68 | Jaime

Jaime Núñez es ingeniero y viajó de Bolivia a Euskadi para hacer un doctorado. Once años y cinco másters después, preside la primera asociación de bolivianos y apuesta por la integración real entre los colectivos locales y extranjeros. Para él, su preparación y su historia son anecdóticas. «No soy un ingeniero tipo ni me siento un ‘nuevo vasco’ -dice-. Sólo quiero ser parte de esta sociedad».

Llegó en 1997, casi a finales de año, y recuerda aquel invierno como el más duro de su vida. «Venía del verano de Bolivia, del calor del altiplano, y me encontré de pronto en una ciudad gris y lluviosa donde la gente hablaba poco y tenía la piel muy clara. Me daba la sensación de que todo el mundo estaba enfermo», relata. La escasez de información no ayudaba. «Pese a que había leído sobre Euskadi antes de emprender el viaje, no tenía muchos datos. De Bilbao sólo se conocía ETA».

Tras acabar el doctorado, Jaime tuvo que elegir entre volver a Bolivia o quedarse a vivir aquí. «Soy experto en plásticos, polímeros y nuevos materiales; una rama de actividad que allí no existe, porque los plásticos y el pvc se importan de Brasil. Quizá si hubiera hecho un posgrado en tractores, mis conocimientos tendrían una aplicación práctica… Me ofrecían un puesto en la universidad con un sueldo de 250 euros al mes. Aquí, en cambio, tenía la oportunidad de trabajar como investigador, con incorporación inmediata y un sueldo ostensiblemente mayor». Por ello, y porque quería que sus hijas «vieran mundo», finalmente se quedó.

Su trabajo de investigación le dejó tiempo suficiente para hacer cinco masters más; algo que cualquiera pondría en letras grandes al comienzo de un currículo, pero que él menciona casi al pasar. «Es anecdótico -opina-. Todavía cuesta creer que un latinoamericano pueda estar tan preparado y, a la hora de la verdad, la mayoría de los empresarios vascos se siguen mirando el ombligo. Para los trabajos cualificados, pesa mucho ser de aquí o de fuera», observa.

El tiempo y el trabajo despertaron en Jaime la veta social. Y es este aspecto, más que su historia como inmigrante, el que verdaderamente le importa. «No me siento un nuevo vasco. Hace tiempo que tengo ciudadanía española y aspiro a ser parte de esta sociedad, a votar y decidir cuestiones que me afectan como a todos: desde quién es el presidente hasta qué bancos se colocan en las plazas. Me gustaría que existiera una integración real, que mis hijas no sean ‘hijas de inmigrantes’, que mis nietos no sean ‘nietos de inmigrantes’. Es importante romper esa cadena por algún lado y cambiar el modo de pensar. Se dicen muchas cosas sobre los extranjeros que no son ciertas», lamenta.

«Hasta en la sopa»

Desde su punto de vista, la crisis económica encabeza el listado de falacias. «Nos acusan de causarla y desconocen lo que aportamos. El origen de esta crisis no es la inmigración, sino los bancos que han jugado con el dinero de la gente. Nuestro trabajo, en cambio, ha permitido extender la sostenibilidad del sistema de seguridad social. Hay muchos extranjeros interesados en darse de alta como autónomos, en crear comercios y nuevos puestos de trabajo, pero de eso nadie habla. Sólo se mencionan las ayudas sociales y la delincuencia», subraya.

Como extranjero y empresario, a Jaime le interesa que cambie esa percepción. «Cuando oímos que un boliviano, un rumano o un marroquí cometió un delito, lo único que se genera es rechazo a todo el colectivo. Lo cierto es que las nacionalidades no matan ni roban. Son los individuos quienes delinquen», expone. Por eso, para él es importante que los extranjeros dejen de estar en la periferia de la ciudad y compartan con los bilbaínos otro tipo de lugares. «Lo siento por aquellos que no ven bien nuestra presencia, pero nos verán hasta en la sopa. Convivir es la única forma de entender que no todos somos delincuentes, que no somos ‘cuchilleros’ y no vamos por la calle en busca de problemas».

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67 | Luis

La Asociación de Peruanos en Vizcaya (APERVIZ) ha organizado un Festival Internacional con música, danza, teatro y literatura. Los eventos se desarrollarán mañana y el próximo domingo, en el Teatro de La Salle y en el BEC. Como dice Luis Quijano, el presidente de la asociación, «será un festín para los sentidos y una gran oportunidad para que todos nos conozcamos mejor».

A un paso de que comience el primer ‘Fest-in’ de Bilbao, Luis Quijano se encuentra emocionado y expectante. Como presidente de APERVIZ, la asociación que organiza el evento, este periodista nacido en Puno y afincado en Bilbao desde hace cuatro años tiene en sus manos la responsabilidad de ultimar los detalles. «Estamos preparándolo desde abril, cuando presentamos el proyecto en la Diputación», precisa; aunque es ahora, en la recta final, donde las ilusiones se precipitan.

El festival se dividirá en varias partes. La primera, mañana, será una muestra de arte escénico y tendrá como escenario el Teatro de La Salle, en Deusto. A las 19.00 horas, la compañía Nueva Gente interpretará la obra ‘Oír no es escuchar’. «Por contenido y por reparto es una apuesta intercultural, ya que el elenco está formado por diecisiete actores procedentes de nueve países distintos -dice Luis-. Y la idea es que el público sea también lo más amplio y diverso posible, así que la entrada es gratuita».

La propuesta continúa el domingo 16 en el BEC, aunque allí no habrá teatro, sino música y danza tradicional de una veintena de países que van de Ecuador, Bolivia y Colombia hasta Ucrania, Guinea y Euskadi. «La principal diferencia con otros festivales es que, en éste, habrá un concurso», adelanta Luis. «Al existir un jurado y un premio, no se trata de presentar bailes simplemente, sino de que cada grupo dé lo mejor de sí; que cada uno se empeñe en transmitir su folclore y su significado cultural del modo más completo posible».

La otra particularidad es que, entre las asociaciones participantes, hay algunas de Santander, Guipúzcoa, Álava y Navarra, pues la cita pretende tener repercusión regional. «Hay muchas agrupaciones culturales en todas estas provincias, aunque elegimos celebrar el ‘Fest-in’ en Bilbao porque la capital vizcaína es el eje de la zona norte», explica Luis y subraya que la diversidad cultural y étnica es «fabulosa» en Euskadi.

Literalmente, «todo el mundo está en Bilbao y por ello queremos que se vea lo mejor de cada cual. Las noticias sobre inmigración suelen ser negativas -lamenta el periodista- y muchas veces olvidan mostrar la cara bonita y amable de esta coyuntura social, que también existe».

Embajadores de la tierra

La iniciativa no se agota en el baile. Va unos pasos más allá. Junto al escenario principal, habrá unos cuantos stands de los países participantes, donde «se mostrarán distintos productos culturales, artesanales y de alimentación» y en los que, además, cada país mostrará su mapa. «Muchas veces, la gente nos llama sudamericanos o africanos y ya está. Con la generalización se pierden las diferencias, las cosas propias de los países. Hemos pensado que, con un mapa que indique la ubicación geográfica, la capital y algunos datos básicos de los estados, todos aprenderemos algo más de los demás», indica Luis. Porque «el aprendizaje, más que una danza bonita, es la base del proyecto». Y eso vale para todos, sean extranjeros o no.

«Queremos cuidar aspectos como la puntualidad y la seriedad para que todo funcione bien. Los participantes deben entender que son embajadores de su tierra, en esto y siempre» opina este periodista, que viajó a Bilbao por trabajo y acabó enamorado de la villa. «Me gusta. Conecto bien con los vascos porque la gente de aquí es inquieta, laboriosa y creativa. Además, tengo el privilegio de vivir la transformación de la ciudad, que experimenta un cambio constante en arquitectura y sociedad. Es fácil sentirse parte de ello. Por esta razón es que nos propusimos cooperar con un espacio de encuentro y conocimiento mutuo».

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66 | Gastón

Cuando se presentó a una beca del Gobierno vasco, Gastón Villegas cursaba un master en la Universidad de Monterrey. Tenía ganas de ver mundo y continuar su formación en Europa, así que, ante la posibilidad, no lo dudó: hizo su maleta y viajó a Ordizia, donde se quedaría un año. «Cuando terminé el curso, me ofrecieron trabajo», dice. Y se quedó. De aquello ya han pasado diez abriles.

«Mi padre es el principal responsable de que yo haya querido venir. Él era profesor de Lengua y Literatura Española, así que crecí oyendo relatos fantásticos que tenían como eje la cultura europea. Cuando era pequeño e íbamos en coche hasta la casa de mis abuelos, él se pasaba todo el viaje contándonos historias de la mitología griega», recuerda Gastón con nostalgia. Sin duda, eran otros tiempos; una infancia sin consolas ni reproductores de DVD, pero la imagen que describe es nítida.

Muchos años después, cuando Gastón terminó su carrera y empezó a cursar un master en la Universidad de Monterrey, se encontró con la posibilidad de viajar y conocer de primera mano los escenarios que describía su padre. Una beca del Gobierno vasco le trajo hasta aquí, a Ordizia, donde pudo desarrollar sus conocimientos de ingeniería y vivir, durante un año, en un marco de cultura diferente.

«Ese era el tiempo de duración de la beca -subraya-, así que aproveché para viajar y aprender cosas con toda la intensidad que podía». Lo primero que le cautivó fue el paisaje, al que describe como la tierra de Heidi. Aún hoy le impresiona ver al mar y la montaña coexistiendo, a los animales pastando en la hierba con el sonido de fondo de las olas. Sin embargo, lo que más le atrajo de Euskadi fue su calidad de vida. «En México no es así; no se valora el tiempo libre. Estamos muy influenciados por la mentalidad estadounidense, por la competitividad desmedida, y todo se rige por la filosofía del ‘triunfalismo’. Siempre estás trabajando, haciendo cursos los fines de semana, postergando las vacaciones y el ocio, que socialmente no están bien vistos. Si no estás haciendo cosas, sientes que pierdes el tiempo. Al final, pasas años así y no vives», reflexiona.

Y es que Europa, como dice, es «más humanista y social» que Norteamérica. De ahí que el colectivo mexicano en España sea tan reducido, y raro encontrar a alguno que haya venido a buscarse la vida sin garantías. «En eso sí que nos diferenciamos de otros extranjeros latinoamericanos -apunta Gastón-. Los mexicanos solemos venir por tres causas: amor, estudios o trabajo asegurado». Y la razón para ello es muy simple: «Desde el punto de vista geográfico, Estados Unidos nos queda más cerca y, si queremos probar suerte, vamos allí. Para el resto de América Latina, en cambio, el billete cuesta lo mismo, y está claro que España, por cultura, tradición e idioma representa un destino más amable».

Exotismo o problema social

En su caso, el motivo del viaje fue académico. No obstante, la duración prevista se extendió, pues lo que iba a ser un año de estudios acabó transformándose en más de una década de residencia. «La empresa me ofreció un puesto de trabajo y decidí quedarme. Me gusta estar aquí y me considero bastante universal, de modo que no fue difícil adaptarme. Lo único que puedo decir, y que la mayoría de los inmigrantes comparte, es que el momento más duro es cuando asumes que te quedas; cuando tomas conciencia de que no es un año o dos, como pensabas, sino toda una elección de vida».

Gastón es ahora consultor en una empresa que vende ‘software’ para el diseño mecánico de automoción, aeronáutica y energías renovables. En lo profesional y en lo personal, se siente «un privilegiado», más cuando piensa en situaciones migratorias muy distintas a la suya. «Tuve la suerte de venir por elección, no por necesidad, y de hacerlo en una época en que ser extranjero era sinónimo de exotismo, no de problema social».

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65 | Cina

Aunque recientemente se ha creado una asociación para integrar a los países centroamericanos en Euskadi, no es sencillo encontrar salvadoreños aquí. «Somos pocos», dice Cina Cortez, presidenta de ACEDI y ‘nueva vasca’ desde 2003. Según su punto de vista, hace falta una mayor sensibilización ciudadana y un avance social que acompañen el «altruismo institucional».

El sábado pasado, el barrio bilbaíno de Irala se convirtió en el escenario de presentación de ACEDI, la Asociación Centroamericana de Desarrollo Integral. El acto contó con la participación de los socios fundadores y, también, con la presencia de Joaquín Arriola, quien ofreció una charla sobre la crisis mundial y su impacto en las economías centroamericanas. A propósito del tema, Cina señala que «hay distintos tipos de crisis. La de aquí se refleja en los números; la de allí, en el déficit alimentario».

La creación de ACEDI responde, en parte, a esa cuestión. «Nos gustaría poder ayudar a nuestros países porque la situación, en general, no es buena», explica. Y cuando dice ‘nuestros países’ se refiere a todos los que conforman el bloque centroamericano. «Si bien los gestores de este proyecto somos de El Salvador, compartimos lazos sociales y culturales con los países del entorno. Así como Europa cuenta con instituciones continentales, los Estados de América Central están ligados políticamente. Lo que pretendemos, de alguna manera, es tomar ese modelo como referencia para promover la integración social», detalla.

Pero, además de la cooperación internacional, la presidenta de ACEDI subraya la necesidad de trabajar por quienes han venido. «Hay mucha gente que lo pasa mal y no tiene a quién recurrir. Me parece admirable el altruismo del Gobierno vasco, pues ayuda activamente a combatir la exclusión social. Las instituciones de Euskadi se preocupan por plasmar el principio de igualdad y, en ese sentido, dan un ejemplo a seguir por todos», indica.

A Cina le sorprende que los poderes públicos vayan un paso por delante de la propia ciudadanía, que «todavía registra muchos casos de discriminación directa o indirecta». Por ello, considera que el papel de las asociaciones es muy importante, ya que son los inmigrantes quienes deben dar a conocer otras cosas sobre sus países de origen. «De lo nuestro, por desgracia, sólo se enseña lo innoble. La idea es crear un centro de documentación para poder mostrar otras cosas», adelanta.

Mejorar la percepción social sobre los extranjeros es una meta difícil pero, también, «necesaria». «Ya sea por los estereotipos de la sociedad local, por el aislamiento de los inmigrantes o por la falta de espacios de encuentro, se están consolidando los guetos y eso no es bueno para nadie. La relación con los vascos suele limitarse al empleo, pero la vida no es sólo trabajo. Es necesario fomentar otros tipos de intercambio».

Reto con distintas etapas

Cina, que en su país estudiaba Derecho y ha convalidado parte de la carrera en Bilbao, trabaja en un locutorio que brinda el servicio de envío de dinero. Aunque su tarea es puramente administrativa, relata que cada día se enfrenta al rostro más duro de la inmigración. «La gente te cuenta su vida, los problemas que tiene, y puedo asegurar que hay auténticos dramas».

Sin embargo y, como explica, «el desafío de los inmigrantes tiene distintas etapas. Al principio estás perdido, no sabes cómo funcionan las cosas, qué institución se encarga de qué. Los primeros tiempos son duros para la mayoría de la gente, pues hay que resolver cosas muy básicas y urgentes, como el sustento económico, la vivienda y la regularización», expone. Aunque eso es sólo el comienzo. Hay algo más que casi nadie menciona: «Resolver todo eso y estabilizarte es difícil; puede llevarte unos años, pero una vez que te asientas, comienza el duelo migratorio. Dejas de tener la cabeza llena de problemas inmediatos y entonces paras, piensas… Te das cuenta de que estás lejos y solo».

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64 | Socorro

Socorro Rincón llegó a Euskadi hace siete años junto a su marido. Se marcharon de Colombia cuando la situación se volvió insostenible y empezaron a temer por sus vidas. Allí estaban amenazados, aquí son refugiados políticos. Por eso, además de buscar la normalidad, se han sumado a varias iniciativas para mejorar la situación de los inmigrantes.

El martes pasado, en la víspera de la ratificación del Pacto Europeo de Inmigración, numerosas asociaciones de extranjeros residentes en distintos países de Europa convocaron a una huelga. Bajo la consigna ‘el 14 de octubre de no trabaje, no consuma, no compre, no venda. Que se sienta la importancia real de la presencia del migrante’, las asociaciones pretendían, por un lado, manifestar su rechazo a las nuevas medidas y, por otro, demostrar que la presencia extranjera forma parte del motor económico y social de los países que le reciben.

En Vitoria, si bien no hubo un llamamiento a la huelga, sí tuvo lugar un acto público de denuncia al contenido del Pacto. Reunidos en el Hikaateneo de la capital alavesa, diversos representantes sindicales, asociaciones de extranjeros y ONG de integración intercultural expresaron su desacuerdo con la nueva normativa, que endurece la política migratoria de la UE, y anunciaron una concentración frente a la Subdelegación de Gobierno para el jueves.

Entre los miembros de la convocatoria se encontraba Socorro Rincón, una psicopedagoga colombiana que llegó a Euskadi junto con su esposo en 2001 solicitando asilo político. «La situación en mi país es muy mala, sobre todo para quienes son defensores de los Derechos Humanos. Ambos estábamos amenazados y temíamos lo peor. Cómo sería la situación que el propio Ministerio de Interior de Colombia nos pagó los billetes de avión para irnos», recuerda.

Eligieron el País Vasco porque aquí tenían amigos y creyeron que sería un buen lugar para volver a empezar. «El primer lugar donde vivimos fue Otxandiano, un pueblo precioso que nos recibió maravillosamente durante los tres años que residimos allí. En las fiestas, cantábamos en euskera aunque no sabíamos el idioma, pero así llegamos a conocer bien la cultura vasca y nos dejamos medio corazón en el pueblo».

Se mudaron a Vitoria porque echaban de menos la vida de ciudad y porque querían conocer a más gente. «La idea siempre fue seguir trabajando por nuestro país y por las personas extranjeras que llegan», dice Socorro, que integra varias asociaciones de ayuda e integración cultural. La tarea, como dice, no es fácil, pues «además de los estereotipos que existen en la población local, también hay desafíos ante la población inmigrante. Hay muchos colombianos que están de acuerdo con la política actual, con la sumisión de nuestro país a Estados Unidos y no se cansan de decir que todo es maravilloso en Colombia. Y, sin embargo, están aquí».

Crisis y xenofobia

Desde su punto de vista, la situación latinoamericana es muy mala. «No sólo ha habido constantes saqueos en el continente, también hay gobiernos corruptos. Cuando converso con otros inmigrantes, casi siempre me cuentan lo mismo: que se han ido porque no hay trabajo, porque pasaban hambre. Si en tu casa no hay comida, tocas la puerta de tus vecinos para pedirles ayuda. Con la emigración pasa lo mismo», compara.

En cuanto al Pacto Europeo de Inmigración, Socorro sostiene que es «absurdo. La gente que emigra no viene a pasear. Huye de los gobiernos corruptos, viene a trabajar -enfatiza-. El blindaje de Europa dificulta la integración, y más en una época como esta, en la que todos sufrimos la crisis económica y financiera». Como suele suceder ante un quiebro, los ciudadanos buscan responsables. «Es lógico -dice Socorro-. Lo triste es que se culpe a los extranjeros de ello. El racismo y la xenofobia aumentan cuando hay una crisis y es duro escuchar comentarios en la calle cuando tú también trabajas y no tienes la culpa».

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63 | Ynarhú y Mao

Todavía no han cumplido su primer año en Euskadi, aunque experiencia migratoria no les falta. Entre conciertos, viajes de estudios y giras, Ynarhú Silva y Mao Fermín llevan años viviendo lejos de Venezuela. Él, ocho. Ella, treinta. Su historia conjunta, que empezó en aquel país como «un amor musical», continuó en Canarias y Madrid, hasta afincarse en Bilbao.

Ynarhú y Mao son músicos. Trabajan juntos, componen juntos y, desde hace varios años, comparten su vida afectiva. La entrevista se desarrolla en una confitería de Santutxu y es también a dos voces. «Me fui de Venezuela en 1979 para estudiar Turismo en Madrid, así que llevo coqueteando con España desde que era muy jovencita», dice Ynarhú, cuyo nombre significa ‘agua clara’ en la lengua de los pemones, una etnia aborigen de la Amazonia venezolana.

Aunque vino por estudios y su primer contacto con Europa tuvo lugar en la capital española, no fue allí, sino en Canarias, donde la artista cambió de rumbo y soltó sus anclas. «Descubrí que la música era mi pasión y me dediqué a ello en las islas que, durante muchos años, fueron mi segunda casa. Al principio, tenía en mente volver a Venezuela cuando me sintiera bien, pero el tiempo fue pasando y nunca encontré el momento. Allí nadie me conocía; era aquí donde estaba mi vida».

Una gira por su país en la década de los noventa introdujo un nuevo matiz. Su nombre: Mao Fermín, un conocido músico venezolano de dilatada trayectoria que, en aquel entonces, ya compartía escenario con artistas de la talla de Pablo Milanés y Alfredo Zitarrosa. «Nos conocimos en Venezuela, cuando Ynarhú fue a hacer una serie de conciertos; aunque lo nuestro fue, primero, un amor musical», dice él. Luego, llegaron las decisiones, que implicaban muchos cambios y no resultaron sencillas.

Como resume Ynarhú, «Mao pertenecía al movimiento más importante del folclore latinoamericano, tenía allí su carrera y vivía bien. Lo primero que vi en él fue un músico muy abierto y universal», dos cualidades que se transformaron en una invitación para hacer un disco conjunto. Mao aceptó la propuesta sin imaginar que acabarían grabando tres. Y casados. «Me costó emigrar -confiesa él-, pero ha valido la pena».

En Canarias, donde vivieron juntos un lustro, participaron en todas las celebraciones, verbenas y festivales, y lograron hacerse con un público fiel. Sin embargo, Ynarhú y Mao tenían «más inquietudes musicales» y sabían que, para alcanzarlas, debían buscarlas fuera. «Él dejó Venezuela por mí y yo salí de Canarias por él. Comprendí que allí lo habíamos hecho todo y que la vida es más que siete islas. Por eso nos fuimos».

Entre fábricas y violines

Estuvieron un año en Madrid, hasta que el Consulado de Venezuela en Bilbao les invitó a actuar en una serie de actos oficiales que tendrían lugar en la villa. Vinieron, cantaron y se maravillaron con la ciudad, prometiéndose que volverían «aunque fuera un fin de semana». «A él le pareció un lugar precioso y yo quería salir corriendo de Madrid», dice ella. Poco después, se abrió una puerta. «El Consulado ofrecía una plaza fija de trabajo y me presenté. Así fue como nos vinimos a vivir al País Vasco», sintetiza Ynarhú.

En opinión de Mao, no fueron ellos quienes eligieron Bilbao, sino la villa quien los eligió a ellos. «Queríamos seguir creciendo y esta ciudad nos dio la oportunidad. Las cosas se dieron de tal modo que nos hicieron posible venir, porque emigrar no es fácil y requiere tener los pies bien puestos en la tierra». Más aún si eres artista, «pues haces una carrera de fondo y construyes poco a poco. Darse a conocer lleva tiempo y, mientras tanto, tienes que vivir», reflexiona.

«Muchas veces los inmigrantes hacemos el trabajo que nadie quiere porque es lo que hay, no porque nos falte preparación académica -agrega Ynarhú-. Mao trabajó en una fábrica para pagar el alquiler, pero nunca dejó de ser un maestro del violín».

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