326 | Lizeth

Prefiere ver el vaso “medio lleno” a decir que está “medio vacío”, quedarse con lo bueno, ‘defender la alegría’, como Benedetti y Serrat. “Marcharte de tu país, en general, no es sencillo. Emigrar ‘en busca de un futuro mejor’, como se suele decir, te obliga a tomar decisiones complicadas y dolorosas. Por eso a mí no me gusta contar lo mal que se pasa, porque se pasa mal de verdad, sino pensar en las cosas buenas, en lo que uno puede construir como persona y como familia a pesar de los momentos difíciles”.

Quien opina de esta manera es Lizeth Calderón, una emprendedora boliviana que dejó su tierra hace diez años con la idea de llegar a Londres… sin saber que acabaría en Getxo. “Yo nací en La Paz, aunque me crié en Santa Cruz -relata-. Cuando me casé, me fui a vivir al sur, muy cerca de Argentina y allí tuve a mis tres hijos. Como la frontera estaba tan próxima, me dedicaba al comercio y la importación de productos”, resume. Y añade otra síntesis -“el ‘corralito’ argentino”- para explicar cuándo y por qué todo cambió.

El ‘corralito’, la famosa política de restricción económica que implementó el Gobierno argentino, alteró la vida y los planes de millones de personas, incluida Lizeth. La medida se decretó en diciembre de 2001 y duró un año en vigor, aunque sus consecuencias se extendieron en el tiempo (y en la región). En 2004, Lizeth hacía sus maletas. Había tomado la decisión “más complicada y dolorosa” de su vida. “Dejar allí a mis hijos fue lo más duro y triste que he hecho jamás. No puedo compararlo con nada”, asegura.

Sus expectativas estaban puestas en Inglaterra. “Tenía amistades allí, así que me lancé, pero no pude llegar. Lo intenté dos veces, en tren desde París, y las dos veces me devolvieron. Mis amigos en Londres tampoco podían ayudarme… Me acuerdo de que estaba en Francia, en el hotelito donde paraba, pensando una y otra vez en qué iba a hacer”. Estaba casi decidida a quedarse en París cuando una amiga suya, que se alojaba con ella, le contó que tenía una sobrina en Bilbao. “Así conocí yo Euskadi. Así vine y empecé a trabajar aquí”.

Como muchas otras personas, comenzó en el servicio doméstico y cuidando niños. “Después fui progresando poco a poco. A los tres años de venir, en 2007, regresé a Bolivia para traer a mis hijos. Ese fue un nuevo comienzo, en familia, porque hasta entonces había estado sola. Trabajé en un restaurante y en una pastelería muy conocidos, fui afianzándome paso a paso, aprendiendo el oficio, entendiendo mejor cómo funcionan las cosas en este lado del mundo… hasta hoy”.

El momento de emprender

Ese “hoy” de Lizeth se parece mucho más a aquel mañana que alguna vez imaginó. “Al final, tuve la oportunidad de intentar algo más grande”, dice. Hace un par de años inauguró un local propio junto a su marido; un restaurante en Getxo. “Lo reformamos por completo… Durante seis meses estuvimos allí, renovándolo. Íbamos todos los fines de semana para adelantar. Lo único que no le cambiamos fue el nombre, ‘Boca boca’, porque nos gustó. Pero el resto lo hicimos desde cero”, cuenta con ilusión.

Para ella, este proyecto laboral y familiar le da sentido a una década de sacrificios. “Mis hijos están aquí con nosotros, los tres estudian. Mi marido y yo trabajamos en algo que nos gusta y nos motiva. Buena parte del menú que ofrecemos son platos típicos de Bolivia, como el keperí, la sopa de maní, el chicharrón o el ají de queso, así que cocinamos nosotros; sobre todo, él”, reconoce. Sin embargo, matiza que su objetivo es tener un público heterogéneo y diverso. “Cada vez hay más parejas mixtas y más personas de otras nacionalidades o del País Vasco que quieren probar una cocina diferente -explica-. Por eso, nos esforzamos mucho en montar un lugar que esté bien”.

En el discurso de Lizeth, ‘bien’ significa “que esté limpio, que sea cálido y que te atiendan con respeto. Por desgracia, cuando uno dice ‘restaurante latino’, la gente tiende a pensar en un lugar sucio o lleno de borrachos. Me da pena decirlo, pero es así como nos perciben. Y yo quiero algo distinto, algo familiar y abierto a todo el mundo. Por eso, la camarera que trabaja con nosotros es de aquí”, señala Lizeth, en una apuesta por la integración. “Ojalá fuera tan fácil hacer esto en todas partes. Poco a poco…”

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