394 | Hardi

Hardi Malot es deportista. Es judoca profesional. Y, como muchos competidores de élite, su vida se desarrolla en clave internacional, en un cóctel de países y ciudades. Hardi, que creció en Francia, vive en Bilbao desde hace trece años, donde compite y entrena. No obstante, él y su familia son de República Centroafricana. Está casado con una chica angoleña, a quien conoció aquí, y tiene una hija pequeña, que nació hace tres años en Euskadi. Las ha visto poco este verano. Con los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en el horizonte, ha pasado muchos días fuera, entrenando en un centro especializado en París.

La agenda de Hardi aprieta más que el cinturón de su traje. Apenas tuvo unos días entre su estancia en París y su viaje a la República del Congo, donde se han celebrado los 11º Juegos Africanos, en Brazzaville. Los aprovechó para venir a Bilbao, para estar con su familia y colaborar con proyectos del barrio. “Son unos meses intensos”, dice, y reconoce que está cansado y entusiasmado a partes iguales. “Llegar a los Juegos Olímpicos es un gran objetivo. Me motiva, me ilusiona. Pero, como todo gran objetivo, exige mucho de mí. En este momento, entreno dos veces al día, seis días a la semana. Desde fuera parece fácil, pero puedo asegurar que es muy duro”.

En parte, está acostumbrado. “El judo me gusta desde que era niño. Empecé a practicarlo cuando tenía cinco años, porque me llamaba la atención. Mi padre también era judoca, así que podría decirse que tengo sangre deportista en las venas”, relata él, que ha participado en numerosos campeonatos de África, mundiales y distintos grand prix en representación de la federación centroafricana. No presume de su vasta experiencia, y sin embargo, estos meses son mucho más intensos que otros. Con 31 años de edad, Hardi sabe que esta temporada es su gran oportunidad para competir en los Juegos Olímpicos y que, después, probablemente ya no habrá otra.

“Cuando eres deportista de élite y llegas a cierta edad, tienes que planificar muy bien en qué vas a emplear tu energía y, sobre todo, plantearte qué harás en el futuro, cuando ya no compitas a este nivel”, explica. En este momento, Hardi se halla en plena vorágine de entrenamientos, competiciones y búsqueda de patrocinadores, como suele ocurrir en casi todos los deportes ‘minoritarios’. Pero también se hace hueco para participar activamente en una de las iniciativas más novedosas del barrio de San Francisco: el vivero de empresas Koop SF34, impulsado por el colectivo subsahariano de Bilbao para promover el desarrollo laboral, comercial y social de su gente.

“Estos proyectos son muy necesarios porque los inmigrantes africanos encontramos muchas dificultades a la hora de emprender. Es necesario que la sociedad conozca nuestras iniciativas positivas y que nosotros mismos comprendamos que somos capaces de hacer cosas estupendas, generar trabajo, mejorar el barrio y construir comunidad. Pero, sobre todo, es necesario para que los niños tengan otros modelos, para que vean que sus padres y madres trabajan para salir adelante, que hacen cosas por sí mismos y por los demás”, reflexiona.

Deporte, moda y cultura

Hardi, en concreto, estará a cargo de una academia de Judo en el recinto de Koop SF34. “La idea es formar deportistas y competidores profesionales… pero también formar personas -subraya-. Los niños y los jóvenes necesitan oportunidades y estímulos para desarrollar sus capacidades”. Como él, otros deportistas africanos impartirán clases de capoeira, jiu-jitsu y boxeo. “La actividad física es un área muy importante de este proyecto, pero no es la única”, matiza.

La moda es otro sector relevante. En este vivero empresarial hay firmas de diseño y venta de prendas urbanas, vestimenta afroeuropea y distribuidoras de alta costura. También se busca potenciar la cultura -con música, literatura y vídeocreaciones- y el aprendizaje, pues se imparten cursos de idiomas como el suhahili -la lengua mas hablada en África-, el Walof o el Fang. “Y hay clases de danza”, apunta Hardi, que no quiere olvidarse de nada. El kizomba, el semba o el kuduro son algunos de los ritmos angoleños que se pueden aprender allí.

“Mira, yo emigré de mi país siendo un niño, crecí en Francia y vine a Bilbao hace más de diez años, de vacaciones. Un tío mío vivía aquí y lo vine a visitar. La ciudad me gustó tanto, me pareció tan tranquila y pequeña que decidí quedarme. Aquí hice mi vida profesional y familiar, y estoy encantado de participar en este proyecto. Todas las personas merecen tener una oportunidad de desarrollarse, integrarse y enseñar lo que valen”, concluye.

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