382 | Óscar

Todas las experiencias nos modifican en algún grado, pero algunas lo hacen de manera drástica e irreversible. Ser joven y tener un accidente de coche, sufrir una lesión medular, sobrevivir al impacto y despertar con una parálisis permanente es una de esas situaciones que marcan un antes y un después en la vida de cualquier persona. Fue la que marcó hace años el inicio de la “segunda vida” de Óscar Águila Rojas, un joven estudiante y pianista chileno que tenía una prometedora carrera por delante y que debió aprender a convivir con los cambios, reinventarse y volver a empezar.

Hijo de una pareja de músicos de jazz, Óscar estudió piano desde que era un niño. “Empecé a los cinco años y recibí una formación académica bastante potente”, señala antes de explicar que parte de esa educación tuvo lugar en Europa. Mientras aprendía vivió en países como Francia o Alemania, aunque en su juventud regresó a Chile. Allí compaginaba la pasión por la música con su formación universitaria en un área completamente distinta: la Ingeniería. “Pero no me disgustaba -apunta-. Escogí la Ingeniería en Acuicultura porque me interesaban mucho los peces. Era un hobbie para mí”.

Tenía un pasatiempo curioso, una banda de música y veinte años de edad cuando sufrió el accidente de coche. “Estábamos de gira con la banda, íbamos de una ciudad a otra cuando eso pasó. Tuve una lesión medular severa a la altura del cuello que me dejó secuelas neurológicas y una parálisis irreversible -dice-. A partir de ahí, todo cambió. Uno tiene que plantearse partir desde cero, empezar otra vez… y asumir que algunas cosas, como el piano, ya nunca van a volver”. ¿Cómo se consigue algo así? En su caso, con el apoyo de sus afectos y una gran fuerza de voluntad.

“Yo pude salir adelante gracias a mi familia y mis amigos, que me ayudaron a recomponer mi estado anímico y a encarar todo el proceso de rehabilitación. Ten en cuenta que en Chile todo es privado. No existe la rehabilitación pública para adultos, ni siquiera hay transporte adaptado para viajar en silla de ruedas. La sanidad pública es de mala calidad y la de pago es carísima. Mi familia quedó en la ruina para sacarme adelante porque allí pagas hasta para respirar. No es un país para una persona con discapacidad”, describe, crítico.

Y, sin embargo, la situación que en principio actuó como un freno fue también el motor para plantearse hacer cosas nuevas, interesantes y constructivas. En la música, cambió de instrumento. “Después de varios años de rehabilitación, uno de mis maestros me alentó para que cogiera el trombón, un instrumento que no requiere digitación y que, por tanto, podía tocar”, explica, y apostilla que “fue un acierto”, ya que nunca lo volvió a soltar. Pero, además, en el plano académico, Óscar cambió de carrera.

Momento de cambio

“Dejé la Ingeniería. Siempre me habían interesado las humanidades, la filosofía y las ramas afines, y tomé la decisión de estudiar Psicología después del accidente. Recuerdo que acudí a una psicóloga para procesar lo que me había pasado, y allí mismo, en la primera consulta, me di cuenta de que ella no podía entenderme. No podía comprender lo que significa una discapacidad, por mucho que intentara ponerse en mi lugar”, relata Óscar. “Eso me motivó a hacer la carrera”. Y la carrera -o su experiencia como estudiante, mejor dicho-, le motivó a continuar con la investigación.

“Es muy duro ser un estudiante con discapacidad en la universidad chilena. No hay apoyo, ni inclusión ni nada. Cuando hice la carrera, éramos dos personas con discapacidad en una población de once mil estudiantes. Es una proporción ínfima que se explica por el mal diseño del sistema educativo chileno y por la situación de pobreza que normalmente envuelve a la gente con discapacidad. Hasta la reciente reforma que hizo el Gobierno, el sistema educativo de mi país era el más desigual y el más caro del mundo”.

Óscar sabe de lo que habla y no solo por su experiencia personal. En este momento, trabaja como investigador en la Universidad de Deusto y ha centrado sus estudios de doctorado en la inclusión de los estudiantes con discapacidad en la educación superior. “Llegué a Bilbao hace siete años y estoy encantado. Por un lado, la universidad me ha permitido profundizar en mi área de investigación. Por otro, Bilbao es una ciudad espectacular para vivir en ella, especialmente si tienes una discapacidad como la mía. He vivido en otros países y no hay punto de comparación. Ni siquiera con Reino Unido, que presume de tener la mejor Sanidad del mundo. El sistema sanitario inglés no tiene nada que hacer en comparación con el vasco. Los estándares de calidad aquí son muy altos”.

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