339 | Mohamad

Mohamad Ghaleb es palestino. Vive en Bilbao con su mujer y sus tres hijos desde hace cinco años, aunque ha pasado casi una década desde que se marchó de Ramala, su ciudad. Tras vivir en Andalucía y Madrid, finalmente se asentó en Euskadi, si bien prefiere pasar de prisa por ese capítulo de su historia, el que le transformó en un refugiado. “Me duele recordarla -explica-. Fue difícil y de mucho sufrimiento”. Hace una pausa, baja la voz. “Mi experiencia no es relevante en un momento como este. Yo tuve suerte, me pude ir”. En menos de dos minutos, consigue restarle importancia al trastorno que supone la migración forzosa, el asilo político, el exilio.

La conversación con Mohamad se desarrolla un jueves por la tarde. El mismo jueves en que fue bombardeado el colegio de primaria de Beit Hanún, un edificio que la ONU había habilitado como refugio para los ciudadanos desplazados por la operación militar israelí en Gaza. Entre los muertos y los heridos, hay mujeres y niños. El suceso condiciona la charla con él, que está visiblemente consternado. Hasta una simple pregunta de cortesía -¿cómo estás?- adquiere una connotación completamente distinta, más llena de significado. Profunda.

“Cómo voy a estar -responde, inquiriendo-. Estoy lleno de dolor. Hace apenas una hora que han bombardeado un refugio, que han matado a más personas, que han dejado claro a todo el mundo que ya no hay sitios seguros, ni mezquitas, ni hospitales, ni colegios. Están destruyéndolo todo, acorralando al pueblo, a la gente, como si fueran animales. Cortan carreteras y accesos. Cercan por tierra y por mar. No dejan pasar provisiones, ni ningún tipo de ayuda. Y matan. Matan a niños, mujeres y ancianos. Matan todo lo que se mueve sobre la tierra”.

Sus palabras y, sobre todo, el tono de su voz dejan claro que no hace falta estar en la línea de fuego para sufrir un impacto y quedar devastado. “Estoy a salvo de las bombas. Como cualquier persona de aquí, lo leo en los diarios, lo miro en la televisión. La diferencia es que yo tengo allí a mi familia. Mi madre y mis hermanos viven en Palestina. Están en Ramala, no en Gaza, pero la situación también es complicada. También están mal. Hay enfrentamientos, mucha tensión. Y está todo mezclado. Para desplazarte de un lado a otro, como si dijéramos de Barakaldo a Sestao, tardas tres o cuatro horas en coche por los controles, las colas y retenciones. Llegas más rápido a pie”, explica a modo de ejemplo.

Sin escenario para la normalidad

Y es que la vida cotidiana no es nada fácil en Palestina, una tierra árida, seca, que cada tanto es regada con bombas. “Esto que pasa ahora no es nuevo. Ya ocurrió en 2012, en 2008… Y no es solo el ataque o la violencia puntual. No. Es que cada vez se destruye un poco más el escenario para una vida normal. ¿Por qué crees que me marché de mi tierra y pedí asilo fuera? No lo hice por mí, que ya soy un adulto. Lo hice por mis hijos. Quería que tuvieran la oportunidad de estudiar y trabajar, que vivieran en un entorno estable y seguro. Que tuvieran una infancia normal”. Mientras lo dice, sus hijos están en el parque, disfrutando de las vacaciones de verano.

“Si yo no hubiera tenido familia, me habría quedado allí. Cuando estás solo en el mundo, no tienes nada que perder. Pero yo los tenía a ellos y quería darles una vida tranquila, sin miedos. Estoy aquí por mis hijos, esa es la verdad”. La voz de Mohamad se dulcifica al hablar de sus afectos y al comentar, agradecido, que “mucha gente de Esukadi se interesa por lo que ocurre en Palestina y muestra su apoyo y solidaridad”. Pero se vuelve cavernosa cuando sus pensamientos regresan a Gaza.

“Mira, todo el mundo sabe lo que está ocurriendo allí. Yo solo quiero aclarar que no es ‘una guerra’. Es una masacre. Los palestinos están acorralados, sin ningún tipo de ayuda. El ejército israelí es el mejor armado del mundo. Nuestra gente no puede defenderse. ¡Ni siquiera puede ir a pescar! El pueblo sufre los ataques. Los niños sufren. Hay dolor, imposición, rencor, persecución… y lo peor es que el mundo entero mira esto sin inmutarse. Esto es lo que me indigna, lo que me duele: que Estados Unidos y Europa no hagan nada, la violencia sostenida, la impunidad”.

Mohamad tiene claro que la solución “está en manos de Israel”, lo cual viene a significar que “es posible, pero difícil”. Hace otra pausa. Suspira y dice: “Mientras ellos no quieran que esto acabe, no acabará. Y no quieren, claramente, no quieren que termine. Siguen sembrando dolor. Prometen y no cumplen. Rompen su palabra. ¿Qué va a hacer un ciudadano palestino ante eso, decir ‘vale, vale, mata a mis hijos, rómpelo todo’? No, claro que no. La violencia genera más violencia. Es triste, pero es así”.

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