321 | Margarita

Emigrar es un proceso de cambios que modifica a las personas. Alejarse de lo conocido para desenvolverse en un lugar diferente; aprender a funcionar en un país nuevo, en otra sociedad, puede ser más o menos sencillo, más o menos buscado, pero jamás es una experiencia anodina. Las migraciones transforman y marcan. En el caso de Margarita Perdomo -que muchos aquí conocen como Margarita De Chacón, por el apellido de su esposo-, el cambio más notable tuvo que ver con la religión. Vino a Bilbao en busca de trabajo, pero lo que encontró aquí -dice- fue a dios.

“Yo tengo dos hijos y siempre quise ofrecerles un futuro, unos estudios, la posibilidad de ganarse la vida profesionalmente. Hubo un momento en que comprendí que eso no sería posible si me quedaba en mi país, así que me senté a la mesa con mi familia y hablé. Lo conversamos entre todos y vimos que este era el único modo de salir adelante”, relata con un acento difícil de precisar. Margarita es hondureña, pero algunas de sus palabras tienen notas mexicanas. “Lo que pasa es que, antes de venir al País Vasco, estuve cuatro años en Estados Unidos, en California. Allí compartí casa con unos mexicanos y, desde entonces, se me ha quedado en parte su acento”, explica.

Entre esos cuatro años que pasó en Norteamérica y los cinco que lleva aquí en Europa, Margarita es un buen ejemplo de lo que significa la maternidad a distancia; una de las aristas más complejas de la inmigración. “Dejar a la familia no es fácil. De alguna manera, es como renunciar a aquello que dios te ha dado, pero yo lo hice convencida de que era lo mejor para mis hijos y hoy tengo la seguridad de que están plenamente respaldados. Todo este camino ha sido muy duro, pero ha valido la pena, sin duda. Salir de mi país ha sido una bendición”.

La última frase admite dos lecturas distintas. La primera, más terrenal, tiene que ver con los objetivos que se había propuesto al emigrar. “Mis hijos tienen ahora 19 y 21 años, han acabado sus estudios y son personas de bien. Como digo siempre, ellos marcan la diferencia”. La otra lectura es de corte espiritual. “Yo era cristiana antes de venir. Creía en dios y hablaba de él, pero una cosa es hablar de algo y otra, vivirlo, sentirlo de verdad. Ese cambio ocurrió aquí. Fue una suerte venir a Bilbao”, dice ella, que llegó en mayo de 2009 y que supo de Euskadi a través de una amiga de su hermano. De uno de sus ocho hermanos.

“Vine dispuesta a trabajar duro. Empecé como interna, limpiando casas, cuidando personas mayores, y así estuve tres años. Hubo experiencias mejores y peores; casas en las que no tenía ni un respiro y una casa en la que me sentí como en mi hogar. De todas maneras, yo no me fijaba en eso porque había venido con la mentalidad de trabajar tanto como pudiera para cumplir el objetivo que tenía… Lo que pasa es que, en medio de mi proyecto, me encontré con el plan de dios, que no siempre coincide con el de uno”, señala antes de explicar que el cambio comenzó a gestarse los domingos por la tarde, en su único día libre, cuando empezó a asistir a la Iglesia Casa de Oración.

Cambio radical

“Todo ha cambiado desde entonces -asegura-. Creo en dios, he notado su presencia, su voz, la tranquilidad de tenerlo a mi lado, y sé que debo difundir su palabra. Sé también que muchas personas no querrán oír, o pensarán que estoy loca, lo tengo muy claro. Pero yo estoy decidida a hacer su voluntad y a decirle a los demás que él es real, que existe”, explica con énfasis y sin pausas intermedias. En este momento, la religión ocupa el centro de su vida. “Las cosas de la fe solo se entienden con el corazón, pero uno no puede quedarse callado. Yo no puedo”.

En este recorrido de cambio y transformación, Margarita nota que su etapa migratoria está llegando a su fin. “Quiero volver a casa -confiesa-. Siento la necesidad de regresar a mi país, a mi ciudad, a mi familia”. Sabe que su marido y sus dos hijos la esperan. “He cumplido con el propósito que tenía cuando me fui. Ahora tengo ganas de abrazarlos otra vez, de contarles todas las experiencias que he vivido aquí, lejos. Y además, regresaré a Honduras a predicar en Evangelio”, adelanta.

“Mi intención es regresar a casa a principios de septiembre, pero dios dispondrá el momento oportuno; yo estoy en sus manos”. Tanto es así que a Margarita no le preocupa su futuro laboral allí. “Nunca me ha faltado nada -dice-. Ha habido momentos duros aquí, pero siempre tuve lo justo para comer y pagar una habitación. Dios siempre me ha provisto de lo indispensable para seguir adelante, así que estoy tranquila. Cuando llegue a mi pueblo, Copán, volveré a empezar una vez más. Todo en mi vida es un nuevo amanecer; siempre estoy comenzando”.

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