118 | Luis

2001 fue crítico para Ecuador. Tras la ruptura de su sistema financiero, miles de ciudadanos abandonaron el país. Entre ellos, Luis Torres, que llegó a San Sebastián sin conocer a nadie en busca de un porvenir. «Al principio, fue muy duro», dice el actual presidente de ‘Esperanza Latina’, una de las asociaciones culturales más emprendedoras y activas de Euskadi.

La asociación ‘Esperanza Latina’ ha concitado la atención de los medios porque, en su sede de San Sebastián, alrededor de cincuenta inmigrantes asisten a clases de euskera. Van los domingos por la mañana -el único día libre para la mayoría de los que trabajan- y, durante tres horas seguidas, se empeñan en aprender las nociones básicas de la lengua. El curso es de iniciación está promovido por el Patronato Municipal de Euskera y su objetivo principal es facilitar la integración social y cultural de las personas que vienen de fuera.

«Todos los domingos vienen los profesores del euskaltegi Urrats y nos dan clases aquí mismo, en la sede de la asociación. Para nosotros, es una gran oportunidad, ya que, a raíz de estos cursos, podemos comprender mejor las expresiones que escuchamos habitualmente, y nos sentimos partícipes de la vida cotidiana de Euskadi», explica Luis Torres, presidente de la asociación. Para él, que llegó hace unos cuantos años, la situación de los extranjeros y las políticas de integración «han mejorado de un modo notable».

«Vine a Guipúzcoa porque una tía mía conocía a un cura de Lasarte, pero yo no tenía a nadie y, al principio, fue muy duro. Lo pasé mal», reconoce Luis, pero introduce un matiz importante: «Me ayudaron a estudiar. Hice un curso de soldador y conseguí trabajo en una empresa donde sigo hasta el día de hoy. Para las personas que venimos de otros países, es fundamental tener acceso a la formación, ya que te abre puertas laborales, te integra en la sociedad y te impulsa a superarte a ti mismo».

En esta reflexión está la génesis de ‘Esperanza Latina’, una iniciativa que tiene dos pilares muy fuertes: el afectivo y el social. Como bien dice Luis, «formamos una gran familia para atender a los extranjeros». Una familia que, a lo largo de estos años, ha crecido y se ha abierto al mundo, pues aquello que empezó en 2001 como una actividad de ocio para los ecuatorianos es en la actualidad una asociación con dos sedes y 170 socios procedentes de varios países, incluidos ciudadanos de Euskadi.

«En 2001 emigramos muchos ecuatorianos. Casi todos estábamos en la misma situación: lejos y solos. Empezamos a contactar unos con otros, a reunirnos, y a ayudar a los que iban llegando. Con el tiempo se fueron acercando personas de otras nacionalidades; gente de Suramérica, sobre todo, pero también del País Vasco. Gracias a Cáritas y Misiones Diocesanas conseguimos este lugar para reunirnos y, desde entonces, incorporamos cursos de formación a nuestras actividades», explica.

Fechas especiales

Los cursos gratuitos de euskera son los más llamativos, pero no los únicos. También hay clases de informática y, con la ayuda de una psicóloga, cursillos sobre cómo actuar con las personas de la tercera edad, fundamentales para quienes se dedican al cuidado de los mayores. «Lo importante, además de conseguir un trabajo, es prepararse y mejorar», opina Luis Torres.
Claro que a estas iniciativas se suman las vertientes culturales y sociales. «Tenemos un grupo de danza folclórica formado por jóvenes de varios países andinos. Este grupo ha hecho unas cuantas exhibiciones aquí y en Baiona para dar a conocer una parte de nuestra cultura», señala. Por otra parte, contar con un lugar de encuentro es clave; especialmente en esas fechas especiales que reavivan la sensibilidad, como el Día de la Madre, Navidad o Fin de Año.

«La asociación es un espacio de reunión, de ocio y afectivo. Aquí cada uno cuenta su historia, conoce a otras personas y ayuda a los demás. También hay gente de aquí que colabora explicándonos cómo funciona la sociedad local y cómo comportarnos para no meter la pata. Creo que lo más importante es la sensación de grupo, de estar arropado… dejar de sentirte distinto y solo», concluye.

2009 América del Sur Ellos

117 | Javier

Javier Candia es abogado, pero no ejerce su profesión. «Es difícil revalidar la carrera siendo de fuera, ya que el sistema legal es distinto», señala este letrado boliviano que llegó a Euskadi hace un lustro. Su objetivo era cursar un posgrado. Y, al terminarlo, se quedó. «Tomé la decisión porque aquí hay cosas que allí no existen, como la seguridad -dice-. Y, la verdad, he acertado».

Javier Candia llegó a Bilbao hace cinco años para cursar un master en Cooperación Internacional. En Bolivia, su país de origen, había estudiado abogacía y trabajaba en la Administración Pública. Sin embargo encontró más barreras que puertas abiertas. «Lamentablemente, allí es muy difícil progresar siendo honesto», dice. Y añade: «Si no tienes a alguien ‘de arriba’ que te estire y te mantenga en el cargo, es complicado avanzar… Todo se maneja a cambio de favores y yo no tengo madera de corrupto. Pensé que era mejor cambiar de sociedad».

Canalizó ese cambio a través del curso académico, pues quería seguir estudiando y hacerlo en Europa. Preferentemente, en el norte, «que tiene prestigio por su rectitud y eficiencia». Su destino inicial fue Suecia -a donde viajó en julio de 2004- pero el país no consiguió cautivarlo. «El clima fue un factor importante, no lo voy a negar. Cuando llegué era pleno verano y, aun así, hacía mucho frío. Después estaba el asunto del idioma, que no es menor, y el trato de la gente, que es un poco como el clima», enumera.

Todavía tenía ansia de norte, pero «no tan lejos del Ecuador», dice con una sonrisa. Y, buscando universidades, encontró que el punto exacto era Euskadi. «Combinaba esos valores europeos con la calidez de la gente, más parecida a Latinoamérica», sintetiza Javier, y prosigue: «Mientras estaba en Suecia, supe que existía en Bilbao este master en Cooperación. Los contenidos tenían afinidad con mi carrera, así que me lancé. Ante todo, yo quería mejorar. Cuando sientes que el mercado laboral está completo y que te has topado con un techo, o haces algo para superarte o te quedas en el montón», reflexiona.

Javier se instaló en Vizcaya y, poco después, llegaron su mujer y su hijo. Al terminar el curso, le ofrecieron una beca para hacer un doctorado en Uruguay, pero él prefirió quedarse. «Académicamente, era una oportunidad muy buena, pero yo ya tenía a mi familia aquí. Ya había despojado a mi esposa de sus afectos al traerla a Bilbao, y sentía que si me iba, la dejaba lejos y sola. Elegí quedarme por ella y por el proyecto común de vivir en un lugar donde hay más oportunidades, donde el papel del Estado es más social y donde da gusto pagar tus impuestos porque ves que tu dinero trabaja para el bienestar general», explica.

Sin olvidar la vocación

Si en un comienzo, venir a Bilbao supuso avanzar en su carrera, apenas un año después, quedarse significó detenerla. «Las prioridades cambian», dice Javier, consciente de que su profesión no vale en cualquier parte del mundo. «Los sistemas legales varían de un país a otro, de modo que, si quieres ejercer de abogado, tienes que empezar desde cero unas cuantas materias», explica.

Como proyecto a medio plazo, la idea no era mala. No obstante, en ese momento, lo fundamental era trabajar. «Hice un curso técnico de formación para aprender un oficio que tuviera salida laboral, y empecé a trabajar en el sector de las telecomunicaciones», resume. «Evidentemente, no es lo mío, pero, como te decía antes, me permite vivir aquí y eso compensa. En Euskadi hay una tranquilidad y una seguridad que no existen en Latinoamérica. Si te esfuerzas, sales adelante, y existe la clase media. Allí no».

Por supuesto, él no pierde la esperanza de estudiar más adelante, ya que, como asegura, nunca ha olvidado su vocación. De ahí que, en este momento, Javier dedique parte de su tiempo a orientar legalmente a sus compatriotas. «Hay muchas personas que no saben qué trámites deben hacer para solucionar los problemas que surgen con la emigración» ¿Por ejemplo? «Los divorcios a distancia. Muchas mujeres vienen aquí, ven que hay igualdad, que trabajan y el dinero es para ellas, y entonces se plantean dejar atrás lo que tenían. Allí hay mucho machismo y la mujer está demasiado presionada. Esa es otra gran diferencia», concluye.

2009 América del Sur Ellos

116 | Assane

Assane llegó de noche a Bilbao. Le gusta recordar la experiencia porque ilustra perfectamente lo que supone un salto de país, de continente y de cultura. «Llegué de noche y fui directo a San Francisco», relata. Como todo estaba oscuro, sólo vi lo que mostraban las farolas. Con esa luz, el barrio me pareció bonito, ordenado y limpio…», agrega con una sonrisa que anticipa el desenlace.

Aunque estaba cansado por el viaje, aquella noche casi no durmió. «Tenía muchas ganas de ver qué era Europa. Estaba ansioso y quería que llegara el día para contemplar bien la ciudad. Me pasé toda la noche en la habitación esperando a que amaneciera». Cuando por fin salió el sol, Assane abrió la ventana y se asomó al balcón, que daba a la calle Dos de Mayo. «No podía creer lo que veía. Las condiciones de vida, el ambiente… Todo estaba en peores condiciones que en mi país. Me pregunté ‘¿Dónde estoy?’, porque aquello no se parecía en nada a lo que yo esperaba encontrar. Salí a caminar y me quedé alucinado. ¡Había más negros que en Senegal!», remata al borde de la carcajada.

Sin embargo, recupera la seriedad enseguida. «Comprendí en un tiempo récord que no es igual la Europa real que la que te enseñan cuando estás en África», dice contundente. «Una de las causas de que aumente la tasa migratoria pasa justamente por ahí. Cuando en la escuela nos dan clases sobre Europa, o cuando encendemos el televisor, el mensaje es sólo uno: aquí todo es perfecto. Aquí hay dinero, comida, coches de lujo, la gente es feliz y, si llegas a Europa, tienes la vida resuelta. Si en tu país no estás bien y crees que hay un paraíso en la Tierra, ¿cómo no intentarlo?», reflexiona.

Desde su punto de vista, el desarrollo de Internet, los chats y las redes sociales contribuyen positivamente a ponerle freno a esa situación. «Ahora los chavales graban cosas con el móvil y las cuelgan en la web. Hay más canales de información y hay versiones más realistas de lo que es la vida aquí. Hasta hace cinco años, sólo había un periódico en el país, pero ya han empezado a aparecer otros y eso es muy bueno. Aunque haya periodistas perseguidos o refugiados en Canadá, Senegal está empezando a cambiar», dice Assane.

Cortometraje en proyecto

Lo interesante es que él también ha cambiado. «Cuando volví a mi país hace un año, me sentí un poco decepcionado. Miraba a la gente, observaba las condiciones en las que está la población, e intentaba adaptarme al ritmo de vida, que es otro muy distinto. Pero no podía. Cuando vives en un lugar, no te das cuenta de todos sus problemas. Es al salir cuando ves lo mucho que hay por mejorar», señala Assane. «Sinceramente, estoy harto de los africanos que se quejan y piden ayuda a Europa y Estados Unidos. Tenemos riqueza, recursos y gente. Deberíamos unirnos como pueblo y enfrentar a los gobiernos corruptos, pero no lo hacemos. No lo entiendo», lamenta.

Su visión sobre el mundo es lo que le ha llevado a formar parte de Biluts, una asociación multicultural de la que fue presidente, y en la que ahora desempeña el cargo de secretario. ¿La idea? «Generar espacios de encuentro de manera natural entre personas de diferentes procedencias», resume.

Las actividades que han previsto para noviembre y diciembre apuntan a esa dirección. Encuentros deportivos, talleres interculturales, seminarios, conciertos y hasta un proyecto cinematográfico. «A final de mes, el día 28, rodaremos un ‘corto’ en Bilbao. Se llamará ‘Le passage’ y contará la historia de dos senegaleses que emigran», adelanta Assane.

2009 África Ellos

115 | Mbaye

Se llama Mbaye Thiam, aunque todo el mundo en Basauri le conoce como ‘Baba’. Es vecino del municipio desde hace casi tres años, cuando cambió Dakar por Euskadi en busca de un futuro mejor. Para este senegalés, que participó activamente en las fiestas de San Fausto y hasta se animó con la sokatira, «lo bonito de vivir en otro sitio es aprender las diferencias culturales».

Va saludando a diestra y siniestra mientras camina hacia el lugar acordado para la entrevista. «¡Aúpa, Baba!, ¿qué hay?» se le oye decir a un vecino. Otro le palmea el hombro al pasar. Más allá, en la acera de enfrente, alguien levanta la mano y sonríe. Aunque parezca el fragmento de un filme, nada tiene esta escena de ficción. Al contrario. La secuencia es parte de la realidad de Mbaye, un senegalés que reside en Basauri y al que todos conocen como Baba.

«Es que estamos en mi barrio…», dice a modo de disculpa. «Yo no soy una celebridad». ¿O tal vez sí? Desde que participó en las fiestas de San Fausto compitiendo con la sokatira, más de un basauritarra lo tiene presente. Especialmente, los niños, que le animaron mucho durante la celebración. «Fue muy emocionante oír mi nombre entre la gente y ver que los pequeños me alentaban», recuerda ahora, sentado en un bar, frente a una taza de café con leche.

«El País Vasco es muy distinto a mi país», dice Baba, que se marchó de Senegal hace tres años y vino directo a Euskadi porque aquí vivía un amigo. «Casi todo es diferente», continúa, y enumera: «El clima, el ritmo de vida, la forma en que se relaciona la gente… Aquí, en general, cada uno va a lo suyo. A veces, las personas no se saludan o cuando les hablas, no te contestan. En mi país, cuando llegas a cualquier pueblo, las familias te abren las puertas, te hacen sentir parte de la comunidad».

Aunque Baba señala estas diferencias, reconoce que hay muchas personas en Basauri que le han hecho sentir como en casa. «Cuando llegué aquí, no conocía a nadie y, lo que es peor, no conocía el idioma. En Senegal se habla francés y otras quince lenguas propias, pero no el castellano, así que, al principio, fue difícil para mí. ¡Imagínate! Llegas a un lugar distinto, con unas costumbres diferentes, no puedes comunicarte, no entiendes lo que te dicen y, encima, eres de otra raza. Aprendes a reconocer enseguida la mirada y los gestos de los demás. Me ha pasado alguna vez eso de entrar a un sitio y que la gente coja el bolso porque teme que le vaya a robar, pero también he hecho muy buenos amigos aquí; he conocido a personas que se interesan por los demás y se preocupan por integrarte. Esas son las que valen y las que compensan los malos momentos. Los otros, que se creen superiores por el lugar de nacimiento o el color de la piel, no me interesan».

Iniciativa de inclusión

Cuando habla de integración, Baba menciona de inmediato a las fiestas patronales del pueblo, que este año contaron con la participación de unos cuantos inmigrantes residentes en Basauri. Una novedosa iniciativa municipal, que contó con la colaboración de la comisión de fiestas ‘Herriko Taldeak’, hizo posible esa coyuntura. Así, los organizadores del festejo dedicaron un par de jornadas a explicarle a sus vecinos de origen extranjero en qué consiste la celebración de San Fausto y cuáles son sus principales elementos, como la escarabillera, la bajada, el zurrakapote o el diseño de las lonjas, entre otros.

Ese gesto de acercamiento tan simple permitió que muchos inmigrantes como Baba comprendieran mejor la fiesta y hasta quisieran formar parte de ella. «Otros años, yo veía a la gente en la calle, pero me quedaba fuera de la celebración. No la entendía y no me interesaba. Este año fue diferente porque, si te explican la cultura vasca, la entiendes y te interesa más. Pasaría lo mismo si alguien de aquí fuera a vivir a mi país: no entendería nada y se quedaría aislado. Sin embargo, cuando alguien te guía, logra entusiasmarte», razona Baba. Y agrega: «Por eso me vestí con el traje típico de las fiestas y participé en la competición de sokatira. Considero que si una persona se toma la molestia de explicarte algo, debes corresponderle de algún modo. Además, me gusta aprender cosas nuevas… Te aseguro que dentro de un tiempo me verás hablando en euskera».

2009 África Ellos

114 | Mati

Las historias de quienes emigran nunca se cierran del todo. En sus relatos no hay un punto final, ni enunciados definitivos ni tampoco un inventario de proyectos acabados. Trasladarse a otra parte del mundo pone de manifiesto que la vida, además de movimiento, es cambio. Y esa dinámica -más que el petróleo- es la que mueve tantos aviones: los que cargan sueños de ida y los que llevan ilusiones de vuelta. «Hay un punto en el que uno siente que ya es hora de cambiar», reflexiona el pianista al comenzar la entrevista. Y, aunque le gusta el tango y la milonga, Mati no habla por hablar: el día 1 de noviembre se va.

Tuvo la misma sensación hace unos años en Buenos Aires, donde intentaba vivir profesionalmente de la música, pero la situación no acompañaba al deseo. Además de la crisis económica general, hubo un hecho particular que cercenó la actividad de los músicos: una tragedia en una discoteca que acabó con las actuaciones en directo.

«Hubo un incendio muy grande en el que murieron casi doscientas personas -recuerda Mati-. Con las investigaciones, descubrieron que esa noche se había superado el aforo permitido y que la sala no tenía todas las condiciones de seguridad; así que el alcalde ordenó clausurar casi todos los locales nocturnos y se redujo el circuito de lugares donde podíamos actuar. Sentí claramente que era el momento de irme», añade.

La difícil coyuntura fue el detonante de su decisión, aunque él ya barajaba esa posibilidad desde antes. «Casi toda mi familia es de origen italiano y yo siempre había tenido la inquietud de conocer mis raíces; siempre había querido recorrer Europa y ver el mundo desde el primer mundo para saber qué aspecto tenía», explica. Con esa idea en la cabeza, y un buen puñado de amigos que vivían en España, Mati se subió a un avión en Buenos Aires y se bajó de él en Madrid.

«Cuando llegué, llamé a mis amigos, y el único que me respondió fue uno que vivía en Bilbao. Él insistió para que viniera. Me dijo que el País Vasco era espectacular, que su gente era maravillosa y que me dejara de rollos con Barcelona o Madrid. Vamos, que debía venir aquí». Tres días después de esa charla, Mati Mormandi se bajó de un autobús en San Mamés. «La ciudad me gustó desde el principio. En seguida entendí que Bilbao era el destino que buscaba, que sería mi casa en Europa. Y, de hecho, así ha sido».

Las estaciones de metro

Desde que llegó, hace cuatro años, se dedicó por completo a la música. «Estuve mucho tiempo tocando reggae en la calle; algo que jamás había hecho antes y que no creo que vuelva a hacer, pero que me permitió vivir de lo que me gusta», señala. Además, «comprobé que el reggae es el género más universal y atemporal de todos, porque engancha a los niños, los jóvenes y la gente mayor por igual. Era el mejor lenguaje para conectar con el público bilbaíno», dice.
Eso, y el tango, que también se ha traducido en aplausos. Su participación en el grupo Buenos Aires 4 Tango lo devolvió al trabajo conjunto y al circuito de los bares de Bilbao. Con el tiempo, Mati ha conquistado un público fiel. Sin embargo, y como dice, «es hora de volver». En su ciudad le esperan proyectos, actuaciones y un disco; por no mencionar a los afectos.

Y él está ilusionado, claro, pero le duele marcharse. «Me compenetré tanto con Bilbao que puedo decirte de memoria todas las estaciones del tren y del metro. Aquí aprendí muchas cosas, como que es imposible estar solo en esta ciudad. A Bilbao le debo, además, los primeros tangos que compuse, o las dos canciones que canto en euskera y que presentaré en Buenos Aires. A veces me pregunto qué voy a hacer con tanto conocimiento de una ciudad, pero la verdad es que todo lo que vivimos nos hace personas y con eso me quedo», dice Mati, cuya actuación de despedida será el día 31 en Haceria Arteak.

2009 América del Sur Ellos

113 | Guido

Se marchó de su país hace tres años, cuando la situación política de Bolivia puso en jaque su carrera. «Las alternativas se habían vuelto demasiado radicales y a mí no me convencía ninguna. Eso supone un problema cuando trabajas en un gobierno municipal», dice Guido, que emigró para progresar, estudiar y darle una vida distinta a sus hijos. Aquí, subraya, «hay más igualdad social».

Extrovertido y locuaz, Guido Limpias lleva el verbo en los genes. Le gusta hablar, conversar con la gente, y ese don de la palabra le acompaña desde siempre. Quizá por ello empezó a trabajar en los medios cuando apenas era un chaval. A sus diecisiete años se estrenó en la radio y, poco después, en la televisión, donde ejerció de periodista deportivo. Tenía sólo 21 años cuando le ofrecieron encargarse de las relaciones públicas a nivel municipal y, a pesar de que era un crío, aceptó.

«Ya tenía un empleo público y estaba muy satisfecho desde el punto de vista laboral, pero yo quería algo más; quería seguir una carrera y convertirme en profesional -dice Guido-. Trabajar como funcionario despertó en mí la curiosidad por el Derecho, así que a los siete meses me apunté en la universidad. No era fácil compaginar las cosas, pero lo hacía», recuerda.

Las perspectivas eran buenas para él en Santa Cruz, la ciudad donde vivía. Sin embargo, la situación política, la económica y la personal empezaron a cambiar. «En el plano político había una tensión creciente. Las posturas de Evo Morales y los latifundistas eran contrapuestas, demasiado radicales, y a mí no me convencía ninguna de las dos. Eso supone un gran problema cuando trabajas en un gobierno municipal».

El razonamiento de base era simple: «Si yo seguía donde estaba, no podría ser neutral. Y si elegía un sector, cualquiera, iba a ganar muchos enemigos. La verdad, no compensaba». Tampoco el sueldo. Casado y con dos hijos pequeños, los números no cuadraban. «Uno siempre sueña cosas, tiene metas y utopías, pero llega un punto en el que debe afrontar el hecho de que no todo es posible. Una cosa es lo que quieres ser y otra distinta es lo que puedes hacer. Y así, tal como estábamos, no íbamos a ninguna parte».

Elegir una ciudad

Tras hablarlo con su mujer, Guido tomó la decisión de venir. Las familias de ambos ya estaban aquí -la de ella en Bilbao; la de él, en Madrid- y, animado por ese contexto, puso un pie en el avión. «Lo único que pensé al subir fue en el reencuentro con los míos. No tenía un plan trazado, ni un destino puntual ni nada. Mi objetivo era trabajar, vivir tranquilo y terminar la carrera», relata.

Su avión llegó directo a Madrid, donde vivió hasta que llegó su mujer con los niños. «Su avión tenía como destino Bilbao y yo viajé hasta aquí para recibirlos», cuenta. Así fue como conoció a la capital vizcaína. «Al comienzo, cuando recién llegas, tienes una idea preconcebida de España. No te das cuenta de la diversidad cultural que hay, de lo heterogéneo que es el país, hasta que vives en él y conoces de primera mano el entorno y sus matices», señala. «Como ocurre con todo, una cosa es lo que te cuentan y otra distinta lo que realmente sucede. Por eso salir al mundo multiplica el valor de tu vida; te hace crecer. Ganas en conocimiento y en riqueza personal, pues aprendes las tradiciones de una cultura distinta a la vez que transmites la tuya», agrega.

Guido y su esposa tenían afectos aquí y en Madrid, pero eligieron quedarse en Euskadi. ¿La razón? Los propios vascos. «Fuimos muy bien recibidos y sentimos una calidez y una cercanía especiales. Hay mucha gente de aquí que tiene familia en Latinoamérica y que se interesa por cómo es la vida allí. Nuestros hijos, entre tanto, se han integrado. En la escuela, la educación es muy buena y los niños no hacen diferencias entre ellos. No se fijan en el color de la piel o el bocadillo que llevan para comer en el recreo. En Bolivia, por desgracia, la desigualdad social se nota hasta en eso; los propios niños discriminan», dice. «Además -añade-, aquí conocí el mar. Fui a la playa de Sopelana en invierno y me descalcé para pisar la arena. No me importó que el agua estuviera fría. Quedé sobrecogido de tanta belleza»

2009 América del Sur Ellos