438 | Veronika

Veronika Drozdova nació en Bielorrusia, “un país que muchas personas no tienen ni idea de que existe y muchas otras no saben dónde está”. Lo dice con simpática resignación, acostumbrada a que lo confundan con Rusia o le pregunten “¿Bieloqué?” con cara de extrañeza. “Bueno… ahora la gente conoce más y hay más cultura que antes, aunque sigamos sin aparecer en el mapa del tiempo”, bromea. “Lo cierto es que en Euskadi la gente está más informada. Es una sociedad que se interesa por la política y eso se nota a hablar”.

Bielorrusia es un Estado de reciente creación. Se constituyó en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética. Veronika tiene 36 años y su país es más joven que ella, “pero tiene raíces antiguas y mucha historia. Está en el centro de Europa y por allí han pasado todas las guerras. Esto nos ha marcado el carácter –sostiene–. Somos muy tranquilos, muy tolerantes. Nuestros vecinos dicen que somos lentos. Lo que sucede en realidad es que pensamos mucho antes de hablar para no meternos en problemas. Hay una expresión muy popular en mi país que nos define bastante bien: ‘Cualquier cosa, pero que no haya guerra’”.

Los conflictos bélicos han dejado cicatrices en la zona, aunque ninguna herida ha sido tan lacerante como el accidente nuclear de Chernóbil en 1986, una ciudad que ahora pertenece a Ucrania y está muy próxima a la frontera con Bielorrusia. “A raíz de aquello, se crearon diversos programas internacionales para asistir a la población afectada. Uno de esos programas, que todavía existe, está dirigido a los niños, que vienen a pasar el verano a España, con familias que les reciben durante uno o dos meses al año. Así vine yo por primera vez”.

Veronika pasó muchos veranos de su infancia en Jaén, donde aprendió a hablar castellano tan bien que, a día de hoy, es imposible detectar que es extranjera. La experiencia fue muy positiva y la marcó tanto que, después de acabar su carrera en Minsk, decidió regresar a la Península. “Soy dramaturga. Estudié en la Universidad Estatal de Cultura. Cuando terminé mis estudios, me di cuenta de que tenía mejores perspectivas laborales aquí, así que emigré; me fui a Madrid”.

Trabajaba en una tienda de ropa y tenía estabilidad, pero al cabo de unos años se dio cuenta de que no estaba contenta con su vida. “Sentí que me estaba estancando y que necesitaba un cambio. Estuve a punto de irme a Mozambique, pero acabé en Bilbao”, resume en una frase, como si no hubieran 12.000 kilómetros de distancia entre ambos destinos. “Tenía algunos conocidos que me convencieron de venir a Euskadi. ‘Si luchas y trabajas, tendrás buenas oportunidades’, me dijeron. Vine a visitar Bilbao y me encantó. Me pareció una ciudad muy acogedora y compacta”, recuerda.

La barrera de las cuadrillas

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas. “Me costó mucho adaptarme”, reconoce. “No es solo por haber tenido trabajos precarios al principio, sino por el fenómeno de las cuadrillas. Es difícil integrarse cuando llegas de adulto y no tienes amigos o referencias. La parte positiva es que algunos rasgos de los vascos, como el valor de la palabra, la seriedad o la cercanía, son muy similares a los nuestros. Si alguien te dice que vendrá a las diez de la mañana, o que estará para echarte una mano, ten por seguro que así será”, dice a modo de ejemplo.

“Antes de montar mi propia tienda de ropa, que tiene un espacio cultural para exposiciones y una zona de bookcrossing, trabajé para un señor vasco que me dijo: ‘Estate atenta y ten cuidado, que eres la primera inmigrante que contrato’. Puede sonar un poco duro, pero lo cierto es que él me ayudó muchísimo en el plano laboral. También está en uno demostrar que no eres un bicho raro y que quieres hacer las cosas bien. Bilbao es una ciudad demasiado pequeña como para ser mala persona. Todo el mundo se conoce y todo se sabe”, señala.

Tras ocho años viviendo en Euskadi, Veronika tiene claro que ha encontrado su lugar en el mundo. “He conseguido montar mi tienda, participo en asociaciones de países rusoparlantes, me apunto a todas las iniciativas de integración cultural. Aquí conocí a mi pareja, tengo una cuadrilla y, si es por tener, hasta tengo una hipoteca –enumera entre risas–. Honestamente, me encanta el País Vasco y me encuentro muy cómoda aquí. Madrid es una ciudad muy impersonal; allí me sentía sola. Bilbao, en cambio, tiene el tamaño perfecto. Aquí tengo mis rincones favoritos y me siento en casa. Como se suele decir, los bilbaínos nacemos donde queremos. Yo nací en Minsk, pero me siento más de aquí que de cualquier otro sitio”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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