10 | Xabier

Xabier Zábalo se encuentra en su despacho y envía un e-mail a París, donde oficiará una misa el domingo. Pronuncia algunas palabras en un francés impecable mientras su ordenador las recibe y suelta una cueca chilena. “Siempre sentí una enorme curiosidad por América Latina”, confiesa al escuchar esta música, aunque no hay nada que se compare con la fascinación que siente por África. Allí vivió cuarenta años y se ordenó como sacerdote.

Hoy tiene 67 y está de regreso en Euskadi. Y aunque asegura que él es “muy vasco”, también menciona a su “yo africano”. Será por eso que el Centro Ellacuría, donde trabaja desde 2004, se ha convertido en un punto de encuentro para diversas culturas del globo y en una referencia obligada cuando se habla de integración. Será por eso que cuando va por la Gran Vía y ve a alguien de raza negra, su corazón se pone contento y una pregunta se instala enseguida. “¿De dónde vendrá esta persona?”

La reinserción en su sociedad de origen no ha sido fácil para Xabier. Cuatro décadas de ausencia le convierten en un ‘nuevo vasco’ que superpone permanentemente el lugar donde está con aquel que dejó. “Europa ha cambiado y, de alguna manera, se me ha roto el vaso”, afirma para ilustrar la sensación del ‘saco sin fondo’. “Allí me sentía más útil porque la gente era receptiva. Aquí he experimentado un gran choque cultural”.

En términos religiosos nota un abismo importante. “El Congo se encuentra ahora como nosotros hace medio siglo. Las personas todavía se fijan en si vas a misa o no vas”. Sin embargo, es la parte social la que hace temblar sus esquemas. “Piense que yo me fui cuando tenía 21 años. Siempre volvía de vacaciones. Al principio, cada lustro. Al final, cada dos años. Sentía la necesidad de estar aquí también y a veces juntaba días para que las vacaciones fueran más largas”.

Claro que estar de vacaciones no es lo mismo que residir. “Muchas personas que me conocían de antes y que, te aclaro, me quieren sin duda, sentían cierta vergüenza ajena cuando se encontraban conmigo en la calle; una especie de temor o pánico a que yo dijera una tontería”. En esos casos poco agraciados, se “limitaba a saludar sin más”, mientras volcaba su experiencias en sus relatos y sus novelas.

De un rincón de su oficina aparece un volumen impreso. ‘Kalombo -se lee en la tapa-, o la hora de la gente honrada aún no ha llegado’. Se trata de un testimonio escrito por él y que, a lo largo de cuatrocientas páginas, recorre la atmósfera de Kinshasa, la “tumultuosa y fascinante” capital congoleña.

El libro está escrito en castellano, aunque bien podría versar en lingala o en swahili, dos idiomas que se hablan allí y que él domina al dedillo. “Ahora, que la memoria me falla, he empezado con el euskera. No es por nada en particular, sino por una necesidad biológica. Me he pasado la vida entera estudiado las lenguas ajenas y, ahora que estoy de regreso, me apetece aprender la mía propia”, explica con entusiasmo, y quien habla es su ‘yo vasco’.

Mejor que Brad Pitt

Pero, inmediatamente después -y al compás de la cueca chilena-, se acerca a su ordenador y abre una una carpeta. En la pantalla aparecen, de pronto, decenas de fotos de África. “Mira esto -invita-, mira qué cosa bonita”. En el centro de Bilbao, a dos manzanas de la Gran Vía, la mirada de Xabier se extravía en el horizonte. No es la ciudad la que le cautiva, ni es tampoco el sirimiri que cae del otro lado de la ventana. Sus ojos están en el Congo, en la gente que allí conoció, en la experiencia vivida.

“¿Que de dónde soy? -hace una pausa y lo piensa- Como he dicho, soy muy vasco. Pero viví cuarenta años en África y la belleza, para mí, es negra”. Vuelve a hacer una pausa y añade con picardía: “Yo no discuto que Angelina Jolie sea guapa, ni que Brad Pitt sea atractivo. Sin embargo, las personas de raza negra tienen algo especial que no sabría definirte”.

Con un tono menos poético, Xabier señala que en el Congo vivió situaciones muy duras. Por ejemplo, sentir el racismo. “Allí un blanco significa colono” y, por añadidura, “explotación”. Y también recibió insultos en un cuartelillo de aquél país. Aún así, son casos puntuales que no han logrado debilitar el vínculo. “Aquí en Bilbao, cuando tengo tiempo, me gusta ir a las tiendas que regentan los africanos. Voy allí a estar con ellos, a visitarles, a conversar. Me gusta cuando nos juntamos porque me siento como en casa”, dice. Porque lo que más añora de África es, sin duda, “la proximidad”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
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2007 Ellos Europa

9 | Claudio

Claudio H. se presenta con un collarín ortopédico, un parte médico en la mano y una denuncia policial en la otra. Tiene una herida en la boca, cinco puntos de sutura, moratones en las piernas y una historia que contar. Acaba de salir del consultorio odontológico y de saber que, probablemente, perderá dos piezas dentales. Le duele hablar y casi no puede comer. «Llevo cuatro días a pura sopa… y con pajita», detalla.

A sus 21 años, este chaval argentino se confiesa «dolido» y no sólo por la paliza que recibió el sábado pasado en un bar de Bilbao. En realidad, se siente «defraudado» porque, a pesar de no haber nacido aquí, desde que vive en Vizcaya se siente «como en casa» y nunca imaginó que «algo así» pudiera ocurrirle. Todavía no comprende por qué le atacaron con tanta brutalidad cinco vigilantes del establecimiento, según él sin motivo y «con porras extensibles», cuyo uso civil está prohibido.

«El sábado salí de fiesta con varios amigos y fuimos al bar. Cuando estaba allí, caminando, rocé sin querer a uno de los vigilantes, que se dio la vuelta y me miró mal –recuerda–. Me preguntó si tenía algún problema y le dije que no. Y, para aliviar la tensión, le pasé la mano por la espalda. Me dijo que le estaba vacilando y que me fuera del local, pero yo le respondí que no me iba a ningún lado, que no había hecho nada malo».

Este cruce de palabras «tan chorra» desencadenó un episodio brutal. «El tío llamó a más vigilantes y, entre los cinco que eran, empezaron a pegarme. Dos me sostenían de los brazos para que me quedara quieto mientras los otros tres me golpeaban en la espalda y, sobre todo, en las piernas con esas porras extensibles», explica mientras se señala los múltiples cardenales. Este periódico intentó contactar ayer con los responsables del pub para conocer su versión, pero fue imposible.

Porras ilegales

Claudio H. (que ha pedido un nombre ficticio «por seguridad» y por consejo de su abogado), asegura que la paliza empezó en el interior del local y ante la presencia de varios testigos. Terminó afuera, en plena calle, donde le soltaron tras darle un golpe en la boca que le partió dos dientes y le rajó el labio inferior. «Fue un golpe seco que me dejó atontado y con el labio incrustado en la dentadura», describe.

En ese momento, «la gente empezó a gritar. Todo el mundo les recriminaba que me siguieran pegando en la espalda». También llegó la Ertzaintza, que apaciguó los ánimos y empezó a tomar declaraciones. «Uno de los agentes me dijo que pusiera unaa denuncia, porque el uso de esas porras es ilegal». Y Claudio le hizo caso. Se fue del bar al ambulatorio, donde le cosieron parte de la boca, y de allí a la comisaría.

«Terminé acostándome a las diez de la mañana. Me levanté muy dolorido y tenía hambre, pero, cuando quise comer, descubrí que no podía. Lo único que aguanto es la sopa y debo beber con pajita», repite. Su preocupación, ahora, «es que esto no le ocurra a nadie más. No puede ser –dice–, que alguien con la cabeza llena de anabolizantes tenga una porra y la use». Como ocurrió en Canarias con el asturiano Endika Abad, muerto a golpes en un pub de Tenerife y cuyo cuerpo fue sepultado ayer en Navelgas. «Lo mío fue una desgracia con suerte. Si el golpe hubiera sido en la sien, yo podría estar como ese chico, volviendo en un ataúd a la casa de mis padres».

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

8 | Wilson

Wilson Quintero es periodista, tiene un master en cooperación descentralizada y cursó un doctorado en la UPV sobre Relaciones Internacionales. Desde hace sólo tres meses, ocupa la presidencia de Harresiak Apurtuz, la coordinadora de ONG de Euskadi de apoyo a los inmigrantes. “Será más lo que aprenda de lo que pueda aportar”, reconoce con humildad este colombiano cuya nacionalidad, a veces, le ha jugado en su contra.

No lo dice resentido ni reniega de su país, aunque el instante de su nacimiento pese más que toda su vida. Después de pasar siete años lejos de su Colombia natal, Wilson Quintero sabe de sobra que los estereotipos hacen estragos y que “no se puede tapar el sol con un dedo”. Por eso puede hablar sobre el tráfico de drogas hasta convertirlo en el tema de su tesis, sin por ello olvidar a Shakira, a Juanes o al mismísimo Botero. “El café es el contrapeso de la cocaína”, resume.

Claro que ni los cantantes del momento ni el ingenio de un artista han podido impedir que tuviera experiencias nefastas en más de un aeropuerto internacional. Como en México y Panamá, donde le revisaron hasta el estómago. Al episodio, que le entristece, se lo toma como algo anecdótico porque sus intereses van más allá: fomentar la integración social. “Si no se educa tanto al que llega como al que recibe, nunca habrá conocimiento recíproco”, opina. Y en ese cometido tan ambicioso, las ONG y las instituciones juegan un papel muy importante.

Como presidente de Harresiak Apurtuz -cargo que asumió hace pocos meses-, Wilson Quintero es muy claro. “Las políticas de inmigración son fundamentales, pero deben apostar más por lo cultural y no ceñirse tanto a la Ley de Extranjería”, señala. “La integración será difícil, porque hay muchos obstáculos, pero si se aprovecha el momento, el cambio será positivo. ¿Quieres religión? Las tienes todas. ¿Quieres mercado? Está creciendo. ¿Quieres cultura? La variedad es inmensa”, enumera.

Cuando él vino por primera vez a Euskadi, en el año 2000, lo hizo con el objetivo de cursar un doctorado. Viajó “por puro interés académico y enviado por un partido político del que era concejal”, que le financió el pasaje, la manutención y los estudios. Y él estaba, como dice, “muy alejado de la inmigración”. Vivía en un mundo de libros y en el ámbito universitario. Hasta llegó incluso a viajar a Centroamérica enviado por el Gobierno vasco para colaborar en un proyecto de las Naciones Unidas.

Pero, entonces, algo cambió. Enamorarse y tener un hijo no estaba en su planes de arranque, menos cuando se acabó la beca y tuvo que salir a buscarse la vida como fuera. Hasta ese momento, los avatares de la inmigración eran “algo más bien distante”. Pero con un niño en camino y un capítulo que terminaba, la realidad se le vino encima sin que pudiera evitarlo. “Trabajé en el gabinete de prensa de la UPV, pero también pintando casas y en el rubro de la hostelería. Combinaba varias cosas para llegar a fin de mes. Fue un golpe durísimo… ser inmigrante lo es”.

A medio camino
Volvió a comprobar la teoría cuando regresó de América Central. “Llegué aquí el año pasado y noté muchísimos cambios. Había aumentado la xenofobia, nadie quería alquilarme un piso, tuve incluso que pedir ayudas y fue un momento muy difícil”, recuerda. Fue también el momento en el que empezó a incursionar en el ámbito asociativo. “Me acerqué a ASOCOLVAS [la asociación de colombianos en el País Vasco] porque era lo más cercano a mí que podía encontrar. Ahí pude ver la inmigración tal como es: dura”.

Y en relación a ello, se permite un recuerdo: “Mi padre, que es colombiano, fue inmigrante en Venezuela. Vivió allí durante quince años y, de alguna manera, me lo advirtió. Al final, te lanzas al mar en busca de una isla, pero pasas mucho tiempo en el agua, pierdes de vista la costa, sientes que el objetivo se aleja y que tú estás en un limbo”. No es poesía lo que dice, ni una metáfora al uso: “es la sensación de estar a medio camino, de no estar en ninguna parte”.

La presidencia de Harresiak -un puesto que le honra y le intimida-, trae consigo la oportunidad de “iniciar muchos proyectos”, de ayudar y de opinar con propiedad. “El País Vasco está logrando cosas buenas y la implicación de las instituciones se nota. La sociedad, además, es muy solidaria y, después de lo que he visto y oído en otros sitios, puedo asegurar que los inmigrantes aquí gozan de ‘buena salud’. Eso sí -advierte- las propias asociaciones debemos mejorar. Ninguna ONG puede atribuirse el ‘derecho a’. Ninguna debería sacar bandera de una causa única, como se ha visto, recientemente, con las movilizaciones por el derecho al voto”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 América del Sur Ellos

7 | Jacinto

Jacinto Manga cambia pateras por barcos de pesca, diferencias de clase por clases en la escuela y escenarios de dependencia por ideas de desarrollo. A sus cuarenta años, este senegalés afincado en Durango preside una asociación que no sólo se ocupa de velar por quienes llegan. También traza varios proyectos para ayudar en su país. «No puedes irte y olvidarte de la gente –dice–. Eso no es solución para nadie». Y, con la misma solvencia, relata la creación de un puerto pesquero o la compra de un terreno para edificar un colegio.

Los dos proyectos –el puerto y la escuela– se gestaron aquí, en el corazón de Vizcaya, pero han visto la luz más lejos, en las manos de Senegal. Desde que Jacinto vive en España (hace ya seis años), no ha parado de crear. Lo primero, una asociación –M’Lomp–, que actualmente preside. Lo segundo, mecanismos de ayuda para asesorar a quienes llegan e impulsar «una mejora» que evite más despedidas. De trato amable y razonamiento veloz, este hombre tiene muy claro que los frenos migratorios no se encuentran en los controles de Aduanas, sino en la «motivación real de quedarse». De «ser feliz» en el país de origen.

Pero la felicidad no siempre aparece; a veces hay que salir a buscarla. Como hizo él mismo en mayo de 2001, aunque su historia no se parezca en nada a las que muestra el telediario. Estudió física y química durante años en la universidad, pero las constantes huelgas en la Enseñanza dilataban la obtención de su título. Cansado, optó por hacerse contable. «En dos años acabé la carrera y, cuando salió el visado, vine encantado a buscar otra oportunidad», recuerda. Llegó aquí en avión, con papeles y una oferta de trabajo. Quizá en Durango no sea contable ni químico profesional, pero su labor de hornero en una fundición vizcaína le «permite sobrevivir» y ayudar a su familia.

Lo notable de asunto es que no se conformó con eso. Jacinto y sus compatriotas radicados en Durango decidieron invertir tiempo y esfuerzo en mejorar la situación de Senegal. «Todos hemos venido pensando en la gente que dejamos allí y en cómo hacer que su vida sea más llevadera», dice. Y entonces explica que los espectáculos de baile que ofrece su asociación sirven para recaudar fondos y hacer obras en Senegal.

Menciona el puerto de pescadores porque «ya está en funcionamiento» cerca de un pueblo pequeño donde antes había pocos recursos. Ese puerto, finaciado con los fondos de la asociación, ha supuesto un «cambio importante» en la dinámica de la aldea. Entre otras cosas, porque hay trabajo. «Ahora estamos intentando solucionar un segundo problema –confiesa Jacinto–: la conservación de lo que se pesca». Todavía hoy, tras la faena del día, «los pescadores tienen que andar muchos kilómetros para conseguir hielo» y las reglas del mercado son muy claras: «Si no venden de inmediato lo que pescan, todo se echa a perder, hay que tirarlo». Los compradores lo saben y, por eso, «bajan los precios».

Llevar un barco

La solución que Jacinto se plantea no es nada descabellada, pero sí puede sonar faraónica: «Conseguir un gran buque de pesca que tenga cámaras refrigerantes y mandarlo a Senegal», explica. Ni siquiera le tiembla la voz. «La presencia de un barco frigorífico facilitaría mucho el trabajo de los pescadores e incrementaría sus ingresos, ya que no se verían obligados a vender a cualquier precio su mercadería», razona Jacinto con neuronas de contable y corazón de compromiso.

En colaboración con la asociación Jaiki (con la que se apuntaron al mundialito de fútbol donostiarra), han comenzado a averiguar por navíos que estén a punto de pasar por el desguace, pero que todavía funcionen. «Quizá en la zona de Santander podamos conseguir algo», evalúa. «La generosidad de la gente y su preocupación por el desarrollo de los países africanos es muy fuerte. En Durango hemos tenido respaldo de otros grupos y de las propias instituciones», reconoce agradecido.

Claro que «no puedes pedir apoyo sin hacer ningún esfuerzo». Por eso, si hay que bailar u organizar muestras para juntar dinero, se hace. Y no hay cansancio que valga. «Entre varias actividades logramos reunir cierto capital y lo hemos invertido en comprar dos terrenos colindantes». Cada uno, a 1.800 euros. «Allí vamos a edificar una escuela y ya tenemos los planes de estudio hasta bachillerato. Nos queda resolver cómo lo financiaremos», dice. Trabajo y educación. Jacinto tiene claro que estos pilares son clave. Lo que probablemente no sepa es que su labor, además de ayudar, cambiará para mucha gente el significado de la palabra ‘embarcar’.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 África Ellos

6 | Pedro Lee

Pedro Lee es un hombre de negocios. Ha vivido más tiempo en España que en Taiwán, su ciudad natal, y el peso de esos años se le nota, pero no en su rostro -lozano y jovial-, sino en el carácter. Comunicativo y abierto, integrado por completo en la cultura occidental, este chino de palabras claras abre una puerta hacia Oriente y relata su historia personal. “Vine aquí porque soy católico y quería estudiar medicina”, desvela.

La afirmación sorprende por extraña y porque es difícil pensar en la religión como un motivo migratorio. “Tenga en cuenta que yo me fui de Taiwán cuando tenía 21 años”, aclara este empresario oriental que ya ha cumplido los 56. “El catolicismo estaba prohibido en China por el régimen comunista, pero yo iba a un colegio jesuita y, muchas veces, los maestros nos hablaban de España. Desde entonces, quise vivir aquí”.

El camino que le trajo a Bilbao no fue sencillo y tuvo escalas. La primera, en Nueva York -“la ilusión de todo chino”-, aunque allí no le fue muy bien. “Todavía era muy jovencito y no sabía ni cocinar”, recuerda con una sonrisa. Fue entonces que pensó en Europa, por afinidad religiosa y para terminar su carrera. “Quería estudiar medicina, así que me inscribí en la Universidad de Salamanca. Cuando llegué era septiembre, y la ciudad me maravilló. Todavía había un sol de verano y la gente paseaba por las plazas disfrutando de los zuritos”, describe ahora con tono nostálgico.

Feliz con su nuevo hogar, Pedro empezó a estudiar y, al cabo de cuatro meses, ya hablaba en castellano. “El español está ‘chupao’”, pensaba en aquél momento, aunque no tardó en darse cuenta de que no era tan sencillo. “Hablaba como los indios, ¿sabe?, con los verbos en infinitivo. Para comunicarme estaba bien, porque la gente me entendía, pero no se puede hacer una carrera en esas condiciones”, reflexiona años después con una conjugación perfecta.

Decidió ir a Barcelona, a trabajar en un restaurante chino. Allí aprendió a cocinar y, sobre todo, a manejar el negocio. Tan aplicado fue en sus tareas que, apenas dos años después, se hizo socio de sus jefes y abrió un restaurante en Bilbao: Mr. Lee, el primero que hubo en Vizcaya. “Fue en 1976, poco después de morir Franco. Era una época de cambio, por el regreso a la democracia, y el negocio iba muy bien. No tenía competencia, excepto la cocina vasca”.

Con el tiempo, compró las partes de sus asociados, se convirtió en el único dueño y reunió el dinero suficiente para abrir otros locales. En la actualidad, Pedro es propietario de Asia Chic y Buddha Bar, en Bilbao, y del Café Shaigon y el lujoso Tse Yang, en Madrid. ¿Acaso existe una receta para forjar semejante imperio? “No tenerle miedo al riesgo -contesta-. No conformarse con poco. Yo hice algunos negocios de aventura que no me salieron bien, pero me sirvieron como experiencia. Incluso intenté abrir un restaurante en Madrid, en 1986, y el proyecto fracasó. Tuve que esperar diez años para que el resultado fuera el opuesto”, confiesa. Así se refiere al Tse Yang, el local de cocina oriental que posee en el hotel Villa Magna. “Dentro de poco cerrarán el edificio para hacer una remodelación y, cuando acabe, el restaurante será el ‘top chino’ de España”, adelanta emocionado.

La barrera del humor

Su conocimiento del comercio es profundo y su integración en la sociedad, absoluta. Aquí ha desarrollado sus negiocios y formado una familia. “Mis hijas son españolas y mis cuñados también. Así que algunos comen filetes y alubias, y otros, pescado y verduras”, dice para ilustrar que, en su hogar, conviven ambas culturas. El arraigo, sin embargo, no le ha impedido viajar a China, un país que sigue siendo el suyo, pero que, como él, ha cambiado.

“China se está convirtiendo en una potencia mundial. Crece a diario, prospera mucho y eso da miedo”. ¿Miedo ha dicho? “Sí. Allí hay 1.400 millones de personas y todas tienen ansiedad por salir a comerse el mundo -responde-, ¡eso es terrible!”. Al parecer, la fama de ser trabajadores se adecúa a la realidad. Sin embargo, “aquí no se sabe mucho” acerca de sus costumbres y el desconocimiento, justamente, alimenta muchos mitos.

Pedro reconoce que los orientales “se integran poco” y que eso distorsiona la idea que se tiene sobre su país. “Pero no es que seamos cerrados”, explica. “Nos cuesta relacionarnos porque el idioma, la gastronomía y la cultura son muy diferentes. Las mujeres chinas ven a los hombres de aquí demasiado corpulentos y eso les intimida. Y en mi caso, que tuve una novia española, me resultaba frustrante querer compartir un chiste con ella y no saber explicarlo, porque el humor también es distinto. Pero no hay que generalizar. China es más grande y variada que toda Europa y su sociedad va más allá de lo que muestra un ‘todo a cien’”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 Asia Ellos

5 | Michael

Quien ha viajado hoy en el metro o ha subido a una unidad de Bizkaibus quizá no conozca a Michael Weiss, pero sí conoce su obra. Este diseñador alemán nacido en Stuttgart ha creado el mobiliario para el metro de Bilbao y los carteles indicativos del transporte interurbano. Aunque su despegue profesional tuvo lugar en Chile –país donde conoció a su mujer–, lleva más de veinte años en Getxo. Allí ha montado su estudio y vive como un nuevo vasco.

Cuatro décadas de carrera y más de sesenta premios son cosas que se dicen rápido, pero que llevan su tiempo de gestación. Bien saben los visionarios que los méritos no vienen solos y que, algunas veces, hay que salir a buscarlos. Este fue el caso de Weiss, que dejó su Alemania natal en 1968 y que, tras muchos años viviendo en Chile, acabó radicado en Vizcaya. Al final, el éxito le ha tocado y esta noche, en el centro de Bilbao, su mujer y sus colegas se reunirán para homenajearlo.

Precisamente fue su esposa, Marta Ormazábal, quien contactó con el periódico para compartir la experiencia de ambos y desvelar, a hurtadillas de Michael, la inminente celebración sorpresa. «Porque él aún no sabe nada», confiesa esta chilena con cierta dosis de complicidad. De hecho, este reportaje forma parte del reconocimiento y, por esa misma razón, no es él quien relata su historia, sino ella quien repasa los aciertos.

Michael Weiss llegó al País Vasco hace ahora 22 años, invitado por la Diputación foral de Vizcaya. «Vino a iniciar el Centro de Diseño Industrial de Bilbao», comenta Marta restándole pomposidad al asunto pese a que, en realidad, fue contratado como director ejecutivo del ya desaparecido DZ. Poco tiempo después, su marido fundó un estudio de diseño propio con el que se lanzó a crear nuevas propuestas mientras se iba asentando como un nuevo vasco.

Lejos de Santiago de Chile -donde sus colegas «le llamaban cariñosamente ‘el gringo» y donde fue profesor universitario, fundó una empresa de publicidad y adquirió una imprenta–, Weiss encontró un ‘hogar adoptivo’ en el municipio getxotarra. Claro que, antes de eso, tuvo que soltar amarras y dejar atrás media vida en Latinoamérica, incluido el club de jazz donde conoció a su mujer. «Todavía me acuerdo de ese día –asegura Marta–. Nos conocimos por casualidad. Él y yo éramos muy diferentes… bueno, aún lo somos», comenta entre risas.

Él, diseñador de Alemania. Ella, chilena y «humanista». Con diferencias o sin ellas, algo ocurrió entre los dos. «Son cosas que pasan», resume ahora esta psicóloga que, para mantener viva la llama de su tierra, es miembro de la asociación Pablo Neruda. La cuestión es que, si bien continuaron vigentes los vínculos con el país andino, el matrimonio Weiss Ormazábal hundió su ancla en Vizcaya. Sobre todo él, quien ha encontrado entre los vascos un lugar idóneo para desarrollar su potencial.

Su primer trabajo reconocido –y galardonado mundialmente–, fue el diseño de las señales y el mobiliario del metro. Cada cartel que orienta a los usuarios, cada depósito de residuos que mantiene al subterráneo impecable y cada uno de los bancos de acero donde la espera del convoy bilbaíno se hace más cómoda y llevadera tienen, detrás de sus líneas, el ingenio y la impronta de Weiss.

Las líneas amarillas

Pero esta labor, que vio la luz hace una década a pesar de haber nacido bajo tierra, no fue la única ni la última. Las unidades interurbanas de Bizkaibus y sus paradas, tan conocidas en el paisaje ciudadano, «también son cosa de Michael». «Él diseñó la imagen corporativa y el modo de presentar la información en las marquesinas», dice su esposa quien, para más señas, explica que se trata de «las paradas amarillas».

Ambos medios de transporte comunican a Getxo y Bilbao, aunque existen otras líneas que ligan a Weiss con la capital vizcaína. Y, evidentemente, son suyas. En sus veinte años de residencia, ‘el gringo’ ha desarrollado ideas para la Diputación de Vizcaya, EITB, el Gobierno vasco, el Consorcio de Aguas, el Ayuntamiento de Bilbao y la UPV. Incluso hasta se animó, en su día, a crear un prototipo del tranvía. Pero, por muy distintos que hayan sido esos proyectos, todos tuvieron de base un pilar en común: «Desarrollar el talento creativo para encontrar soluciones a los desafíos y los problemas». Dos décadas atrás, el reto se encontraba en Chile. No obstante, en la actualidad, los desafíos están en Euskadi. Prueba de ello es que se ha quedado a vivir y que es aquí donde este alemán celebrará su trayectoria.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.
2007 Ellos Europa