440 | Irma

Entre Euskadi y Lituania hay 3.000 kilómetros de distancia y unas cuantas diferencias culturales, como un idioma que compite en dificultad con el euskera o un carácter tan recio que puede eclipsar al estereotipo del vasco. En el contexto lituano, los vascos son blandos y dulces como gominolas, tan pintorescos y extrovertidos que no pasan desapercibidos jamás. Esta es la idea que prevalece después de hablar con Irma Cijunaityte, una lituana que está acostumbrada a deletrear su apellido y que vino a vivir a Euskadi hace siete años porque se enamoró de un vasco.

“Nos conocimos en mi país, en un hotel. Kepa había ido con un amigo de vacaciones; yo trabajaba en la recepción. Era invierno y no había casi nadie. En esa época, el hotel estaba prácticamente vacío y ellos siempre estaban de fiesta. Impresionante. Toda la semana de juerga”, recuerda ahora, y en su voz se revive la extrañeza que experimentó en aquella ocasión. “Me tiraba las fichas, trataba de darme conversación. Hablaba mal en inglés, pero se esforzaba muchísimo. La última noche, se apareció en la recepción con un chorizo, su guitarra y una botella de cointreau. Yo no sabía dónde meterme. Como viniera mi jefe en ese momento…”.

La original velada se extendió durante horas. Irma y Kepa se quedaron hablando y, como ella misma reconoce, al final le dio “penita que se fuera”. Tenían menos de 25 años los dos. Mantuvieron el contacto por e-mail. “No fue hace tanto, pero no existía whatsapp, así que nos intercambiamos las direcciones de correo electrónico. Estuvimos escribiéndonos durante tres meses, hasta que nos volvimos a ver. Y sí, en ese tiempo me enamoré un poco”, reconoce, poniendo énfasis en lo de “un poco”. Todavía faltaba lo mejor: el reencuentro… en familia.

“Kepa volvió a Lituania y la mayor parte de su viaje coincidió con Semana Santa, que allí se celebra a lo grande. Son unas fechas muy especiales para nosotros, y yo iba a estar en casa con todos, hasta con mis tíos y abuelos. Soy de un pueblo de 36.000 habitantes que está a 100 kilómetros de Vilna, la capital, así que le dije ‘vente con mi familia’”, cuenta ella. Él no se acobardó. “Fue una entrada por todo lo alto. Pensé que lo iba a pasar mal, pero después del segundo chupito de vodka ya se entendía perfecto con todos”.

“La verdad es que se adaptó súper bien. Mis abuelos estaban encantados con él. Les pareció un chico muy cálido y cercano, pero imagínate el contraste. Nosotros somos muy fríos, muy reservados, y él, en cambio, era pura confianza y besitos para todos. Mi madre flipaba. No se fiaba de él. Creo que no se fió hasta que nació nuestra primera hija y se dio cuenta de que íbamos en serio”, relata. De eso ya han pasado cuatro años, otro hijo y un hogar en Zierbana donde se habla castellano, lituano y euskera.

Jarabe de Palo y Macaco

“Yo aprendí castellano con los discos de Macaco y Jarabe de Palo. Eran cosas sencillas y me resultó bastante fácil –relata–. Después de un año así, a distancia, decidí venir”. A diferencia de su chico, que tenía trabajo aquí, Irma no había conseguido ejercer su profesión y, como ella misma dice, difícilmente lo conseguiría. “Estudié Endología, traducía frases escritas en sánscrito. Es algo muy interesante, pero como te puedes imaginar, no tiene mucha salida laboral. Por eso no me costó venir. Me lo planteé como una aventura. Soy muy echada para adelante y no tenía nada que perder”.

Venía predispuesta a que le gustara, pero el País Vasco, directamente, la cautivó. “Yo no creo que los vascos sean fríos o cerrados. Al contrario. La gente es muy hospitalaria y más cuando coge confianza”, opina y ofrece un ejemplo concreto: “Mi primer trabajo aquí fue como comercial. Vendía cursos de inglés a puerta fría y ¡lo pasé súper bien! La gente era muy amable conmigo. En mi país lo pasaría mal con un trabajo como ese”, compara.

“Es que el estilo de vida es muy diferente. Aquí saben lo que es vivir. Sales un domingo cualquiera y ves a los aitites con sus gorras, impecables, de paseo por la ría, tomando sus vinos, bailando… pasándolo muy bien. En Lituania, como mucho, se plantan en un banquito frente a su casa y se quedan ahí, viendo pasar a los demás. Quizá el clima influye en eso, porque nieva mucho y los inviernos son muy duros, pero también hay una cuestión cultural. En Lituania lo hemos pasado muy mal y la gente mayor tiende a ahorrar por si acaso. Disfrutan menos del presente. Piensa que yo nací en la URSS, tenía ocho años cuando se declaró la independencia y ese periodo fue muy difícil. No teníamos juguetes y había mandarinas solo en Navidad. Tenías dinero pero había escasez de cosas; al revés que ahora, que hay mucha variedad pero poco dinero”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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