324 | Armando

Armando Valbuena no decidió venir a Euskadi, sino marcharse de Colombia. Parece lo mismo, pero no es igual. “Tenía que irme -dice-. La situación era insostenible. En algún momento creí que podría resolver los problemas trasladándome de Bucaramanga a Bogotá, porque es una ciudad grande donde uno puede pasar más desapercibido, pero me equivoqué. Esa mudanza no fue suficiente. Cuando estás en el punto de mira, no puedes escabullirte, no hay exilio interno que valga. Nos seguían, nos hostigaban. Estábamos amenazados”, sostiene en un plural que abarca a su pareja.

Armando y su mujer son refugiados. Este año, en agosto, cumplirán catorce años aquí. “Llegamos el día de mi cumpleaños, directos a Otxandio, donde teníamos unos conocidos, que ahora son amigos. A diferencia de otras personas que han tenido que pedir asilo político fuera de Colombia, nosotros no contamos con el apoyo, ni con las gestiones o la protección de ninguna institución internacional. Nos hubiera gustado acogernos a la protección de Amnistía Internacional, pero no hubo tiempo de pedirla siquiera. La urgencia del caso no lo permitió. Si logramos salir de allí y llegar aquí con vida fue gracias a la solidaridad directa de otros refugiados”, reconoce.

En Otxandio, el pueblo que les acogió y les permitió rehacerse de a poco, Armando consiguió su primer empleo en una residencia de ancianos. Le contrataron como auxiliar de geriatría. “Tardé un año, pero ese fue el paso decisivo para romper el círculo vicioso al que se enfrentan casi todos los inmigrantes: si no tienes trabajo, no obtienes un permiso de residencia, pero si no tienes un permiso de residencia, no accedes al mercado de trabajo”, explica. Aquel fue un punto de inflexión por el que siempre estará agradecido. “Vivimos allí tres años, antes de mudarnos a Vitoria, y solo tengo palabras de gratitud para Otxandio y su gente”, subraya.

En ese periodo, además de trabajar y establecerse, pudo homologar su título y colegiarse. Armando es médico y, en la actualidad, ejerce su profesión en Vitoria. “Sé que soy afortunado, pero no hay un solo día que no recuerde lo que perdí, lo que me empujó a salir. Cuando estás exiliado, además de afrontar las vicisitudes típicas de cualquier inmigrante, te acuerdas cada día de tu país y de los motivos por los cuales no puedes volver. Y te lamentas, no solo por la añoranza, sino porque no tienes la posibilidad de estar allí y hacer cosas para cambiar esa realidad sin jugarte la vida”.

Estigma, persecución, huida

Pensar de esta manera, “no compartir la visión sociopolítica de Colombia tal como está hoy”, ser crítico y, sobre todo, activo, le valieron el exilio y una experiencia previa muy dura que, sin embargo, cabe en un par de párrafos. “Yo vivía en Bucaramanga con Socorro, mi compañera. Me dedicaba a la medicina. En mi tiempo libre, cuando podía, hacía trabajo social. Formábamos unas brigadas de salud, con médicos y odontólogos, y recorríamos las zonas rurales donde la gente no tenía asistencia sanitaria ni había presencia del Estado. Íbamos con muestras médicas, con equipos móviles, con lo más básico para ayudar”, relata.

“En algunas de esas zonas había conflicto armado. Prestar atención también allí nos granjeó la afrenta del Estado, que estigmatizó nuestra labor. Nos detuvieron. Nos juzgaron. Hubo falsos testimonios, incluso ‘testigos clonados’: gente que declaraba en varios casos diferentes para inculpar a los acusados. El resultado fueron treinta meses en prisión”, dice con una serenidad que desconcierta. “Es que no es algo excepcional -explica-. Las herramientas de represión existían, existen, y además se afinan y perfeccionan”.

Cuando Armando y Socorro fueron puestos en libertad, se marcharon a Bogotá con la “esperanza de diluirse” entre la multitud. Incluso comenzaron a trabajar con los Salesianos, para prestar ayuda médica y educativa en las zonas más deprimidas de la ciudad. “Pero, como te decía antes -retoma él-, no siempre es posible escabullirse. Además, yo sabía que iban a por nosotros. Me lo contó un oficial, cuando yo estaba preso, y usó una expresión militar… Dijo que tenían intención de ‘darnos de baja’. Por eso, y porque en Bogotá tampoco estábamos seguros, nos marchamos”.

Los años que ha vivido en Euskadi le han brindado tranquilidad, seguridad, un respiro, si bien no han conseguido borrar las experiencias anteriores. “No se me olvidan porque, además, siguen sucediendo, no pertenecen al pasado”, dice Armando, que aprovecha para anunciar la visita del abogado colombiano Álvaro Durán. “Él trabaja en Derechos Humanos, en el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos de mi país, y estará en Vitoria toda la semana para dar a conocer la situación que se vive allí, de primera mano”.

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