sobre todo, somos capaces de pensar alternativas”, reivindica.

Por otra parte, Andrea explica que este proyecto radiofónico es el resultado del esfuerzo compartido. “Hay muchas horas de estudio, mucha lectura, mucho trabajo detrás del programa”, dice, y cuando habla de ello se le ilumina la voz. “Es que es me llena de ilusión. Le da sentido a la carrera que elegimos mis compañeros y yo. Desde el comienzo tuve claro que quería estudiar algo que me diera herramientas para mejorar la sociedad. Y también supe siempre que quería una profesión que me hiciera feliz, que me satisficiera en lo profesional y en lo personal”.

No exagera, por tanto, cuando dice que va contenta a clase, aunque explica que su generación, “la segunda desde Boloña”, ha sufrido muchos cambios académicos. “Igual, elijo quedarme con lo positivo -señala-. Ahora que estoy en el último curso, me doy cuenta de que esta carrera me ha transformado como persona. He descubierto, entre otras cosas, que enseñar y aprender es un camino de ida y vuelta. También he aprendido que el diálogo es fundamental para promover los cambios. La empatía es imprescindible”, subraya.
“Creo que es muy necesario aprender a ponerse en el lugar de los demás. Interesarse, conversar, hacer preguntas constructivas. Y, además, no etiquetar. Tenemos tendencia a encasillarlo todo, hasta a los seres humanos, pero lo cierto es que las etiquetas esconden a las personas. Yo soy inmigrante, pero soy más cosas que eso. Y haber nacido en Colombia, o haber crecido aquí marca solo una parte de mi manera de ser. Definir a alguien por su procedencia es algo demasiado limitado. Las personas siempre te sorprenden”.

2014 América del Sur Ellas