212 | Ana María

La búsqueda de oportunidades es uno de los motores más potentes que existen. Puede llevar a alguien muy lejos de casa, sobre todo cuando allí se agotan las opciones, los rincones donde buscar. Eso fue, precisamente, lo que le pasó a Ana María. Un día miró a su alrededor y comprendió que, para salir adelante, debía salir del país.

“Las oportunidades son un sueño esencial para cualquier ser humano y, si no las tienes en tu tierra, solo te quedan dos caminos: resignarte o buscarlas fuera”, expone. En su caso -y aunque no le entusiasmaba la idea-, se decantó por la segunda vía. “Honestamente lo digo: no tenía ganas de marcharme, pero llegó un punto en que la realidad de Honduras era demasiado obvia como para no verla. Había (y hay) desempleo, fallos graves en la Educación, carencias en la Salud, inseguridad ciudadana… La lista es larga”, enumera.

Hace exactamente un año que Ana María hizo sus maletas para viajar de Danlí a Vitoria. Fue un cambio brusco, y no solo por las diferencias del clima. “Hablamos el mismo idioma, pero la cultura es muy distinta y cuesta bastante acoplarse. Abrirse paso en un país nuevo es difícil. Es verdad que al final te adaptas, pero también es cierto que cuesta”.

Eligió la capital alavesa porque su madre vivía aquí. “Ella fue la primera hondureña que llegó a Vitoria hace seis años”, puntualiza. Contar con una referencia familiar en Euskadi la ha ayudado a facilitar el proceso, pero no tanto como cabría esperar: “Mi madre está aquí, pero mis hijos están en Honduras”, explica. “Yo vine para darles una vida mejor, para que tengan esas oportunidades de las que hablaba al principio”.

Al marcharse de Honduras, Ana María tenía un plan. “Como muchos otros emigrantes, yo me había trazado unos plazos y unas metas -señala-. Mi idea era venir por tres años, trabajar y regresar a mi pueblo para estar con mis pequeños y para retomar mis estudios en la universidad”. Lo que no tuvo en cuenta entonces fue que la vida es dinámica y que un cambio de país supone, también, un cambio interior.

“Mi única idea era trabajar y volver, pero una vez que llegué aquí, mi visión del mundo cambió. Después del impacto inicial, comienzas a integrarte, conoces gente y ves más allá de tu circunstancia. Por ejemplo, la seguridad fue una de las primeras cosas que me sorprendieron del País Vasco; poder andar tranquilamente por la calle y sin miedo es un privilegio para cualquier hondureño”, subraya.

Cumplir asignaturas pendientes

Hay más. “Vivir aquí ha ampliado mi perspectiva, mi proyección como mujer, como mamá y como persona. Por suerte, tengo trabajo y, además, puedo cantar, que es una de las cosas que más me gustan en la vida. Me siento activa, estoy en contacto con otras personas, tengo intención de retomar aquí mis estudios y, entre tanto, sigo formándome”, indica.

El periodismo es su asignatura pendiente. “Yo estudiaba en la capital, Tegucigalpa, pero tuve que regresar a mi pueblo y allí no existía la carrera. Hice algunas asignaturas de Derecho para no dejar de estudiar, aunque, al final, no acabé ni una carrera ni la otra. Me interesa mucho la comunicación y todo lo que esté relacionado con ella”, comenta.

Por esa razón, a principios de este mes, Ana María participó como relatora en el II Foro ‘Betty Cariño’, unas jornadas que se celebraron en Vitoria,que se centraron en la comunicación alternativa, la libertad de expresión y la inmigración, y que contaron con el apoyo de la Agencia Vasca de Cooperación para el Desarrollo. “Allí hubo muchos profesionales latinoamericanos compartiendo sus experiencias y debo decir que fue de una enorme enseñanza para mí… En este momento, disfruto mucho de Vitoria. Es una ciudad espléndida y ha logrado que mis planes cambien. Seguiré trabajando, pero para traer aquí a mis hijos”.

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2011 América Central Ellas

211 | Julie

El sábado pasado se celebró en Donosti la segunda edición de Guipúzcoa Solidaria. La iniciativa, que nació con el objetivo de reconocer las aportaciones positivas de la inmigración a la sociedad vasca, ha hecho foco este año en los caminos de ida y vuelta. Es decir, en aquellas relaciones de solidaridad y apoyo que son mutuos, que se establecen entre personas de aquí y de fuera y que tienen como resultado el beneficio de ambas partes. Cooperación en lugar de asistencialismo.

El evento, que ha tenido lugar en el Kursaal, ha reunido casi un centenar de experiencias de este tipo que se dan en el territorio guipuzcoano. “Son historias forjadas de mil maneras, en las que el conocimiento y el apoyo mutuos han permitido, a unos, encontrar la ayuda necesaria para echar raíces aquí, y a otros, descubrir maneras distintas de ver la vida”, destacan los organizadores. Y añaden: “Ante el discurso xenófobo cada vez más predominante y normalizado, queremos poner en valor las actitudes positivas de acogida que tienen muchísimas personas en nuestra sociedad”.

La historia de Julie Aguirre es una de esas cien experiencias. Colombiana de nacimiento y hernaniarra por elección, esta licenciada en Ciencias Políticas pone de relevancia el valor de la cuadrilla y la calidez de sus amigas euskaldunas. “Zuriñe, Nerea, Ohiane e Itxaso son las más cercanas, pero es un grupo de dieciocho chicas y un chico que se conocen de toda la vida y que, a pesar de ello, me han hecho un hueco, me han integrado y me hacen sentir una más”, dice ella, que llegó al País Vasco hace dos años y medio.

“Contar con una red social y de amistad es imprescindible para poder integrarse en un plano de igualdad, por eso quiero reconocerles públicamente ese rol que desempeñan en mi vida -prosigue-. Con ellas puedo compartirlo todo y, además, como hablan en euskera, puedo practicar el idioma. Eso es muy importante para mí ya que, cuando uno entiende un lenguaje, entiende también la cultura”.

Desde que vino, en 2009, Julie ha estado aprendiendo euskera. “Entiendo más de lo que hablo, pero me defiendo bien”, sostiene, y agrega que ahora ha interrumpido las clases para cursar un master en Procesos Migratorios en la UPV. “No me daban las horas… Viajo todos los días a Leioa y hay días que paso más tiempo en el autobús que en el aula, pero no me importa. Vale la pena. Le doy mucha importancia al aspecto académico”.

Escenario escandinavo

La visión le viene de familia. “Cuando era adolescente, mis padres querían que viera mundo, que conociera otras culturas. Así que, al cumplir los dieciséis años, me ofrecieron terminar mis estudios de bachillerato donde yo quisiera. Y yo elegí Dinamarca. La cultura escandinava me parecía lo suficientemente distinta a la mía como para aprender unas cuantas cosas”. Y no se equivocó. Al volver a Girardot, su ciudad en Colombia, Julie había tejido lazos afectivos de este lado del Atlántico, y hablaba danés e inglés.

Pero… ¿cómo encaja Hernani en esta historia? Ella lo resume muy bien: “En los años siguientes vine a Europa algunas veces de vacaciones. Venía a visitar a mi familia de acogida, en Dinamarca. En una de esas oportunidades, aproveché para conocer Berlín y Madrid. Y cuando estaba en el aeropuerto de Barajas, lista para volver, conocí a Roberto. Él, que hoy es mi esposo y el padre de mi hijo, Mika, iba a viajar a Colombia en el mismo vuelo que yo. El vuelo se retrasó, hablamos mucho… Y fue un flechazo, la verdad. Al llegar a mi país, empezamos a salir. Luego sostuvimos un noviazgo a distancia, él iba a verme cada tres o cuatro meses. Finalmente, decidimos casarnos. Él también ha tenido un papel fundamental en mi integración. Me ha acercado a su familia y sus amigos, y me ha alentado a tener mis amigos propios. En Euskadi y en su gente he encontrado mi segunda casa.”

2011 América del Sur Ellas

210 | Mohammed

Mohammed Er Rahmaouy está “muy entusiasmado”. El proyecto solidario que ha ideado junto a Hassan y Jamal, dos amigos, empieza a tomar forma, crece y “marcha sobre ruedas”. La expresión es literal, pues las bicicletas son piezas clave en el engranaje de esta iniciativa, que involucra a la sociedad vasca y a los niños de Marruecos con dificultades para ir a la escuela.

“En realidad -matiza-, el proyecto está enfocado a un pueblo en concreto, Tazzarine, el lugar donde nací. Se trata de un pueblo pequeño, con muchas carencias. No es que la gente se muera de hambre, pero lo pasa mal, y uno de los principales problemas es el acceso a la educación, llegar a la escuela.

Hay muchos niños que tienen que andar entre diez y quince kilómetros diarios para ir al cole, y otros tantos para volver a sus casas. Van a pie. Les lleva tiempo. Les cuesta. Y al final, algunos acaban por dejarlo”, describe.

La idea de Mohammed, Hassan y Jamal es hacer más sencillo el trayecto, reducir el tiempo del viaje y acercar, de algún modo, la escuela. Y han pensado en la bicicleta como el medio ideal para ello. “Lo que estamos haciendo -precisa- es recoger las bicis que la gente aquí ya no quiere, aceptar lo que nos donan. Cuando alguien nos llama para ofrecernos una, la vamos a buscar y la guardamos junto a las demás, en un pabellón en Sondika. En cuanto hayamos agrupado la mayor cantidad posible, las enviaremos a Marruecos para ayudar a los niños”, detalla entusiasmado, y agrega que “lo ideal sería reunir 200 bicicletas”. De momento, han conseguido 50.

En opinión de Mohammed, que compagina su trabajo de soldador con tareas de voluntariado en los fines de semana, la cifra es buena y no sería posible sin la solidaridad de los vascos. “Las personas aquí se vuelcan mucho a ayudar a los demás. Lo sé porque lo veo en proyectos como este, y porque a mí también me han ayudado mucho en su día -reconoce-. Si me permites, quisiera agradecer públicamente al Centro Zabaloetxe de Loiu por su implicación solidaria, siempre”.

La gratitud de Mohammed tiene doble lectura. Por un lado, estriba en que la campaña de las bicis cuenta con el apoyo de esta asociación de integración juvenil. Por otro, se debe a que él mismo vivió un tiempo en el centro de acogida de esta institución cuando llegó en calidad de ‘menor no acompañado’ al País Vasco.

El futuro, en la orilla de enfrente

“Yo vine en 2004, cuando tenía 16 años. Viví allí durante un año y luego en un piso de acogida, hasta que cumplí la mayoría de edad y, como todo el mundo, tuve que salir a buscarme la vida. Lo bueno es que, en ese tiempo, me enseñaron un oficio: aprendí a soldar. Desde entonces, me dedico a eso y nunca me ha faltado trabajo, a pesar de que la situación ahora está difícil. Por eso estoy tan agradecido y creo que es importante ayudar a otros; no solo a quienes ya están aquí, sino a quienes están allí y todavía sienten que el único futuro posible está al otro lado del mar”.

Lo dice por experiencia, ya que él se marchó de Marruecos en los bajos de un autobús. “Fue un viaje de seis horas, desde Tánger a Algeciras. Al principio -recuerda- pensaba que podría morir y eso me asustaba un poco, pero lo que de verdad me daba miedo era que me cogiera la policía. Eso sí que es duro, porque si te cogen en Marruecos, te llevan al calabozo y te dan unas hostias de las buenas. A mí me pasó”, dice Mohammed que, antes de cruzar con éxito, tuvo un par de intentos fallidos. “Lo intenté en un camión y en una patera, pero no salió bien. Y seguí probando, sí, a pesar del peligro. Cuando quieres emigrar no piensas en la gente que se muere, sino en la que lo consigue… La verdad es que con 16 años no piensas mucho”.

Ahora, en cambio, su visión es más amplia. “Quiero ayudar a los pequeños para que reciban una educación, progresen en casa y no pasen por lo mismo que pasamos nosotros”, dice. El e-mail para donar bicicletas es zabaloetxe[arroba]terra.es.

2011 África Ellos

209 | Ciara

Ciara O’Higgins siente mucha pena cada vez que cierran un cine donde proyectaban filmes en versión original. Estas salas, para ella, son tesoros muy valiosos: allí puede disfrutar sin intérpretes ni doblajes de las películas que más le gustan, sean de origen inglés o francés. Incluso puede que la historia no sea buena; el mero hecho de escuchar los diálogos justifica el valor de la entrada.

Y es que Ciara, como estas salas, tiene un punto de rareza. Un toque ‘Babel’. Si le preguntan de dónde es, no lo duda: “Soy de Dublín y Estrasburgo”, responde. Y antes de que alguien cuestione cómo es posible ser de dos sitios, ella lo explica contando su historia, donde caben más de tres. “Mi padre es irlandés y mi madre, francesa. Yo viví en Irlanda hasta los 13 años. Luego, en Francia hasta finalizar el bachillerato . Hice mi carrera en Inglaterra, aunque estudié un año en Alemania. Y finalmente me trasladé aquí, en 1999. Es decir, tengo 34 años y vivo en Euskadi desde hace una docena”, sintentiza en un castellano impecable.

Pero… ¿Cómo es que un periplo académico por el mundo anglosajón y francófono acaba de pronto en el País Vasco? Ciara sonríe. “Vine a Vitoria con un programa que existía para fomentar que los jóvenes trabajaran en otro país europeo. Algo similar al ERASMUS, pero enfocado al ámbito laboral. Después de estudiar Management Science (una variación de empresariales) y alemán en la Universidad de Kent, no tenía claro todavía qué me apetecía hacer. Lo que sí sabía era que quería aprender otro idioma -sí, otro- y probar suerte trabajando en Cruz Roja. Además, había conocido un chico de Bermeo…”

-¡Ajá!

-Sí… Lo conocí en la universidad, en Canterbury, pero vine aquí por lo que te contaba antes. Quería estudiar español y el único sitio donde ofrecían plaza era Gasteiz. Y bueno… Yo siempre digo que son cosas del destino.

Un destino bastante certero, porque el chico de Bermeo es ahora su marido. “Mi adaptación aquí ha sido muy buena”, explica Ciara, que en la actualidad trabaja en el área de desarrollo corporativo de Tecnalia, en el parque tecnológico de Zamudio. “A mí me habían dicho que la integración era más fácil en el sur, que los del norte son más fríos y, la verdad, yo no sentí eso para nada. En la cuadrilla de mi marido enseguida me acogieron como una más, y eso que aquí suelen estar bastante divididas, con las chicas por un lado y los chicos por otro”, observa.

Bilbao, cada vez más europea

A propósito de las diferencias culturales, Ciara comenta que “siempre están, aunque uno vaya cogiendo cosas de cada sitio en el que ha vivido”. Un ejemplo alcanza: “Siempre me ha sorprendido cómo la historia de cada país nos marca. Para mí, ‘la guerra’ es la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y la historia de mis abuelos. Aquí ‘la guerra’ es la Guerra Civil, el impacto que ha dejado es totalmente diferente y configura una realidad que me es ajena. Todos somos europeos y tenemos un futuro común, pero es innegable que los países vecinos tenemos diferentes herencias”, expone.

“Muchas veces me preguntan: ‘¿en qué idioma sueñas tú?’ Y yo contesto que es una mezcla, como los sitios en los que he vivido y como mi propia familia, que tiene distintas influencias culturales y está desperdigada por Europa”. Quizá por eso a Ciara le gusta tanto lo mucho que ha cambiado Bilbao. “Me encanta su transformación. Desde el punto de vista urbanístico, me parece preciosa la zona alrededor del Guggenheim, la Plaza de Euskadi. La ciudad está a la altura de otras urbes europeas y ahora tiene mucho más que ver que un museo. Desde la perspectiva social, me encanta el cambio a lo internacional y cosmopolita. Disfruto muchísimo paseando hasta el mercado de la Rivera, viendo y viviendo la diversidad, la mezcla de personas de diferentes orígenes, razas, culturas, idiomas. Me parece muy enriquecedor, y por fin me empiezo a sentir en casa”.

2011 Ellas Europa

208 | Marian

El camino para encontrar a Marian Manescu lleva algo de tiempo y se hace cuesta arriba. No es que él sea una persona inaccesible o difícil de entrevistar, al contrario. Lo que sucede es que el encuentro y la charla tienen lugar en la ladera de Ametzagaña, en el barrio donostiarra de Loiola. Nos espera allí, en la ermita de la Virgen de Uba, donde todos los días celebra la liturgia. Hace varios años que se ordenó sacerdote ortodoxo en Rumanía, aunque los últimos tres los ha oficiado en San Sebastián.

La entrevista, precisamente, tiene lugar un sábado al mediodía, poco después de acabar la liturgia de la mañana. Ha durado unas tres horas. Allí, en la ermita, donde los fines de semana se congregan unas cincuenta o sesenta personas y donde unos minutos antes había varios fieles, ahora solo quedan tres personas; un médico, también rumano, que suele ir todos los días, Marian y su mujer.

¿Su mujer? “Sí. Simona es mi esposa. A mucha gente le sorprende ver a un cura casado, pero es la tradición en la Iglesia Ortodoxa. Es decir, no se trata de que se nos permita contraer matrimonio siendo sacerdotes, sino que no podemos ordenarnos sacerdotes si no estamos casados. Simona es mi mujer desde hace 11 años, y casi el mismo tiempo llevo oficiando como cura”, explica Marian en un castellano que, a su juicio, “debería mejorar bastante”, pero que en realidad es muy bueno.

“¿Bueno? Qué va. Todavía me cuesta expresarme con claridad y profundidad en un idioma distinto del mío. Me cuesta hablar de teología en español. A veces tengo la sensación de que me quedo en la superficie de las cosas”, dice en tono de disculpa. Su esposa, que está embarazada y espera ya al segundo niño, sirve café para todos. Aunque va a diario a Donosti, a la ermita, la pareja vive en Irún, donde este día ha quedado el pequeño, al cuidado de sus abuelos.

En medio de una larga charla sobre creencias religiosas, tradiciones y espiritualidad, Marian retoma el asunto del idioma. Esta vez, con un recuerdo gracioso, del momento en que llegó a Euskadi. “Entonces yo no hablaba español, pero sí recordaba algo de francés y estaba más o menos tranquilo porque todas estas lenguas son romances, tienen la misma raíz… Hasta que llegué a Donosti y empecé a leer los carteles de las calles y los pueblos. ¡No entendía nada!”, cuenta con una amplísima sonrisa.

Tomar decisiones solo

Para peor, llegó aquí solo. Su mujer vino unos meses después. “Ella es maestra, educadora infantil, y quería terminar el curso antes de marcharse”, explica Marian, y añade que, para él, ese fue un periodo muy duro. “Echas de menos, claro. Llevamos muchos años juntos y estamos acostumbrados a contar con el otro, a hablar, a tomar decisiones de a dos… Lógicamente, cuando estás solo todo es más laborioso”.

Sin embargo, las piedras del camino se fueron allanando. Su esposa y su hijo, finalmente, llegaron. El idioma comenzó a ser cada vez más inteligible. Y su iglesia, a la que al principio solo acudían unas cinco o seis personas, multiplicó esa asistencia por diez los días normales, y por trescientos en las fechas señaladas.

“Semana Santa, por ejemplo, es un momento especial. Vienen unas 1.500 personas”, precisa Marian. Son muchas para una ermita pequeña -“no cabemos esos días”, asegura-, pero todavía pocas para la cantidad de rumanos que residen en Guipúzcoa. Según sus cálculos, de los 4.000 que hay actualmente, unos 3.500 profesan la fe ortodoxa. Por esa razón, y porque cree en el acercamiento cultural, Marian se ha propuesto un objetivo interesante y novedoso: “hacer una exposición con objetos ortodoxos, aquí, en Donosti”, dice. “Tengo una colección muy importante en mi país que quisiera traer para que todo aquél que sienta interés, la vea y disfrute. De momento, lo que he encargado son unas cruces artesanales talladas en madera. Poco a poco”, dice el sacerdote. “Con fe y perseverancia, todo llega”.

2011 Ellos Europa

207 | Nicolás

Nicolás Correa es pura simpatía. Al abrir la puerta de ‘Esperanza Latina’, la asociación que preside en San Sebastián, hay que poner mucho empeño para encontrarlo tras su sonrisa. «Pasa, pasa, que enseguida estoy contigo», dice con un acento argentino algo distinto del habitual. «Es que no soy de Buenos Aires. Soy de Mendoza, de la frontera con Chile», aclara mientras camina rumbo a la cocina de la asociación.

Sobre una mesa muy grande, ubicada justo en el centro, hay apoyados un termo y un mate, listo para tomar. Un litro de agua caliente y una tarrina de azúcar (porque le gusta el mate dulce) es todo lo que necesita para sentarse a conversar. «Vamos a mi escritorio -invita-, así estamos más tranquilos». Pese a ser sábado a la tarde, hay bastante movimiento en los pasillos. La agrupación tiene más de 200 socios y muchos aprovechan los fines de semana para reunirse en el lugar, preparar actos culturales, actividades educativas o utilizar la sala de informática, que está a disposición de todos.

Precisamente, antes de comenzar la entrevista, Nicolás estaba imprimiendo unas planillas con turnos. «Así la gente puede reservar una hora y organizamos mejor los recursos», razona mientras ordena los folios. Para él, que hace poco asumió la presidencia, el orden es «fundamental. Somos muchos y hacemos varias actividades, desde excursiones por el País Vasco hasta clases de euskera. Necesariamente, si queremos obtener buenos resultados, tenemos que organizarnos bien», opina este argentino que llegó al País Vasco hace tres años.

«Vine a buscar mis raíces», cuenta. Su abuelo era de Aiete. «Yo siempre había sentido curiosidad por mis orígenes, pero en 2008 tuve una necesidad más profunda de venir». Su taller mecánico en Mendoza «iba bien», pero su vida afectiva, no tanto. «Una noche, después de mucho pensar, decidí que era el momento de hacer el viaje. Y aquí estoy». Claro que, entonces, no imaginaba que al otro lado del mundo encontraría «un lugar maravilloso» en el que, finalmente, se quedaría a vivir.

Los pintxos y la honestidad

«Yo llegué de Argentina a Barcelona, y desde allí vine por tierra. Me acuerdo que, a medida que nos acercábamos, el paisaje se iba poniendo cada vez más lindo y más verde. San Sebastián me atrapó. Y la familia que tenía aquí, por parte de mi abuelo, me recibió muy bien, con los brazos abiertos y una hospitalidad increíble», recuerda.

Sin embargo, lo que más le sorprendió al llegar no fue la naturaleza «privilegiada» ni la buena acogida familiar, sino algo más simple: la comida. La gastronomía y las costumbres sociales ligadas a ella le «descolocaron» totalmente: Poco después de llegar a Euskadi, «mi familia de aquí me llevó a un bar a comer pintxos. Me impresionó mucho ver tantísima comida en la barra, al alcance de cualquiera. Pero después, cuando vi cómo funcionaba el sistema, no lo podía creer. Para mí, era impensable que alguien se sirviera a sí mismo y luego dijera ‘he comido tantos pintxos’ a la hora de pagar. Me pareció una costumbre preciosa que refleja muy bien la honradez de la gente de acá. Ojalá pudiera ser igual en todos los sitios».

Su reflexión es más un deseo de progreso social que un asalto de nostalgia porque, a él, la melancolía no le va, aunque eche de menos ciertas cosas. «Si seguimos hablando de comida, obviamente extraño la carne argentina; no hay nada como un buen bife de allá. En contrapartida, aquí encuentro un pescado fresco fabuloso que en Mendoza no existe, porque está muy lejos del mar. Hay que saber apreciar lo bueno de cada lugar cuando estás ahí. Y esto se aplica a todas las cosas. Uno no puede pasarse la vida añorando. Cuando voy allá, vivo intensamente las cosas que me gustan y estoy con la gente que quiero. Cuando estoy acá… igual».

2011 América del Sur Ellos