353 | Isadora

La maternidad marcó un antes y un después en la vida de Isadora Leiva, y la colocó en una situación límite cuando tomó la decisión de emigrar. Ocurrió hace siete años, el día de Navidad. Sus hijos, que eran pequeños, se quedaron en Bolivia, pero no se quedaron atrás. Para ella son una meta. Cada una de sus decisiones está llena de proyectos y futuro, apuntala el próximo reencuentro, el próximo abrazo y la posibilidad de vivir más cerca, sin un océano marcando las distancias.

“Hay circunstancias muy adversas que te obligan a hacer algo tan difícil como marcharte lejos de tus hijos, de lo que más quieres, para poder proporcionarles bienestar. Mi situación en La Paz era muy mala. No vivía, padecía. Y llegó un punto en el que no pude más. Tanto me estaba ahorcando la soga que tomé la determinación más dura de mi vida: venir aquí a trabajar. Es el sacrificio más grande que he hecho como madre: alejarme físicamente de ellos, privarme y privarlos del abrazo cotidiano para darles un futuro con posibilidades, para darles un presente mejor”. El tono de su voz refrenda cada palabra.

Viajó, como muchos, con un horizonte migratorio de dos años. Y también como muchos descubrió que materializar ciertos sueños no es tan fácil como se imagina, ni se consigue tan rápido. “Por suerte -comenta-, llegué en una época en la que había trabajo. Hice de todo, desde cuidar niños y acompañar ancianos, hasta tareas de albañilería. Empecé llevándoles la comida a los albañiles y terminé pintando, lijando y empapelando paredes con ellos”, recuerda. Su oficio -es modista- le fue siempre muy útil, “pero más ahora, porque con la crisis no se compra tanta ropa nueva”.

Ya fuera con hilos, con brochas, con pañales o con la plancha, consiguió abrirse paso lejos de casa y sola. “Aguantas cosas de todo tipo y a medida que pasa el tiempo te vas haciendo más fuerte. Y si eres madre… ni te digo. Trabajas más horas, soportas cualquier carga, porque lo único que quieres es que no les falte nada a tus pequeños. Solo piensas en sacarlos adelante. A las mujeres que emigramos así nos hace fuertes la ausencia de nuestros hijos”.

Habla en plural porque su caso no es el único y porque, en todo este tiempo, ha tenido la oportunidad de conocer de cerca muchas otras situaciones complicadas e historias de superación. “Hace dos años, en mayo, nos reunimos un grupo de mujeres bolivianas para celebrar el día de la madre. Algunas tenían a sus hijos aquí, otras los teníamos lejos, pero fue muy bueno poder reunirnos y celebrar esa parte tan importante de la vida”, relata. También explica que esa reunión informal fue la génesis de lo que hoy es una asociación muy activa y con perspectiva de género.

Red de madres

“Cuando nos reunimos aquella vez y empezamos a hablar, nos dimos cuenta de que todas teníamos carencias similares. Nos faltaba, por ejemplo, un consulado más cercano, que nos evitara tener que ir a Madrid para hacer cualquier trámite. Entre todas, juntamos firmas, hicimos una petición y conseguimos que se abriera una delegación consular aquí”, dice a modo de ejemplo. Pero la Red de Madres y Mujeres Bolivianas en Bilbao no es solo un grupo reivindicativo. También se ocupa de la contención y el empoderamiento de sus integrantes, y hace trabajo social.

“Somos treinta mujeres, y la mayoría procedemos del altiplano, de ciudades como La Paz, Cochabamba y Oruro. Hay personas con oficios y con profesiones, de modo que nos ayudamos las unas a las otras. Tenemos una profesora de educación física, una psicóloga, hay secretarias, están quienes disfrutan con la repostería, yo soy modista… Trabajamos mucho la autoestima, la solidaridad e intentamos ayudar a quienes lo pasan peor que nosotras. Todas venimos de entornos humildes y conocemos historias durísimas, muy tristes. Hay niños que no comen en todo el día, hasta que regresan sus madres de trabajar, por la noche. El gran proyecto que tenemos entre manos es colaborar con pueblitos pequeños y muy pobres de nuestro país para cambiar esas situaciones”.

En paralelo, afrontan en grupo las adversidades y esas circunstancias tan peculiares como la maternidad a distancia, un gran reto que no siempre se entiende desde fuera. “Nos juzgan todo el tiempo, en todas partes, ya sea en Bolivia o en Bilbao. La gente casi nunca se pregunta ni sabe qué cosas has pasado para llegar al punto en el que estás. Eso duele, por supuesto, pero aprendes a enfrentarlo. Emigrar te hace fuerte, te da poder y libertad, especialmente si eres mujer y antes vivías en un entorno machista. Yo renové mi pensamiento aquí, descubrí que podía salir adelante por mí misma, sin pedir ayudas, y que podía impulsar a mis hijos. Nunca he dejado de estar encima de ellos, siempre les hablo claro y no les prometo lo que no puedo cumplir. Algún día volveré y montaré un negocio. Y estaré para acompañarlos en otra etapa de la vida”.

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