388 |David

Nació en la capital de México, una de las ciudades más pobladas del planeta. Y, si bien lleva fuera de su tierra casi tanto tiempo como el que vivió allí, para David Valdez Uribe resulta casi inevitable mirar la vida y el mundo con una escala acorde a esos parámetros. Lo “normal” para él es que una ciudad pueda albergar a más de veinte millones de personas, tener más museos que ninguna otra en el mundo o generar un PIB superior al de muchos países enteros.

“Es una cuestión de proporción -dice-. La cantidad de gente que vive allí determina que existan unos servicios y unas infraestructuras tan grandes”. En paralelo, atender las necesidades de tantas personas no es tarea sencilla. Las cifras de población multiplican muchas veces los problemas y, con los recursos que hay, no es fácil alcanzar la igualdad de oportunidades o fomentar la inclusión social. Como casi todas las grandes ciudades en Latinoamérica, el DF tiene sus sombras, sus marginalidades y su cinturón de pobreza alrededor.

“Esto es un problema real y creciente. La inseguridad y la violencia son reales. Hoy, todas las noticias que llegan de México son tristes. Eso explica, en gran medida, por qué vivo aquí”, relata David, que emigró junto a sus padres hace catorce años. “Ya entonces mi padre no estaba a gusto, y te hablo del año 2001, cuando todo era más tranquilo que ahora”, apunta. “En ese momento, Bilbao también estaba cambiando, pero en otra dirección. Iba a mejor. Nosotros habíamos estado aquí a comienzos de los noventa, cuando todavía no existía en Guggenheim. Cuando vinimos diez años después, Euskadi nos impactó”.

“Para mí, que en ese momento tenía dieciocho años, era una oportunidad de formarme y ver otras cosas en el ámbito de las artes, del teatro y de la interpretación. En México, el futuro de muchos actores está en las telenovelas. Hay grandísimos profesionales que han acabado en el mundo del ‘culebrón’. Ojo, es muy respetable, pero no me veía a mí mismo en eso. Yo quería explorar otras cosas, y aquí descubrí que era posible. Aprendí técnicas, estudié en distintos lugares, conocí a un montón de profesionales que me enseñaron mucho y comprendí que no todo se hace desde la fama. Hay proyectos muy bonitos que pueden hacerse con humildad, desde el anonimato”, señala.

Lo dice porque tiene en mente unos cuantos. “Como te imaginarás, el mundo del arte es bastante mezquino. Si dices ‘soy actor’ y no estás dispuesto a hacer nada más, difícilmente vas a poder vivir de ello. Eso te obliga a explorar otras cosas, a trabajar con la iluminación, el sonido o lo que haga falta, pero también a reinventarte y ser creativo en distintas áreas, ya no por dinero, sino por gusto, por crecimiento y por convicción”, reflexiona. En esa línea, uno de esos proyectos que se ha propuesto es “impulsar la creación de una Fábrica de Artes y Oficios en Bilbao, una como la que existe en Ciudad de México”.

Un faro para Bilbao

David no echa de menos los problemas de una ciudad tan grande, pero sí echa en falta sus bondades. En especial, la oferta cultural. “Reconozco que le presto mucha atención a eso porque tengo vocación artística -dice-. Pero también porque allí he visto iniciativas muy interesantes que utilizan el arte y la cultura para combatir problemas muy graves, como las drogas, la violencia o el desempleo”. En su opinión, “las personas necesitamos disfrutar de la cultura y estimular nuestra creatividad, pero no todas tenemos acceso a ello. Ya sea por los precios, porque queda lejos de casa, porque no hay costumbre… muchísimas personas se quedan fuera del circuito, y esto pasa también en Bilbao”.

La fábrica mexicana que quiere emular aquí se conoce popularmente con el nombre de ‘Faro de Oriente‘. Es una iniciativa que comenzó hace años, que depende de la Secretaría de Cultura de la ciudad y que se instaló en un barrio marginal, Iztapalapa, con el objetivo de fomentar la inclusión brindándole a su gente otros estímulos, conocimientos y habilidades. “No todo es fútbol, bares y prensa rosa -dice David-. Hay muchas más posibilidades para desarrollar el potencial humano, pero faltan los espacios”, lamenta.

“Está claro que no se puede comparar Bilbao con el DF. Y también es evidente que la calidad de vida aquí es muchísimo mayor. Sin embargo, eso no impide que se puedan incorporar cosas buenas que han funcionado en otros lugares”, observa David, que hace muy poco inició una campaña de recogida de firmas en la plataforma Change.org. “Desde que se inauguró el Guggenheim, Bilbao es una ciudad con proyección internacional. Sería estupendo que, además de la oferta clásica para turistas, en los barrios menos favorecidos existiera un ‘faro’ cultural para sus habitantes”.

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