306 | Alexander

En ocasiones, la familia pesa más que la estabilidad laboral, aunque en general sean aspectos que caminan de la mano. Las oportunidades y los afectos no siempre están en el mismo lugar, y esto es algo que comprobó Alexander Rengifo hace más de una década, cuando aún vivía en Colombia con su mujer y su hija. «La familia de mi esposa estaba aquí, en Euskadi. La mía estaba en Londres», explica. «Mi mujer echaba de menos a los suyos, que se habían marchado seis años atrás, y me dijo que quería venir para estar más cerca de ellos», añade.

En ese momento, 1999, él tenía un buen empleo en una conocida multinacional, así que su primer pensamiento fue «¿a qué me voy a ir yo de aquí?», como recuerda ahora, catorce años después… en Bilbao. «No existía una necesidad material de cambiar de país, pero para mi esposa sí había una razón afectiva. Lo conversamos y decidimos juntos que vendría ella primero a reencontrarse con su familia y a experimentar. Luego veríamos», relata Alexander, que en un principio no se sentía atraído por el ‘boom’ económico que había entonces, ni se quejaba de lo que tenía en su país.

Sin embargo, la familia pesó más. En los meses siguientes, preparó su salida de la empresa, compró un billete de avión y se vino. Como era de esperar, la calidez del abrazo y del reencuentro contrastó con la frialdad de empezar desde cero en un sitio nuevo. «Llegué con la ilusión de conseguir algo rápido y empezar de inmediato a trabajar, pero las cosas no funcionan así. Pasé un mes entero entregando mi currículum por aquí y por allá, sin respuesta… Era desesperante. Solo pensaba en volver a Colombia», confiesa.

La primera oportunidad le llegó de una sala de fiestas. «Me ofrecieron trabajar como DJ en una discoteca y acepté. Obviamente, no tenía nada que ver con el tipo de actividad que acababa de dejar, pero no me importó ni tampoco me intimidó. En mi país también había trabajado en un parque de atracciones y como animador de fiestas. Además, cuando uno se decide a empezar otra vez y progresar, cambia el chip y aprende a hacer de todo. Dije que sí y empecé de inmediato».

Un año en Londres

Tiempo después, volvió al mundo de la empresa, aunque el camino de regreso tuvo más que ver con su trabajo en la discoteca que con su experiencia previa en el sector de la administración y las ventas. «Mientras estuve en la sala de fiestas, conocí a mucha gente del mundo latino, establecí lazos, organicé conciertos. Tenía capacidad de convocatoria y por eso me ofrecieron trabajo en una empresa de envío de dinero. Empecé como encargado de oficina. El objetivo era que la gente que me conocía viniera a hacer los giros a donde estaba yo. Al cabo de un año ya era gerente regional».

Trabajó varios años en esa empresa, al principio compaginándolo con su empleo en la discoteca, donde seguía yendo los fines de semana. Hasta que en un momento dado, hace ahora seis años, le surgió la posibilidad de trabajar en Londres, una ciudad a la que siempre había querido ir. «Era una empresa que se dedicaba a lo mismo, al envío internacional de dinero. Fui a hacer la entrevista, me ofrecieron un buen puesto y acepté». Alexander pasó un año entero en Inglaterra. «Mi esposa fue varias veces, pero la ciudad no le gustaba y a mis hijas tampoco», explica él, que tuvo a su segunda hija aquí en Bizkaia.

Así que, otra vez, tomó la decisión de estar cerca de los suyos. «En cuanto surgió la primera oportunidad laboral aquí, regresé», dice Alex -como le conoce todo el mundo- que hoy trabaja como jefe de relaciones públicas en una sala de fiestas y, además, es locutor en Radio Tropical.

«Sí, pasé de estar sentado tras un escritorio a moverme todo el tiempo en el mundo de la comunicación. A veces uno no trabaja en aquello que estudió», comenta sin dramatismo. «Como te decía antes, al venir aquí cambió mi forma de trabajar. También cambiaron algunas prioridades -agrega-. Quizá en Colombia podría tener un mejor pasar económico, pero nunca tendría la tranquilidad que tengo aquí», sopesa.

Esa tranquilidad es, de hecho, lo que más le gusta de Euskadi. «Más que su paisaje, más que la combinación de tierra, mar, río, nieve y playa, más que unas instituciones que se preocupan por los ciudadanos, valoro mucho la seguridad y el sosiego. Por eso -prosigue-, ya no me planteo volver. Después de catorce años, nuestras hijas son de aquí, nosotros hemos echado raíces y hasta tenemos una hipoteca», dice para ilustrar cuán profundo (y duradero) es el arraigo.

Anuncios
2013 América del Sur Ellos

305 | Glenda

Hace seis años y medio, Glenda Vázquez vivía en Ocotal, al norte de Nicaragua. Trabajaba en el hospital municipal como auxiliar de estadística. Tenía un empleo cualificado que, sin embargo, resultaba insuficiente para sostener a su familia, pues su sueldo era el único ingreso del hogar y había que sacar adelante a tres hijos. La suya era una situación límite. Los niños crecían. El mayor tenía 14 años; el menor, 11. Y Glenda, como muchas otras madres solas, cabezas de familia en entornos adversos, supo que el único modo de brindarles un futuro era mediante la educación. Comprendió que la llave que abría esa puerta estaba lejos. Y emigró.

«Fue una decisión muy dura. Hubo momentos tristes y difíciles», dice antes de mencionar la soledad y la extrañeza de los primeros tiempos, cuando llegó a Lasarte. «Todo era muy diferente, empezando por las calles, que aquí están pavimentadas y allí son de tierra o adoquines. La cultura, la gastronomía, la música… Pero eso -matiza- es lo de menos. Incluso tiene aspectos positivos. Lo verdaderamente doloroso es estar lejos de tus hijos y que los demás te juzguen por ello».

Glenda no es la única mujer convertida en madre a distancia. Como ella hay cientos, miles de personas que han tenido que aprender un nuevo modelo de maternidad o paternidad, uno que sacrifica la proximidad física en aras de la supervivencia, el progreso o el aumento de oportunidades para los hijos. Implica grandes renuncias y convicciones muy profundas. No tiene nada que ver con el abandono o con la falta de interés y, sin embargo, así se percibe muchas veces desde fuera.

«Duele que te juzguen por eso, porque no es fácil. No lo es para mí y tampoco para mis hijos, que se quedaron al cuidado de mi madre. Yo tomé esta decisión para que ellos tuvieran estudios, para que pudieran ir a la universidad y valerse por sus propios medios. No quería que se frustraran en ese aspecto, sino que tuvieran todas las oportunidades a su alcance», explica ahora, satisfecha porque «al mayor sólo le queda un año para terminar la carrera».

Entre las muchas renuncias que entraña su decisión están la realización personal, la reivindicación de derechos y el orgullo. «No se trata de que no puedas ejercer tu profesión, si la tienes, ni de que no puedas aprovechar todo tu potencial. Se trata de que las condiciones de trabajo y el trato que recibes son muy severos y, en ocasiones, injustos», reflexiona. Recuerda jornadas de dieciséis horas o marcas en las piernas por fregar suelos arrodillada. «Desde que vine, me he dedicado a cuidar personas, a tareas del hogar. El tipo de trabajo no es el problema, porque vienes a eso, a abrirte paso como puedas. Es el trato. Sólo quien lo ha vivido sabe lo que es, lo cruel que puede llegar a ser. Yo nunca había experimentado algo así, ni siquiera en mi país, que en muchos aspectos sigue siendo subdesarrollado».

Asumir la responsabilidad

El último desencanto fue perder su empleo por quedarse embarazada. «No lo buscaba -admite-, pero ocurrió. Vuelvo a ser madre sola ahora, cuando mis hijos mayores son grandes. Y sí, podría haber decidido otra cosa. Lo fácil habría sido no tener a mi niña, pero mi conciencia me impedía seguir por ese camino. Uno tiene que asumir las responsabilidades de sus actos», sostiene Glenda que, pese a todo, mantiene el optimismo.

«Hay un punto en el que te mentalizas y aprendes a vivir la vida tal cual, asumiendo lo que hay y tirando para adelante. Si empiezas a darle vueltas a la cabeza, te deprimes y no puedes avanzar ni lograr esos objetivos por los que habías venido. Algo que me ha ayudado mucho es vincularme a otras personas y conocer mejor la cultura de aquí. Me apunté a cursos para aprender euskera los domingos con la asociación Banaiz Bagara y para cantar en un coro canciones típicas de aquí. Así he conocido a gente de diversos países, incluido este, y he aprendido muchísimas cosas».

«En la asociación Esperanza Latina, a la que también me acerqué, he encontrado a muy buenas personas. He vencido mi timidez y visto iniciativas muy interesantes y útiles para quienes estamos aquí y no tenemos todos los recursos. Ahora, por ejemplo, vendrá un consulado itinerante de Nicaragua, mi país, para que podamos hacer nuestros trámites sin tener que desplazarnos a Madrid, que cuesta mucho dinero e implica perder días de trabajo», comenta Glenda, que sueña con abrazar a sus hijos. «Yo esperaba emigrar dos años y han pasado muchos más. Cuesta, es duro. Pero ya llegará el día».

2013 América Central Ellas

304 | Andrés

Andrés Zurita llegó a Euskadi el año pasado para hacer un doctorado y tiene previsto regresar a Bolivia una vez que termine los estudios y su tesis. «La historia es un poco más compleja que eso -matiza-, pero, en líneas generales, sí, elegí Bilbao por su universidad. Algunos conocidos y amigos del ámbito académico me habían hablado muy bien de ella. Las referencias eran muy buenas, y ahora que estoy aquí compruebo que no exageraban».

Está encantado con la universidad y, lejos de disimularlo, pide que quede por escrito. «Me alegra mucho haber elegido la UPV. Fue un acierto. Sus herramientas de investigación son impresionantes, los profesores tienen mucho nivel y cualquier estudiante tiene acceso al conocimiento. Los medios para mejorar el desempeño académico están ahí, a tu alcance, y es cuestión tuya que los aproveches o no. En otros países no es así: tú puedes poner todo de ti, toda tu voluntad y tu esfuerzo, pero los medios son insuficientes. Por eso estoy tan contento: nunca había visto algo así. Y mira que he pisado aulas…».

En esa línea de razonamiento se inscriben los objetivos de Andrés: volver a Bolivia para construir país y aportar saberes. «Cuando hice la carrera, estudiábamos con libros de los setenta que hablaban de teorías de los cincuenta», explica él, que todavía no ha cumplido treinta años. «En mi país hay mucho por hacer, nos falta producción académica y de conocimiento. Cuando regrese, además de dar clases, me encantaría crear una editorial específica de libros y revistas académicas, organizar encuentros… Desde mi punto de vista, las personas que salen al extranjero para estudiar y formarse tienen la oportunidad de regresar y ayudar. Quizás si te marchas de Suiza no te echen en falta, pero si tu país tiene menos recursos, tu aportación puede hacer la diferencia», argumenta.

«Yo sé que voy a establecerme en Bolivia», dice con una convicción que le acompaña desde hace mucho. Algo bastante similar fue lo que le dijo a su pareja, que es italiana, nada más conocerla en Madrid. «Nos conocimos hace unos años, cuando vine a hacer mi primer máster. Coincidimos en la universidad. Al acabar el posgrado, a ella le surgió la posibilidad de viajar a Nepal con un proyecto de la ONU y yo la seguí. Vivimos allí algunos meses y después nos marchamos a La Paz, donde estuvimos un par de años».

Pasado ese tiempo, Andrés y su chica decidieron regresar a Europa una temporada. «La idea es estar aquí unos años, acabar nuestros estudios y estar más cerca de su familia. Mientras ella termina una especialidad que está haciendo en la Universidad de Padua, yo aprovecho y hago mi doctorado. La ventaja es que, aquí, los trayectos son cortos y los billetes de avión tienen un precio razonable. No es como América Latina. Allí si vives en Salvador de Bahía y quieres ir a Santiago de Chile acabas gastándote mil euros y perdiendo un montón de tiempo en los trayectos, que son más largos», compara.

Una visión más amplia

Así, Andrés explica que con su pareja han llegado a un pacto tácito, un «acuerdo no escrito», de aprovechar al máximo esta ‘etapa europea’ antes de regresar a La Paz. «Por suerte, en Bolivia teníamos una buena situación y eso nos permitió ahorrar lo suficiente como para plantearnos esta aventura. Los dos tenemos becas de nuestras universidades y hace poco empecé a colaborar como profesor en prácticas en la cátedra de Estudios Internacionales. Entre unas cosas y otras, nos arreglamos bien. Además, no gastamos mucho».

Al margen de los estudios, Andrés sostiene que vivir fuera del país de uno permite acceder a muchos otros aprendizajes. «Te quitas de encima esa cosa de ‘mi tierra’, esa idea de que no hay nada mejor que tu lugar de origen, y adquieres una visión más amplia. De aquí, por ejemplo, valoro mucho la posición física: el País Vasco tiene una situación espectacular, envidiable, de montaña y de playa a la que, además, puedes acercarte en metro. Existe mucho dinamismo social y cultural y una referencia permanente a las costumbres tradicionales, que me parece súper bonito».

«De hecho -prosigue-, una de las cosas que más me gustan es que aquí han sido capaces de descolonizar ciertos patrones de comportamiento, algo que se aprecia en el idioma, en el bilingüismo de la población. En Bolivia, en las ciudades, hemos perdido el uso del quechua o del aimara. Por supuesto, echo algunas cosas de menos: familia, amigos y comida, pero yo sé que esta etapa es pasajera, no la vivo con melancolía».

2013 América del Sur Ellos

303 | Andreea

«El día que me fui de Rumanía, me encontré con mis amigos y compañeros del Bachillerato. Teníamos 18 años. Ellos iban al instituto. Yo me iba del país. Cuando supieron que iba a montar en un autobús rumbo a España, me dijeron que estaba loca, que qué iba a hacer aquí… Pero yo no me podía quedar allí. ¿A hacer qué, si mi familia no tenía dinero para mandarme a la universidad? No había oportunidades ni trabajo. Quería ser independiente y hacer mi vida con mis propias manos. Viajé desde mi pueblo hasta Ciudad Real. Vine a la vendimia».

Así comienza el relato de Andreea Dragoescu, que vive en Getxo desde hace años y tiene una tienda de productos típicos de su país. Aunque logró construir esa vida, incluso ha formado una familia aquí, está convencida de que su historia no es la más bonita ni la más feliz de cuantas pueden contarse. «Cuando migras hay experiencias muy duras, momentos muy tristes y mucha soledad. Pero, si no tienes otro remedio, ¿qué haces?», se pregunta mientras acomoda la mercadería que acaba de llegar.

Andreea viajó en septiembre con una amiga. «El padre de ella ya vivía en Ciudad Real. Por eso elegimos Castilla-La Mancha». Pasó los siguientes tres meses en el campo, vendimiando, aprendiendo el idioma con sus compañeros de faena. «Había dos viejitos que todavía trabajaban, pese a ser muy mayores. Con ellos aprendí a hablar. Me enseñaron desde palabras complicadas, esas que usan los abogados o los médicos, hasta palabrotas», recuerda con cariño.

En medio de su aventura, mientras descubría que «las manos se quedan negras con la vendimia y no hay cepillo que quite las manchas», la abuela de Andreea falleció. «Pensé en volver de inmediato, pero mis padres me detuvieron. Ya no podía hacer nada, la situación no iba a cambiar. Tenía que seguir luchando». Se quedó. Poco después, acabó la temporada de las uvas. Lo siguiente fue un golpe duro, otro desencanto: «el padre de mi amiga no resultó ser buena compañía, vamos a decirlo así. Me marché».

Andreea empezó a buscar trabajo en Ciudad Real. «Iba puerta por puerta, hablaba con las señoras en la calle… Podría haber elegido otro camino, claro. Pero yo respeto mi cuerpo. Siempre tuve muy claro que venía a trabajar, no a robar ni a prostituirme». Sola y sin ahorros, llamó a una prima suya que vivía en Bilbao. Le explicó la situación y su prima no dudó en decirle que se viniera a su casa. «Todavía me acuerdo de la espera en la estación de autobuses, en Madrid. Estuve un día entero. Cuando pienso en esa etapa me dan ganas de llorar», reconoce con un nudo en la garganta.

El primer trabajo

Su prima la recibió en Bilbao y en su casa. Mientras Andreea buscaba trabajo -tardó cuatro meses en conseguir el primero- se dedicó a las tareas domésticas. «Qué menos -dice-. Mi prima me animaba mucho, me decía que no me diera por vencida, me hizo sitio en su casa… Lo mínimo que podía hacer yo era mantener todo limpio, cocinar. Cuando encontré mi primer trabajo, en casa de una señora, compré algunas chuches para mis sobrinos». Las cosas empezaron a ir mejor. En esa época, además, Andreea conoció al hombre que hoy es su marido. «Él también es rumano. Somos de dos pueblos que están a mil kilómetros de distancia entre sí y, mira cómo son las cosas, acabamos conociéndonos aquí».

Durante un buen tiempo, Andreea se dedicó al cuidado de niños. «Hubo un par de pequeñas, en Las Arenas. Ellas terminaron de enseñarme a hablar en castellano: si me equivocaba, me corregían», relata con una dicción impecable. Claro que, para lenguas, nada como su propio hijo, que «tiene ya tres años y habla tres idiomas. Cuando se pone a hablar en euskera no hay quien lo entienda. Mi marido y yo solo sabemos lo básico: kaixo, agur y contar hasta diez», admite.

«Queremos que nuestro hijo tenga una vida mejor que la nuestra, que no tenga que marcharse obligado por las circunstancias. Él es todo para nosotros y también para los abuelos, que han venido a conocerle, pero siguen en Rumanía», explica. «Esa es quizá la parte más difícil ahora, la distancia. Nosotros no podemos volver allí porque la situación es peor que antes y ni se nos pasa por la cabeza vivir de la pensión de nuestros padres. Y ellos tienen allí su vida, su casa, sus gallinas… Cuando vino mi madre, mi padre se quedó al cuidado de los pollos. Pero ella acabó yéndose antes de lo previsto. Decía que mi padre no sabía cuidarlos bien, que se le iban a morir y que no tendrían qué comer en invierno».

2013 Ellas Europa

302 | Roxana

Roxana Chambi emigró de su país en diciembre de 2004. Por aquel entonces, Bolivia era un lugar de despedidas. «Había como una cadena -describe-. Veías que se iba una amiga, que se iba una vecina, y que unas se ayudaban a otras. Todas se iban para mejorar el día a día de sus familias, para tener una casa mejor, para sacar adelante a los hijos. Yo quería lo mismo. Quería que mis hijos estudiaran, que tuvieran oportunidades que yo no tuve, que fueran alguien en la vida, así que un día le dije a mi esposo ‘yo también me voy’. Y me fui».

Con esa sencillez abrumadora, Roxana relata la decisión más difícil de su vida: sacrificar el presente tangible para mejorar un hipotético futuro. Un proyecto incierto, solitario, a largo plazo y muy duro en el que, pese a todo, se embarcó. «Yo sabía que iba a estar lejos de mis hijos, de mi esposo, que él tendría que hacer de padre y madre a la vez… Sabía que me iba a perder muchas cosas, y así fue. Mi hija pequeña tenía 10 años cuando me marché. Hoy es una mujer de diecinueve. Me perdí gran parte de su niñez».

Por las noches, antes de dormir, Roxana piensa en eso muchas veces. «Pienso que todo cambió, que mis hijos son independientes, que las cosas nunca serán como antes, que jamás recobraré esos años. Ahora soy abuela, tengo dos nietos. Sin embargo, en mis sueños, mis hijos son siempre pequeños», dice, y se hace un silencio. «También me pregunto a menudo cómo será mi vida allá, cuando vuelva. Porque yo vine con unas metas claras, ya he alcanzado casi todas y tengo previsto regresar», explica, decidida, antes de contar con mucho orgullo que su hijo mayor es ingeniero industrial, que su hija es enfermera instrumentista y que va a continuar con la carrera de Medicina.

Roxana siente que ha «cumplido», aunque el coste de su proyecto haya sido muy alto. Además de la distancia y de la ausencia, tuvo que abrirse camino aquí y hacerlo sola. «Siempre he trabajado cuidando abuelitos. Empecé poco a poco y ahora estoy en una residencia, donde atiendo a catorce abuelos. El trabajo es muy exigente, son siete horas sin respiro, pero también me reconforta. Ahora tengo unos horarios, un calendario, un momento en el que termino y quedo libre y tranquila, en el que puedo descansar o hacer las cosas que me gustan, como jugar al fútbol con mis amigas o sentarme tranquilamente en un parque». No siempre fue así.

Un punto de inflexión

«Antes de conseguir este empleo -relata-, yo trabajaba en casas particulares. En algún caso, de interna. Y eso sí que es duro, porque la gente se aprovecha y abusa. Trabajaba 24 horas, siempre a disposición, no había un horario claro ni tenía momentos de descanso, excepto un día a la semana, que lo esperaba con muchísimas ganas. Ese día iba a jugar al fútbol, veía a mis amigas, para mí representaba un respiro. El resto de la semana sólo salía a hacer la compra. Iba corriendo, agobiada, para volver lo antes posible… De tanto encierro y aislamiento, llega un punto en el que pierdes la perspectiva, la noción de que tienes derechos».

La situación iba a peor, hasta que una de sus amigas le habló de la asociación Emigrad@s Sin Fronteras. «Me dijo que me acercara, que tenían un proyecto dedicado a las trabajadoras como nosotras, que estaba muy bien». El proyecto al que se refiere Roxana es un taller de autocuidado para mujeres extranjeras, trabajadoras del hogar. Se desarrolló durante varios meses este año, se tituló ‘Cuídate, quiérete, valórate’ y, a juzgar por lo que cuenta ella, marcó un antes y un después en el día a día de muchas participantes.

«Ir y compartir tus experiencias con otras mujeres como tú ya es muy positivo porque te das cuenta de que no estás sola, de que hay cosas que se repiten. Teníamos una compañera a la que hacían dormir en el suelo, junto a la cama de la señora que cuidaba. Nos contó que a veces ponía una manta, pero que igual le dolía la espalda», cuenta a manera de ejemplo.

Pero el proyecto no estaba orientado solamente a poner en común las miserias, sino a cambiar esas situaciones, empezando por ellas mismas. «Trabajamos la relajación, la autoestima, el empoderamiento. Aprendimos a decir que no, a marcar límites entre el trabajo y la vida personal; a valorar lo que cada una había conseguido con su esfuerzo y a tomarnos las cosas de otra manera. Todo tiene solución, menos la muerte».

2013 América del Sur Ellas

301 | Lenis

Se dio cuenta de que le gustaba cantar cuando todavía era un niño pero, aunque se zambulló en el mundo de la música, su país no le brindó las oportunidades que él buscaba. «Es duro decirlo, pero la verdad es que Colombia no me permitió desarrollarme como artista ni hacer lo que realmente me gustaba. La situación, en general, ya era bastante difícil. Lo intenté durante muchos años, pero no veía la manera de salir adelante allí. Me marché muy triste y desilusionado», reconoce hoy, nueve años después de su partida.

En todo este tiempo, Lenis Del Valle no ha vuelto. «Y es que me fui para no volver», dice, aunque enseguida se corrige. «Me hice una promesa a mí mismo: que solamente volvería cuando cumpliera mi sueño, cuando pudiera demostrar mi talento y consiguiera ser, al menos, reconocido por mi trabajo». Aunque ha alcanzado esas metas en parte, otras cosas personales han cambiado con el paso de los años. «Mi madre era quizá la principal razón para volver allí, pero ya no está, falleció. Por otro lado, me encanta Bilbao; me gustó desde el principio. Siento que estoy en casa y que soy uno más aquí».

Para Lenis, la música es «todo» y la lleva allí donde va. «Yo me crie en un ambiente de músicos. En casa se escuchaban las rancheras, son típicas de México, pero nos gustaban un montón. Me aprendía de memoria las letras y, después, las cantaba. Será que en alguna otra vida fui mexicano, no sé, pero es el tipo de melodía que me interesa y me emociona», dice sonriente, orgulloso de haber sido autodidacta. «Como me dijeron una vez, el mejor profesor de música es el oído; hay que escuchar mucho, prestar atención».

Basta con preguntarle por sus intérpretes favoritos para que Lenis se ponga a cantar. Entona un fragmento de la canción ‘Luz de luna’, «una ranchera más bien triste y opaca», y explica que disfruta mucho «introduciendo nuevos arreglos» a este tema y a otros. «Formo parte de un grupo de mariachis con unos chicos mexicanos; cantamos las rancheras clásicas, las de toda la vida, pero a muchas les hacemos ‘nuestra magia’, algunos cambios para interpretarlas a nuestra manera», explica antes de cantar dos veces el estribillo de ‘Luz de luna’ con la intención de enseñar la diferencia.

Una tierra de oportunidades

«Hemos actuado muchas veces aquí y en otras ciudades. A la gente le gusta. La pena es que, últimamente, no hacemos presentaciones de grupo porque es más caro. La situación económica es mala y no todo el mundo puede permitirse contratar a un grupo entero de mariachis, así que canto solo, como al principio, cuando llegué y no conocía a nadie», recuerda. Y añade que Bilbao no fue una elección premeditada.

«Me fui de Colombia para hacer un tour por Europa que empezaba en París. No quería volver a Cali, pero tampoco tenía claro dónde iba a probar suerte. Cuando llegué a Bilbao, me maravillé con lo que vi. La ciudad me pareció preciosa y recordé que tenía a unos amigos viviendo aquí. Los llamé, les pregunté si podía quedarme un tiempo con ellos, me dijeron que sí… Y me quedé. Lo primero que hice fue buscar trabajo; empecé cuidando a un señor mayor, y me sentía muy bien, porque nunca abandoné mi música».

Optimista y agradecido, Lenis siente que aquí le ha ido «muy bien», que ha podido realizar muchos de los sueños que tenía y, lo más importante, que puede seguir trabajando para alcanzar los que le faltan. «No es poco. Estoy grabando mi primer álbum que se llamará ‘En tu pelo’ -desvela-. Me está costando mucho hacerlo, claro. Soy consciente de los tiempos que vivimos y de cómo ha cambiado la industria musical, pero no importa el esfuerzo: poco a poco consigo hacer lo que siempre quise».

Además, asegura que del País Vasco le gusta «todo», sin matizaciones. «La gente, la cultura, el trato, la comida, que haya gente de todas partes del mundo… Siempre doy las gracias por haber llegado a este sitio, que me acogió tan bien. Soy colombiano y aprecio mucho mi tierra, pero Euskadi es mi segundo país, el lugar que me ha brindado las oportunidades que antes no tuve. Si alguien se mete con Bilbao, yo lo defiendo a capa y espada».

2013 América del Sur Ellos