374 | Eve

“Yo vine aquí por mi hijo. Él emigró de Uruguay con dieciocho años. Era un crío -dice Eve y se le endulza la voz-. Como madre, lo pasé muy mal cuando se fue. Y ni te digo durante los dos años siguientes… En ese tiempo, solo pensaba en volver a verlo. Todos los días me imaginaba el reencuentro. Y me costaba, porque cuando alguien que quieres se va lejos, a un lugar que desconoces, no eres capaz de situarlo físicamente en ningún lado. Yo no podía ubicar a mi hijo en Bilbao, ni imaginarlo caminando por sus calles, porque Bilbao para mí era solo un nombre”.

Así describe Eve Norte ese punto peculiar donde confluyen la imaginación y la añoranza. “Nos reencontramos dos años después, aquí. Él había trabajado mucho en ese tiempo; lo habían contratado en un bar del centro y con sus ahorros, más un crédito que pidió, compró mi billete de avión y el de su hermana, que se había quedado en Uruguay conmigo”, relata. De aquel momento, recuerda el abrazo del reencuentro y las conversaciones interminables del después. “Había tanto para hablar… Aquello fue increíble. Amanecíamos conversando”.

El ‘subidón’ le duró unos meses. “Luego te cae la ficha de dónde estás. Empiezas a mirar más allá de tus afectos inmediatos y comprendes que has dejado atrás todo lo conocido, todas tus referencias, lo que te sabes de memoria… Me acuerdo que me pregunté: ‘¿Y yo me tengo que quedar a vivir acá?’ De pronto caí en la cuenta de que estaba a miles de kilómetros de casa, en una ciudad donde no conocía a casi nadie, con otros códigos, otra cultura, otra comida, incluso otro idioma, porque al principio cuesta mucho hacerse con las expresiones y los matices de aquí, aunque hables castellano”.

“En ese lapso se pasa mal. Descubres que puedes sentirte muy solo aunque estés rodeado de gente. También se resiente tu autoestima, tu seguridad. Vas como pidiendo permiso para todo porque, en el fondo, buscas la aprobación de los demás. Pierdes espontaneidad, mides cada gesto y cada palabra, no sea cosa que vayas a meter la pata. Y te topas con unas resistencias increíbles, no tanto de las otras personas, sino tuyas, propias”, reconoce Eve, que pasó así unos meses, hasta que un día decidió cambiar radicalmente de actitud.

“’Esto no puede seguir así’, me dije. Razoné que, si estaba aquí, era porque tenía que aprender cosas. Y aprendí, claro que aprendí, porque las urgencias te hacen crecer muy deprisa. En un punto dices ‘bueno, es verdad que aquí nadie me conoce, que nadie sabe quién soy ni tiene referencias de mí… así que me va a tocar forjarme la credibilidad poco a poco y yo sola’. Así empecé, y así lo hice. Eres tú, con tu actitud, la única persona capaz de demostrar que vienes a trabajar y a construir, a luchar todos los días como cualquier persona de Bilbao”.

Tiempo de crecer

La familia, poco a poco, creció. “Mis hijos formaron sus parejas y tuvieron a sus hijos aquí”, dice Eve, que está feliz de ser abuela. Pero también creció el arraigo en este tiempo, y las ganas de emprender. “Hace unos años, montamos una panadería. Nos costó mucho armar ese proyecto, justo en tiempos de crisis. Pero lo hicimos. Trabajamos todos un montón de horas, le pusimos muchas ganas, mucho esfuerzo… y cuando terminamos de ‘parir’ ese proyecto, cuando se asentó y pudimos tener nuestra semanita de vacaciones después de mucho tiempo, nos lanzamos al siguiente”, cuenta sonriente, con mucha ilusión.

“Mi hijo siempre está pensando cosas. Es un emprendedor. Un día vino y me planteó abrir un bar. Y yo le dije que sí porque confío en él y en su criterio”. Así nació, hace menos de un mes, un curioso establecimiento del Casco Viejo de Bilbao, que tiene mucho de hostelería y novedad, pero mucho más de homenaje. El nombre lo dice todo: se llama ‘José Pepe Mujica’.

“Para nosotros, es una referencia. Yo siempre creí que el Pepe era un gran pensador y honestamente pensaba que no sería tan buen presidente como filósofo, pero lo fue. Entre otras cosas, puso a mi país en el mapa. Gracias a él, somos algo más que fútbol. Yo creo que los uruguayos que están allí no son conscientes de la magnitud de este hombre a nivel mundial. Es alguien que vive de acuerdo a sus valores, que defiende la sencillez y se preocupa por la felicidad. Y con casi ochenta años, es un referente para la juventud”, dice Eve, con énfasis. Y añade un deseo a su reflexión: “Me encantaría que viniera al bar. Sería un ‘bautismo’ maravilloso. Sé que tiene previsto venir al País Vasco, porque sus raíces son de aquí, y la verdad es que me encantaría servirle un pintxo y un café”.

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