Ante el 41 por ciento

“Dicen que la distancia y el tiempo son razones más que suficientes para incapacitarnos como ciudadanos, por lo menos a la hora de votar (porque al momento de recibir inversiones desde el exterior o aviones con nosotros como turistas, nadie dice nada).”

Columna de opinión publicada el 22 de junio de 2009 en el diario La República.

Empiezo a escribir esta columna con un dato significativo en la mano: el 41% de los uruguayos se declara abiertamente en contra del voto epistolar. Es decir, arranco a escribir estas palabras sabiendo desde ahora mismo que cuatro de cada diez compatriotas no va a estar de acuerdo conmigo. Emocionante génesis para compartir una opinión, realmente. No es que sea masoquista ni que me guste sembrar la discordia, pero, como ustedes ya saben o intuyen, sí quiero votar aunque viva lejos. ¿De verdad parece algo tan descabellado? A pocos meses de que me borren del padrón electoral, sigo queriendo ejercer ese derecho ciudadano porque, pese a las arbitrariedades y los verticalazos, sigue gustándome la democracia. Lo siento.

Ayer estuve leyendo un artículo sobre la encuesta que realizó la consultora Cifra. De ahí el dato y el tema que elegí para estas líneas, que ni es nuevo ni es la primera vez que lo abordo, pero sigue jorobando como una piedra en el zapato de todos (para algunos es molesto aguantar las protestas de otros, y para otros es molesto tener que protestar todavía por un derecho básico que tan fácilmente olvidan algunos). En fin. Ya sé que es feo ponerse repetitivo, pero la actualidad hace las veces de brújula y, de momento, aquí estamos. Estamos en que el 56% de la población uruguaya cree que debería existir el voto epistolar, el 41% lo rechaza y el 3% se abstiene de opinar. Menos mal que estos últimos son pocos.

A lo largo de los últimos años, y especialmente desde que me vine a vivir acá, me ha tocado escuchar todo tipo de argumentos para que silenciar la opinión de los físicamente ausentes sea percibido como algo razonable y entendible. Hasta deseable, diría incluso. Uno escucha esas razones y, si no fuera porque sabe que no son ciertas, tendría cierto impulso a creer que los que no estamos en Uruguay somos personas malas, con taras, abandónicas, infradotadas o perversas. Como comprenderán, tengo mis dudas. Hasta ahora no me han dado ni una sola razón de peso para alejarnos adrede de la vida política y social del país, apartándonos de las urnas. Francamente, no creo que exista, la puedan fabricar o la encuentren, y eso que hay muchos uruguayos creativos a la hora de inventarse las cosas, desde regímenes políticos enteros hasta nuevos mecanismos del sistema electoral.

Dicen algunos que, si te fuiste, perdiste. Que qué te vas a meter a opinar. Que es muy fácil votar por algo y no estar ahí para sufrir las consecuencias. Lo que no dicen es que tampoco es fácil no poder votar por nadie y, además, sufrir los resultados. Porque el que está lejos y quiere volver pero no puede también paga las malas decisiones de los que están ahí, tomándolas. Dicen que estamos lejos; que la distancia y el tiempo son razones más que suficientes para incapacitarnos como ciudadanos, por lo menos a la hora de votar (porque al momento de recibir giros de plata, inversiones desde el exterior o aviones con nosotros como turistas, nadie dice nada).

Al parecer, vivir en otra parte del mundo equivale a estar encerrado en una campana de cristal. Parece que, por no estar allí, no nos enteramos de las cosas. Y entonces, claro, toca tratarnos como a tarados. Pobrecitos los que se fueron, que no tienen elementos para decidir. No tienen con qué armarse una opinión con fundamento. No tienen modo de votar con juicio. De más está decir que, gracias a las nuevas tecnologías, estar lejos de algo no implica ser ajeno, estar ausente o desinformado. Uno lee, hojea los diarios, oye la radio por Internet. Uno ve el país desde una perspectiva distinta (ni mejor ni peor, sólo distinta), y eso también aporta. También puede ser algo constructivo, fomentar la pluralidad, la diversidad, el cambio. Sin embargo, estar lejos sigue asumiéndose como estar desconectado y sigue dando mucho pie a la paradoja. ¿Creen que no? Explíquenme entonces esto: cómo se entiende que un alto porcentaje de ciudadanos tenga impedido el acceso a las urnas bajo el argumento de la ‘incapacidad coyuntural’ mientras muchos otros, realmente desconectados de todo, siguen yendo a votar. ¿De verdad alguien se cree que un chico de veinte años que consume pasta base tiene más elementos de juicio que alguien que mantiene a su familia desde el exterior? Ahí está la paradoja: al que intenta salir adelante, lo pican para ensalada y le cercenan sus derechos. Al que tiene el cerebro agujereado como un queso gruyere, no. A ese no le prohíben nada. Ese está obligado a votar.

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