350 | Bilal

“El aforo está completo”. “Ya no quedan más entradas”. Estas frases se repitieron una y otra vez en la puerta de la sala El Carmen hace un par de semanas, cuando actuó Mohamed El Jem, uno de los principales humoristas de Marruecos, acompañado por otros actores del Teatro Nacional. Varias personas se quedaron sin ver la obra, pero muchas otras -alrededor de 350- sí pudieron disfrutar del espectáculo. “Era la primera vez que esta compañía llegaba a Bilbao y la verdad es que fue un gran éxito. Despertó mucho interés en el colectivo marroquí del País Vasco y de las comunidades vecinas”, cuenta Bilal Ben Janan, uno de los espectadores.

Bilal es marroquí y vive en Euskadi desde 2011. Llegó aquí por trabajo, tras vivir más de una década en Madrid. “Yo vine a España en el año 2000, para estudiar en la Universidad Complutense. Soy licenciado en Ciencias Empresariales. Cuando terminé la carrera, hice prácticas en un banco, luego me contrataron en otro, hasta que empecé a trabajar para el Chaabi Bank, uno de los principales bancos de Marruecos”, detalla. A finales de 2010, la entidad decidió abrir una sucursal aquí, en Bilbao. Y en marzo del año siguiente, Bilal se trasladó para dirigirla.

“Fue un cambio muy brusco y al principio me costó muchísimo -confiesa-. Todo era distinto, el clima, el carácter de la gente, las dimensiones de la ciudad… Me resultó difícil adaptarme. Pero, fíjate que, a medida que fue pasando el tiempo, me fui acoplando al lugar. Hoy en día, encuentro que Bilbao es muy cómodo para vivir, muy acogedor. Tiene el tamaño justo. De hecho, creo que si tuviera que volver a instalarme en una ciudad grande, lo notaría y me costaría”, señala.

“La adaptación a un lugar nuevo no siempre es sencilla -prosigue-. Yo soy del norte de Marruecos, de modo que la cultura de aquí siempre me ha resultado muy familiar. De hecho, en ciudades como Tetuán se habla español. El tema es que para la integración hacen falta herramientas. Por supuesto que, cuando uno se muda de país, debe adaptarse al lugar al que va, pero eso es algo complicado de hacer sin ayuda. Es como pedirle a un albañil o un pintor que haga su trabajo sin los utensilios necesarios”, compara.

Para él ha sido un poco más sencillo; en gran medida, por su profesión. “Estoy en contacto con la comunidad marroquí de Euskadi y sus alrededores, pero también con empresas locales que tienen intereses en mi país, que no son pocas. En la actualidad, España es el primer socio económico y comercial de Marruecos -precisa-. Ha conseguido desbancar a Francia de esa posición. Hace diez años, eso era impensable”.

“En realidad, muchas otras cosas eran impensables hace diez años”, continúa. “El auge del turismo, la ‘primavera árabe’, la mejora en las infraestructuras, el comercio, la construcción de nuevos puertos de mercancías… En este momento, tenemos el puerto comercial más grande del norte de África”, puntualiza, orgulloso. “Queda mucho por hacer, sin duda, pero lo cierto es que en la última década se ha hecho más que en medio siglo. Nuestros países tienen lazos muy estrechos, muy antiguos, aunque en la actualidad se haga foco en los aspectos negativos”.

Un 83% por aeropuertos

Se refiere, en concreto, a las fronteras. “El 83% de la inmigración que llega a España lo hace por los aeropuertos. Sin embargo, las fotos que vemos siempre son de Ceuta y Melilla. Se muestra lo que da pena, lo que conmueve, y se exagera con expresiones como ‘oleada’, ‘asalto’ o ‘avalancha’ para generar una sensación de inminencia y así poder pedir más recursos para hacerle frente. En el mundo todo es economía, incluyendo muchas decisiones políticas. La valla es un ‘joker’, un comodín, para pedir dinero a la Unión Europea”, analiza.

Y, al respecto, añade una interesante reflexión. “Esto es como la gestión en la crisis del ébola: no puedes centrar los esfuerzos en las fronteras porque siempre algo va a escapar a tu control. Si quieres prevenir más contagios, tendrás que ir al foco original y actuar allí, en lugar de esperar a que las cosas se te vayan de las manos. Con la pobreza y los movimientos migratorios pasa lo mismo. Si hubiera un interés genuino y serio por solucionar este problema, Europa tendría que actuar directamente en la raíz; fortalecer las economías de los países de origen, en lugar de invertir dinero en las vallas. Mientras África sea expoliada, mientras se le sigan quitando sus recursos y llevando, a cambio, bolsas de arroz, no va a cambiar nada. Es una decisión política”.

«La decisión -concluye- es política. Política y económica. Después viene todo lo demás, el esfuerzo social y cultural de unos y otros por fomentar una convivencia interesante, de intercambio y crecimiento rica para todos».

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