432 | Yoel

Yoel García es un buen ejemplo de que las grandes disyuntivas se presentan de manera inesperada. También, de que no hay planes infalibles. Incluso los proyectos mejor trazados pueden desbaratarse y cambiar muchas veces hasta colocar a una persona donde nunca imaginó que estaría. Cuando era un chaval y se apuntó a la Escuela de Variedades para aprender danza y folclore de Cuba, no podía ni imaginar que, algunos años después, montaría en un avión con destino a Madrid. Menos aún que acabaría viviendo en Euskadi y preparando cócteles en un chiringuito vizcaíno.

“Todo empezó cuando conocí a una chica”, cuenta evocando algo que sucedió hace más de diez años. “Ella era azafata de una compañía aérea que viajaba a Cuba con regularidad. Empezamos a salir juntos y estuvimos tres años así. Yo vivía en La Habana y ella en Madrid, pero nos veíamos seguido porque volaba para allí cada quince días. Al principio, era estupendo”, dice Yoel, aunque agrega que “a medida que pasa el tiempo, una relación así te desgasta”.

Comparada con cualquier otra pareja a distancia, reconoce que la suya tenía suerte. Su situación era “mucho más llevadera y más fácil que la de muchas personas que pasan meses sin verse”. Sin embargo, él explica que “hay un momento en el que planteas si puedes o no seguir así. Aunque volar a Cuba era parte de su trabajo, estábamos un poco limitados. Siempre iba ella, también en sus vacaciones, y en cierto modo estaba harta. Empezó a buscar trabajo allí, pero era muy complicado encontrar algo relacionado con lo suyo, así que hicimos al revés. Yo emigré”.

Entre el momento de la decisión y el momento de la partida pasaron unas cuantas cosas y algo más de un año. “Para empezar, nos casamos. Luego empezamos a hacer un montón de trámites, desde el visado hasta el permiso de salida. Y, además, yo estaba estudiando canto y quería acabar el curso antes de marcharme”, explica Yoel, que desde muy joven compaginó sus estudios y su vocación artística con su trabajo tras bambalinas en distintas salas de fiesta. “Ahí fue, de hecho, donde aprendí a hacer gran parte de los cócteles que hago hoy. Tenía amigos profesionales de la coctelería que trabajaban en las mismas salas y me enseñaban lo que sabían”.

De su llegada a España, recuerda la fecha –11 de abril de 2007–, el color “entre amarillo y marrón del paisaje” y, sobre todo, que “estaba como en shock”. Para Yoel, “emigrar fue un cambio radical”. Los colores ocres que vio por la ventanilla del avión le hicieron pensar “en el ambiente árido y seco del desierto”, pero el aire frío que lo recibió al salir de Barajas lo descolocó por completo. “Por poco se me queda la cara tiesa”, recuerda entre risas. Un poco más serio añade que, durante un tiempo, se quedó “como en un limbo”.

Buenos amigos, nuevos horizontes

El paso de los meses, la vida cotidiana y algunos amigos de la infancia que habían emigrado como él le ayudaron a salir de ese limbo inicial y a disfrutar de su nueva vida… hasta que la relación de pareja se acabó, cinco años después de haber venido. Sin embargo, en lugar de plantearse volver a Cuba, Yoel decidió cambiar de ciudad. “Mi país está muy bien para ir de vacaciones. O, quizás, para volver a vivir allí más adelante, cuando las condiciones sean otras. Ahora mismo, tal como está, no me lo planteo. Siempre tienes que estar inventando cosas para sobrevivir. Incluso cuando tienes empleo, tienes que estar inventando. Aquí la cosa no está muy boyante, cierto, pero con un trabajo normalito, vives. Yo valoro mucho eso”.

En sus opciones, habían tres lugares para elegir: Cataluña, País Vasco y Asturias. “En los tres sitios tenía buenos amigos que estaban dispuestos a recibirme para que volviera a empezar por mi cuenta. Al final, elegí Bilbao y, nada más llegar, supe que había acertado. Me encantó. Otra vez veía el mar, el verde de las montañas… ¡era una maravilla!”, describe Yoel, que acabó convirtiendo la coctelería que aprendió en La Habana en su medio de vida en Euskadi. Este verano prepara bebidas en un chiringuito de playa.

“Me gusta mucho mi trabajo. Lo disfruto. Hay que ponerle mucho corazón y hacer cada cóctel con mimo, al menos yo lo veo así. También me gusta mucho vivir aquí. Me parece fascinante el carácter de los vascos, tan diferente al de los cubanos. Siempre se dice de ellos que son cerrados y, en parte, es verdad. Pero solo en parte. Lo real es que son gente maravillosa, y no lo digo por hacer la pelota. He viajado mucho por toda la península y no he encontrado un modo de ser igual. Son fiables, honestos y muy sinceros. Tan sinceros que a veces se pasan y te vienen a pedir disculpas”.

Artículo publicado originalmente por Laura Caorsi en el diario El Correo.

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