254 | Dany

Hoy es un día especial para Dany Pincai. Está de aniversario. Su local, un pequeño taller de reparación de calzado, cumple ocho años con él al frente del negocio. “Me gusta mucho mi trabajo -dice-. Aunque hay gente que lo percibe como un oficio sucio o poco agradecido, para mí es muy bonito y necesario. Sobre todo, en los tiempos que corren”. La misma crisis que ha bajado las persianas de infinidad de comercios le ha dado una segunda vida a oficios como el suyo, que hasta hace muy poco parecían condenados a extinguirse.

“Cuando yo llegué a Bilbao, hace casi doce años, la mayor parte de los zapateros eran personas mayores. Y todos eran de aquí. Si no me equivoco, fui el primer extranjero que se dedicó a reparar calzado en la ciudad”, estima. “Poco después de empezar con mi negocio, hace cinco o seis años, hubo una época en la que muchos zapateros comenzaron a jubilarse… y se topaban con el problema de que no encontraban a nadie que quisiera seguir con sus talleres. En sus familias, por ejemplo, los hijos o los nietos no querían saber de nada”, recuerda. En aquel pasado cercano, el oficio no tenía futuro.

Hoy, las cosas han cambiado. Vuelve a existir la opción de arreglar lo que se ha roto en lugar de tirarlo. “Cada vez hay más personas que se preocupan por ahorrar, y esta es una manera de hacerlo. No es que ahora tenga una barbaridad de trabajo, ni que haya aumentado un montón la faena, pero sí consigo mantenerme a flote, que no es poco. Es verdad que, como muchas otras personas, he perdido la capacidad de ahorro y la posibilidad de ayudar a mi gente, en Ecuador, pero al menos sí pago las cuentas, el alquiler y los gastos de la familia. Vivo de mi trabajo y me reconforta”.

Dany se siente afortunado y, también, agradecido. “Creo que he tenido suerte porque, desde que llegué a Bilbao, jamás me ha faltado trabajo. Hubo personas que confiaron en mí y, sin siquiera conocerme, me dieron una oportunidad”. Se refiere a su antiguo jefe -la primera persona en darle empleo, en una panadería- y a un zapatero vasco que le ayudó a lanzarse por su cuenta en el taller. “Fueron mis empleadores; hoy son mis clientes y, más que eso, son mis amigos”, subraya.

“Cuando vienes de fuera y nadie te conoce de nada, valoras mucho los gestos de confianza. Sin ellos, es difícil empezar. Luego, claro, tienes que demostrar que han merecido la pena, trabajar mucho y, con el tiempo, hacerte un hueco. Eso tampoco es sencillo”, añade. En este sentido, Dany recuerda los primeros tiempos en su taller, cuando “los vecinos no se fiaban mucho de un zapatero ecuatoriano. Creían que, por ser extranjero, no sabría hacer las cosas bien”. Sin embargo, “eso ha ido cambiando”. Su trabajo es su aval: “Como sabes, en América Latina comenzamos a trabajar desde muy jóvenes. Yo aprendí el oficio con catorce años y aquí sigo. Es lo que mejor sé hacer y me gusta”.

Calzado de hace 40 años

En la charla con Dany, que dejó su Guayaquil natal junto a su mujer y sus tres hijos, hay un trasfondo sentimental. No solo hacia su país de nacimiento o el de acogida, sino hacia su labor de artesano y todo lo que genera. “Hay gente que le tiene mucho aprecio a su calzado. Más de un cliente ha venido a arreglar zapatos de hace treinta o cuarenta años, que eran de sus padres o sus abuelos y que están impecables, casi nuevos”, desvela.

Pero, además, el pequeño taller de Dany es un punto de encuentro en el barrio. Allí conversan los vecinos y se tejen redes sociales como antaño. “La mayor parte de mis clientes son vascos, aunque también tengo clientes y amigos de fuera. Más de una vez ha pasado que unos llegan al local preguntando por un pintor, un fontanero o alguien con experiencia en cuidar niños y salen de allí con el problema resuelto: unos con el servicio que necesitaban y otros, con trabajo”, explica con alegría y añade: “Mis amigos, en broma, dicen que la zapatería es el INEM”.

Para él, es una “satisfacción” ayudar a los demás, poner en contacto a las personas y ser una parte activa del barrio. “Es muy importante integrarse, acostumbrarse a la nueva vida que supone emigrar y adaptarse a un entorno distinto del que tenías”. ¿La reflexión incluye clima? “Sí, sobre todo al clima”, enfatiza. “Yo me levanto cada día deseando que llueva”. No es que le gusten las nubes y los paraguas, sino que el sirimiri trae siempre trabajo. “Cuando cae agua y toca caminar por calles empinadas, la gente se acuerda de mí”.

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253 | Arthur

Acude a la entrevista con un libro en las manos. Lleva por título ‘La dieta de las princesas chinas’ y es el último que escribió. El texto aborda un tema contemporáneo: la dificultad para bajar de peso y la frustración de intentarlo por múltiples vías, sin éxito. También ofrece una solución, porque a ello se dedica Arthur Rowshan, a brindar soluciones concretas para problemas concretos. Por su consulta de la Clínica Euskalduna han pasado infinidad de personas en busca de ayuda y consejo profesional. Sobre todo, para dejar de fumar.

Iraní de nacimiento, canadiense de adopción y vasco por elección, Arthur ha centrado su interés en aquellas “dificultades cotidianas que nos impiden alcanzar una vida plena”. O, mejor dicho, en erradicarlas con eficacia. “Ante un problema determinado -explica-, la psicología tradicional se centra en el origen y el porqué. A mí me interesa el cómo. Lo que procuro es entender de qué modo funciona algo para intentar cambiar el patrón y, una vez que lo consigo, comprender mejor las razones. Es decir, es la propia solución la que me ayuda a entender el problema”, resume en un perfecto castellano.

Tras beber un sorbo de agua, continúa, para redondear la idea: “Tendemos a pensar que si comprendemos el porqué de algo seremos capaces de cambiarlo. Y no es así. No basta con saber que fumas porque sientes ansiedad, o porque te sientes inseguro, para que puedas dejarlo. Es preciso enfocarlo de otro modo”, opina el terapeuta, que se ocupa de aclarar que él no es psicólogo y que en su consulta no hace análisis ni diagnósticos. “Mis sesiones están enfocadas en términos de desarrollo personal -dice- . Y son prácticas”.

A pesar de esta puntualización, lo cierto es que Arthur es diplomado en Psicología por la Universidad de Waterloo, en Canadá, tiene un master en Tabaquismo, es experto en Hipnosis Clínica y Relajación y, también, en trabajo grupal. De hecho, viaja con asiduidad a Barcelona, Sevilla y Madrid, donde realiza sesiones en grupo para dejar de fumar. “En general, cuando alguien acude a mí es porque ya lo ha probado todo y no ha tenido los resultados que esperaba. Busca una alternativa y eso es lo que propongo. Mi trabajo consiste en crear una situación concreta en la que las personas puedan utilizar los recursos que tienen para superar un problema”.

Arthur considera que ceñirse a una corriente o un dogma determinado es una limitante para el terapeuta. “Yo no tengo prejuicios dogmáticos de ninguna escuela”, dice. Su método -muy personal, puesto que lleva su nombre- combina postulados del filósofo austríaco Karl Popper, el chino Lao-Tsé -fundador del taoísmo- y el portugués Antonio Damásio, premio Príncipe de Asturias en 2005. “El cerebro no toma decisiones basándose únicamente en la razón”, cita de este último. “Por ello, busco poner en práctica estrategias alternativas, sin prejuicios ni teorías, hasta encontrar una solución elegante y eficaz”, agrega.

Canalizar la energía

Su propuesta profesional es “canalizar mejor la energía en lugar de reprimirla y contenerla” y para ello se sirve de “pequeños cambios y ajustes”: justo lo contrario a su trayectoria personal, en la que ha hecho grandes modificaciones. Desde que partió de Irán, cuando tenía quince años, hasta que llegó a Bilbao en 1997, Arthur ha vivido en distintos lugares del mundo: de Italia y Suecia a la República Checa a Canadá, el país donde comenzó su carrera y del que tiene nacionalidad, aunque se considera un ciudadano del mundo, acorde a su fe Bahai.

La religión, precisamente, fue el origen de ese periplo. “La situación era difícil para los Bahai en Irán y, lejos de resolverse, se complicaba cada vez más. Poco a poco, mi familia decidió marcharse y yo partí hacia Italia con uno de mis hermanos”, cuenta. Su familia fue también la razón principal para afincarse en Euskadi, puesto que en esa diáspora, algunos de los suyos habían venido aquí. Bilbao le sorprendió entonces y le sigue sorprendiendo ahora. “La ciudad ha experimentado un cambio espectacular y yo he tenido la suerte de verlo. Combina muy bien las características de una gran metrópoli, porque lo tiene todo, pero a su vez es pequeña y nunca te llega agobiar. Un buen lugar para echar raíces”, concluye.

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252 | Ramiro

“Hoy quiero contar mi triste pena. Hoy quiero contar mi triste historia. Hoy recordaré lo que he vivido, lo que he sufrido, desde el momento en que subí al avión”. Con estas sencillas palabras comienza la canción ‘El indocumentado’, un tema compuesto en 2008 por el músico boliviano Ramiro Torres.

“Lo escribí pensando en toda la gente que ha emigrado de mi país y que ha pasado por la experiencia de no tener los ‘papeles’ en regla -dice-. En estos casos, las historias se parecen mucho: siempre hay un choque muy grande entre los sueños y la realidad”, explica el autor en Bilbao, donde vive desde hace dos años.

Ramiro conoce bien los sinsabores del migrante porque tiene varios amigos latinoamericanos esparcidos por el mundo y porque él mismo se ha marchado de su tierra, Cochabamba, a la que recuerda como “la ciudad de la eterna primavera”. Antes de afincarse en Euskadi, vivió cuatro años en Italia. “Cuando aún estaba en Bolivia, mi sueño era conocer Venecia -cuenta-. Y la música, mi profesión, me dio la oportunidad de viajar y de quedarme”.

En ese tiempo, Ramiro tuvo ocasión de vivir en varias “ciudades maravillosas” del norte del país, desde Verona y Milán hasta Génova. Cumplió su sueño de pasear por los rincones de Venecia e, incluso, llegó a “grabar un videoclip a bordo de una góndola”. Pero su paso por Italia supuso también un cambio profundo. Allí pudo conocer a muchos otros bolivianos cuyas historias, no siempre fáciles, le conmovieron. Eso le “cambió como persona” y significó un punto de inflexión en su música.

“Me dedico a la composición desde hace casi veinte años. Empecé en mi país, en 1995, y al principio estaba muy volcado al folclore, a los acordes y los instrumentos típicos de Bolivia. En Italia, eso cambió. Empecé a explorar otros ritmos, como baladas, boleros y bachatas, me a treví a cantar en italiano y, sobre todo, me interesé mucho por las cuestiones relacionadas con la inmigración”. Su tercer álbum, ‘Desde Europa’, refleja bien ese proceso.

“Después de grabarlo, decidí volver a Bolivia para hacer una gira de promoción y dar a conocer mi trabajo”. Sin embargo, el gusto por vivir en otros sitios se le había instalado en el cuerpo y no tardó mucho tiempo en hacer sus maletas de nuevo. Esta vez, para venir aquí. Y, en esta oportunidad, lo curioso fue que dejar su tierra le permitió estar cerca de los suyos.

“Mi familia estaba en Bilbao y esa fue la razón principal para elegir esta ciudad en lugar de cualquier otra”, señala. “Con los amigos, me mantengo en contacto por Internet casi a diario. Lo único que echo de menos, ahora mismo, es la comida”, confiesa con una sonrisa.

El mar y un nuevo disco

En contrapartida, el País Vasco le ha deslumbrado con sus playas y su orografía. “El paisaje es muy distinto al de mi tierra -compara-. Más allá del clima, que también es diferente, Bolivia no tiene mar. Aquí hay una costa preciosa y, siempre que puedo, voy con mi familia y mis amigos para disfrutar”, dice Ramiro, que en esas ocasiones suele llevar también su guitarra.

Y es que “la música lo es todo para mí”, reconoce el compositor, que está trabajando en su quinto álbum. “En este disco habrá algo de merengue y de salsa porque son dos ritmos latinos que aquí gustan mucho. Ya están elegidas las diez canciones, ocho de las cuales son mías, y espero terminar pronto la grabación de los temas para empezar con los videoclips”, avanza entusiasmado. Aunque aquí no hay góndolas venecianas, sí hay “paisajes increíbles” en los que le gustaría rodar. “Quiero mostrar la belleza del País Vasco en mis vídeos musicales”, subraya.

¿Y después? “Enseñarlo, aquí y en Bolivia”, donde espera regresar más adelante. “He tenido la suerte de vivir, viajar y cumplir sueños gracias a la música, y quiero seguir haciéndolo. Obviamente, vivir de esto es complicado, pero no imposible. Lo importante, como en todo, es saber adaptarse y ser flexible ante los cambios. Y si eres extranjero, esa es una habilidad que no puedes perder .”

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251 | Bryan

No se pierde ni un partido del Athletic. Sigue con atención las jugadas. Analiza lo que pasa en el campo… y lo narra. “Mi manera de vivir el fútbol es contarlo”, dice el comentarista chileno Bryan Andrews Fazzi, que llegó a Euskadi hace un lustro y dirige el proyecto deportivo ‘Fusión Vasco-Latina’ en Radio Tropical. Junto a Aitor Elorriaga y Jon Pérez, pone voz (y sentimiento) a las hazañas rojiblancas.

Y es que le “sale del alma”. Por un lado, Bryan le tiene “mucho cariño” al míster, Marcelo Bielsa, “ya que entrenó a la selección chilena y desde entonces hay un lazo muy fuerte”. Por otro, se maravilla ante el calor de la calle y de la catedral cada vez que juegan los leones. “Los hinchas del Athletic son la afición soñada -asevera-. La gente es excepcional, muy respetuosa, fraterna con otros equipos y entregada con el propio. No es frecuente ver algo así en el mundo del fútbol”, apostilla este santiaguino, que se estrenó como narrador deportivo en Vizcaya.

“Nunca imaginé que podía hacer esto y, al principio, estaba muy nervioso -reconoce-. Cuando me ofrecieron relatar fútbol en la radio, intenté aprender lo básico y coger un poco de oficio. Practiqué y hasta hice un curso de narración deportiva en Madrid, pero la verdad es que el primer partido fue horrible. ¡Estaba muerto de miedo!”, recuerda hoy entre risas. Normal: una cosa es comentar con tus amigos los partidos de tus hijos y otra muy diferente, los de primera división en antena. “Sobre todo si lo haces en una emisora que emite para todo Euskadi, y que también llega a Latinoamérica”.

“Esto empezó porque uno de mis hijos juega en un club de fútbol aquí. Como muchos otros padres, yo iba a verle y alentarle, pero también comentaba las jugadas. Dos chicos colombianos, que también iban allí con frecuencia, vieron que yo sabía de fútbol. Ellos comentaban partidos en la radio y un día me invitaron a acompañarlos. Imagínate el momento… ¡yo nunca había pisado San Mamés!”, cuenta Bryan que, sin embargo, sí había pisado otros campos, pues en Chile entrenaba en Colo-Colo.

“Decidí emigrar de mi país por la situación económica y por la educación de mis hijos. Los ingresos de casa alcanzaban para educar bien a uno, pero no a tres, así que en 2007 nos lanzamos a la aventura”, explica. “Primero vino mi mujer con el pequeño. Después, los otros dos críos. Y finalmente llegué yo. No teníamos conocidos ni muchas referencias, pero tuvimos suerte: conocimos a Mercedes y Paulino, una pareja vasca que nos ayudó mucho, que se portó muy bien con nosotros y que, a día de hoy, son como nuestros padres. Gracias a ellos y a su generosidad pudimos afincarnos y salir adelante”, relata con gratitud.

Fusión de culturas deportivas

Por supuesto, “el primer año aquí fue muy duro”. Bryan recuerda que fue abriéndose paso poco a poco, trabajando “en lo que podía”, desde repartir publicidad hasta la cocina de un bar. Todavía hoy, que tiene la motivación de la radio y trabaja en el Hospital de Basurto llevando la comida a los distintos pabellones, se sigue “buscando la vida”. Su prioridad, insiste, es darle un futuro a sus hijos. Y ver “que progresan, que se sienten integrados y que estudian en euskera” le llena de satisfacción y le anima a “seguir luchando”.

El proyecto en la emisora también es un ancla poderosa. “Cuando el director, José Ángel Robles, me ofreció la oportunidad de narrar los partidos, preparé un proyecto para formar un equipo mixto. Yo veía que había una barrera muy grande entre la gente latina y la vasca, y quise unir las dos cosas, formar un grupo diverso. La verdad es que se logró una fusión muy bonita, no solo entre nosotros, sino también en la audiencia, que empezó a crecer y cambiar. Una de las cosas que más nos gratifica es saber que nos escuchan vascos y extranjeros, que de algún modo podemos llegar a todos los que gustan del deporte y del fútbol”, reflexiona.

“Además -continúa-, es muy interesante y divertido fusionar las distintas maneras de relatar un partido, o usar múltiples expresiones, de aquí y de allá. Si yo digo ‘el árbitro cobró foul’, Aitor, Mitxel o Jon añaden una traducción inmediata y acotan que ‘cobrar es sancionar’. Eso es espontáneo y natural, y queda muy guapo”, concluye Bryan, que defiende la magia de la radio.

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250 | Eusebio

A Eusebio Frasqueri le encanta su trabajo. No solo porque se dedica a ello desde hace más de cuarenta años, sino por el modo en que habla de su labor. Eusebio es albañil y ha trabajado en la construcción durante toda su vida. “Empecé en Paraguay, cuando tenía once años”, precisa. Hoy tiene 57 y se matiene activo en Vitoria.

“Me dedico a colocar azulejos y suelos, a lo que aquí se denimina alicatado. Es un trabajo de terminación, de detalles, porque en esa fase de la obra ya no entra nadie más que tú y lo que haces con tus manos. No interviene ni el pintor, ni el fontanero, nadie. Y eso significa que el acabado que tú consigues allí se quedará, a la vista de todo el mundo. Por eso es tan importante hacerlo bien y con cuidado, controlar las técnicas y ser meticuloso y detallista”, indica.

Consciente de que su oficio es tan antiguo como universal, Eusebio no dudó en ampliar sus horizontes cuando hizo falta. Primero, en Estados Unidos y, después, de este lado del Atlántico. “Viajé a Galicia en 2002 en busca de trabajo, intentando que me contratara alguna empresa de construcción. Hice contactos, hablé con mucha gente del sector, y me explicaron que para poder contratarme y hacer las cosas bien, yo tenía que estar en mi país de origen y recibir allí una oferta firme de empleo”.

Él quería seguir por esa vía, aunque fuese más lenta, laboriosa, burocrática y cara. Sabía que las posibilidades eran pocas, que podrían tardar en llegar y que su objetivo podría alejarse. Pero, aun así, lo intentó. Recopiló información y documentos, hizo todas las gestiones que estaban en su mano, y marchó con la esperanza de que el esfuerzo le conduciría a buen puerto. Acertó, aunque la odisea le llevó de un país sin mar a una ciudad sin costa.

“Un arquitecto de Vitoria se interesó, y así fue como yo vine a Euskadi, con trabajo asegurado y un lugar donde vivir. Llegué aquí hace casi nueve años, junto con 13 trabajadores más”. La familia, eso sí, quedó en Paraguay. “Esta vez no fue tan duro porque mis hijos -tiene cinco- ya son grandes. Los sacrificios han valido la pena”.

Desde que llegó al País Vasco, Eusebio ha estado trabajando en el oficio que tanto aprecia. Pero, además, ha tenido la ocasión de compartir lo que sabe y conectar con su faceta más social. Desde hace cuatro años, es instructor de alicatado en la cárcel de Nanclares. “Me presenté a ese puesto con muchísima ilusión. En mi país había trabajado como visitador social en una penitenciaría y sé lo importante que es ofrecer a las personas una segunda oportunidad. Cuando me llamaron para decirme que el trabajo era mío, me sentí muy feliz”.

Construir nuevas historias

Esa misma alegría es la que transmite en sus clases, convencido de que “no solo se trata de un oficio, sino de una oportunidad”. Los cursos, “tienen una parte teórica y una práctica, pero al final también hay que producir. En algunos pabellones hace falta colocar azulejos o renovar el alicatado, y eso lo hacemos nosotros. Cuando miramos el trabajo acabado, la sensación es muy gratificante. Yo siempre les digo a los internos: ‘Eso lo hicieron ustedes’. Y la gente se entusiasma”.

Eusebio tiene muy claro que la inserción social es fundamental para todas las personas. También para las que vienen de fuera, como él, y tienen por delante el desafío de construir una nueva historia, lejos de los afectos y el entorno conocido.

Como presidente de la Asociación de Paraguayos en Vitoria (APAVI), se preocupa por esttrechar lazos con la gente de su tierra, “mantener las tradiciones, el folclore y el gusto por el encuentro, ya sea con un partido de fútbol o una muestra de danzas típicas”, explica.

Pero también pone en valor “las cosas buenas del País Vasco, que son muchas”; tantas como para venir y quedarse. “La limpieza de las calles, la seguridad ciudadana, la cantidad de espacios verdes que hay… Para mí -dice- ha sido muy sencillo adaptarme, incluso al frío del invierno. Además, me gusta mucho la lectura y aquí tengo la posibilidad de comprar libros, algo que no siempre podía hacer en mi país. Esas cosas tan simples, y a la vez tan importantes, hacen que sienta que he encontrado mi lugar en el mundo y que muchas veces diga ‘yo también soy de Vitoria’”.

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249 | Vladimir

Vladimir lo tiene muy claro: existen las madres coraje y, para muestra, la suya. “Las mamás son la hostia”, dice con un tono peculiar, mezcla de su acento colombiano con una expresión bien local. La fusión no es de extrañar; lleva siete años en Euskadi. “Viajé directo a Bilbao y fui el último de mi familia en venir. Antes que yo, vinieron mis hermanos pequeños. Y la primera en llegar fue mamá. La arriesgada fue la vieja, que se atrevió a emigrar sola hace más de diez años, y que con su impulso nos ha sacado adelante a los tres”.

Pese a todo, él no quería marcharse de Colombia. Y por eso tardó mucho en dar el paso. “Vine cinco años después que mi madre -precisa-. Aunque ella me insistía, yo era reacio a partir”. Percusionista profesional, Vladimir era miembro de una compañía folclórica con la que “pudo viajar mucho por América Latina y Europa”, una experiencia de la que se siente orgulloso. También era profesor de danzas tradicionales en diversos centros educativos, pero “empezaron los recortes y, cuando en un país hay recortes, lo primero que se mutila es la cultura”.

“Empezó a mermar el trabajo y tomé la decisión de marcharme”. Aunque tenía aquí a su familia, y contaba con apoyo y referencias, Vladimir sabía muy bien que ese paso iba a ser más difícil que cualquier coreografía que hubiera ensayado antes. “Yo sabía a lo que venía. Tenía claro que supondría un cambio enrome en mi vida y por eso fue tan duro partir. Cuando compré el billete de avión, empecé a alejarme de todo, de la compañía, de las clases, de mi rutina. Aquello era mi vida y preferí distanciarme poco a poco en lugar de hacer un corte repentino. No quería que el cambio fuera radical”.

Pero lo fue. “Recuerdo que, ni bien llegué, me impresionó ver tantos coches aparcados en la calle. Lo primero que pensé es que había una fiesta o algo así, porque en Colombia no es habitual; casi todo el mundo deja los coche en el garaje”, relata Vladimir, a modo de anécdota curiosa. Menos divertido, en cambio, fue salir a la calle, oír a la gente hablar y no entender ni una palabra. “En los primeros meses, me pasaba eso. Salía a caminar y escuchaba a las personas, pero no comprendía el acento. Y también ocurría al revés. Cuando empecé a trabajar, por ejemplo, tenía que hablar despacio o pedir que me repitieran las cosas porque costaba entender las expresiones”.

De la percusión a la carpintería

Vladimir se apuntó a un curso de Lan Ekintza para aprender un nuevo oficio. “Hice un curso de carpintería metálica en aluminio que combinaba seis meses de aprendizaje y seis de trabajo. En ese tiempo, cambiamos las ventanas de un par de colegios, y luego seguí trabajando para la empresa, hasta que empezó a decaer el sector inmobiliario y de la construcción”. Ante el nuevo panorama, él no lo dudó: “Me apunté enseguida a otro curso, de logística y almacenamiento. No me gusta estar quieto y creo que es importante formarse para aumentar las posibilidades de encontrar empleo”, opina.

En la actualidad, trabaja para una empresa de Amorebieta y se siente afortunado. “El comienzo fue duro, pero no me quejo -dice-, siempre he tenido trabajo”. Y, si bien renunció a su vocación para lograrlo, la vida en cierto modo le ha compensado. Soy percusionista y, cuando vine, me traje mi tambor. Pero, además, quise comprarme un djembé, así que fui al barrio de San Francisco a buscar uno”.

Ese día, un cartel llamó su atención. “Se ofrecían clases de percusión africana. Llamé y me apunté. Así conocí a Mustaphá, un músico bereber, y acabé formando parte de su grupo, que se llama Bouhia”, desvela. El conjunto, que interpreta canciones de la cultura bereber y magrebí, recibe también nuevos aportes y arreglos gracias a las experiencias (y procedencias) de los músicos que lo integran. Hay vascos y bereberes, está él, que es colombiano, y hay también una alemana.

“Desde que me fui de Colombia he tenido poco tiempo para estudiar partituras. Sin embargo, he tenido la oportunidad de conocer músicos maravillosos de distintos lugares que han enriquecido mi experiencia. Con Diego, he incursionado en la música brasileña. Con Asier, en la africana. Yo creo que la inmigración aporta cultura a un país. Obviamente, hay de todo. Pero las personas normales, que venimos a currar y queremos vivir tranquilas y felices, siempre traemos de casa un bagaje cultural para aportar”.

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