341 | Susanne

Cuenta Susanne Gies que en Alemania es muy habitual encontrar puestos ambulantes de salchichas. “Puede haber uno cada cien metros”, detalla. Aquí, en cambio, la referencia más próxima es una sola… y añeja: el famoso ‘Salchichauto’, que muchos bilbaínos conocieron y que recuerdan hoy con nostalgia. Para ella, lejos de la añoranza, descubrir que algo así había existido en la villa fue una grata novedad, un hallazgo prometedor y simpático. No solo significaba un guiño, una similitud con su país, sino que la alentó a seguir adelante con su proyecto empresarial en Euskadi. En ese entonces -2008-, se había propuesto tener un carro propio de salchichas alemanas.

Sussane no es cocinera, sino economista. Su especialidad son el márketing y las ventas. Cuando vivía en Dusseldorf, trabajaba en una multinacional. “Me dedicaba a lo mío, pero aquel trabajo era muy demandante, de muchas horas y exigencia. Me comía la vida”, recuerda. Así que un día, cansada de aquella rutina, decidió introducir un cambio: “Me apunté a un curso de español junto con una amiga. Quería hacer algo distinto, conocer a otras personas, hablar de otras cosas y despejar un poco la mente”. Así viajó a Conil. Y así conoció a Diego. Entonces no imaginó que acabaría casándose con él y viniendo a vivir a Bilbao.

“Estuvimos dos años yendo y viniendo, viajando para vernos en los fines de semana, coordinando vacaciones… pero eso también cansa. Llega un día en el que tienes que elegir”. Ese momento coincidió con un cambio en el trabajo. “Tenía que mudarme en Alemania y empezar desde cero en otra ciudad, donde no conocía a nadie. Ese proyecto, con 35 años, no es muy prometedor. Por otro lado, estaba la opción de venir a Bilbao. También tendría que empezar desde cero, pero aquí estaba él con su familia, sus amigos y su entorno. Era casi más difícil seguir allí que venir”. Con ese razonamiento en mente, y con las “ideas claras”, puesto que el paso imbricaba un gran cambio, Sussane hizo sus maletas y se trasladó a Euskadi.

Ha pasado tiempo desde entonces -“once años”, puntualiza ella-, pero todavía recuerda sus primeros pasos aquí. “Lo primero fue aprender el idioma. Sabía que era importante y me lo tomé como un si fuera un trabajo”, dice, en un perfecto castellano. Lo siguiente fue buscar empleo, aunque esta etapa, que no dependía solo de su capacidad o de su esfuerzo, no fue tan sencilla. “Me resultó muy complicado. Por un lado, aquí no había empresas que buscaran un perfil profesional como el mío. Por otro, yo no quería repetir la experiencia de mi anterior empleo. Tenía más interés en formar una familia. Envié mi currículum y tuve varias entrevistas de trabajo, pero creo que me citaban más por curiosidad que por otra cosa”, evalúa.

Descubrió pronto que el País Vasco es un lugar que concentra emprendedores. “Es interesante -opina-. Por un lado, están los conformistas y, por otro, gente con un espíritu empresarial y emprendedor muy definido. Creo que me he contagiado un poco”, dice Susanne, que se diseñó un negocio a medida. “No encontraba lo que buscaba, pasaba demasiado tiempo en casa y me sentía inútil. Además, quería ganar mi propio dinero. Di muchas vueltas al asunto, incluso pensé en montar una franquicia, pero necesitaba invertir mucho dinero y me parecía demasiado riesgo. Hasta que me dije a mí misma que tenía que aprovechar lo que sé hacer: crear marca, lanzar productos. Así nació Salsicia”.

Típico, tópico

“¿Qué puede haber más típico que una alemana vendiendo salchichas?”, pregunta entre risas, consciente de que su empresa encarna un cliché. “Sé que es un tópico, pero no lo he elegido por eso. Lo cierto es que este proyecto tenía la dosis justa de experiencia y de innovación, ya que en Alemania es algo muy extendido, pero aquí solo hubo una iniciativa similar, y hace mucho”, analiza. Susanne contactó entonces con Hermann Thate, muy conocido aquí por su charcutería, y le presentó su idea. “Llegamos a un acuerdo. Solo vendo sus salchichas. Es una manera distinta de ofrecer un producto que ya se conocía y que es muy apreciado por su calidad”, explica.

La principal diferencia con los carritos alemanes es que no ofrece tanta variedad. “Cuanto más hay, más difícil es decidir -expone-. Si tú ya conoces las opciones, los matices, no hay problema. Pero si es algo nuevo, cuesta. Por eso solo tengo dos tipos: la frankfurt, que es el típico perrito caliente, y la bratwurst, la conocida salchicha blanca. Puedo decir que a la gente le gusta tanto la comida como la idea, y eso que cuando estaba montando el proyecto no faltaron escépticos. Desde que lanzamos el negocio, en 2009, ha ido muy bien. La crisis nos ha condicionado, claro, pero desde 2013 hay más movimiento”. Lo dice con propiedad, ya que lleva un registro de todo, “incluso del clima, porque cuando llueve la gente no sale y, por tanto, bajan las ventas; es importante ese dato”.

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