417 | Eduvije

Eduvije Lairana Mejía -o simplemente Peque, como la llaman sus amigos- emigró de Bolivia hace once años. Allí, en Santa Cruz, se preparaba para ser auxiliar de enfermería, pero la realidad económica fue más potente y tozuda que sus esfuerzos: cuando llegó el momento de hacer las prácticas, no tuvo con qué pagarlas. “Había que abonar 25 dólares por mes para hacer esas prácticas -detalla-. Puede que parezca poco dinero, pero yo no podía hacer frente a esa cantidad. Mis profesores me decían: ‘Tú puedes, sigue adelante, eres buena alumna’. Me daban ánimos; hasta me dieron una beca de tres meses. Pero, con beca y todo, había que comprar textos… No podía. Mi sueldo no daba para tanto”.

Su sueldo no alcanzaba, en parte, porque era bajo, y sobre todo porque era el único sustento de su familia. Había muchas bocas que alimentar, muchos pies para calzar en casa. Con poco más de treinta años, Peque ya era madre de ocho niños. “Cuando decidí divorciarme, quedé sola para todo. Me convertí en madre soltera -resume con contundencia, aunque si dramatizar el asunto-. Yo trabajaba, llevaba mi casa y estudiaba. También jugaba al fútbol, que es un deporte que me encanta y se me da bastante bien. Siempre conseguía sacar tiempo para el ejercicio y los estudios. Quería sacarme un título; era importante para mí, pero hay prioridades. Más importantes eran mis hijos”.

La situación era insostenible. Todo anunciaba precariedad. Peque le dio muchas vueltas al asunto hasta que comprendió que lejos sería más productiva que cerca. En 2005 tomó la decisión más difícil de su vida: emigró. “Iba a ser por un año… -dice, un poco nostálgica-. La idea era venir, trabajar mucho, ahorrar todo lo que pudiera y volver. La mayoría lo enfocamos así, por lo menos, la mayoría de los que tenemos hijos. No te vas pensando que no vas a volver nunca. Cuando me marché, no imaginé que me perdería la adolescencia de mis hijos mayores ni la niñez de los más críos, pero me la perdí”.

“Todo eso lo viví a distancia, mientras mi padre se encargó de cuidar a los niños -prosigue-. Ha sido para ellos mucho más que un abuelo y, para mí, mucho más que un padre. Le estoy muy agradecida; lo suyo tiene mérito porque hizo todo solo. Mi madre falleció hace casi veinte años”, explica. Con esa plataforma como punto de partida y con una hermana suya viviendo aquí, en Euskadi, Peque se montó en un avión. Su llegada, el 23 de abril, coincidió con el día de San Jorge, un santo del que se confiesa “muy devota” y al que le rezó con gran fervor, sobre todo en los primeros tiempos, los más adversos y duros.

“Las primeras semanas aquí fueron tremendas -dispara, sin matices-. No tenía dinero, ni contactos ni nada. La única persona conocida, mi hermana, trabajaba como interna en una casa de familia. Ella hizo lo que pudo para resolver mi alojamiento al principio, mientras yo me buscaba la vida”. El alojamiento, como lo llama Peque, resultó ser un colchón en el suelo de un pasillo. “Eso fue lo mejor que pude conseguir, y casi que dando gracias. Me cobraban 150 euros al mes y no tenía derecho a cocina. Tampoco podía estar mucho en el piso, así que me levantaba a las cinco de la mañana, me duchaba, y a las siete ya estaba en la calle, buscando trabajo y esperando para que llegara la hora de poder volver”.

“Lloré mucho en ese tiempo”, relata. “Lloré caminando por las calles. Tuve frío. Me pregunté muchas veces quién me había mandado a venir aquí… y le recé mucho a San Jorge. Le pedí que me ayudara a conseguir trabajo y a encontrar gente buena, porque los cuentos que oía de otras chicas que trabajaban como internas eran terribles. ‘Ayúdame a salir adelante y te hago tu fiesta’, le prometí. Y San Jorge me ayudó”, dice ella, convencida. “Encontré trabajo con una familia gallega. Fueron muy buenos conmigo. Hasta hoy sigo trabajando como interna, de lunes a sábado. Mis jefes son muy buenos”.

Agradecida con sus empleadores, pero también con su santo, Peque organiza cada año una fiesta en su honor. “Nos reunimos en un bar, preparo comida y bebidas, hacemos lechón, cantamos, bailamos… Me acompañan amigas y amigos latinos, pero también de aquí. La fiesta de San Jorge es cada vez más numerosa. La última vez nos reunimos casi 90 personas”, calcula feliz, mientras prepara la próxima, por séptimo año consecutivo. “Prometí homenajearlo y lo cumplo. Trabajo con personas que me tratan bien y me permiten sacar adelante a mis hijos. Llegué sin nada, ¿cómo no voy a estar agradecida?”

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