359 | Arisleydis

Todo proceso migratorio tiene sus luces y sombras. En general, se hace hincapié en las segundas, porque cambiar de país no es sencillo y adaptarse a lo nuevo, tampoco. No es sencillo para quien da el paso, para quienes le ven marchar, ni para quienes le reciben. Emigrar es una decisión de gran calado que repercute en el ámbito cultural, pero también en el social, el laboral o el afectivo. Las relaciones cambian, las prioridades cambian, los problemas son otros. Pasa un tiempo más o menos prolongado hasta que las piezas se acomodan y el mecanismo encuentra un nuevo modo de funcionar.

Este proceso es, a veces, tan lento, tan trabado y tan duro, que invariablemente unos y otros hacen foco allí: en lo que falta, lo que sobra, lo que duele. Sin embargo, existen luces, rostros amables, zonas más fáciles de transitar. En la inmigración no todo es sufrimiento o tristeza. También hay margen para el encuentro, el crecimiento y la alegría. Incluso, para la prosperidad. Arisleydis Melo -Aris, para los amigos- es un buen ejemplo de ello. Catorce años después de partir de su Cuba natal, no solo siente que la decisión ha merecido la pena; siente que ha sido el primer paso hacia la felicidad.

“Yo vine al País Vasco convencida. Tenía amigos aquí y, además, era forofa del Athletic”, explica con naturalidad. “Sí, sí. Ya antes de marcharme formaba parte de una peña. Siempre me gustó. Me parecía un club genuino, con valores y muy emblemático de esta tierra. En Cuba somos más de béisbol que de fútbol, pero allí el béisbol lo practican los cubanos. En ese aspecto, encuentro mucha similitud con el Athletic, un equipo en el que juegan los vascos. Creo que eso es un valor. Los demás equipos parecen más un zoológico: unos de aquí, otros de allá, tres de no sé dónde… Cuando alientas a los leones, sabes que son de aquí. Es normal que pongan tanto sentimiento y que tengan la mejor afición del mundo”, subraya.

Aris es una mujer de convicciones. Su defensa encendida de la pertenencia en el ámbito del fútbol es una de ellas. Sin embargo, esto no impide que también ponga en valor la interculturalidad, la fusión o los aspectos más positivos de la mezcla. “Un año después de llegar a Euskadi conocí a mi chico -relata-. Él es de aquí. Hoy es mi marido y el padre de mis dos hijos. Soy muy feliz con él y siempre digo que haberlo conocido y haber formado una familia juntos es lo mejor que me ha pasado en la vida”, enfatiza ella, con la autoridad que tiene al ser “la mamá de dos niños preciosos de cinco y ocho años”.

Como madre, de hecho, ha vivido la misma realidad que muchas mujeres trabajadoras: encontrarse un día sin empleo y tener en casa dos niños a los que sacar adelante. “Yo empecé a trabajar en cuanto llegué a Bilbao. Por un lado, no había crisis. Por otro, tenía 28 años. Jamás tuve un problema, hasta que un día me quedé sin trabajo, y con 42 años. Eso es tremendo, porque envías tu currículum, vas a las entrevistas, y una de las primeras cosas que te preguntan es si tienes hijos. Dices que sí y, al final, solo recibes un ‘ya te llamaremos’. Es triste pero, en el ámbito laboral, una mujer de mi edad y con hijos no tiene nada que hacer”. Nada… excepto emprender.

Tomar la iniciativa

“Mi marido y yo nos decidimos a lanzarnos por nuestra cuenta. En septiembre, hace poquito, abrimos una frutería. Elegimos el barrio de Miribilla porque allí viven muchas familias y porque queremos volver al modelo del pequeño negocio de barrio, familiar; huir de las grandes superficies. Me parece que en un momento como este, de crisis, es importantísimo activar el comercio de cercanía y el empleo local. El carpintero y electricista que nos hicieron las instalaciones en la tienda son del barrio”, señala.

“Además, en nuestro caso, la tienda nos permite combinar tradiciones, saberes y sabores. Yo nací y me crié en un pueblo de Cuba donde mi familia tenía fincas, así que crecí entre sandías y melones. Soy una enamorada de las frutas, sobre todo de las de mi tierra, que son maravillosas. Aquí, en nuestra tienda, tenemos una importante selección de frutas tropicales, las que más conozco. Eso me permite darlas a conocer, explicar cómo se preparan o enseñar algunas cosas que aquí no se conocen, como cómo abrir un coco. Usamos mucho las redes sociales para hacer vídeos, o sortear cestas frutales”, explica con mucho entusiasmo.

“Pero también tenemos género de aquí. Mi esposo y yo vamos cada mañana a Mercabilbao a elegir nosotros mismos la mercadería. Y, aparte, hemos contactado con algunos aldeanos de la zona para incorporar sus hortalizas a nuestra oferta. Estoy encantada con el proyecto. Trabajamos mucho y acabamos cansados, pero lo disfrutamos un montón. Cada uno ofrece lo mejor que tiene. Eso es lo bonito”.

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