351 | Colette

Mucha gente, cuando migra, siente que queda en tierra de nadie. Da igual lo que sugieran sus ‘papeles’ o los datos de la documentación. Da igual que se haya expedido un permiso de trabajo, que se obtenga la nacionalidad del país de acogida o se conserve el pasaporte del país de nacimiento. El sentimiento no siempre puede demarcarse con la tinta de los sellos y las firmas. La pertenencia, las raíces y la identidad se quedan de algún modo divididas; repartidas entre el lugar que se dejó y el de destino, enganchadas en una suerte de ‘no lugar’, como diría el antropólogo Marc Augé. En una especie de limbo.

Encontrarse a la deriva, entre dos aguas, es una sensación bastante habitual en los procesos migratorios, pero no la única. A Colette Hugo, por ejemplo, le pasa justamente lo contrario: la indefinición está en los papeles, en los sellos, en las firmas, pero no en sus sentimientos. Esos sí que los tiene claros: Colette se siente de aquí, pese a haber nacido en otra tierra. “Nací en Chile y vine a Euskadi cuando tenía diez años, con mi madre y mi hermana -cuenta-. Llegué en marzo de 2003, y nunca regresé allí. Para mí no hay duda: yo soy de Bilbao. Es aquí donde me he construido como ciudadana, como persona. Si me fuera a Chile, sería solo una turista”.

La posibilidad de volver no había estado en sus pensamientos hasta hace poco, cuando fue a renovar su permiso de residencia y se dio de bruces con una situación inesperada. “Me lo denegaron. Como ya tengo 21 años, me dijeron que debía acreditar medios propios de subsistencia. Con el sueldo de mi ama no bastaba, porque no llega a la cuantía mínima establecida para una familia con dos hijos. Yo, en ese momento, trabajaba los fines de semana en una pizzería, como camarera. Cotizaba a la Seguridad Social, pero no ganaba mucho. No era suficiente a ojos del sistema”, resume, aunque esto fue solo el principio, la punta del iceberg.

“Al no tener un documento de residencia, no pude pedir una beca universitaria. Y, hasta entonces, yo había podido estudiar gracias a eso y a una reducción en la matrícula que tenía concedida por excelencia académica”. Colette, que está en el último año de la carrera, tiene más de 8,5 de nota media. “Mi familia es la típica familia de hoy en día, una familia golpeada por la crisis, que vive al día. Para entendernos: si se estropea la nevera o la lavadora, se desajusta el presupuesto del mes entero. Si no fuera por la beca, no podría estudiar”, detalla, y se le quiebra la voz.

Las soluciones no son sencillas. “Para renovar mi permiso de trabajo me exigen presentar una oferta de contrato laboral de un año como mínimo, hacer un trámite y que el hipotético empleador espere tres meses a que llegue la autorización para poder contratarme. Si te parece difícil, súmale que estamos en crisis. No te echan, pero te invitan a irte. Y, ojo, que yo me busco la vida. Hago voluntariado, limpio casas. Hago lo mismo que muchos jóvenes que tienen que ayudar en casa. Pero eso, como no se refleja en ningún lado, te limita, te coarta como ciudadano”.

Barreras y soluciones

Las barreras le duelen especialmente porque es una persona con un gran compromiso social. “Me muevo mucho en ese ámbito, estoy concienciada de lo que pasa a mi alrededor, soy una ciudadana muy activa… Y, de pronto, veo recortados mis derechos, como le ocurre a tantos otros jóvenes, que por culpa de esta crisis ya no pueden estudiar. Esto va más allá de ser inmigrante o no serlo, si bien me consta que hay otras personas como yo, que nos hemos criado aquí y que nos sentimos de aquí, pero que vemos de repente cómo nos invitan a irnos”.

La situación de Colette no ha pasado desapercibida en la universidad, donde muchos estudiantes se sintieron tocados por su causa. “La gente sintió que era una injusticia social. Hubo una gran empatía, hicieron collares y pulseras para vender, sortearon una cesta, tocaron música… Incluso el sindicato de estudiantes buscó la manera de ayudarme. Entre todos reunieron el dinero de mi matrícula para que pueda acabar la carrera”, dice, claramente conmovida.

“Si estoy estudiando hoy -prosigue- es por la buena voluntad de las personas. He encontrado una calidad humana indescriptible, mucha empatía y apoyo real. Mi título pertenecerá a un montón de gente anónima que se ha preocupado por inventar soluciones. Gente noble y buena que, pese a todo, me hace decir ‘amo a la humanidad’”.

“Además… lo que pase conmigo es anecdótico. Somos todos jóvenes y tenemos derecho a estudiar. Por eso es importante contar esto, para que no le ocurra a nadie más. Yo no pido dinero, sino un poco de dignidad, Pido que las instituciones, sobre todo las públicas, revisen los casos de las personas más vulnerables, sean de donde sean. No hay personas ilegales. En un mundo global, lo ilegal es que las personas no tengan dignidad. Las instituciones no se pueden quedar impávidas”.

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