399 | Olga

Ímpetu. Ese es el rasgo más sobresaliente de Olga Paredes, una joven paraguaya que llegó al País Vasco hace diez años “por curiosidad”, que encontró aquí un lugar para realizar sus sueños y que nunca más se quiso marchar. “He tenido mucha suerte y me siento muy feliz”, dice con una enorme sonrisa en los labios. Optimista y luchadora, casi todas sus palabras tienen forma de sonrisa. Hasta las expresiones más serias, las que refieren a momentos complicados, acaban guarnecidas con expresiones de alegría. “Vine sola aquí, sin mi familia, pero estoy super contenta. Tengo amigos que adoro y que me adoran. Ellos son la familia que elegí”.

Con las ideas claras, un marcado gusto por la independencia y un punto de terquedad -“soy bastante cabezota”, reconoce-, tomó la decisión de emigrar. Dice que el mundo tiene mucho para ver y que el proyecto de viajar tenía mucho que ofrecerle. “Cuando vivía en Paraguay, conocí a un grupo de vascos que estaban de vacaciones. Los acompañé a varios sitios turísticos, incluso hicimos una excursión a las cataratas del Iguazú montando a caballo. Compartimos unos días estupendos y, desde entonces, no paraban de invitarme aquí. ‘Tienes que venir, tienes que venir’, me decían. Y yo, que tenía ganas de viajar, les hice caso. Mi país no tiene salida al mar y me hacía mucha ilusión conocerlo”, explica.

La primera costa de Olga fue la de Bermeo, y confiesa que el lugar la cautivó. “No me he movido de allí hasta ahora que, además de trabajar, he empezado a estudiar en Bilbao. Por eso me he mudado aquí, porque me resulta más cómodo”. Si bien trabaja en hostelería prácticamente desde que llegó, ahora está haciendo un curso de masaje deportivo porque lo suyo, dice, es el mundo del deporte. “Me encanta la actividad física, entrenar hasta agotarme. Eso me llena de vida; me recarga las pilas. Hay gente que no le gusta el ejercicio, o gente que prefiere hacer aeróbic o danza. A mí eso no me va. Lo mío es el boxeo y el kick boxing”, suelta, aprovechando el factor sorpresa.

Boxeo… “Sí -confirma-, boxeo. En realidad, cuando vivía en Paraguay practicaba taekwondo. Empecé desde niña con las artes marciales. Lo del boxeo surgió aquí, porque era lo que había en un gimnasio que quedaba cerca de casa. Como te digo, lo de bailar salsa o hacer elíptica no es para mí”, agrega divertida. También explica que la elección de un deporte de contacto tuvo que ver con el entorno en el que creció. “Cuando era niña, yo veía que las chicas no podían salir solas porque era peligroso. Y a mí siempre me gustó ser libre, independiente, salir, entrar… Por eso decidí aprender artes marciales, para saber cómo defenderme si alguien se metía conmigo. Y luego resultó que me encantó”.

Tanto le encantó que, más adelante, cuando su padre le preguntó qué quería estudiar y se ofreció a pagarle la carrera, sus primeras dos respuestas lo dejaron KO. “Le dije que quería ser bombero o dedicarme de manera profesional al boxeo. Imagínate… Él no lo podía entender. ‘Yo no quiero que nadie le pegue a mi hija’, decía. ‘¿Cómo te puede gustar?’, me preguntaba. Porque, obviamente, yo volvía de los entrenos con moratones y magulladuras por todo el cuerpo. Y si no estaba entrenando, estaba buscando otras cosas, como las tirolinas o la equitación. Mi padre soñaba con que yo siguiera una carrera normal, pero a mí me gusta el deporte de acción. Sueño con tirarme en paracaídas, hacer puenting y cosas así, ¿qué le vamos a hacer?”

Vergüenza es robar

“Mi madre también ha tenido que resignarse -prosigue-. Somos seis hermanos y yo soy la única que he volado. No hace mucho, me decía angustiada: ‘Eres la única hija que no se va a casar nunca’. Y yo le pregunté que por qué lloraba, le dije que debía alegrarse por mí. Es que si pienso en la vida que se supone que debo tener… puf, ¡qué aburrimiento! Yo no soy así, no sueño con una boda ni con un cuento de hadas. Respeto las elecciones de los demás, pero a mí lo que me gusta es llevar las riendas de mi vida, no dar explicaciones innecesarias, disfrutar de la naturaleza y de las cosas sencillas”.

En ese sentido, Olga valora especialmente su vida en Euskadi, donde el modelo femenino no está tan encorsetado. “Aquí es completamente distinto. Hay más posibilidades para estudiar, para hacer otras cosas. No te consideran ‘vieja’ con 32 años ni te insisten con el tema boda y niños”, compara. “Mi trabajo me permite ser independiente, regresar a casa de visita, ayudar a la gente más necesitada de allí y disfrutar de las cosas que hago. Soy simple; cabezota, pero simple. Cuando salgo con mis amigos, me preparo en dos minutos, unos vaqueros, una coleta y ya está. A veces me preguntan que por qué no me maquillo, que si no me da vergüenza salir así. Y a mí me hace gracia. ¿Vergüenza de ir sin pintarme? Vergüenza es robar”.

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