347 | Marina

Hay una oficina en el Casco Viejo que, por estos días, bulle de actividad. Dentro de un par de semanas se celebrará el octavo Festival ‘Gentes del Mundo’ en Bilbao, y los responsables de la iniciativa ultiman todos los detalles. El festival durará solo dos días -el 18 y 19 de octubre-, pero su preparación se mide en meses de trabajo. “Cuando preparas algo tan grande, que congrega a tantas personas, tienes una gran responsabilidad. Estas jornadas son muy importantes para nosotros y queremos que todo salga perfecto”, comenta Marina Loza.

Marina es la secretaria de la Federación Gentes del Mundo, una organización formada por casi cuarenta asociaciones interculturales de Euskadi. “Somos muchos y muy diversos; desde Chile hasta Moldavia, Libia, Marruecos o Filipinas”, enumera a modo de ejemplo. Desde que se creó, hace un par de años, el colectivo asumió la organización del festival y de otras iniciativas, como un stand de Sabores del Mundo en la feria de Expovacaciones, en el BEC. “En todos los casos, el objetivo es poner en relieve la riqueza de la diversidad, crear espacios de encuentro y reivindicar que es necesario mejorar nuestra sociedad”.

Tanto ella como quienes integran la federación son conscientes del escepticismo y las críticas que despiertan estas iniciativas, a las que muchas veces se ha tildado de folclóricas. Por eso, Marina recuerda que “la base es mucho más solida y compleja. Por supuesto que le damos importancia a la cultura, a la música o la gastronomía, ya que forma parte de nuestra identidad y es una forma estupenda de estrechar lazos. Pero ni el festival ni nosotros nos agotamos en ese aspecto. Los inmigrantes, más o menos visibles, más o menos empoderados, formamos parte de esta sociedad; somos ciudadanos, construimos. Tenemos mucho para aportar”.

“Somos críticos -dice-, empezando por nosotros mismos. Nos parece que la integración no puede ser pasiva o dependiente, sino que está en nuestra mano forjar nuestra inclusión. Para eso hace falta hablar, pensar, intercambiar experiencias y, sobre todo, crear espacios donde eso pueda ocurrir. Ese es el objetivo de estas iniciativas. Sí habrá música y bailes y comida típica, pero también talleres que nos permitan conocernos mejor y echar por tierra los estereotipos que tanto dificultan las relaciones”.

Tiempo de reflexionar

Marina explica estos objetivos como secretaria de la federación, pero es su condición de extranjera la que le hace subrayar su importancia. Tras marcharse de Bolivia y comenzar aquí una vida nueva junto a su marido y sus hijas, tiene claro que la integración es uno de los principales retos. En los doce años que lleva lejos de su tierra ha tenido tiempo más que suficiente para pensar sobre las raíces, las decisiones, las oportunidades o la identidad. También sobre los prejuicios.

“Mi esposo y yo tenemos estudios universitarios. Él es ingeniero y vino a hacer un doctorado. Yo tengo formación contable. Trabajaba en lo mío cuando decidí venir aquí con él. Decidimos quedarnos porque había más oportunidades económicas que en nuestro país, aunque eso supuso renunciar a nuestra formación. Es verdad que al principio teníamos expectativas profesionales, pero pronto nos dimos cuenta de que no eran realistas. No hemos tenido cabida profesional pero, en contrapartida, logramos una estabilidad y una comodidad que no teníamos en Bolivia”, expone.

La crisis ha golpeado a su familia como a muchas. Pero, ahora, las motivaciones para quedarse son otras. “Cuando tienes hijos, las prioridades cambian. No solo están en juego tus preferencias o tu bienestar. Te encuentras en situaciones complicadas y tomas decisiones difíciles”, señala Marina, que tiene a su madre en Bolivia. “Ella es mayor y es viuda. Yo soy su única hija. Pero, al mismo tiempo, soy madre, y he visto crecer a mis hijas aquí. La pequeña vino con cinco años y ahora está terminando el bachillerato; se ha criado en Bilbao”, añade. “Los procesos en casa son distintos para unos y otros. Yo, que vine con casi cuarenta años, estoy como en un limbo: ni enraizada del todo, ni terminada de desarraigar”.

Entre tanto, la vida. “Hay que seguir, sacar adelante a una familia”, dice Marina, que trabaja cuidando a una señora. “Además de pensar y darle vueltas a la cabeza, hay que hacer, estar activo. El trabajo es indispensable, pero también es muy importante sentirse útil y explotar todo aquello que uno sabe hacer, usar los conocimientos y el talento que uno tenga. La actividad en la federación es voluntaria. No tenemos dinero, pero sí capital humano. Es gratificante sentir que puedes hacer más cosas, relacionarte con otras personas y crear algo nuevo. Lo valoro mucho, a todos los niveles”.

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