375 | John

Una mezcla de curiosidad y juventud lo impulsó a salir de Colombia. Tenía 23 años y quería conocer “algo más”, no quedarse encorsetado en las fronteras. Con muchas ganas de ver mundo y sin pensárselo dos veces, cogió sus cosas y se marchó a Ecuador. “Me fui a lo fácil, el país de al lado”, explica ahora John Buitrago, condescendiente consigo mismo. Los años que han pasado desde entonces y las experiencias que ha vivido en el camino le permiten ver aquel cambio como el primer paso de un niño.

Pequeño o no, lo cierto es que fue el primer paso de muchos, porque no se afincó allí. A sus 41 años, John es todo un experto en cambiar de ciudad y de país. “Como te comentaba antes, mi primer destino migratorio fue Ecuador. De allí me fui a Perú, después me marché a Bolivia y, finalmente, me mudé a Chile”, enumera. Sus palabras describen un trayecto norte – sur y, mientras descienden, perfilan la costa pacífica de América Latina.

“Empecé esa aventura yo solo, pero después se sumó parte de mi familia, que actualmente vive en Chile. Al principio trabajamos como vendedores, muchas veces ambulantes, hasta que poco a poco fuimos prosperando. Hoy en día, mis familiares se han nacionalizado, tienen comercio, y están muy contentos ahí”, resume John, que claramente escogió seguir migrando. “Mientras estaba en Chile, obtuve los documentos y el visado para venir a Europa. Me entusiasmé. Y vine”.

Llegó directo a Laguardia a trabajar en los viñedos, un trabajo novedoso para él, que nunca fue un “hombre de campo”. Tiempo después se mudó a Burgos, se ganó la vida como camarero, fue comercial, se encargó de medir los contadores de luz, incluso se trasladó a un pueblo burgalés y montó su propio negocio, “una tienda de alimentación, una franquicia, que también tenía videoclub, locutorio y salón de juegos para niños. Aquello era como la guardería del pueblo”, recuerda divertido.

A Bilbao llegó hace cuatro años, con una oferta de trabajo puntual para el consulado de su país. Antes de eso, estuvo un año en Colombia, donde regresó para “probar” y para darse cuenta, ya de manera definitiva, que su vida estaba de este lado del Atlántico. “Fui con mi pareja, que es búlgara, y no terminamos de adaptarnos; ni ella ni yo. Una cosa es ir de vacaciones a un sitio, y otra muy distinta es quedarse a vivir”, reflexiona.

De vuelta en Europa, Bilbao lo cautivó. “Me gustó la ciudad y su entorno, me encantó el transporte público, el metro, las bicis… incluso el clima, mucho más suave y templado que el de Burgos. Después de haber trabajado a 17 grados bajo cero, o a más de 40 grados en verano, esto me pareció una maravilla, incluso con su lluvia y sus paraguas”, compara entre risas.

Valiosas lecciones

El trabajo en el consulado supuso un gran aprendizaje para John, que rápidamente detectó una necesidad fundamental de los inmigrantes que no estaba bien cubierta: la gestión internacional de documentos. “Cuando vives en en el extranjero, cualquier trámite que haces es mucho más complicado. Generalmente necesitas documentos de tu país y dependes de la buena voluntad de un amigo o un familiar que lo haga por ti y te lo mande. Es engorroso, caro, ineficaz y muchas veces la validez de los papeles caduca en mitad del proceso y tienes que volver a empezar”, describe.

Así, se asoció con un amigo que vive en Colombia e iniciaron juntos una “idea piloto” que ya lleva tres años en acción y que ha funcionado muy bien. “Montamos una empresa de gestión de trámites y documentos, allí y aquí. Las gestiones se pueden solicitar, incluso abonar, por internet, para que sea más ágil y cómodo. Empezamos como prueba, fuimos creciendo y ahora tenemos unas 300 solicitudes al mes”, relata, satisfecho del progreso.

Y es que, para él, todos estos años han sido de crecimiento y valiosas lecciones. “Al cambiar de país y relacionarte con la gente, siempre recibes enseñanzas y te sorprendes con las habilidades de los demás; por ejemplo, con la capacidad asombrosa de adaptación que tienen los migrantes africanos, que son capaces de llegar a un país completamente distinto a los suyos, con un idioma que no controlan, con otros códigos y, en muy poco tiempo, integrarse”, señala.

“En ese camino aprendí muchas cosas. Incluso, aprendí a migrar”, dice John, antes de compartir “un buen consejo” que le dieron hace años. “Si te vas, debes elegir un país donde la moneda sea más fuerte que en el lugar donde estás. Esto es clave para progresar, al menos para el inmigrante raso, el normalito, el que trabaja para otro. Otra cosa es la inmigración empresarial, donde sí puedes ganar dinero y vivir bien en un país con una economía más modesta. Si te vas, averigua cuánto vale una lata de refresco y compáralo con lo que cuesta en tu país. Si es muy barata, no merece la pena. Significa que allí se gana poquísimo”.

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