248 | Santiago

La crisis avanza con paso decidido e imprime con fuerza sus huellas de gigante. Lo rompe todo. Quiebra proyectos. Resquebraja la tranquilidad. Amedrenta a las familias. Y corta los hilos sociales. “Las cosas han cambiado mucho en estos últimos años”, enuncia Santiago Morales. Y lo dice desde varias perspectivas: como extranjero, como ciudadano, como presidente de una asociación, como padre de familia y como trabajador autónomo con empleados que dependen de él.

Originario de la ciudad de Cayambe, al norte de Ecuador, Santiago emigró a Bilbao hace ya 16 años. En su país, combinaba la actividad comercial con la defensa de los derechos humanos; en particular, de las poblaciones indígenas. Fue socio fundador de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) y concejal del Ayuntamiento de su ciudad durante dos legislaturas. Explica que decidió emigrar para darle otro futuro a sus hijos, y que eligió el País Vasco porque tenía amigos aquí.

“Podría haberme quedado, sí. Ganaba lo suficiente para mantener a mi familia. Sin embargo -matiza-, decidí marcharme pensando en mis tres hijos. He priorizado su educación. Yo quería que se formaran en otro medio, que tuvieran un horizonte más amplio y por eso elegí el vasco”. Gracias a su actividad social en Ecuador, Santiago conocía a personas de aquí, “tenía referencias de Euskadi y de su sistema educativo. Mi objetivo -señala- era que mis hijos cursaran sus estudios superiores en Euskadi”.

Una década y media después, ha logrado su propósito, pero también ha sido testigo (y protagonista) de numerosas transformaciones. Desde que llegó, “cuando aún no había muchos ecuatorianos en el País Vasco”, ha estado trabajando y ha mantenido su labor social a ambos lados del Atlántico. La asociación que preside, Ecuador Etxea, impulsa numerosas actividades de integración y formación, y no solo para sus paisanos: “Organizamos cursos de autoempleo, de manipulación de alimentos, de inglés… y el proyecto está abierto a todo el mundo; busca la participación de todas las personas, vengan de donde vengan, y también si son de aquí. No somos un gueto”, remarca.

En materia laboral, su situación no es muy distinta a la de cualquier emprendedor. “Soy autónomo -indica- y trabajo en el sector de la carpintería. A lo largo de estos años, he trabajado para otros y he sido yo quien ha dado empleo a los demás. He generado puestos de trabajo para extranjeros y para vascos. En las mejores épocas, éramos treinta personas. Hoy, somos cuatro, y trabajamos el doble para ganar la mitad”, cuantifica. Le duele la situación y “lo mucho que ha cambiado la percepción de los extranjeros” tras el embate de la crisis.

La pirámide de la aceptación

“Ha sido como una pirámide -ilustra-. Cuando estábamos en la cúspide, la gente de aquí era muy buena con nosotros. Muchos sectores de la economía se apoyaban en nuestra espalda. La construcción, el cuidado de los niños y ancianos, la hostelería o la agricultura dependían de nosotros. Y es importante recordar eso. Los inmigrantes hemos trabajado mucho y hemos dejado aquí los mejores años de nuestra vida. Estábamos tan bien valorados que hasta los bancos nos llamaban para ofrecernos préstamos”, desvela con sarcasmo. Pero ahora, con la crisis, estamos en la pendiente: se habla de que no hacemos nada; cala el discurso de que vivimos de ayudas. Se nos percibe como una carga que no merece siquiera tener acceso a la Sanidad”.

“Yo me pregunto -prosigue- quién construía, quién cuidaba a los mayores, quién ayudaba a levantar el país y mantener el Estado del bienestar. Pretender cobrar 710 euros por un derecho básico, como se plantea ahora, no solo rompe con el principio de solidaridad, es el peor discrimen que se puede hacer a los más desfavorecidos. Muchas veces oyes un ‘que se vayan’, sin más, como si eso fuese la solución a todo y no es así. Yo conozco infinidad de personas que han regresado a Ecuador; algunas, con sus proyectos migratorios ya cumplidos, y otras, no. También a muchos ecuatorianos con nacionalidad española que se han marchado a otros países europeos. Pero nada de eso es sencillo; ni volver a casa después de tantos años, ni seguir migrando cada vez que te pilla una crisis”.

2012 América del Sur Ellos

247 | Enas Ashraf

Un proyecto multinacional trajo a Enas Ashraf a Bilbao. El programa RECOCAPE -acrónimo de “Reforzar la Capacidad de Cooperación de Egipto en computación ubicua integrada”, por sus siglas en inglés- hizo posible que esta ingeniera egipcia se trasladara a la capital vizcaína. “La iniciativa tiene cuatro socios: SECC de Egipto, TECNALIA de España, VTT de Finlandia y UNIBO de Italia. Yo trabajo desde hace años en el departamento de I+D del SECC y he venido gracias al programa de intercambio de investigadores”, precisa Enas, cuyo nombre se pronuncia Inés.

Experta en tecnologías de la información y la comunicación, Enas se ha especializado en desarrollar software y aplicaciones para móviles. También ha gestionado proyectos y ha formado a otros profesionales en nuevas tecnologías, una de sus principales áreas de trabajo. “El objetivo de lo que hago es incrementar la competitividad de mi país en este campo”, dice. Y, más aún, “superar la brecha que existe entre las tecnologías actuales y aquellas que se necesitan para los desafíos que se plantean hoy”. En ese sentido, el intercambio de saberes, experiencias y enfoques es “fundamental”.

Por ello ha venido a Euskadi y se ha unido a Tecnalia. “Participo en uno de los mayores proyectos europeos en los que este centro tecnológico de Zamudio está trabajando. Mis conocimientos técnicos y mi experiencia profesional encajan muy bien”, agrega.?Lo mismo ocurre con el plano cultural, el día a día y la vida fuera del trabajo. “La gente de aquí es muy hospitalaria y amigable; tanto que impresiona. La verdad es que no necesito ni solicitar ayuda: las personas toman la iniciativa la mayoría de las veces y dan una mano. Esto me ayudó a integrarme y adaptarme con rapidez”.

No en vano, Enas asegura que lo suyo con Bilbao fue amor a primera vista. “Cuando llegué aquí, en mayo de este año, me enamoré de la ciudad: No tardé ni una semana en quererla porque es un lugar muy agradable”, relata, y asegura que no es la única persona que experimenta esa sensación. “Yo vine sola al País Vasco, pero tuve la suerte de recibir la visita de mi familia. Cuando les mostré la ciudad, tuvieron la misma impresión que yo, tanto de la propia ciudad como de la gente. Están muy felices por haber vivido conmigo esos momentos y estoy encantada de haber podido compartir con ellos esta experiencia”.

Una experiencia “amena” que, en opinión de Enas, también se extiende al terreno laboral. “En el trabajo, la gente es igual, y eso ayuda a mantener un espíritu amigable que se respira en el aire -describe-. En estos meses, he hecho buenos amigos que me gustaría conservar para toda la vida. Y debo decir que estoy impresionada, no solo a nivel personal, sino también a nivel profesional. Los vascos son muy apasionados con su trabajo y saben lo que tienen que hacer. Eso siempre motiva a los demás, fomenta las ganas de superación personal y, además, permite obtener un experiencia impagable”.

La familia, el fútbol y la costa

En estos meses, Enas ha tenido tiempo de trazar conexiones entre Euskadi y Egipto. Y no duda en afirmar que “hay muchas similitudes” entre los ciudadanos ambos países. “Nos parecemos en muchas cosas -indica-. La hospitalidad de los vascos y la fortaleza de los lazos familiares realmente me llamaron la atención. Y por supuesto, su pasión por el fútbol, que es muy similar a la nuestra. Como gran forofa del fútbol que soy, me alegro aún más de estar aquí”, confiesa. En cuanto a los paisajes, señala que existen muchas semejanzas con algunas ciudades costeras del norte y el este de su tierra: “Nosotros también tenemos una costa preciosa, aunque sin tanto verde ni tanta lluvia como aquí”.

A propósito de paisajes, su traslado a Euskadi le ha permitido contemplar su país desde una perspectiva nueva. “Mirar a Egipto desde el extranjero me hacer ver toda la foto completa. Por supuesto, me entristece no poder participar en los cambios que que han sucedido allí durante los últimos meses. Pero estoy convencida de que las cosas se estabilizarán. Ahora estoy menos preocupada en ese sentido. De cualquier forma, los egipcios somos fuertes y somos capaces de manejar bien las épocas difíciles. Siempre lo hemos hecho. Para mí, Egipto sigue siendo ese país seguro y cálido que siempre recordaré con cariño”.

2012 África Ellas

246 | Luisa

El 20 de julio de 1810, un comerciante español -José González Llorente- se negó a prestar un florero al criollo Luis de Rubio. Era día de mercado y se produjo una gran reyerta que se saldó con el florero roto… y con la independencia de Colombia. El suceso, de ribetes literarios, pasó a la historia como el origen de la emancipación colombiana; aunque más bien fue la consecuencia de años de lucha y disputas.

202 años después -y algunos miles de kilómetros más lejos-, la comunidad colombiana de Euskadi se reunió para conmemorar el episodio y profundizar un poco más en él. El pasado jueves, en las Aulas de la Experiencia de la UPV, se celebró el Día intelectual de la Independencia de Colombia, una jornada que dedicó un espacio a la música y la cultura, pero que centró sus esfuerzos en la investigación histórica y las ponencias de rigor.

“Menos folclore y más reflexión”, sintetiza Luisa Gómez Zárate, periodista bogotana afincada desde hace un lustro en Vizcaya. “Muchos de nosotros -en especial, los jóvenes- desconocemos nuestra propia historia. Si le preguntas a un chaval por la independencia del país, te hablará del ‘florero de Llorente’, pero es bastante probable que no conozca la raíz de los problemas, la confrontación ideológica, la crueldad de las guerras ni el sufrimiento de la época”, apostilla. De ahí el interés en plantear un acto más serio.

La comparación es inevitable. “Una de las cosas que más me gustan de aquí es el valor que se le asigna a la cultura y a la historia. La pervivencia de la identidad. Los vascos quieren a su tierra, conocen bien sus raíces y trabajan día a día por mantenerlas vigentes y vivas. En la escuela, los niños aprenden euskera. En casa, las costumbres. Y en las fiestas de los pueblos todos lucen sus trajes típicos, muestran sus danzas y compiten en los deportes tradicionales. El conocimiento se da a todos los niveles”, opina.

Luisa aboga por “conocer mejor lo propio y lo ajeno” y, en el proceso, “descubrir la riqueza de los otros; los muchos matices que entraña una sociedad multicultural”. Por ello, cada semana colabora con el programa ‘Euskadi hoy’, en Onda Vasca, y en su espacio intenta mostrar “la realidad positiva que existe detrás de la palabra ‘inmigrante'”. Una palabra que, a su entender, se ha denostado en los últimos años. Mi objetivo -dice- es romper el estigma que recae sobre los extranjeros, enseñar que hay otras cosas, que no todo son ayudas sociales. Aquí hay mucha gente que vale y que suma”, señala.

Para ella, que cambió Bogotá por Gamiz, vivir lejos de su tierra le ha brindado unas cuantas lecciones. “Por un lado, es interesante vivir en una cultura distinta a la tuya, aprender de ella, conocer un mundo nuevo. Por otro, el hecho de marcharte te permite ver con cierta perspectiva tu lugar de origen. En ese sentido -prosigue-, aprendí unas cuantas cosas”.

Las clases sociales y el recelo

“Por ejemplo, ahora comprendo mejor el concepto de ‘clasismo’. Allí está bastante arraigado, existen grandes diferencias y no hay tanta interacción entre los miembros de unas clases y otras. Aquí no es tan así. Hay clases sociales y diferencias económicas, por supuesto, pero es mucho más fácil ver a un médico y a un fontanero tomando un café juntos y hablando de la vida”, observa. “La sociedad vasca es abierta y su gente es cálida. Yo he tenido la suerte de viajar por distintos países y puedo decirte que la calidez hacia el que llega es más acusada aquí que en otros sitios”.

¿Hay excepciones?. “Sí. En ciertos ambientes, todavía existe recelo hacia el extranjero. Y más cuando viene de determinados países. No es lo mismo hablar de un alemán, un argentino y un colombiano, aunque todos sean inmigrantes”, compara. “La integración es trabajo de todos. Nuestro, para empezar, porque somos quienes venimos a una sociedad diferente. Pero con eso solo no basta. Tiene que haber voluntad de ambas partes por aceptar al diferente”.

Luisa hace una pausa y cita un pensamiento de la comunidad indígena wayúu, que habita en Colombia y Venezuela: “Ellos dicen algo muy bonito. ‘Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona aunque piense y diga diferente’. Es una lástima que ser distinto suponga siempre un problema. En algunos sitios, es una traba para relacionarte o trabajar; te dificulta la vida. En otros, no te la hace más difícil. Te la quita”.

2012 América del Sur Ellas

245 | Nilda

Es tiempo de crisis y cambios, también para los flujos migratorios. En el primer semestre de este año, casi 41.000 españoles han hecho sus maletas y, por primera vez en mucho tiempo, la cifra de quienes se marchan supera a la de quienes llegan. La tasa de paro y los impuestos suben como la espuma y, mientras la prima de riesgo o el Ibex ya forman parte del lenguaje cotidiano, muchas personas se plantean qué hacer. Algunas, por segunda vez en la vida.

“Vuelvo a estar entre dos aguas”, señala Nilda Diarte, una directora de teatro que llegó a Bilbao en 2003 y que, como tantos otros argentinos, sabe bien lo que es migrar a golpe de crisis. “Mi vida es el teatro, siempre lo ha sido, pero jamás tuve problemas en compaginar esa actividad con otros trabajos, ni allí ni aquí -explica-. En mi país, por ejemplo, era empleada administrativa. Trabajé durante años en el Hospital Británico de Buenos Aires, hasta que empezaron los despidos. Como tenía una familia que dependía de mí, decidí que no me iba a quedar con los brazos cruzados y me aventuré a montar un pequeño negocio de comidas preparadas y catering”, relata.

“Pero con el ‘corralito’ -prosigue- ya no había mucho más para inventar. Quiero decir, las circunstancias te permiten llegar hasta un punto determinado. Uno puede poner todo de sí mismo, ser creativo, tener empuje… y, aun así, no avanzar. Lo que pasaba en mi país era tan grave que muchos ciudadanos nos quedamos sin opciones. No se trataba de falta de ganas o de creatividad, sino de que, miraras donde miraras, no veías la salida”. Si acaso, solo una pista: la del aeropuerto internacional.

Nilda hizo sus maletas y se vino hasta Bilbao, donde tenía una amiga. “Vine en busca de una alternativa -dice-. No tenía grandes metas, solo hacer lo que en mi tierra no podía: trabajar. Empecé cuidando niños y, como muchas personas, viví la realidad del trabajo precario y de la vivienda compartida para ahorrar, conseguir los ‘papeles’ y poder progresar. Poco a poco, fui dando pasos, hasta que accedí a un empleo mejor, como administrativa. Y lo cierto es que, de un modo u otro, he trabajado de manera continua… hasta hace poco”.

Otra vez, otra crisis. “Y en otro país”, apostilla. “Cuando te quedas sin tu fuente de ingresos, la familia es un sostén muy importante. No solo porque te pueda ayudar en un momento dado, sino porque te contiene, te alienta y te da fuerzas para manejar mejor esa situación. En cambio, cuando estás solo, el camino se te hace más cuesta arriba”, observa Nilda, aunque matiza que en estos años ha hecho muy buenos amigos y que esa red afectiva es muy importante.

La creatividad y los lazos

“Se lo debo al teatro -subraya-. Como te decía antes, el arte escénico y la interpretación son vitales para mí, y no he dejado de trabajar en ello. Aunque no me da de comer, me permite crecer. Cuando uno emigra y se queda sin sus referencias, es muy fácil caer en la trampa de olvidarse de uno mismo, dejar de cuidarse, no cultivar el talento personal o la capacidad intelectual. En estos años, he visto a mucha gente maltratarse, caer en la dinámica del descuido y centrarse únicamente en ser fuerza laboral. Yo también tuve épocas de mucho sacrificio y trabajé de lunes a lunes, pero nunca dejé a un lado aquellas cosas que me apasionan. Hay un trabajo que haces para vivir y otro, para recordar quién eres”.

Este punto es, para ella, fundamental. Y lo ilustra de la siguiente manera: “Me he apuntado a varios cursos desde que vivo aquí. Algunos eran ‘utilitarios’, de formación ocupacional, y otros tenían que ver con el arte o la creatividad. En estos últimos, yo era la única extranjera. Y eso me lleva a preguntarme si los inmigrantes no tenemos espacios para desarrollarnos, si no tenemos intereses o si acaso nos autoexcluimos. Cualquiera de esas opciones -continúa- es muy triste”.

“La emigración es una experiencia de vida que te pasa por el cuerpo y te atraviesa; da igual de dónde seas o a dónde vayas, incluso si vuelves a tu país después de años de ausencia. Es algo muy real que conlleva sus renuncias y sus duelos. Por eso, además de preocuparte por subsistir y adaptarte, tienes que poner toda tu inteligencia en marcha para no desvanecerte en el proceso. Cada tanto está bien preguntarse quién soy, dónde estoy y qué tengo. Es un modo muy sencillo de no perderse en el camino”.

2012 América del Sur Ellas

244 | Silvia

«Yo te cuento mi historia. Pero, a cambio, te pido un favor: no seas condescendiente conmigo. No hables de mí como la pobrecita chiquilla boliviana que para llegar hasta aquí sufrió un montón. Cualquiera sabe que emigrar y vivir lejos de su familia es duro, pero mucho más jodido es quedarse allí para ver cómo los tuyos pierden su casa y se quedan sin techo. Yo emigré porque tomé una decisión. Y me quedé aquí por lo mismo. He sido más útil en la distancia que en la proximidad. Desde Bilbao, he podido ayudar más que si me hubiera quedado en Cochabamba».
Así de clara es Silvia Ortega cuando habla. En sus frases no hay lugar para las medias tintas y por eso pide lo mismo para esta página. «Mucha gente percibe que la inmigración es algo traumático, pero yo opino que no hay que convertirla en un drama. Son decisiones. Duras y tristes, sí, pero decisiones al fin. La necesidad mueve a las personas y no creo que haya que sentir lástima por quienes nos ponemos en marcha. Lo que sí creo es que debe haber un trato respetuoso y en condiciones de igualdad. Es más justo y más digno».
Con 28 años -los últimos diez cumplidos en Bizkaia-, Silvia ha sido testigo directo de la «bonanza económica» que hubo y del «declive social» que hay. «Cuando llegué, al tercer día encontré trabajo y, desde entonces, jamás me faltó. Obviamente, al principio sólo tienes la opción de emplearte en ciertos sectores, como el servicio doméstico y la hostelería, pero en ese momento te da igual. No te planteas la realización profesional, sino cumplir con tu objetivo». En su caso, conservar la casa familiar.
«En aquel momento, Bolivia estaba peor que ahora. Yo estudiaba, trabajaba, y ganaba el equivalente a unos 40 euros por mes. Vine aquí, empecé a trabajar y a mandar dinero a mi familia. Pagamos las deudas, cancelamos la hipoteca y pudimos solucionar las cosas bastante rápido», resume. Entre tanto, Silvia se ocupó de estudiar. «Me apunté a euskera y a un curso de formación profesional. Hice prácticas en empresas y ahora mismo trabajo en un polígono industrial; me dedico a montar armarios de cableado para instalaciones eléctricas».
«Cuando cancelamos la hipoteca, en lugar de regresar, pensé en mis hermanos pequeños -prosigue-. Para salir adelante en Bolivia, era importante que tuvieran estudios. Siempre he dicho que está bien tener los bolsillos llenos, pero más aún la cabeza, así que me ocupé de que tuvieran esa oportunidad. Hoy en día, mis dos hermanos son chefs profesionales y mi madre siempre dice que, en un país tan machista como el nuestro, ha hecho las cosas muy bien con sus hijos. Han pasado ya diez años y yo tengo aquí mi vida, mi pareja y mi propia hipoteca. Soy, guste o no, una ciudadana más. Trabajo como cualquiera. Pago mis impuestos como cualquiera. Vivo aquí, aunque haya nacido fuera, y por eso reivindico mis derechos».
Rechazo social
En su opinión, la xenofobia ha aumentado con la crisis y, sobre todo, con los mensajes que se han asentado sobre la inmigración. «Parece que, o somos unos aprovechados sociales, o somos paridores de hijos, o somos unos vagos… Y si eres mujer, joven y latinoamericana, ya ni te cuento. En el Congreso se anuncian recortes de todo tipo. Por ejemplo, se promueve un modelo de Sanidad que sea sólo para algunos, y se presentan las cosas de tal modo que parece únicamente los inmigrantes nos ponemos enfermos. ¿De verdad alguien puede creer que no atender la salud de un colectivo hará que baje el déficit y la prima de riesgo?», se pregunta.
Y añade, con un trazo de amargura, que sí. «Después pasa lo que pasa. Aumenta la crispación social y un día entras a una cafetería cualquiera a las siete de la mañana y alguien te suelta, sin conocerte de nada, un ‘por qué no te vas a tu puto país’. Te lo digo así, tal como me lo han dicho a mí». De ahí que Silvia subraye la importancia de «hacer cosas juntos en beneficio de todos. Hay muchas cabezas pensantes de aquí y de fuera; mucho talento y mucha gente preparada. No puede ser que nos quedemos de brazos cruzados echándonos las culpas. La lucha contra la discriminación, la violencia de género, la corrupción política, los recortes sociales e, incluso, contra la criminalización de la protesta es cosa de todos los que vivimos aquí, aunque hayamos nacido lejos», concluye.
2012 América del Sur Ellas

243 | Cheikh

Hace un par de semanas, la banda de rock Outernational presentó una canción de protesta que ya ha dado la vuelta al mundo. Con la colaboración de René Pérez, vocalista de Calle 13, esta banda neoyorquina subió a Internet un tema que reivindica el derecho a la libre circulación de las personas. El título: ‘Todos somos ilegales’.

Mientras eso sucedía, en Bilbao tuvo lugar un taller que abordó el mismo asunto. El foro, organizado por la asociación Encuentros, planteó un debate sobre las trabas administrativas a las que se enfrentan miles de personas cuando deciden trasladarse de país para empezar una vida distinta. El objetivo de este taller, que contó con la participación de ciudadanos extranjeros y vascos, consistió en enfocar el problema desde la perspectiva de quienes lo padecen.

“Porque yo también fui ‘sin papeles'”, dice el senegalés Cheikh Guèye que, con esta frase, cita el lema del foro y, a su vez, habla de sí mismo. “Si no tienes un permiso de trabajo, tus posibilidades de integrarte como ciudadano están muy limitadas desde el principio -señala-. Tener ‘papeles’ o no tenerlos marca una diferencia de oportunidades sustancial con respecto a las otras personas. Además, te somete a un sistema paradójico y perverso: para trabajar, necesitas un contrato y para que te contraten, necesitas ‘papeles’… Pero a estos no los obtienes si no consigues antes un trabajo. Es un círculo”, describe. Uno que él conoce muy bien.

“Cuando llegué aquí, el primer día, pensé: ‘Necesito hacer algo, trabajar, estar activo’. Entonces uno de mis paisanos me dijo: ‘Cógete una bolsa, que nos vamos a vender’. Yo fui contento, porque creí que íbamos a trabajar al mercado, en un entorno normal, pero pequé de ingenuo. La faena consistía en ser vendedor ambulante. Enseguida comprendí cómo estaban planteadas las cosas; vi que, para un ‘sin papeles’, ese trabajo era lo máximo a lo que se podía aspirar. Y me entristeció. Duré solo tres semanas, hasta que dije ‘no va más. Si no puedo trabajar con dignidad, voy a seguir estudiando, que es lo que sé hacer’. Y me puse a ello”, relata.

Desde aquello han trascurrido unos seis años. Y en ese lapso, la vida de Cheikh ha cambiado. Ha hecho cursos de formación y talleres ocupacionales. Ha hecho prácticas, ha trabajado y ha colaborado con las ONG en defernsa del comercio justo. También está en pareja con una chica de aquí. “La integración solo se logra por dos vías: el diálogo social y el mestizaje -sostiene-. “Si tu padre es negro, tu madre es paraguaya o tu abuelo es boliviano ya no puedes arremeter contra el que es diferente”.

Calles vascas por el mundo

“Muchas veces oyes aquí la frase de ‘No queremos extranjeros’. Y yo, cada vez que la escucho, me pregunto si quienes dicen eso son conscientes de lo que han hecho sus abuelos. En Cuba, en Perú o en Argentina hay muchísimas calles que llevan nombres vascos y eso no es por casualidad. Los vascos también han emigrado en el pasado, y algunos vuelven a hacerlo hoy. Por eso es importante no confundir los conceptos: las personas, antes de ser ‘regulares’ o ‘irregulares’, somos personas”, subraya.

De formación sindical, Cheikh fue controlador de coste salarial en una empresa de procesado de pescado de Dakar, “la más importante de África Occidental”, puntualiza. Allí, además de supervisar los sueldos de unos 5.000 empleados, se dedicaba a “luchar contra la pobreza del país y a promover los derechos y las leyes que amparan a los trabajadores”. Una de las cosas que aprendió al venir aquí es que “el coste laboral en Senegal es muy bajo: la gente trabaja más horas, cobra menos y no ve las ganancias de aquello que produce. Lo que aquí se vende a veinte euros, allí se compra a tres”, lamenta.

Entre sus proyectos, Cheikh baraja regresar a Dakar para ayudar a su gente y ser parte activa del cambio social. Si no lo ha hecho hasta ahora es porque también busca reivindicar los derechos de las personas aquí. “Uno puede perder una batalla, pero no hay que rendirse pronto. No se trata solo de uno, sino de las generaciones que vendrán. Si vas a Francia, verás a muchos extranjeros conduciendo trenes, trabajando en la Administración, incluso como policías. Eso no es algo espontáneo. Ocurre porque varias generaciones se han esforzado en integrarse. Porque se lo han currado”.

2012 África Ellos