397 | Andrés

La promesa de un escenario más favorable para desarrollarse como persona, vivir feliz y gozar de cierta tranquilidad es un motor poderoso, tan poderoso que impulsa el desplazamiento millones de personas en el mundo. En la actualidad hay más de 230 millones de migrantes, según los datos oficiales de la Organización de Naciones Unidas. La mayoría migra en busca de un futuro. Cambia de país con la mirada puesta en el mañana, la convicción de que el porvenir se puede modificar y la esperanza de que será mejor, o, al menos, distinto a lo que cabría esperar de haberse quedado en su país de origen.

Pero, entre las personas que migran, existe un perfil minoritario que no se lanza al mundo en busca del futuro sino del pasado. Son hijos, nietos, descendientes de emigrantes, que recorren el camino de sus antepasados en sentido inverso. Su motivación pasa por dar con las raíces de sus árboles genealógicos, más que por recoger los frutos dulces del trabajo en otra tierra. Ese motor, el del origen y el pasado, es también muy poderoso. Fue el que impulsó hace años a Andrés Marín Arnaiz a marcharse de Colombia y plantarse frente al número 27 de la calle Zabala, en Bilbao, para conocer de primera mano la casa donde nació su abuelo.

“En mi casa, en Medellín, Bilbao era una palabra familiar. Aparecía con frecuencia en muchas conversaciones. ‘Bilbao esto’, ‘Bilbao lo otro’… Incluso había unas cuantas postales de la ciudad, porque los hermanos de mi abuelo le escribían cada tanto”, recuerda Andrés. “Todo lo relativo al País Vasco estaba muy presente en mi familia. Si bien yo no llegué a conocer personalmente a mi abuelo, sí conocía su historia. Mi madre me hacía los cuentos. Se llamaba Valentín, había nacido aquí en 1921, y emigró en la década de los 40 hacia América Latina”, detalla.

“Yo siempre lo he imaginado en el barco rumbo a Venezuela, que fue su destino inicial. Pienso en un chaval de veinte años, yendo solo hacia un lugar muy distinto del suyo, cruzando el Océano Atlántico. Lo que sigue después me lo ha contado muchas veces mi madre. Él llegó a Venezuela y allí conoció a mi abuela, que también vivía allí, aunque era colombiana. Con el tiempo, se trasladaron a Colombia e hicieron allí su vida”, resume Andrés, que también menciona un aspecto doloroso -aunque habitual- de las migraciones: al marcharse de Bilbao, y a pesar de su juventud, su abuelo dejó aquí a la que era su mujer y, al menos, algún hijo.

“De esa arista de su vida no sé más que eso, pero es probable que mi madre tenga algún hermano aquí”, calcula Andrés. “De todas maneras -prosigue-, yo crecí con las historias de Bilbao y siempre tuve mucha curiosidad por conocer esta tierra. Vine por esa razón, aunque no fue un camino directo”. En efecto, el primer lugar al que viajó fue Israel, no Euskadi. “Tenía unos amigos viviendo en Tel Aviv, así que fui una temporada a estudiar y trabajar. Me motivaba conocer algo distinto, pero sobre todo tenía la necesidad de salir de Medellín, que es una ciudad complicada, muy conflictiva en lo social, lo cultural y lo histórico”.

En busca de la felicidad

“Quería pasar una temporada tranquilo y lejos de la violencia… ¡Cómo estaría de harto que Oriente Medio me pareció buena idea!”, reflexiona ahora, con la perspectiva que le dan los años. “La cuestión es que, mientras estaba en Israel, pensaba mucho en esto de las migraciones, en los cambios de país, en la historia de mi abuelo… Y decidí venir a conocer el lugar de donde él había partido. Todos me animaron un montón. Vine con mis ahorros directo a Bilbao, y con mis apuntes al Registro Civil. Me ayudaron con la búsqueda, hasta dar con el acta de nacimiento”.

Andrés hace una pausa mientras recuerda el hallazgo. “Cuando tuve el documento en mis manos, sentí que se me escapaba la felicidad por el cuerpo. Fue muy, muy, especial. Y más aún cuando me dirigí hasta el portal de ese edificio donde él había nacido. La ciudad, el barrio, la calle, todo me resultó muy familiar. Las preguntas y las inquietudes se me agolpaban en la cabeza, claro, pero al mismo tiempo estaba muy tranquilo. Me enganché inmediatamente a este lugar y decidí quedarme a vivir en Bilbao”, confiesa Andrés, que en la actualidad regenta un pub en Deusto.

“Me gusta la hostelería porque refleja muy bien cómo el mundo está cambiando. Hay mucha fusión, influencias de distintos lugares, tanto en la música como en la comida. Me parece muy interesante que en un local pequeñito puedan confluir personas de varios sitios y que se pueda disfrutar de estilos tan variados como el blues, el jazz, el hip hop y la bachata. Da gusto ver que la integración es posible porque la Historia es dinámica y exige cierta flexibilidad para adaptarse a las novedades. Así como mi abuelo se fue y yo he venido, las personas nos movemos; cambiamos mientras modificamos nuestro entorno”.

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