338 | Ernesto

Habla tan deprisa -y dice tanto- que, por momentos, cuesta tomar notas y escribir las palabras enteras. Condensa mucha información en poco tiempo y, sin embargo, es muy fácil seguirle. A sus 52 años, Ernesto Sánchez puede presumir de poseer talento narrativo. “Me dedico a ello”, dice este argentino que combina dos oficios donde la palabra es clave: el periodismo y la lectura del tarot. “Pero, ojo -advierte-, no soy brujo ni soy adivino. Tampoco tengo poderes ni vuelo en escoba”, asegura con una sonrisa, burlándose de la caricatura esotérica.

“Es importante aclarar esto -prosigue, más serio-, porque hay mucho timo y mucha tontería. Mi trabajo consiste en la lectura y la interpretación de las cartas del tarot. Tengo una baraja de cartas sevillanas de 1929, muy bella, y estoy atento a lo que me enseña. Pero no soy un brujo, solo interpreto lo que veo, y eso es lo primero que le digo a cualquier persona que acude a mi consulta. Con este tipo de cosas, hay que ser muy cuidadoso, responsable y tener sentido ético. De otro modo, puedes hacer muchísimo daño a una persona vulnerable”, señala.

Y la vulnerabilidad, en tiempos de crisis, campa a sus anchas. “Cada vez recibo a más gente joven con problemas de salud, psicosomáticos sobre todo. Son chicos y chicas de veintipocos años, con estudios, muy preparados, que no encuentran trabajo. Eso es tremendo, me da muchísima pena”, explica Ernesto, y refrenda que los temas principales de consulta siguen siendo los clásicos: salud, dinero y amor. “Ahora bien, si hay que distinguir por sexos, los intereses y las preguntas varían”, observa con ojos de periodista. “Las mujeres preguntan por sentimientos, por afectos, por los hijos. Los hombres, por el dinero y su profesión”.

Más allá de este desglose, Ernesto señala que “los vascos, en general, tienen mucho interés por el esoterismo. No lo dicen en público, pero lo tienen y, en cierto modo, es natural. Casi todas las culturas tienen o han tenido sus propios métodos: las caracolas, las estrellas, el café y, por supuesto, las cartas. El tarot es una palabra de origen francés y significa adivinación. La tradición es muy antigua. De hecho, yo aprendí a leer las cartas en Argentina, cuando era un niño, y me enseñó una señora vasca, de apellido Aramburu”, señala.

“Hay muchos lazos entre Euskadi y Argentina. Tal vez el más evidente es que fue un vasco, Juan de Garay, el que fundó Buenos Aires. Hay un libro muy interesante sobre eso, que recomiendo a quien tenga interés en el tema. Se llama ‘El cóndor de Orduña’ y lo escribió Isidoro Calzada Macho”, indica. “Pero hay muchas otras similitudes”, añade Ernesto, cuyo padre es de León y su abuela era de Orozco. “Los vascos tienen mucho sentido del humor, saben reírse de sí mismos, como los argentinos. Eso no pasa en todas las culturas. Hay gente que se toma demasiado en serio a sí misma”.

Nobleza y lealtad

“Pero el vasco, además, es muy noble, muy sano y muy leal. También es terco, sí, pero hasta eso me parece una cualidad entrañable. Yo soy un enamorado de esta cultura. Fui muy bien recibido en una época en la que casi no había gente de fuera, cuando ser extranjero era una rareza. Y, sobre todo, fui muy bien recibido cuando los argentinos nos íbamos de un país azotado por la dictadura”, apunta Ernesto, que se marchó gracias a una beca de estudios, si bien el régimen militar le arrebató familia y amigos.

“Yo estudiaba en la Escuela Superior de Periodismo y me encantaba la carrera. Siempre me gustó. Siempre fue mi pasión, aunque nunca haya conseguido que fuera mi principal fuente de ingresos -dice con un toque de humor-. Sin embargo, estaba harto de la situación de mi país, cansado, podrido de perder gente que quería. Cuando me ofrecieron una beca para venir a estudiar Política Internacional en Navarra, no lo dudé. Vine sin pensármelo dos veces -relata-. Lógicamente, el primer momento fue muy duro. Me costó encajar ahí porque era un ambiente muy religioso y conservador”.

Aun así, salió airoso del aterrizaje cultural. “Viajé mucho, viví en distintas ciudades, experimenté la parte más dura de emigrar, como que se muera tu madre y no llegues a tiempo. Con los años me fui curtiendo y me fui buscando la vida, siempre con optimismo, con tesón y con arrojo, que es la única manera de progresar. Y, después de muchas vueltas, me instalé aquí, en Bilbao. Amo el País Vasco, es mi lugar en el mundo. Esta tierra me lo ha dado todo; hasta me ha convertido en un forofo incondicional del Athletic… Imagínate, de Racing en Argentina y del Athletic aquí. Casi siempre pierdo, pero no importa”.

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