400 | Andrea

La aventura migratoria de Andrea Salvini empezó como la de muchos: en una pequeña habitación de un piso compartido en Bilbao. “Cuando llegué, no conocía a nadie. La prioridad era buscar trabajo y encontrar un lugar barato donde vivir. No hablaba bien castellano, así que empecé buscando a la gente de mi país”, dice, y su historia podría ser la de cualquiera. “Empecé en hostelería, en un restaurante italiano, aunque me llevó un tiempo conseguir eso. Los comienzos no son fáciles para casi nadie. No es como lo imaginas. Lo del empleo no es inmediato”, reconoce.

Andrea, que es italiano, tenía a su favor su procedencia. Ser ciudadano europeo le permitió desde un inicio residir y trabajar aquí de manera legal, sin tener que lidiar con las barreras administrativas y sociales que suelen levantarse ante el colectivo extranjero. Tener ‘papeles’ era una gran ventaja pero, como él mismo reconoce, no es garantía de nada. “Crisis es crisis, ya sea en Italia, en Euskadi o en cualquier parte. El restaurante donde empecé a trabajar cerró, tuve que buscarme la vida, pasé por empleos temporales, conocí la falta de estabilidad… Y no solo aquí, también me pasó en Italia”.

De hecho, fue la situación económica lo que lo impulsó en 2012 a emigrar. “Yo soy de un pueblo costero de la Toscana, que es muy bonito, pero ha sufrido mucho la crisis y la implantación del euro -explica-. Incluso antes, cuando yo era niño, tampoco lo teníamos muy fácil. Nuestra familia siempre fue humilde. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años y mi madre tuvo que sacarnos adelante. Crió sola a cuatro hijos. Hizo muchos sacrificios”, recuerda. Por esa razón, en cuanto tuvo edad suficiente, Andrea se apuntó en el ejército.

“Hice la mili, que daba estabilidad y un futuro seguro, aunque unos años después lo dejé por amor. Fue una mala decisión y me siento un poco tonto por haberla tomado, pero bueno… En su día, fue el camino que elegí creyendo que era lo mejor. En ese tiempo, volví a la Toscana, trabajé en un restaurante, fui barman, maître y, más adelante abrí junto con mi hermano una oficina administrativa, una gestoría. No voy a ahondar en eso; solo diré que en un momento determinado, el dinero se esfumó y mi hermano también”. Andrea hace una pausa y agrega que, en ese momento, se planteó emigrar.

“En mi tierra, como te decía, la crisis había pegado muy duro. Es una zona que vive mucho del turismo, pero el perfil de los visitantes ha cambiado; ya no recibe gente que deje dinero. Yo nunca había oído de Bilbao, hasta que me hablaron de la ciudad. Me explicaron que, en esta zona, la crisis económica no había sido tan fuerte como en el resto del país. Vine por eso -reconoce-, y comprobé que era cierto: el País Vasco no está tan afectado por la economía. Pero, desde luego, no quiere decir que sea fácil ganarse la vida, ni que haya sido simple para mí. Estos años han sido de mucho esfuerzo y tenacidad. Ahora estoy bien, pero me lo he ganado a pulso”.

La estabilidad, los proyectos

Tras su paso por el restaurante italiano, Andrea comenzó a trabajar en una franquicia de comida japonesa. Allí aprendió los secretos de la gastronomía nipona y conoció a un chico -también empleado- que decidió iniciar algo por su cuenta y le ofreció irse con él. El resultado en un conocido sushi bar en Algorta, donde Andrea es el sushiman. “Tengo que decir que estoy muy agradecido a mi amigo y su familia. Contaron conmigo, confiaron en mí y me dieron una oportunidad para prosperar. Con esto me refiero a la calidez, el buen trato y la estabilidad, que es súper importante para vivir feliz y poder hacer planes”, opina.

Y pone un ejemplo concreto: “Tener una nómina, un marco de seguridad, me ha permitido comprar un billete de avión para traer a mi madre. Aunque hablamos por teléfono a diario, hace mucho que no nos vemos. Y no es lo mismo. El teléfono no puede sustituir a los abrazos… Mi madre llega esta semana y se quedará en casa varios días. Es mi oportunidad de pasar tiempo junto a ella y de agradecerle lo mucho que ha hecho por nuestra familia y por mí”, dice Andrea, visiblemente emocionado.

“Hasta ahora, solo he podido homenajearla dedicándole el cóctel estrella del bar. Le puse su nombre, María G. Ahora tengo la ocasión de compartir con ella otras cosas. Su vida ha sido de mucho sacrificio, y quiero que conozca a las buenas personas que he encontrado aquí, en el lugar donde vivo. En el País Vasco hay muy buena gente. Tengo un cliente que, cada vez que viene, me enseña una palabra nueva en euskera y luego me pasa examen. Todavía las personas te saludan en la calle… Algorta se parece a mi pueblo”.

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