62 | Fernando

Se marchó de Argentina en 1979, cuando el país vivía una profunda fractura social y «cualquier cosa que hicieras daba pie a la sospecha». Llegó a España ese mismo año, con la democracia recién nacida y la sensación de que la juventud tenía «todo por hacer». Treinta años después, Fernando Valsega reflexiona sobre su vida y los cambios que ha vivido desde que dejó su tierra.

Hay un tango muy conocido de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera que versa sobre la partida y el retorno. Se titula ‘Volver’ y resume los sentimientos del que vuelve a su país después de muchos años de ausencia. La canción, de 1935, es casi un himno popular para los ciudadanos de Buenos Aires y Montevideo, pero en el caso de Fernando Valsega, tiene un significado especial. Amante de la música y el tango -tiene algunos temas grabados con su voz-, este periodista argentino dejó su país hace «más de media vida», cuando apenas era un chaval.

Sentado en una cafetería del Ensanche, cerca del estudio de Radio Popular, donde trabaja, el bonaerense repasa su historia. El relato comienza en la década de los setenta, unos años oscuros para América Latina y también para Argentina, que soportaba «una terrible represión política y social». En esa época, bajo la dictadura de Videla, «en Buenos Aires se respiraba la asfixia. Todo se relacionaba con la subversión. En la universidad había un policía por estudiante, llevar el pelo largo era sinónimo de rebeldía y no podías hablar con libertad. Si leías a Neruda, te hacían ‘desaparecer’», señala.

Muchos emigraron huyendo de la opresión, y para Fernando, que entonces tenía veinte años, también era importante crecer como persona. «Quería conocer mundo», dice, y no lo dudó. Viajó primero a Montevideo, donde tenía algunos amigos, y luego embarcó rumbo a Europa. «Mi primer viaje fue en barco -comenta con cierta nostalgia-; un barco ruso que salió de Uruguay, pasó por Brasil y atracó finalmente en Las Palmas».

Enamorado de Bilbao

Aunque han pasado tres décadas, recuerda el momento al detalle. «No tenía ni un duro y, cuando el barco llegó a destino, sentí ganas de volver a casa enseguida. No conocía a nadie, ni sabía lo que iba a hacer… en el barco por lo menos tenía el desayuno asegurado». Sin embargo, bajó a tierra. «Lo que me gustaba de España era ese impulso creativo brutal. Además de compartir el idioma, los jóvenes estrenaban democracia. Para mí, que siempre me he sentido atraído por la comunicación, la música y los medios, era ideal».

Fernando conoció Bilbao unos meses después de ese día, aunque tardó en afincarse en Euskadi. «Pasé bastante tiempo de un lado para otro. Vivía unos meses aquí, trabajaba en verano en Ibiza, recogía manzanas en Italia y, después, volvía. Con los años le fui cogiendo el gusto a esta tierra, hasta que al final me afinqué en Algorta, donde vivo con mi mujer, que es vasca, y mis dos hijos».

Muchas cosas han cambiado desde entonces y este argentino se siente testigo de todas ellas. «La transformación de Bilbao es imponente -dice-. Cuando llegué, todo era gris y las calles estaban sucias. Hasta el clima era menos amable». Sin embargo, «y aunque la ciudad está cada vez más linda», él asegura estar enamorado del Bilbao de antes por su gente y su modo de ser.

«La inmigración también ha cambiado. Hace treinta años éramos tres y nos conocíamos todos. Con el tiempo, al aumentar la población extranjera, hemos dejado de saber de los demás y los estereotipos han ganado terreno». Por esa razón, en su programa de radio conversa cada día con una persona distinta del planeta. «Conocer a la persona, más allá de su procedencia, es la clave de la integración. Aunque hay patrones culturales de base, cada persona es un mundo», opina. «En mi caso, me siento vasco porque he pasado más de media vida en Euskadi y porque mi casa está aquí, aunque la patria también es la infancia y me sigo sintiendo argentino».

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2008 América del Sur Ellos

61 | Juan

Juan Jaimes es boliviano. Llegó a Euskadi en 2004 y, desde hace varios meses, es secretario de Inmigración de Ezker Batua. En su país fue activista político y miembro de la coalición que llevó a Evo Morales a la presidencia. Aquí trabaja para la integración de los extranjeros y el impulso de proyectos de cooperación.

La charla tiene lugar en la sede de Ezker Batua, en Bilbao, donde trabaja como responsable de la Secretaría de Inmigración. Político desde hace años (comenzó como militante en Bolivia cuando apenas era un chaval) y extranjero desde 2004, Juan Jaimes aporta su experiencia profesional y personal para mejorar la situación de los inmigrantes en Euskadi y evitar que las condiciones económicas de los países menos favorecidos sigan empujando a la gente a emigrar.

Su historia no es muy diferente a la de muchos extranjeros que residen en el País Vasco. «Me fui de Bolivia porque la situación política era tensa y mi economía, como la de tantos otros, no era la mejor. Tenía pensado quedarme en Bilbao un par de años y regresar, aunque han pasado cuatro y aquí sigo», dice. Una cosa es un plan inicial y otra distinta, las vueltas de la vida.

Por ejemplo, las que le hicieron elegir Euskadi como destino migratorio; ya que su opción no fue casual. «Hace muchos años, a finales de los ochenta, recibí en mi casa de Bolivia a un jugador de fútbol vasco. En ese entonces, yo dirigía un equipo y fue por eso que nos conocimos. Antes de regresar a Europa, me dejó su dirección por si acaso yo quería venir algún día. Quince años después, me puse en contacto con él y me ayudó con la carta de invitación».

Aquel fue el primer paso de muchos, ya que a Jaimes le costó conseguir empleo. «Tardé casi 5 meses en empezar y, como la mayoría, hice de todo; desde trabajar en la construcción y limpiar bares, hasta cargar troncos en el monte y elaborar txakoli», resume. Por otro lado, su pasado deportivo le abrió las puertas como entrenador de fútbol de un equipo de ecuatorianos. «Mis dos grandes pasiones son el fútbol y la política -confiesa-. Y la verdad es que, cuando vine, no esperaba dedicarme a ellas». Sin embargo, y como él dice, una cosa llevó a la otra. «El padre de uno de los chavales a los que entrenaba me presentó a los miembros de Ezker Batua pues, conversando conmigo, pensó que tendríamos afinidad». No se equivocó. Tras unas cuantas reuniones, Juan Jaimes se estrenó como secretario de Inmigración del partido.

Inversión a futuro

«Estoy contento y a gusto. Creo que Izquierda Unida está haciendo un gran trabajo por la inmigración y que mi experiencia puede ser útil para conseguir esos objetivos». Su trabajo consiste en recoger de primera mano la situación y las necesidades reales de la población extranjera, elaborar propuestas de integración y soluciones a los problemas habituales, y presentarlas en el Gobierno vasco.

Pero no sólo se trata de canalizar inquietudes o de resolver escollos locales, sino también de encarar el fenómeno migratorio desde la base y buscarle alternativas efectivas. En ese sentido, Juan sugiere que «la cooperación al desarrollo es fundamental», pues «la ‘fuga de cerebros’ es un hecho y provoca una pérdida de capital humano fortísima». En su opinión, en Euskadi viven extranjeros capacitados y con estudios que «aquí son uno más del montón, pero que podrían hacer grandes cosas en sus países de origen».

«Hay gente muy preparada que debería volver a su país natal y trabajar activamente para cambiar las cosas. Si el Gobierno invirtiera en crear puestos de trabajo para estas personas allí, no sólo se daría un proceso de retorno maravilloso, sino que recuperaría esa inversión con creces. Por el mismo dinero que ganan aquí, los inmigrantes retornados podrían desarrollar proyectos que eviten la emigración masiva».

2008 América del Sur Ellos

60 | Yudis

Yudis García tiene 28 años y es cubana, aunque vive en Euskadi desde hace casi una década. El paso del tiempo ha dejado un matiz bilbaíno en su acento y, también, en su modo de pensar. Aquí ha formado una familia, ha hecho buenos amigos y se ha forjado un puesto en el mercado laboral. «Mi casa y mi vida están en Bilbao. Cuando estoy lejos, me siento fuera de sitio», dice.

La historia de Yudis García empezó hace diez años en Cuba, cuando conoció a un bilbaíno que había ido allí de vacaciones. Ella asegura que no hubo un flechazo como en las películas, pero lo cierto es que un año después se casaron. «Llevábamos varios meses de novios, escribiéndonos y llamándonos por teléfono, hasta que un día mi marido le enseñó una foto mía a su padre y le dijo: ‘Tengo novia y me voy a casar’. Imagínate la situación; el hombre se quedó a cuadros», relata con una sonrisa.

Yudis sabe que, al contarlo, «más de uno podría pensar mal». Los matrimonios por conveniencia existen. Sin embargo, señala que no es su caso. «Hace nueve años que estamos juntos, tenemos dos hijas, trabajamos los dos… No creo que nadie a estas alturas ponga en duda que nos casamos por amor», expone. Por otro lado, destaca que la familia de su esposo siempre los apoyó. «He tenido mucha suerte. Nunca hubo un comentario negativo, al contrario. La relación con mis suegros es muy buena».

Tras casarse en Cuba y cumplir con numerosos requisitos legales para salir de la isla, Yudis y su marido viajaron juntos a España. «Aterrizamos en Madrid y vinimos hasta aquí en coche. Era noviembre y hacía frío. Recuerdo que venía mirando el paisaje y que todo era diferente. Tenía la sensación de que Bilbao era un lugar oscuro y, al principio, sentí un poco de tristeza. Cuando llegas a un sitio distinto tienes que aprender de nuevo. Supongo que a todos los inmigrantes nos pasa lo mismo».

Pero esa depresión inicial, muy común entre la población extranjera, le duró poco: Yudis encontró la solución en el trabajo. «Si vas a un país que no es el tuyo y te encierras en tu casa a ‘comer televisión’, lo llevas crudo. A los dos meses de llegar, conseguí mi primer trabajo y, desde entonces, no he parado. Estar activa y conocer gente nueva te ayuda muchísimo a asimilar el cambio».

Tenía entonces diecinueve años y ninguna experiencia, pero sí «mucho entusiasmo y empeño», dos cualidades que mantuvo con el tiempo y que le sirvieron para progresar en el sector de la hostelería. Desde hace seis años, trabaja en el hotel Miró como camarera de piso donde, además, es la encargada del departamento. «El ascenso supone más responsabilidad y me gusta. Es bueno sentir que aprecian tu trabajo, que has logrado hacer cosas por ti misma y que has avanzado», subraya.

Justos por pecadores

Para Yudis, su vida es «completamente normal», como la de muchos extranjeros «que vienen a trabajar y que no les interesa meterse en problemas. A veces hay recelo hacia los inmigrantes y es una lástima porque, al generalizar, pagamos justos por pecadores. Yo no soy diferente a una persona de aquí. Voy a trabajar, voy al parque con mis hijas y, si alguna noche mis suegros se quedan con las niñas, el mejor plan con mi marido es ir al cine», explica. «Eso sí, el que emigra es quien tiene que adaptarse, y no al revés».

Lo dice con la convicción de quien ha echado raíces en un sitio diferente. Y lo nota cuando viaja a Cuba. «Cuando voy a visitar a mi familia, me doy cuenta de que he cambiado. La vida aquí es mucho más rápida y me he acostumbrado a este ritmo. En mi país, todo va mucho más lento y me pongo nerviosa. Me fui hace tanto tiempo y han pasado tantas cosas desde entonces que a veces no sé de qué hablar con mis amigos o, peor aún, si hablan muy rápido no les entiendo». Por supuesto, Yudis echa de menos el ambiente familiar, aunque tiene muy presente que su vida está en Bilbao. «Si estoy allí mucho tiempo, empiezo a sentir ganas de volver a casa. Es raro, pero, allí siento que soy de otro lugar».

2008 América Central Ellas

59 | Abdoulaye

Sólo hace cuatro meses que vive en Euskadi, aunque ha sabido aprovechar el tiempo. Miembro de la asociación senegalesa ‘Teranga’ (que en wolof significa ‘hospitalidad’), Abdoulaye Ndiaye se ha interesado por la diversidad cultural y la asistencia a los inmigrantes que «llegan aquí con muchos problemas». El reto «no es fácil, pero les quiero ayudar a olvidar».

El concierto de Ismaël Lô, que tuvo lugar el sábado pasado en Getxo, concitó la atención de un público numeroso, entusiasta y variado. Entre la gente -que desbordaba con creces la zona del escenario-, había personas de casi todas las edades y distintas procedencias dispuestas a cantar en francés, en wolof, o en lo que hiciera falta, aunque no tuvieran ni idea del significado de las palabras.

Algunos sí lo sabían. Como muchos otros senegaleses que residen en Vizcaya, Abdoulaye Ndiaye estaba allí, en las primeras filas, disfrutando del espectáculo con una emoción diferente. «Estábamos muy contentos -recuerda-. Ismaël Lô es el artista más conocido de nuestro país y nos llenó de felicidad que las personas de aquí lo recibieran con tanto cariño». Mientras para muchos de los presentes el concierto fue una oportunidad de ver en directo a un grande de la música, para Abdoulaye y sus compatriotas fue un reencuentro con las raíces y «un momento especial».

Junto a algunos miembros de Médicos del Mundo y de la asociación ‘Teranga’, Abdoulaye tuvo el privilegio de cenar con el artista, al que admira profundamente por «su gran corazón y lo mucho que se preocupa por la situación de las mujeres y los niños». No sólo cenaron juntos, también prepararon el menú y celebraron el Ramadán, un mes particularmente especial para todos los creyentes de fe musulmana.

Una de las cosas que más le gusta a Abdoulaye del compositor senegalés es que «canta y lucha por África, por la unidad de los países y el conocimiento mutuo». Y eso es lo que, en la medida de sus posibilidades, él también intenta hacer. «Me gustaría que se conociera mejor mi país, que supieran cómo somos y cómo es nuestra cultura -dice-. Desde que estoy en el País Vasco, he conocido a muchas personas de distintos sitios y siento que me he enriquecido. Cuando conversas con alguien diferente, coges algo de esa persona y ella se queda con algo de ti. Pero si no conoces a la gente, no puedes hacer nada por ella», reflexiona.

Aprender y enseñar

Antes de llegar a Euskadi, donde reside uno de sus primos, Abdoulaye vivió en Asturias durante casi tres años, un periodo en el que aprendió a hablar castellano y comenzó a forjarse un camino laboral. «El dominio del idioma lo es todo. Si no puedes leer o escribir, tampoco puedes comprender tu entorno, relacionarte con los demás o empezar a trabajar», opina este senegalés, que en su país estudiaba Derecho y aquí trabaja en una empresa de fumigación.

Pese a que el cambio, a primera vista, pueda antojarse desfavorable, él asegura sentirse «muy feliz y encantado» con lo que ha conseguido y con la sociedad vasca. «La mayoría de la gente es muy maja y amable. Y además, en Médicos del Mundo ayudan mucho al inmigrante que no tiene recursos. Yo quiero aprender de ellos, conocer a las personas de aquí y ser también solidario», asegura.

A su juicio, una de las grandes barreras que frenan la integración es la incapacidad de comunicarse. No sólo porque agudiza el «sentimiento de soledad», sino porque aviva las preocupaciones y los recuerdos dolorosos. «Yo sé lo que es eso y me gustaría evitar que otros sientan lo mismo. Muchos extranjeros llegan aquí con problemas y les quiero ayudar a olvidar».

En ese planteamiento, la existencia de la asociación ‘Teranga’ es un bálsamo para sus compatriotas: «Les recibes, les tranquilizas y les ayudas a entender lo que pasa. Algunos no saben nada de castellano, así que los orientamos y los guiamos hasta la Escuela de Idiomas. Poder hablar con los otros es el primer paso para volver a empezar».

2008 África Ellos

58 | Lucía

En Colombia, su país natal, Lucía Santa Cruz estudió Filología Francesa. Allí se dedicaba a dar clases en la Universidad Nacional de Bogotá. Llegó a Euskadi con la idea de enseñar el idioma del país vecino, pero el destino se empeñó en marcarle una ruta distinta. Nueve años después, es miembro de la asociación Zubietxe, donde trabaja por la integración como asistente social.

Hay planes que no se cumplen o que cambian con el paso de los años. Y adaptarse a estos azares «es lo que te hace crecer». Así ocurrió con Lucía que, en menos de una década, cambió su vida, su país de residencia y su profesión. Licenciada en Filología y docente, su trabajo se repartía entre la Alianza Francesa y la Universidad Nacional de Bogotá. «Estaba cómoda -recuerda-. Vivía en mi país y me dedicaba a lo mío. Si no hubiera emigrado, quizá habría seguido así».

Pero el amor -responsable de tantas maletas- le dio un giro a la historia. «Conocí a un vasco y me enamoré -resume-, aunque no vine aquí enseguida. Vivimos juntos en Colombia dos años, hasta que decidimos viajar a Bilbao. Antes de eso, yo había estudiado en Francia y había visitado Euskadi. Pensaba que, a causa de la proximidad geográfica, los vascos tendrían mucho interés en aprender francés; que sería fácil encontrar trabajo». Craso error. Tardó poco en descubrir que se había equivocado.

Lejos de amedrentarse, Lucía continuó estudiando e hizo un postgrado en Trabajo Social; un área que le parecía interesante «desde siempre», aunque nunca la había explorado. Mientras lo hacía, se dedicó a varias cosas, desde atender en un bar y limpiar casas hasta cuidar niños y ancianos. «A veces, cuando estaba limpiando un baño, me acordaba de mis clases en Bogotá. El contraste era muy fuerte, pero nunca me sentí mal. Al contrario. Afrontar un cambio tan grande e ir conquistando tu espacio te ayuda mucho a crecer. Todo el tiempo te estás retando a ti mismo y así descubres capacidades y fortalezas que ignorabas tener», reflexiona.

Con el máster acabado, empezó a adentrarse en el mundo asociativo. Hoy forma parte de Zubietxe, una ONG local que atiende e integra a personas en riesgo de exclusión social; muchas de ellas, extranjeras. Su actividad se reparte entre el centro de día y un piso de acogida, del que es tutora y donde, a menudo, se comunica en francés con los inmigrantes africanos. Además, Lucía participa en charlas de sensibilización dirigidas a colegios e institutos, en las que se intenta acercar a los chavales la complejidad del fenómeno migratorio. «Una cosa es ver a un inmigrante por televisión cuando desembarca en las costas de Canarias, y otra muy distinta es tenerlo frente a ti, contándote cara a cara su historia».

Hablar con libertad

En esas charlas (que se pueden concertar gratuitamente a través de zubietxe@yahoo.es), «ocurren cosas muy buenas. No sólo el extranjero comparte sus vivencias, las personas de aquí también dicen lo que sienten. Es importante que si alguien piensa que ‘el país se está llenando de moros’, lo diga. Sólo con censurar ese tipo de frases tachándolas de xenófobas no se arregla nada porque, en realidad, lo que subyace es un gran temor a lo desconocido. Es más útil hablar y acercarse a la realidad de los demás».

El miedo es, en su opinión, la base de los desencuentros. «Emigrar supone nacer de nuevo y sentirte algunas veces inválido. No importa si eres universitario o no has terminado la escuela, tienes que aprender muchas cosas nuevamente, te sientes solo y, también, diferente. Hay días en los que uno se cansa de ser inmigrante; días en los que preferirías pasar desapercibido, que tu acento o tu aspecto no llamara la atención. Pero eso lleva tiempo y no es fácil -dice-. A su vez, aceptar al que llega supone también un esfuerzo. La sociedad española, que ha conquistado muchas libertades, de pronto se ve empujada a reestructurarlo todo, a volver a pensar soluciones para crear un nuevo modelo social. Y eso cuesta».

2008 América del Sur Ellas

57 | Jaime

Su vocación le ha hecho viajar por medio mundo y residir en países distintos al suyo. «Mi vida era el fútbol», dice este deportista. También era su trabajo, pues Jaime Giordano fue entrenador de porteros en el Cienciano de Cuzco, el equipo que se alzó con la Copa Sudamericana de Fútbol en 2003 y la Recopa de 2004. Desde junio vive en Bermeo, donde intenta abrir camino para sus hijos.

Llegó a Euskadi hace un par de meses y todavía está en la fase del descubrimiento y la adaptación. De momento, «todo es nuevo», aunque él sea casi un experto en asimilar otras culturas. Su trabajo como entrenador profesional de fútbol le ha permitido conocer una extensa lista de países e, incluso, residir en alguno de ellos, como Estados Unidos, donde vivió durante un año. «Cumplí 47 años allí, lejos de mi familia, y fíjate cómo son las cosas, este domingo cumpliré los 49 aquí, otra vez lejos de mi mujer y mis hijos».

Pero su venida al País Vasco no es igual a sus viajes anteriores, ya que no está ligada al fútbol ni a un objetivo inmediato. La decisión de emigrar a Euskadi es, más bien, un proyecto a largo plazo. «Mi cuñado y su mujer viven aquí desde hace tiempo y fueron ellos quienes me convencieron. Cuando me plantearon la posibilidad, yo estaba trabajando en Perú, donde administraba un complejo deportivo, y hacía poco que había vuelto de Norteamérica», relata.

Al principio, la idea no le resultó atractiva. Venir significaba una nueva separación, así que no fue una elección sencilla. Ni rápida. «Tomamos la decisión en familia y fue duro -recuerda-. Es verdad que yo podría haberme quedado en Lima, pero también es cierto que uno siempre intenta progresar. En realidad, con la edad que tengo y las experiencias profesionales que he vivido, yo me siento una persona realizada. El tema es el futuro, son los hijos. Como cualquier padre, deseo que ellos se puedan desarrollar plenamente y tengan más posibilidades que las que he tenido yo. Todo sacrificio vale la pena si quieres lo mejor para tus hijos», reflexiona.

Y lo mejor «no está en Perú ahora mismo, sino aquí, en Europa, donde hay más campo de acción», señala. El entrenador piensa, por ejemplo, en su hija mayor, que está a punto de acabar el instituto, o en su hijo del medio, que tiene doce años y talento para el fútbol. «Aquí hay excelentes universidades y clubes deportivos donde podrían estudiar o intentar dedicarse a lo que les gusta, donde el éxito dependerá en gran medida de sus esfuerzos».

En el caso del fútbol, que Jaime conoce al dedillo, la diferencia es abismal. «En mi país es muy difícil jugar en un equipo importante y también hacen falta medios. En Estados Unidos, que sí tiene recursos, este deporte no despierta gran afición. Es mentira eso que dicen sobre el auge del fútbol en Norteamérica. Allí no hay pasión de masas como en América del Sur o España», compara.

Lo que haga falta

La intensidad con la que se vive el fútbol y la similitud cultural fueron, de hecho, los factores de peso que le trajeron hasta aquí. Ante la idea de abrir camino para sus hijos, Jaime podría haber regresado a Estados Unidos y mejorar su economía, pues ya conoce el país y tiene un visado válido hasta 2015. No obstante, aquí tiene una parte de su familia y, como dice, se siente muy a gusto y muy bien.

La idea es que los suyos vengan a Euskadi el año que viene y, mientras tanto, «trabajar en lo que haga falta» para que eso sea una realidad. Aunque hace poco que llegó, el entrenador se puso en marcha enseguida y, a los diez días de estar aquí, empezó a trabajar en el sector de la hostelería. Ahora combina esa actividad con otra, en una conservera bermeotarra, y sigue buscando oportunidades para poder «echar el ancla».

Lógicamente, echa de menos su profesión, pero insiste en que los hijos son la prioridad y, además, no descarta volver a estudiar. «Me encantaría hacer un máster o un curso avanzado -confiesa-. Nunca es tarde para plantearte un cambio o para volver a empezar».

2008 América del Sur Ellos