315 | Diana

Existen grandes diferencias entre Santo Domingo y Vitoria. Tantas que, más que ser dos ciudades en el mundo, parecen ser dos mundos donde la vida tiene dinámicas distintas. «El clima es, quizá, lo más notable», dice la dominicana Diana Herrera, consciente de que su país encarna la nítida imagen del paraíso en la Tierra. «Allí la playa siempre es una opción, claro. Pero no es lo único. También está el carácter de la gente, el aspecto gastronómico, los matices culturales… Todo ello es muy distinto al País Vasco».

Ni mejor, ni peor. Diferente. Esa es su principal conclusión tras vivir durante cinco años en Euskadi, una tierra de la que aprecia la organización, el respeto y la seguridad. «Estos aspectos son muy importantes. Desde el principio me ha llamado la atención lo bien organizada que está la ciudad. Lo noté mucho en el tráfico, porque los conductores son respetuosos con las señales y los peatones, y también porque aquí en Vitoria se utiliza mucho la bicicleta como medio de transporte. Una de las cosas que más me sorprendieron fue ver a la gente vestida de traje y en bici, yendo a trabajar».

Cambiar de país -y de vida- representa una notable carga. Casi todo, o todo, es novedoso. Y lleva un tiempo adaptarse», señala Diana, aun cuando, en su caso, contaba con información de antemano. «Vine porque tenía a mi familia aquí. Mis padres, mis hermanos emigraron mucho antes que yo, hace diez o doce años. Cuando ellos vinieron, yo me quedé en Santo Domingo. Hice allí mi carrera y empecé a trabajar, pero me echaban de menos. Por eso decidí venir. Yo no dejé mi país por una razón laboral, sino afectiva».

Tenía entonces 23 años, una carrera y un buen empleo. «Había estudiado Comunicación Social y Relaciones Públicas en la universidad y era gerente de ventas en un banco», detalla. «Empecé a trabajar muy joven, mientras estudiaba, porque cuanto más tardas, más difícil es incorporarte al mercado laboral. Mi vida era muy activa en Santo Domingo. Además del trabajo y del estudio, tenía mucha actividad social. Creo que por eso me costó tanto adaptarme a Euskadi al principio», confiesa.

Su llegada a Vitoria supuso muchos cambios. Algunos, superficiales y anecdóticos, como «familiarizarse con la comida y los sabores de aquí». Otros, más complicados, como «comprender el carácter de la gente, la manera de expresarse, las convenciones sociales». Y, luego, los más profundos, los que implican hacerse preguntas. «Un ejemplo es el cambio de trabajo -dice-. Desde que llegué hasta hoy he trabajado como camarera. Eso sí que me costó y, al principio, lo llevaba muy mal. Ahora estoy acostumbrada. También entiendo que es el precio que pagas por estar en otro país. Tienes que buscarte la vida, pero era difícil encontrar un trabajo que encajase con aquello para lo que me había preparado».

Realización profesional

Su discurso coincide con el de miles de jóvenes que no consiguen ejercer sus profesiones, al margen de las procedencias. «Yo no he homologado mi título, eso debo reconocerlo, pero el proceso es muy engorroso y, si lo haces, tampoco tienes garantía que te vaya a servir para algo», lamenta. «Hay un punto en el que te acostumbras a ciertas cosas, aunque te cueste muchísimo. Los primeros tres años que pasé aquí fueron, en ese sentido, muy duros. Lo único que hacía era ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. No había más. Estaba muy agobiada y, lógicamente, me pregunté muchas veces ‘¿qué hago aquí?’. Por eso, al año y medio de llegar, volví a mi país».

Diana estuvo en Santo Domingo seis meses, un periodo en el que le sucedió algo que no esperaba: «Empecé a echar de menos Vitoria. A medida que pasaban los meses, más ganas tenía de volver. Regresé y seguí adelante con esa decisión, aunque sabía que me pasaría, en parte, lo mismo con mi tierra. Siempre hay algo que te falta cuando emigras», reflexiona ahora, cinco años después de su primer viaje.

«Luego ocurren otras cosas, comienzas a relacionarte, te integras, generas nuevos afectos. Por supuesto, si miro a mi país veo que tengo mucho campo abierto para desarrollarme, para tener una vida distinta. Pero los afectos también pesan. No es tan fácil decir ‘ahora vengo’ o ‘ahora me voy’. Mi familia está en Euskadi y, además, yo conocí aquí a mi pareja. Esos son lazos que te retienen».

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