331 | Andrés

Abuela donostiarra. Padre barcelonés. ¿Y él? Ruso, moscovita, aunque sea imposible deducirlo por su nombre. “Me llamo Andrés Campos y soy de Moscú. Mi abuela emigró a Rusia cuando mi padre tenía pocos meses, para escapar de la Guerra Civil. Se marcharon en 1939. No eran buenos tiempos para militar en el Partido Comunista”, dice mientras se presenta. “Mi padre nació en Barcelona en enero del 39. Ese verano, la familia se trasladó a París y, poco después, a Moscú. Él fue un ‘niño de la guerra’ y, como la mayoría de estos niños, ellos o sus familias procedían de aquí, del norte”, agrega.

El padre de Andrés creció en Moscú. Allí conoció a su mujer y formó a su familia. “Mi madre era rusa, mi segundo apellido es Fatiew -puntualiza-. Yo fui su único hijo y, al igual que ellos, crecí y me eduqué en la Unión Soviética”, explica él, que tenía 23 años cuando la URSS se disolvió. A partir de aquel momento, su vida encadenó una sucesión de cambios. Entre ellos, el retorno de su familia a Euskadi. “Primero regresó mi abuela. Vino en grupo, con otros vascos de Bilbao, Portugalete y Barakaldo. Tiempo después, vino mi padre, cuando mi madre murió. Por un lado, él lo estaba pasando muy mal por haberse quedado viudo. Por otro, mi abuela estaba ya muy viejita, así que él decidió viajar, quedarse con ella y cuidarla”, resume.

Andrés no se planteaba emigrar. Mecánico de oficio, trabajaba en una empresa que fabricaba cigarrillos y, antes de eso, había trabajado en una imprenta estatal, montando revistas y libros. Formó su propia familia. La vida era como se suponía que debía ser. O no, porque la añoranza pesaba en el pecho y la economía hacía mella en el bolsillo. “Hace quince años, la situación de mi país era mucho peor que ahora. Era difícil mantenerse. Y, como ahora, Moscú era una ciudad muy cara. Por eso decidí marcharme con mi mujer y mi hija. No tenía un plan, pero elegimos Bilbao porque aquí estaba mi familia”, cuenta él, que llegó a Vizcaya con el comienzo del siglo.

“Fue un cambio muy grande -relata-, pero no por el entorno o por el idioma. Lo más complicado fue empezar desde cero con la edad que tenía entonces, 36 años. No era tan jovencito”, explica. “Cuando llegamos, lo primero que hice fue estudiar y aprender castellano. Era lo mínimo para comenzar a buscar trabajo”, añade Andrés que, poco a poco, se fue abriendo paso en el mundo laboral, aunque con matices. “Estuve trabajando en una fábrica de Loiu durante siete años, pero contratado a través de una ETT. La empresa cerró y me quedé sin empleo”. Lo cuenta con resignación, consciente de la situación general y la personal. “He echado cientos de currículums y he perdido la esperanza. Soy realista. Además de la crisis, tengo casi 50 años y un lugar de nacimiento sospechoso”.

Mejor no significa bien

La edad es un condicionante implacable. Y es, entre otras cosas, lo que más le frena para volver a Moscú. “¿Empezar otra vez, con 50 años, desde cero?”, se pregunta con un tono que contiene la respuesta. “No. No es viable. Además, una cosa es que mi país esté mejor que antes y otra cosa es que esté bien. Lo sé porque he ido y porque tengo amigos allí, con los que hablo a menudo. La ciudad es muy cara y el problema no es que no haya trabajo; el problema es que pagan muy poco y no te alcanza para subsistir. Y las mejoras… son más aparentes que reales”, describe.

Euskadi le ofrece, en cambio, cierta seguridad, lazos afectivos y un entorno que él valora y aprecia. “Incluso el clima me gusta. El invierno de Moscú es muy duro. Los termómetros van de 11 a 20 grados bajo cero. Estar aquí a 10 grados con lluvia no es nada”, compara entre risas. “Pero el verano… allí sí que es duro, con los edificios, el tráfico y el asfalto. Aquí, con 28 grados, estás estupendamente; hay una brisa atlántica muy agradable. En mi ciudad no. Lo pasas mal”, asegura.

También es de suponer que lo esté pasando mal ahora, cuando mira las noticias internacionales sobre la situación de Crimea, no solo porque él sea ruso, sino porque sus suegros viven allí. Concretamente, en Sebastopol. Sin embargo, Andrés le quita hierro al asunto. “Históricamente, esto era una cuestión de tiempo. Tarde o temprano iba a suceder. Las maneras son cuestionables, por supuesto, pero también hay que decir que se exagera mucho. Yo tengo la ventaja de poder leer en los dos idiomas, puedo cotejar la información, y lo cierto es que se está exagerando. Mis suegros, por ejemplo, están bien. Hablamos por Skype y nos cuentan que la ciudad está tranquila, que hay más productos y alimentos en las tiendas… Cuando me preguntan aquí, lo digo, aunque la verdad es que no me preguntan mucho. Me parece que no hay interés. Preocupan más los problemas cercanos, como el paro y la corrupción”.

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