Diversidad de andar por casa: luna 1

España es un país cada vez más diverso y eso se palpa en casi cualquier ámbito de la vida cotidiana. En la actualidad, el 13 % de la población es de origen extranjero; eso, combinado con que llevamos años con cifras similares, ha modificado poco a poco las fotografías familiares, la oferta cultural o la vida en las calles; también qué clase de alimentos, bebidas y productos encontramos en las tiendas, mercados y supermercados. Incluso las propuestas de ocio, la moda o las agendas sociales están cambiando a diario. Nuestro proyecto Diversidad de andar por casa intenta reflejar, aunque sea de manera humilde, parte de esa transformación intercultural que estamos viviendo.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi|@estoy_que_trino

Una tarde mientras paseábamos por el barrio de Usera se nos ocurrió que estaría bien documentar qué clase de relación tenemos con la diversidad. No en el plano teórico, sino en nuestra vida cotidiana. Es decir: queríamos saber cómo de permeables somos a las culturas que nos rodean y reflexionar sobre si nos influyen mucho o poco a la hora de configurar nuestra idea del mundo. Si bien nos consideramos personas abiertas, enseguida nos dimos cuenta de que teníamos bastante que mejorar. De ahí que nos propusiéramos un reto: aprender al menos una cosa por día de otras culturas. Durante un año.

Diversidad de andar por casa nació así, de manera natural, como una respuesta adaptativa a esta sociedad en transformación que somos. De paso, nos dio la excusa perfecta para recorrer los barrios y fijarnos mejor en lo que está pasando. También para observar, preguntar, escuchar y asumir el riesgo de probar otros sabores, otras músicas, otras literaturas; en definitiva, otras maneras de ver y entender el mundo. Con suerte, a final de año, esperamos haber incorporado muchas de ellas a la nuestra.

El proyecto lo comenzamos el 16 de febrero, coincidiendo con el inicio del Año Nuevo chino. El objetivo es registrar nuestros hallazgos y aprendizajes diarios mediante una combinación de texto y fotografía, que colgamos en Instagram, con la etiqueta #DiversidadDeAndarPorCasa. Aquí, en la revista, compartimos las fotos en grupo, una vez al mes, siguiendo el calendario lunar chino. Hoy, que ha terminado el primer mes lunar de los 12 que tiene este calendario, recopilamos en Un Puerto las 30 cosas que hemos aprendido en este tramo.

Si pinchas en las fotos, podrás verlas ampliadas y con su leyenda correspondiente. También puedes seguir la evolución del proyecto día a día en nuestro Instagram. Y, por supuesto, puedes dejar comentarios y sugerencias, tanto allí como en esta página.

 

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#8M: Sembrar en tierra extraña

Durante los diez años que estuve al frente de la página de «Nuevos Vascos», en el diario El Correo, tuve la oportunidad de conocer y entrevistar a 200 mujeres migrantes. Jóvenes y no tanto, trabajadoras o en paro, ejecutivas y camareras de hotel, procedían de lugares tan distintos como Chile, Rumanía, Senegal, México o Japón. Unas habían tenido la oportunidad de estudiar, otras no. Unas eran madres, otras no. Unas habían vivido unas odiseas migratorias dolorosísimas e increíbles, otras habían llegado a Europa en avión. Hablar con ellas y conocer sus historias no solo me permitió comprender la enorme diversidad que hay bajo los rótulos mujer o migrante; también me mostró cuánta riqueza (y oportunidades) hay en las diferencias.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

No es lo mismo migrar cuando eres mujer que cuando eres hombre. La Organización Mundial de las Migraciones (OIM) nos recuerda que el género afecta a los motivos por los cuales se migra, quién lo hace, las redes sociales a las que se recurre para hacerlo, las experiencias de integración y las oportunidades laborales en el lugar de destino. «Las expectativas, las relaciones y la dinámica de poder asociadas con el hecho de ser hombre, mujer, niña o niño, y de identificarse ya sea como lesbiana, homosexual, bisexual, transexual o intersexual, pueden incidir considerablemente en todos los aspectos de este proceso», señala la institución.

Las mujeres somos la mitad de la población mundial. También representamos la mitad de personas que migran en el mundo. Según el informe que se presentó en 2016 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, entre 2000 y 2015, el número de migrantes internacionales aumentó en un 41 % y alcanzó los 244 millones. Casi la mitad son mujeres. La misma proporción se aplica a las personas refugiadas: el 50 % de los refugiados del mundo son mujeres y niñas, como recoge ACNUR. No obstante, solo el 4 % de los proyectos de llamados interinstitucionales de las Naciones Unidas se destinaron a mujeres y niñas en 2014, y solo el 0,4 % de todos los fondos para estados frágiles se destinaron a grupos o ministerios de mujeres de 2012 a 2013. Las cifras son de la propia ONU.

Los números dibujan el continente, pero las historias lo dotan de contenido y sentido. Si bien migrar es una experiencia difícil para casi todas las personas —y más en estos tiempos de deshumanización brutal y absoluta—, las mujeres solemos llevarnos la peor parte. En los proyectos migratorios, hay muchas violencias que marcan el antes, el durante y el después. Así que hoy, en el Día Internacional de la Mujer, desde Un Puerto, queremos rendir un homenaje al valor de todas y cada una de ellas (sin olvidar, claro está, a las mujeres que se quedan o regresan a sus países de origen).

A la vista de las entrevistas y artículos que hemos publicado, podemos asegurar que el mundo sería un lugar más inhóspito de lo que ya es sin mujeres que trabajen en el ámbito de la discapacidad, como Paz o como Gloria; sin mujeres que reivindiquen la diversidad sexual, como Solange; sin mujeres que hablen de feminismo, como Nadia; sin mujeres que transformen el dolor en capacidad de ayuda a los demás, como Clementine; sin mujeres que combatan por los derechos de otras mujeres, como Silvia; sin mujeres que sobrevivan a sus odiseas migratorias, como Natalie o Jolie, y nos las cuenten para que al menos entreveamos la complejidad que hay tras las etiquetas; sin mujeres que ayuden a curarse a otras personas, como Ana María; o sin mujeres que hayan podido superar el machismo y la presión social, como Afaf o Nawal, para rehacerse. Y sería más hostil el mundo sin Mayté, Ana o Sagrario, quienes han aportado su saber y su tiempo para que Un Puerto sea un sitio desde donde otear un horizonte más amplio.

Pese a la variedad de procedencias, de herramientas, de talentos y de lastres, todas las mujeres que hemos conocido en estos años tenían (y tienen) algo en común: la capacidad de reinventarse y de sembrar en tierra extraña. También que no siempre son ellas quienes recogen la cosecha.

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15 imágenes que nos dejó la fiesta del Año Nuevo chino

El 16 de febrero comenzó un nuevo año chino: el 4716, o año del Perro de Tierra. Según el calendario tradicional, que se basa en los ciclos de la luna, este momento marca el paso del invierno a la primavera y anuncia la llegada de los días más luminosos y tibios. Esto es un gran motivo de celebración. No en vano, el Año Nuevo es la principal fiesta china: se extiende durante varios días e incluye desde multitudinarios desfiles hasta reuniones en familia y una gastronomía especial. La comunidad residente en España también ha organizado sus festejos. El fin de semana nos acercamos a la fiesta de Madrid, donde vive el 27 % de este colectivo.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi / @estoy_que_trino

 

No hace tanto que el calendario tradicional chino dejó de ser el calendario oficial. Hasta 1912, el tiempo se medía de otro modo. Se tenían en cuenta los ciclos de la luna y esto daba como resultado unos años de duración variable. Por esta razón, el año del Perro que acaba de comenzar se extenderá hasta el 5 de febrero de 2019.

La fiesta de Año Nuevo es la principal celebración. Lo es dentro del país, donde se organizan festejos que duran varios días, y también fuera, en los países donde existen comunidades chinas importantes. En estas fechas, millones de personas regresan a casa para vivir la fiesta con sus seres queridos. Sí, millones. Como señala Clara Serer Martínez en este artículo, publicado por la revista del Instituto Confucio, «cada año, cuando se acercan estas fechas, se produce uno de los movimientos migratorios más importantes del planeta».

Quienes no pueden volver, lo celebran a distancia. En los países donde hay comunidades chinas más o menos numerosas —como la de España, que cuenta con casi 190.000 personas—, la fiesta se ha instalado con naturalidad, como una celebración más. Y no solo entre los miembros de la propia comunidad, también entre sus vecinos y vecinas. El Año Nuevo chino va camino de convertirse en una fiesta intercultural.

En Madrid, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), residen algo más de 51.000 personas nacidas en China. No es, ni mucho menos, la colectividad extranjera más numerosa (antes están las de países como Rumanía, Ecuador, Colombia, Marruecos o República Dominicana); sin embargo, su presencia es notable en barrios como Usera, donde regentan decenas de restaurantes, peluquerías, supermercados, pequeñas tiendas de alimentación, cafeterías, despachos profesionales, inmobiliarias, clínicas de salud, librerías y otros comercios en apenas un puñado de calles.

Precisamente allí, en Usera, se desarrollaron las principales actividades en torno al Año Nuevo; unas actividades que atrajeron a personas de distintas partes de la ciudad —y del mundo—, incluidos nosotros, que fuimos con curiosidad y volvimos con estas fotos.

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Alexis García Pérez: «El humor es la clave de ‘Qué se nos perdió en Cuba’»

El pasado 29 de enero, en la sala Manuel Falla de la SGAE, se presentó Qué se nos perdió en Cuba, un cortometraje escrito y dirigido por Alexis García Pérez de Medina que aborda de un modo peculiar las migraciones y el encuentro de distintas culturas. El corto, que se rodó hace tres años en Barcelona, ha sido seleccionado en festivales como Todos somos otros, que hace foco en la diversidad social, y se podrá ver en la X Jornada de la cultura cubana en Albacete, que tendrá lugar en junio de este año. Después de asistir al pase en Madrid, conversamos con Alexis sobre su propuesta, donde no faltan ni la humildad ni el sentido del humor.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Todo empezó en un bar de Barcelona. Allí estaba Alexis, hojeando el periódico mientras desayunaba, cuando una noticia le llamó la atención: Cuba, su país, es uno de los destinos preferidos por los españoles para emigrar cuando se jubilan. «Ahora no recuerdo si estaba en el tercer o en el quinto lugar, pero sí que estaba entre los primeros —dice—. Poco después, hablando con mi padre por teléfono, se lo comenté. Él sigue viviendo en Cuba y me confirmó que era así. Es más, me contó que conocía a una pareja de malagueños que se habían ido para allá en ese plan».

Así fue la génesis de Qué se nos perdió en Cuba, un cortometraje que se rodó hace tres años en Sitges y que muestra el anverso de las migraciones a las que estamos acostumbrados en Europa: en esta historia, quien deja su tierra en busca de un futuro mejor al otro lado del Atlántico es una familia de Barcelona.

El humor como herramienta

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El cortometraje muestra a una pareja de mediana edad que, apremiada por la crisis económica, decide emigrar a Cuba con sus dos hijos. El abuelo de los chicos se queda en Barcelona, de modo que, ya desde el comienzo, se plantea una situación bien conocida por las personas que migran: la separación de la familia. Sin embargo, el guion no se detiene en el aspecto dramático del asunto, sino que deriva hacia situaciones más pintorescas y divertidas, casi todas surgidas del encuentro entre ambas culturas.

«Yo quería plasmar lo que me enseñaron cuando estudié Dirección de Cine; que hay que tener verdad en las cosas que contamos —explica Alexis—. Muchos hemos emigrado y sabemos lo que es estar lejos; sabemos que hay mucho dolor por la distancia con los familiares. Está bien mostrar eso, pero creo que para contar la verdad hay que hacerlo también con humor. Por eso he planteado el corto de una manera más divertida», sostiene.

De coches, abuelos y Navidades en Cuba

La herramienta del humor también ha sido indispensable para sacar adelante el trabajo y no venirse abajo en los momentos más duros. «El mundo del corto es complicado. Hay que involucrar a mucha gente para llevar un proyecto hasta el final», reconoce Alexis, que se dejó más de un sueldo (y más de dos) en rodar esta historia como quería. «Bueno…, a mí también me gusta complicarme la vida —admite entre risas—. En este caso, fueron cuatro localizaciones en tres días, hubo dos exteriores y un coche antiguo», un Buick azul del 42 en cuyo alquiler invirtió el equivalente a un mes de salario.

El coche podría haber sido otro, sin duda, pero él estaba empeñado en que fuera ese por una razón en particular: su abuelo tenía uno igual. «Yo quería usar un coche como suyo. Incluso le pusimos la misma matrícula», dice. La elección, más que un fetiche, era un pequeño homenaje: «Mi abuelo era gallego y tenía un proverbio para todo. Como buen gallego, te hacía un negocio de la nada; bueno o malo, pero lo hacía. Él trabajó mucho durante toda su vida porque quería garantizarnos un futuro», recuerda Alexis, cuyo vínculo con España le viene por las dos ramas de su familia.

«Yo tenía este abuelo gallego; el otro era de Canarias. Ambos estaban casados con mujeres cubanas y una de ellas, una de mis abuelas, era negra. En este momento falta gente en la familia y yo vivo lejos, pero las reuniones en Navidad eran brutales, ¡la mezcla de acentos era muy divertida!», cuenta Alexis. Para él, que es fruto de un mix cultural y que además ha tenido su propia experiencia migratoria, resulta sencillo, casi natural, mostrar en su cortometraje las diferencias y complicidades que existen entre las distintas culturas.

Rodar un corto: un proyecto de largo recorrido

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El cortometraje se grabó en Sitges, en los terrenos de una empresa cementera. «Costó mucho convencer al dueño de que nos dejara rodar allí. No quería saber de nada, pero yo soy muy insistente —relata con gracia—. La verdad es que, cuando le mencioné el título completo, él se interesó y me dijo: “siéntate y explícamelo otra vez”. Nunca supe cuál era su relación con Cuba, pero está claro que tiene algún vínculo, algo que le despierta simpatía».

De las muchas dificultades que hubo, Alexis recuerda lo complicado que fue ambientar Cuba en Barcelona. «Cuando no pasaba un tren, aparecía una pareja de domingueros con el perro o había un cartel en catalán que nos delataba… Y después, cuando rodamos en el Paseo de Colón, tuvimos incluso que esconder la cámara. En cuanto la gente ve que estás grabando, ya piensa que está Penélope Cruz y mira, busca…».

Además de los actores y las actrices, hubo dos colaboraciones fundamentales para recrear Cuba en la costa mediterránea. La primera fue la del compositor madrileño Gonzalo García Santos, quien hizo la música y «consiguió que el corto sonara a Cuba», a ese lugar tan particular donde, como dice Alexis, «se mezclan la magia y la realidad, el más allá y el más acá».

La otra colaboración fue, precisamente, la de «una santera de verdad, una mujer que nos ayudó mucho con la escena de espiritismo», cuenta él. Esa escena, graciosa, genuina y también larga, no deja a nadie indiferente. «La escena es larga, es verdad, ya me lo han dicho. Tiene críticos y adeptos, pero es el factor diferencial del corto porque tiene un punto documental. Todo lo otro es más habitual, pero esa escena no. Ahí se muestra una parte muy genuina de mi país».

Y es que, como dice Alexis, «Cuba es un lugar muy especial donde se distingue perfectamente el espiritismo de la santería». Para explicar la diferencia entre ambas, hace un resumen muy claro: «El espiritismo es blanco, es renovarse y limpiar el espíritu. La santería es para pedir cosas; es más un rollo de “traeme tres palomas y las sacrificamos”».

Reparto: Joel Angelino, Marieta Sánchez, Antonio del Valle, Gal Soler, Gala Barroso, Albert Green y Margarita Ponce.

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Manuel Liendro, un hombre de campo fiel a sus raíces argentinas

Entrevistar a Manuel Liendro es mucho más que conversar largamente con él; es vivir una experiencia donde la nota dominante es la hospitalidad. Anfitrión generoso y sin dobleces, Manuel [El Bananal de Yuto, (Argentina, 1967)] nos abrió las puertas de su vida y compartió con nosotros las cinco cosas fundamentales que la componen: su familia, el trabajo, la tierra, la música y la gastronomía. Algo de eso ya había salido en la primera entrevista, allá por diciembre de 2012. En este reencuentro, casi cinco años después, lo experimentamos en persona.

El día que nos invitó a su huerto comimos un asado con él, su esposa y sus tres hijos. Manuel asó la carne y los chorizos —caseros—, y todo lo trinchó con un facón fabricado por él mismo. También nos ofreció unos zapallitos rellenos que había preparado la noche anterior. Esos zapallitos —típicos del cono sur americano— crecen ahora en su huerto de Bilbao, donde también cultiva tomates, pepinos, calabacines o lechugas. Cuidar de las hortalizas es la manera que tiene de conservar su lazo con la tierra y honrar el saber de sus antepasados campesinos.

En mitad de ese domingo en familia, Manuel nos contó cómo fueron su infancia y su juventud, cómo se enamoró de Kristina y recordó sus primeros tiempos en Bilbao. También pudimos conversar con Itxaro, Nerea e Imanol —sus hijos—, con quienes comparte el gusto por la música. De postre, entonó varias canciones a la guitarra. En la versión web de esta entrevista, hemos rescatado un fragmento del concierto privado que nos obsequió.

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[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

Manuel Liendro tiene la argentinidad a flor de piel. Él, hombre alto y fuerte como el mejor de los árboles de su tierra, se considera por encima de todo un hombre de campo. Así lo atestiguan sus manos grandes y callosas, su habilidad para cultivar la tierra o la letra de las zambas que rasguea en su guitarra cuando se presenta la ocasión. También su acento suave y norteño, la receta de los chorizos criollos que ofrece en sus asados familiares o la pegatina trasera de su coche: «¡Vamos, Jujuy, carajo!».

Manuel nació en El Bananal de Yuto, un pequeño y humilde pueblo entre el monte y el río Piedras, en la provincia de Jujuy, a unos 125 km de la frontera con Bolivia. Se trata de un enclave agrario que ni siquiera muchos argentinos sabrían ubicar en el mapa. Es una tierra dura, que imprime carácter y se lleva adherida siempre a la piel. Al fin y al cabo, allí la temperatura alcanza con facilidad los 40 grados y la sensación térmica bordea los 50 ºC muchos días.

También es un sitio de usos y costumbres propios. Hace tanto calor en las horas centrales del día que el horario de trabajo habitual es de 5 a 10 y de 17 a 22 h. Entre medias, se come y se recupera el sueño atrasado. Según Kristina, la esposa de Manuel, el sol es tan abrasador que las suelas de las sandalias se derriten. Ella, una bilbaína criada en el barrio de Arabella, lo sabe por experiencia: estuvo casi tres años como cooperante y nunca se terminó de acostumbrar. Ni a eso ni a los mosquitos tamaño tigre.

Contrastes muy marcados

Por increíble que parezca, Manuel echa de menos ese clima. Es más: sufrió mucho para adaptarse a Bilbao. Llegó en noviembre de 1998 y tenía 31 años cuando descubrió que existía el invierno y que el frío le cuarteaba la piel, sobre todo, en la cara y a la altura de los párpados. «Ahora soy como un oso panda», dice señalándose el contorno de los ojos.

La falta de los permisos también le dificultó mucho la adaptación: le ofrecían trabajos que no podía aceptar. Algo que, a su vez, le complicaba aún más su situación vital; Kristina y él habían gastado los ahorros en sus billetes de avión, así que vivían con los padres y el hermano de ella a la espera de encontrar trabajo y poder independizarse. Allí, en un pequeño piso de ciudad de unos 45 metros cuadrados, Manuel debió doblegar sus casi dos metros de hombre de campo y aprender a tener otro tipo de paciencia.

A pesar de los años en Bilbao, sus modales conservan aún la calidez del pueblo. También la firmeza y la franqueza de quien se ha hecho a sí mismo trabajando desde niño. A los 6 años ya quitaba los caracoles de los naranjos, limoneros y pomelos. A los 8 pasaba los veranos con su tío y este le enseñaba a manejar el tractor. A los 11 ya sabía conducir y, en una furgoneta, transportaba personas hasta la finca del patrón de su padre. Luego, cuando debió valerse por sí mismo, hizo de todo: cargar y descargar, trabajar en la siembra, conducir camiones.

Por suerte, tanta exigencia laboral no le impidió enamorarse a primera vista. Nada más ver a Kristina en El Bananal, le dijo a un amigo: «Algún día ella va a ser mi señora». Y lo dijo convencido, a pesar de que Kristina tenía mala prensa en el pueblo: su carácter práctico, directo y con pocos diminutivos al hablar contrastaba con los modos suaves y los tiempos pausados del lugar. En cambio, él quedó prendado desde que fue a casa de ella a presentarle sus respetos y ofrecerse para lo que hiciera falta.

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Amor selvático, frutos euskaldunes

Si bien el amor trajo a Manuel hasta Bilbao, fue una casualidad la que llevó a Kristina hasta El Bananal. Ella quería encontrar algún proyecto de cooperación en América que le permitiera estar un año fuera y, por diversas circunstancias, la única plaza libre que encontró fue la de aquel rincón remoto y desconocido. Tardó poco en comprender el porqué… A la dureza del clima, debió sumar la dureza de un proceso de adaptación a una sociedad rural con unos usos y costumbres muy diferentes de los suyos.

Afortunadamente, salió ganando con la experiencia: además de crecer como persona y mejorar como cooperante, encontró al amor de su vida. Por eso, cuando al final de la estancia regresó a Euskadi, se dedicó sobre todo a dos cosas: a escribirse cartas con Manuel y a buscar financiación para que la enviasen de nuevo a El Bananal, pero esta vez por dos años. Al final de esa segunda estancia, fue cuando Kristina y Manuel vinieron a Bilbao.

Hoy, viven en el barrio de San Adrián y tienen tres hijos: Imanol (10), Nerea (14) e Itxaro (16). Los tres hacen danza vasca y van a la ikastola; los tres, como su padre, tienen alguna relación con la música. Imanol va para txistulari, Nerea es más de tocar la guitarra e Itxaro, además de tocar la trikitixa, canta en un grupo que versiona a los Ramones, Nirvana o Huntza. «Mis hijos están teniendo la posibilidad que no he tenido yo ni en sueños: estudiar y leer música», apunta orgulloso Manuel.

A él, el campo y la humildad de su origen, lo obligaron a entregarse al autodidactismo. «Lo que yo sé lo aprendí mirando y escuchando a la gente», explica. Y en ese mirar y practicar por su cuenta, aprendió lo suficiente para formar en Bilbao, junto con otros músicos del noroeste argentino, su propio grupo: Los Cantores del Lapacho. En su repertorio, especializado en el folclore de su país, figuran canciones clásicas de Jorge Cafrune, Horacio Guarany o Mercedes Sosa.

Ahora bien, quizá lo más sorprendente en la biografía musical de Manuel sea otro dato: canta desde hace seis años en Bilbotarrak. Además de ser uno los miembros más jóvenes, es el único extranjero. En fiestas, como un corista más, recorre las calles del botxo con sus compañeros cantando bilbainadas. Evidentemente, desde que está él, la de Un argentino en Bilbao se ha convertido en una de las más sentidas.

Un gaucho por la Gran Vía

Fiel a las tradiciones, Manuel conserva una que lo ha hecho famoso. «En casi todas las fiestas patrias y algún fin de semana, me pongo el traje de gaucho y me voy a caminar por la Gran Vía. La gente me para y me pide hacerse fotos conmigo. Alguno me llama “mariachi”, y tengo que explicarle de dónde vengo. Ahora me conocen más y vienen a mis recitales», relata.

La otra tradición que intenta no perder es cultivar la tierra. Si bien trabaja la mayor parte del tiempo como restaurador de fachadas, conserva aún el vínculo con la marmolería donde empezó a trabajar justo después de regularizar su situación. Allí, hace siete años, y gracias al permiso de su jefe, convirtió una estrecha franja de terreno en «un huerto donde hay un poco de todo: puerros, lechuga, zapallitos, tomates, pepino…». Le pone tanto cariño y buen hacer que ahora esa pequeña porción de tierra vasca es su manera de honrar todo lo aprendido en su lejano y añorado El Bananal de Yuto.


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Segundas impresiones

Ana Silvia Velásquez, psicóloga y asesora empresarial salvadoreña

Es octubre de 2017, hace frío en las calles de Bilbao y el marido de Ana Silvia Velásquez aparece en el salón con una jarra de cristal llena de café recién hecho. Nos saluda, la deja sobre la mesa y se va; intuye que la conversación será larga y que necesitaremos algo con que regar las palabras. Siempre se sabe cuándo empiezan las charlas con Ana Silvia [San Salvador, (El Salvador, 1962)], pero no cuándo acaban. De hecho, esta fue tan interesante y caudalosa que un buen puñado de anécdotas quedaron fuera.

Una de las más curiosas es que Ana Silvia llegó a la carrera de Psicología por accidente; ella, en realidad, quería estudiar Ingeniería Industrial o Economía. Sin embargo, una compleja red de factores —la guerra civil de El Salvador, el cierre temporal de la universidad por parte del ejército, un problema burocrático cuando esta reabrió sus puertas o una experiencia de trabajo social con personas ciegas— dieron con sus huesos en un aula, donde el primer día de clase le hablaron de «los antiguos, el alma y el espíritu». Con el tiempo, supo pasar de los números a las letras y encontrar las sinergias. Hoy, aquel talento suyo para la física, la química o las matemáticas sigue siéndole útil en su trabajo como asesora empresarial.

Entre la primera entrevista con Ana Silvia y esta —principios de octubre de 2017— han transcurrido 8 años. En ese lapso, a sus tres hijos les ha dado tiempo para llegar a la universidad, obtener su correspondiente título —Ciencias del Mar, Biología y Magisterio respectivamente— y entrar en el mercado laboral. Dos de ellos, incluso, han dejado el hogar familiar y trabajan fuera de Euskadi. A sus 55 años, Ana Silvia está, por tanto, en el inicio de una nueva etapa vital.

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Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas

«Yo me siento muy de Bilbao; no me siento extranjera. Desde el principio fui muy bien acogida. Este año estuve unos meses en El Salvador y mis amigos me llamaban para preguntarme cuándo iba a regresar: me echaban de menos. La verdad, estoy muy satisfecha con mi vida en Euskadi: tengo tres hijos de los que me siento orgullosa, he podido trabajar en lo mío y siento que he aportado a la sociedad». Con este balance —quizá llevada por la deformación profesional: es psicóloga, profesora y coach empresarial—, la salvadoreña Ana Silvia Velásquez sintetiza sus últimos 22 años.

Su primera visita a Bilbao fue en 1990, «antes de que existiera el Guggenheim», precisa. «Por aquel entonces, Bilbao era bastante oscura —describe—. El metro no estaba, la plaza Moyúa tenía vallas… Pero no me pareció una ciudad fea, como a veces se la recuerda. Claro que yo estaba enamorada y feliz, y como la vi tan diferente a lo que había en mi país, me pareció bonita».

El amor del que habla era el de un profesor universitario vasco —hoy su marido—, a quien había conocido en 1987. Él estaba elaborando una teoría sobre la dependencia económica en América Latina y repartía los semestres y las clases entre Bilbao y San Salvador. Por aquel entonces, Ana Silvia trabajaba en la facultad de Económicas como organizadora del servicio social que debe prestar el alumnado en retribución a la gratuidad de sus estudios universitarios. Se conocieron en una fiesta y se gustaron tanto que acabaron casándose y teniendo dos hijas antes de mudarse a Bilbao en 1995.

«He vivido todo el cambio de la ciudad. Por eso siento que es mi ciudad. Mucho de lo que hay ahora no estaba en el 95. Recuerdo haber ido a la inauguración del metro», apunta. Y analiza: «Hemos vivido transformaciones paralelas: Bilbao se ha convertido en una gran ciudad abierta y yo, en una bilbaína». Más de 20 años de arraigo y un hijo vasco —el tercero— avalan ese sentimiento.

Eso sí, esta querencia genuina por el botxo no implica que haya olvidado El Salvador. Al contrario, sucede que ha alcanzado el equilibrio con el que muchas personas migradas sueñan: «Allí me siento en casa y aquí también». Aunque este año pasó cuatro meses en su país, fue llegar aquí y olvidarse de cómo es su casa salvadoreña. Y viceversa: mientras estuvo al otro lado del Atlántico, rodeada de sus amigos y familia, olvidó cómo era el piso de Bilbao. «Se ve que se produjo un cambio psicológico profundo», evalúa sorprendida.

Hacía siete años que no iba. Esta vez aprovechó un receso en su actividad profesional y las vacaciones para pasar un tiempo más prolongado con su padre y con su hermana. También, como ella matiza, para «desidealizar los dos países y, de paso, renovar el disfrute por ambos». A su regreso a Bilbao, insiste, «el jamoncito y el vino» le saben mejor. A la vez, con la cabeza renovada, puede replantearse los proyectos para el año que viene.

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Asesora de alto nivel

En la actualidad, Ana Silvia lidera un equipo multidisciplinar especializado en coaching empresarial, formación y elaboración de planes de desarrollo para los departamentos de Recursos Humanos. Entre sus colaboradores habituales cuenta con un abogado mercantil, un economista especializado en I+D+i, una administradora de empresas, una socióloga y un ingeniero. Y, claro, también está ella, una psicóloga todoterreno, especializada en prevención de riesgos laborales. En su cartera de clientes caben grandes astilleros, conocidas empresas metalúrgicas o servicios de catering para colegios.

Abrió su consultoría después de haber trabajado tres años como asesora en Suspergintza Elkartea. El final de su contrato coincidió con la crisis económica y, entonces, decidió reinventarse. Convencida de que su experiencia profesional era valiosa, sintió que era el momento de abrir su propia empresa. Y acertó. Se dejó asesorar por Lan Ekintza —hoy Bilbao Ekintza—, recibió el respaldo de la Diputación y La Caixa financió su proyecto. Como la alumna modélica y con buenas notas que es y ha sido siempre, dejó a su tutor boquiabierto por la rapidez con que consiguió sus primeros clientes.

Antes de abrir su asesoría, la carrera de Ana Silvia dio muchas vueltas. Lo primero que hizo cuando llegó a Euskadi fue homologar su título de Psicología y, a continuación, doctorarse por la Universidad del País Vasco, en San Sebastián. En esos años, además, simultaneó el ser madre de tres niños con la consultoría por horas. Si bien eso le permitía pasar un tiempo de calidad con sus hijos, al cabo de los años se dio cuenta de que ese modelo tenía un gran inconveniente: trabajar por horas implicaba cotizar poco para la jubilación. De ahí que en 2006 buscara empleo a jornada completa y que en 2011 abriera su propia empresa.

Dada su permanente inquietud intelectual —que se aprecia en la conversación y en su casa, rebosante de libros—, Ana Silvia se plantea combinar la asesoría de empresas con la psicología clínica. Siempre le gustó y, de un modo u otro, conservó los lazos con ella. Además, su dilatada experiencia vital ha enriquecido mucho su mirada; es un bagaje al que puede sacarle un gran rendimiento en favor de otras personas.

Compromiso social

Más allá de su marcado perfil empresarial, Ana Silvia destaca por su compromiso social. En 1981, al terminar el instituto, colaboró con una escuela de personas ciegas. Allí, mientras esperaba que el ejército desalojara la universidad y así empezar con su carrera, aprendió braille. Años después, colaboró con Unicef y trabajó en un proyecto de Oxfam donde acompañaba a las personas más vulnerables afectadas por la guerra civil de su país, que se extendió durante más de una década.

En Bilbao lleva diez años coordinando grupos de mujeres para Cáritas en el Centro Iturbegi de Basauri. Allí atiende a personas con escasos recursos y que, además se enfrentan a depresiones, muertes de seres queridos o enfermedades mentales. A la vez que enseña una foto de uno de los grupos, dice: «Son todas de aquí, vascas. Trabajo con ellas la elaboración del duelo. Nos reunimos todos los jueves de 17 a 19 h».

Ana Silvia sabe bastante sobre duelos. Además de los que conllevan las migraciones, hace años que pasó por el de su madre. «Murió de cáncer. Fue el 3 de marzo del 2000. Estuvo 11 meses conmigo en Bilbao. Cuando me enteré de que su enfermedad no tenía solución, pensé que lo mejor que podía hacer por ella era atenderla de manera profesional. Entonces me saqué el título de cuidados paliativos en la Universidad de Deusto y realicé una pasantía de seis meses en el Hospital San Juan de Dios. El curso me sirvió para trabajar mi duelo y para atenderla a ella de una manera exquisita», relata.

Hoy, la experiencia acumulada desde entonces la invierte en ayudar a los demás. De paso, sigue aprendiendo de los otros y formándose. Ahora que los hijos son mayores y dispone de más tiempo para ella, lo dedica a trabajar en lo que le gusta, a estudiar lo que le motiva y a aportar ese caudal de saberes y energía a construir una mejor sociedad.


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