La red solidaria que envuelve al Puerto de Bilbao

Alrededor de 70 personas viven acampadas en las inmediaciones del Puerto de Bilbao. Son, en su mayoría, muchachos jóvenes procedentes de Albania que han decidido emigrar a Reino Unido y que tienen muy pocas posibilidades de ingresar legalmente al país. Por eso lo intentan como polizones, en los ferris que conectan las ciudades portuarias del continente (como Bilbao, Santander y, antes, Calais) con la isla. Los chavales —casi todos menores de 25 años—, van en busca de un lugar donde haya trabajo y la perspectiva de un futuro mejor, pero en su camino encuentran no pocas barreras que torpedean constantemente ese proyecto.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

Desde 2017 a la fecha, el Puerto de Bilbao se ha blindado a estos migrantes que, pese al nuevo muro de 4 metros de altura que bordea el área, el incremento de la vigilancia y los sucesivos desmantelamientos del campamento donde residen, siguen intentando montarse en los barcos. Durante el año pasado, según las cifras de la Guardia Civil, hubo más de 3.800 intentos frustrados. Más de 50 por persona.

Sobre esta situación, mucho se ha dicho y escrito en la prensa. Casi siempre, desde la perspectiva de las compañías navieras, la Autoridad Portuaria o los transportistas (estos últimos se enfrentan a multas de 2.200 € si desembarcan en Reino Unido con un polizón). De momento, el foco no está puesto en las historias de estos jóvenes, cuyos relatos e ilusiones no son muy diferentes de los de cualquier chaval español, excepto porque sus pasaportes abren menos puertas. Tampoco se menciona la impresionante red de solidaridad ciudadana que se ha tejido en pocos meses para arropar a estos chicos y dignificar mínimamente su espera hasta que tenga lugar la partida.

El artículo que escribí para El Salto aborda estas dos cuestiones. Lo hace de la mano de Merce Puig Zuluaga y Heri Lago-Lekue, dos vecinos de Vizcaya que forman parte de esa red solidaria; y de Shefqet Lami, uno de esos chavales de Albania que llegó hace 6 meses y que, a día de hoy, vive en Barrika. Sus testimonios ayudan a entender mucho mejor lo que ocurre en este punto de la costa vasca. Puedes leer el reportaje completo aquí.

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Diversidad de andar por casa: luna 2

Avanzamos en nuestro proyecto Diversidad de andar por casa, un experimento fotográfico con el que intentamos estar más atentos a la variedad cultural que nos rodea y, sobre todo, averiguar hasta qué punto somos permeables a ella. Desde que lo iniciamos, el 16 de febrero, hemos aprendido unas cuantas cosas sobre música, gastronomía, rutas migratorias, literatura u oficios. Y, día a día, mientras registramos nuestros pasos en Instagram, comprobamos que hay mucho para descubrir y sorprenderse sin alejarse demasiado de casa.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi | @estoy_que_trino

En esta segunda etapa de nuestro camino —que viene marcado por las fases lunares del calendario tradicional chino, como explicamos aquí—, hemos disfrutado de buena música y hemos bebido cosas ricas y distintas, como el bissap y el licuado de baobab. También leímos un par de libros interesantes, cocinamos nuestra primera yuca, practicamos un poco de kazajo y cenamos una tortilla de crisantemos.

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Veronika Drazdova: raíces bielorrusas, corazón en Bilbao

«No somos bichitos raritos: tenemos nuestra cultura… Queremos poner nuestro granito de arena». Veronika Drazdova (Minsk [Bielorrusia], 1981) estudió teatro en la universidad, así que la palabra cultura tiene resonancias muy potentes para ella. De hecho, la música, el diseño, la pintura, la fotografía o la literatura son fundamentales en su día a día: alimentarse de la creatividad ajena le parece algo fundamental a la hora de estimular la propia.

Por eso mismo, Moiqut —su tienda— es un sitio donde se compra ropa y se habla de moda, pero también es un espacio donde se celebran conciertos, fiestas, exposiciones o lecturas dramatizadas. Incluso dispone de un punto de lectura —«Hasta en las mejores familias, hay una oveja lectora», dice un pequeño cartel— donde intercambiar libros y conversar sobre ellos. Además de ropa, Veronika procura vender alegría, buen humor y una buena dosis de creatividad en todo lo que hace. Esta es su historia.

[Si has caído aquí por casualidad y no sabes en qué consiste el proyecto Segundas impresiones, quizá te interese leer esto].
Por Rubén A. Arribas y Laura Caorsi
@estoy_que_trino / @lauracaorsi

Un día iba caminando por Barcelona y encontró un libro abandonado en un banco. Era una novela. Se la llevó a casa, la leyó y sintió que eso era lo que necesitaba leer en ese momento de su vida. Cuando terminó el libro —El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson—, lo colocó en otro banco y deseó que tuviese el mismo efecto balsámico en otra persona. Por eso, en su tienda de ropa, ha reservado un espacio para el intercambio de libros y organiza otras actividades; por el placer de conocer gente y generar una pequeña comunidad con la que compartir afinidades.

MoiqutNacida en Minsk (Bielorrusia) y dramaturga de formación, Veronika Drazdova ha trabajado como dependienta desde que tenía 18 años. Mientras ganaba experiencia como empleada, supo que algún día tendría su propia tienda y que esa tienda suya sería algo especial. Imaginó un espacio donde la ropa se rodeara de arte, desde exposiciones de cuadros y actuaciones musicales hasta obras de microteatro y lecturas dramatizadas interactivas, como las que hacía en la universidad. Incluso pensó que estaría bien organizar fiestas cada tanto para que su clientela se conociera entre sí, pasara un buen rato y pudiera degustar una dosis de talento emergente.

Todo eso lo materializó en Bilbao, donde pudo concretar su idea. «Me gusta mucho el arte; disfruto con él. Cada vez que vienen artistas nuevos, me inspiran», explica. En los carteles de la tienda aún conserva el póster de la fiesta de febrero, donde tocaron los músicos Irrintzi Ibarrola y Peri & Gros, o donde la fotógrafa Teresa Ormazabal expuso su trabajo Transferencias.

Precisamente, una pieza de Teresa Ormazabal le sirve a Veronika para explicar qué le aporta rodearse de arte. «Un cuadro suyo me ayudó a entenderme mejor a mí misma: ahora sé que soy la capitana de un barco solitario sobre un mar de zanahorias», dice. Y, consciente de la sorpresa que inspira la imagen que evoca, añade: «¿Que por qué un mar de zanahorias? No hay explicaciones profundas… Es algo visual».

A la vista de la ropa desenfadada que vende —y que elige en ferias de Londres o París—, resulta sencillo captar su gusto artístico. Sus prendas preferidas tienen formas asimétricas, son minimalistas y utilizan tonos suaves. También el espacio refleja su interés por lo estético: la tienda es diáfana, con poca ropa —pero elegida con mimo— e invita al contacto personal. Esto último es clave para ella: le encanta conversar con todas las personas que entran. Disfruta de la cercanía.

Un proyecto viable

La idea de un local así surgió en sus paseos por el barrio de Malasaña, cuando vivía en Madrid. Allí trabajó siete años en una tienda que vendía ropa de segunda mano y que desempeñaba una intensa labor solidaria en África. Se implicó tanto y tan a fondo en el proyecto que casi termina de cooperante en Mozambique. Impulsiva y llena de energía como es ella, pensó que esa era la mejor manera de salir del estancamiento laboral al que sentía que había llegado. Sin embargo, supo dar un paso atrás a tiempo y reorientar su espíritu social.

Fruto de esa crisis, le quedaron dos enseñanzas. Una, la filosofía aprendida en aquella tienda: mejor arreglar pequeños problemas concretos que aportar dinero para grandes causas generales. Otra, lo que le pedía el cuerpo: cambiar de ciudad. Por eso, cuando unos amigos hace nueve años le dijeron que por qué no venía a Bilbao y los visitaba, dijo enseguida que sí. «Era mayo, llovía —cómo no—, salimos a pasear y me fijé en los abedules, en las ventanas iluminadas y las escenas familiares que se entreveían detrás de esas cortinas: la tele parpadeando, gente cenando…». En ese preciso instante quedó prendada de Bilbao. Sintió que aquí podría encontrar algo que echaba de menos desde que salió de Minsk: la sensación de hogar.

De hecho, el nombre de su tienda, Moiqut, significa ‘hogar’, aunque antes de tener la acogedora apariencia de hoy, fue una ferretería. Como recuerda Veronika, el local estaba lleno de estanterías y albergaba unas 8000 tuercas cuando ella y su pareja lo cogieron para reformar. Ahora, la tienda alberga una de aquellas estanterías —donde se encuentran los libros— y el techo conserva el aire industrial que una vez dominó la atmósfera.

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El proyecto lo supervisó Lan Ekintza, de quien Veronika valora que actuara como un interlocutor crítico para afinar su idea. «Yo tenía un proyecto y me ayudaron a poner las bases. Todavía tengo una asesora que sigue la evolución del negocio, me recomienda cursos, me da consejos…», detalla. Y, con orgullo de alumna aplicada, agrega: «Estoy siguiendo el plan de negocio que presenté, paso por paso».

Fruto de esa perseverancia en el trabajo bien hecho y de la creatividad que ha demostrado al colaborar con otros comercios o la facultad de Bellas Artes, la tienda recibió hace poco un reconocimiento institucional: «Nos han dado la baldosa al comercio innovador». También el de la gente: en el certamen Arteshop Bilbao 2017, que mezclaba artistas y tiendas, ganaron el premio del público.

Una ciudad donde madurar

Veronika aprecia particularmente la vida cultural bilbaína. Apoyó desde el inicio la apuesta teatral de Pabellón n.º 6, va a la ópera al Euskalduna —sobre todo, si ponen Carmen— y disfruta mucho de los conciertos de Bilborock y de la música en directo en el Residence. «También me quedo con lo verde, con los parques… En cualquier sitio te sientas en un banquito y hay zonas de confort; a algunos les parecerá una tontería, pero otros valoramos mucho eso», subraya.

Bilbao es, sobre todo, una ciudad que le permite construir relaciones personales a su medida: «Soy de ir siempre a los mismos sitios y tomar tal pintxo en tal bar… ¡Llevo nueve años yendo a la misma peluquería!». Sus rutinas no son manías; simplemente, le gusta sentir que tiene raíces aquí, que forma parte de la comunidad. Cuando entra en esos locales y la saludan por su nombre, se siente como en casa.

Migrar implica mucha soledad, especialmente en ciertos periodos; de ahí que Veronika rehuya de lo impersonal. Si bien los inicios fueron duros, ahora, después de tantos años, la situación es la contraria: «Dedico tiempo a las personas que me importan, y son muchas. Cuando llegan las Navidades, lo difícil es cuadrar fechas con todos los amigos y amigas de la cuadrilla. ¡Me faltan fines de semana!».

Según ella, no tiene idea de marcharse. «Aquí me han dado la posibilidad de montar el negocio. En otra ciudad,no sé si hubiera sido posible», especula. Además, ha conseguido lo que buscaba: proximidad con las personas y un entorno amable donde crecer sin sobresaltos. «He madurado en Bilbao —dice—. He aprendido que se puede vivir siendo fiel a ti misma». Quizá eso ayude a entender una frase en bielorruso que está pintada en su tienda y que se lee nada más entrar: «Lo que empezó siendo un refugio, ahora es mi casa».

Segundas impresiones

Diversidad de andar por casa: luna 1

España es un país cada vez más diverso y eso se palpa en casi cualquier ámbito de la vida cotidiana. En la actualidad, el 13 % de la población es de origen extranjero; eso, combinado con que llevamos años con cifras similares, ha modificado poco a poco las fotografías familiares, la oferta cultural o la vida en las calles; también qué clase de alimentos, bebidas y productos encontramos en las tiendas, mercados y supermercados. Incluso las propuestas de ocio, la moda o las agendas sociales están cambiando a diario. Nuestro proyecto Diversidad de andar por casa intenta reflejar, aunque sea de manera humilde, parte de esa transformación intercultural que estamos viviendo.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi|@estoy_que_trino

Una tarde mientras paseábamos por el barrio de Usera se nos ocurrió que estaría bien documentar qué clase de relación tenemos con la diversidad. No en el plano teórico, sino en nuestra vida cotidiana. Es decir: queríamos saber cómo de permeables somos a las culturas que nos rodean y reflexionar sobre si nos influyen mucho o poco a la hora de configurar nuestra idea del mundo. Si bien nos consideramos personas abiertas, enseguida nos dimos cuenta de que teníamos bastante que mejorar. De ahí que nos propusiéramos un reto: aprender al menos una cosa por día de otras culturas. Durante un año.

Diversidad de andar por casa nació así, de manera natural, como una respuesta adaptativa a esta sociedad en transformación que somos. De paso, nos dio la excusa perfecta para recorrer los barrios y fijarnos mejor en lo que está pasando. También para observar, preguntar, escuchar y asumir el riesgo de probar otros sabores, otras músicas, otras literaturas; en definitiva, otras maneras de ver y entender el mundo. Con suerte, a final de año, esperamos haber incorporado muchas de ellas a la nuestra.

El proyecto lo comenzamos el 16 de febrero, coincidiendo con el inicio del Año Nuevo chino. El objetivo es registrar nuestros hallazgos y aprendizajes diarios mediante una combinación de texto y fotografía, que colgamos en Instagram, con la etiqueta #DiversidadDeAndarPorCasa. Aquí, en la revista, compartimos las fotos en grupo, una vez al mes, siguiendo el calendario lunar chino. Hoy, que ha terminado el primer mes lunar de los 12 que tiene este calendario, recopilamos en Un Puerto las 30 cosas que hemos aprendido en este tramo.

Si pinchas en las fotos, podrás verlas ampliadas y con su leyenda correspondiente. También puedes seguir la evolución del proyecto día a día en nuestro Instagram. Y, por supuesto, puedes dejar comentarios y sugerencias, tanto allí como en esta página.

 

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#8M: Sembrar en tierra extraña

Durante los diez años que estuve al frente de la página de «Nuevos Vascos», en el diario El Correo, tuve la oportunidad de conocer y entrevistar a 200 mujeres migrantes. Jóvenes y no tanto, trabajadoras o en paro, ejecutivas y camareras de hotel, procedían de lugares tan distintos como Chile, Rumanía, Senegal, México o Japón. Unas habían tenido la oportunidad de estudiar, otras no. Unas eran madres, otras no. Unas habían vivido unas odiseas migratorias dolorosísimas e increíbles, otras habían llegado a Europa en avión. Hablar con ellas y conocer sus historias no solo me permitió comprender la enorme diversidad que hay bajo los rótulos mujer o migrante; también me mostró cuánta riqueza (y oportunidades) hay en las diferencias.

Por Laura Caorsi
@lauracaorsi

No es lo mismo migrar cuando eres mujer que cuando eres hombre. La Organización Mundial de las Migraciones (OIM) nos recuerda que el género afecta a los motivos por los cuales se migra, quién lo hace, las redes sociales a las que se recurre para hacerlo, las experiencias de integración y las oportunidades laborales en el lugar de destino. «Las expectativas, las relaciones y la dinámica de poder asociadas con el hecho de ser hombre, mujer, niña o niño, y de identificarse ya sea como lesbiana, homosexual, bisexual, transexual o intersexual, pueden incidir considerablemente en todos los aspectos de este proceso», señala la institución.

Las mujeres somos la mitad de la población mundial. También representamos la mitad de personas que migran en el mundo. Según el informe que se presentó en 2016 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, entre 2000 y 2015, el número de migrantes internacionales aumentó en un 41 % y alcanzó los 244 millones. Casi la mitad son mujeres. La misma proporción se aplica a las personas refugiadas: el 50 % de los refugiados del mundo son mujeres y niñas, como recoge ACNUR. No obstante, solo el 4 % de los proyectos de llamados interinstitucionales de las Naciones Unidas se destinaron a mujeres y niñas en 2014, y solo el 0,4 % de todos los fondos para estados frágiles se destinaron a grupos o ministerios de mujeres de 2012 a 2013. Las cifras son de la propia ONU.

Los números dibujan el continente, pero las historias lo dotan de contenido y sentido. Si bien migrar es una experiencia difícil para casi todas las personas —y más en estos tiempos de deshumanización brutal y absoluta—, las mujeres solemos llevarnos la peor parte. En los proyectos migratorios, hay muchas violencias que marcan el antes, el durante y el después. Así que hoy, en el Día Internacional de la Mujer, desde Un Puerto, queremos rendir un homenaje al valor de todas y cada una de ellas (sin olvidar, claro está, a las mujeres que se quedan o regresan a sus países de origen).

A la vista de las entrevistas y artículos que hemos publicado, podemos asegurar que el mundo sería un lugar más inhóspito de lo que ya es sin mujeres que trabajen en el ámbito de la discapacidad, como Paz o como Gloria; sin mujeres que reivindiquen la diversidad sexual, como Solange; sin mujeres que hablen de feminismo, como Nadia; sin mujeres que transformen el dolor en capacidad de ayuda a los demás, como Clementine; sin mujeres que combatan por los derechos de otras mujeres, como Silvia; sin mujeres que sobrevivan a sus odiseas migratorias, como Natalie o Jolie, y nos las cuenten para que al menos entreveamos la complejidad que hay tras las etiquetas; sin mujeres que ayuden a curarse a otras personas, como Ana María; o sin mujeres que hayan podido superar el machismo y la presión social, como Afaf o Nawal, para rehacerse. Y sería más hostil el mundo sin Mayté, Ana o Sagrario, quienes han aportado su saber y su tiempo para que Un Puerto sea un sitio desde donde otear un horizonte más amplio.

Pese a la variedad de procedencias, de herramientas, de talentos y de lastres, todas las mujeres que hemos conocido en estos años tenían (y tienen) algo en común: la capacidad de reinventarse y de sembrar en tierra extraña. También que no siempre son ellas quienes recogen la cosecha.

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15 imágenes que nos dejó la fiesta del Año Nuevo chino

El 16 de febrero comenzó un nuevo año chino: el 4716, o año del Perro de Tierra. Según el calendario tradicional, que se basa en los ciclos de la luna, este momento marca el paso del invierno a la primavera y anuncia la llegada de los días más luminosos y tibios. Esto es un gran motivo de celebración. No en vano, el Año Nuevo es la principal fiesta china: se extiende durante varios días e incluye desde multitudinarios desfiles hasta reuniones en familia y una gastronomía especial. La comunidad residente en España también ha organizado sus festejos. El fin de semana nos acercamos a la fiesta de Madrid, donde vive el 27 % de este colectivo.

Por Laura Caorsi y Rubén A. Arribas
@lauracaorsi / @estoy_que_trino

 

No hace tanto que el calendario tradicional chino dejó de ser el calendario oficial. Hasta 1912, el tiempo se medía de otro modo. Se tenían en cuenta los ciclos de la luna y esto daba como resultado unos años de duración variable. Por esta razón, el año del Perro que acaba de comenzar se extenderá hasta el 5 de febrero de 2019.

La fiesta de Año Nuevo es la principal celebración. Lo es dentro del país, donde se organizan festejos que duran varios días, y también fuera, en los países donde existen comunidades chinas importantes. En estas fechas, millones de personas regresan a casa para vivir la fiesta con sus seres queridos. Sí, millones. Como señala Clara Serer Martínez en este artículo, publicado por la revista del Instituto Confucio, «cada año, cuando se acercan estas fechas, se produce uno de los movimientos migratorios más importantes del planeta».

Quienes no pueden volver, lo celebran a distancia. En los países donde hay comunidades chinas más o menos numerosas —como la de España, que cuenta con casi 190.000 personas—, la fiesta se ha instalado con naturalidad, como una celebración más. Y no solo entre los miembros de la propia comunidad, también entre sus vecinos y vecinas. El Año Nuevo chino va camino de convertirse en una fiesta intercultural.

En Madrid, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), residen algo más de 51.000 personas nacidas en China. No es, ni mucho menos, la colectividad extranjera más numerosa (antes están las de países como Rumanía, Ecuador, Colombia, Marruecos o República Dominicana); sin embargo, su presencia es notable en barrios como Usera, donde regentan decenas de restaurantes, peluquerías, supermercados, pequeñas tiendas de alimentación, cafeterías, despachos profesionales, inmobiliarias, clínicas de salud, librerías y otros comercios en apenas un puñado de calles.

Precisamente allí, en Usera, se desarrollaron las principales actividades en torno al Año Nuevo; unas actividades que atrajeron a personas de distintas partes de la ciudad —y del mundo—, incluidos nosotros, que fuimos con curiosidad y volvimos con estas fotos.

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