370 | Mamadou

Se llama Mamadou Ngom, aunque la mayoría de la gente le conoce como ‘Marra’. Dice que así es más fácil. Para contar su historia, empieza por el final, el lugar que elige para hacerse la foto. “Me gustaría quedar en San Francisco, en la tienda que acaba de abrir un amigo de Angola. Nuestro barrio es maravilloso y queremos impulsar su crecimiento, ofrecer una imagen distinta, más positiva de él”. Su compromiso con esta zona de la ciudad es profundo, constante y real. Hace años que forma parte de distintas asociaciones y que ayuda como voluntario para promover la integración social y el desarrollo.

Su labor se apoya en una convicción: “No lo hago por mí, sino por quienes van a llegar más adelante. Hay mucho que construir como sociedad, desde los vecinos hasta los Estados”, opina. Pero, también, su compromiso se mantiene estable por un profundo sentimiento de gratitud: “Las ONG me ayudaron mucho, tanto al llegar como al quedarme. Me dieron herramientas para crecer. Me formaron, me dieron mi primer trabajo. Gracias a las ONG volví a sentirme una persona; per-so-na -remarca con sílabas-. Volví a sentirme útil y capaz, a creer en mí y a pensar en África de una manera más seria y adulta. ¿Cómo no voy a cooperar con ellas? No puedo, ni quiero, mirar para otro lado”.

Lo de ‘sentirse persona’ no es un detalle menor, puesto que ciertos tipos de viaje deshumanizan a los viajeros, los difuminan entre las cifras o los reducen a meras piezas de un discurso, a veces condescendiente, casi siempre alarmista. Por esa razón, para él es muy importante poner en valor el trabajo social y dotar de rostro e historia a la cifra. Antes de montarse en un cayuco, de pasar allí nueve días, de convertirse en un ‘sin papeles’ en las costas de Tenerife y de no poder comunicarse con nadie -porque nadie hablaba francés-, antes de eso, de la comisaría, de la Cruz Roja y el CIE, Marra tenía una vida.

“Trabajaba en una mercería. Estaba a cargo de la tienda, que era un negocio familiar. No era un comercio muy grande, ni un puesto muy importante, pero me permitía ganarme la vida. Si soy sincero, mientras estaba allí, en Senegal, jamás sentí atracción por Europa. Sí tenía ganas de viajar y conocer lugares, pero no me planteaba emigrar. Lo que ocurrió es que, en 2006, un primo mío y un amigo emigraron. Y, desde que llegaron aquí, me decían ‘tienes que venir’. Querían que estuviéramos juntos, como en Senegal. Insistieron mucho y me convencieron”.

9 días en el mar

Lo que no hicieron, en cambio, fue detallarle las vicisitudes del viaje. “Es súper duro -resume-. La embarcación era pequeña y había mucha gente. El ambiente estaba bien, pero la comida y la bebida eran limitadas. Además, se pasa miedo. El mar tiene sus días. Cuando está en calma, te da un momento de reflexión y de paz. Cuando ataca, piensas que no vas a sobrevivir. Al cabo del segundo día en el mar me di cuenta de que el principal recurso ahí es Dios. Entendí que estaba en sus manos y que él era mi único capitán”, confiesa, aunque matiza que no todos sus pensamientos fueron del mismo tenor.

“Vine cagándome en todo, acordándome de mi primo y mi amigo. Y pensaba ‘si llego con vida, los mato’, porque no me habían explicado bien cómo era el viaje. Yo nunca permitiría que alguien de mi familia, o un amigo, ni siquiera un conocido, intentara venir así, te lo juro”, enfatiza. Lo dice por la travesía marítima, pero también por lo que vivió después. “Pasé ocho días en una comisaría de Tenerife y un mes en una especie de campo militar, perdido en medio de la nada. De ahí, me llevaron a un CIE, en Fuerteventura, que es una especie de campo de concentración. Te hartas de encierro. Llega un punto en el que te da igual todo, solo quieres que te saquen de allí”, asegura.

A Marra lo enviaron a Madrid, donde lo esperaban dos chicas de una ONG. “Recién ahí empecé a sentir que me trataban bien. Como te decía antes, en ningún momento del camino te sientes como una persona. Nos comunicamos; conseguí explicarles que tenía conocidos en Bilbao. Ellas contactaron con mi primo y me mandaron para aquí. Cuando llegué, me parecía mentira. Estaba muy cansado, pero no podía dormir. Estaba ansioso; pensaba que al día siguiente me pondría ya a trabajar”.

Grande fue su sorpresa cuando le explicaron que no, que necesitaba para ello un permiso. “Yo decía ‘¡pero si tengo ganas, soy joven y fuerte! ¿Cómo que un permiso?’ No lo entendía”. Pero no se desanimó. “Hice tantos cursos de formación como pude, me apunté como voluntario de las ONG y así, poco a poco, conseguí salir adelante”, dice, antes de mencionar invernaderos, plantas de reciclaje, un mercado de abastos y un locutorio como sus empleos en estos años. “Busco trabajo activamente, siempre, incluso cuando estoy trabajando. Sin trabajo, sin independencia, no hay bienestar”.

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