310 | Gabriela

Tomó la decisión en 2004, al ver que se agotaban los recursos. El molino de harina, el puesto en el mercado e incluso las horas del día dejaron de ser suficientes. «Yo tenía un molino para hacer harina de maíz. Me levantaba a las cinco de la mañana, lo trabajaba y vendía lo que producía. A veces no volvía a casa hasta las once de la noche. Era agotador», recuerda Gabriela, que es contable de profesión aunque en Rumanía, su país, trabajaba en el sector comercial. «Tenía un puesto en el mercado», precisa.

Los frutos de sus esfuerzos dejaron de alcanzar cuando su marido fue operado del páncreas. «Quedé sola para sacar adelante a la familia. Teníamos un niño y el dinero se acababa. Sólo el tratamiento de mi esposo costaba 250 dólares al mes». Para entender mejor esta cifra -unos 200 euros- sirva un dato: el salario mínimo en Rumanía no llega a los 160 euros al mes, uno de los más bajos de la Unión Europea, según las cifras más recientes de la Oficina Estadística Comunitaria (Eurostat).

Ante este panorama tan complicado, emigrar dejó de ser algo inimaginable para convertirse en una buena idea. «La hija de la señora que atendía el puesto de al lado, en el mercado, iba a venir para aquí. Así fue que empecé a pensar en el asunto e informarme. Dos días antes de marcharme se lo dije a mi familia y mis amigos, y todo el mundo me decía lo mismo, que estaba loca. Pero yo lo tenía muy claro: tenía que salir adelante y trabajar para los míos. Saqué el pasaporte, monté en un autobús y vine para aquí, a trabajar de interna en una casa de Barrika».

Aquello fue solo el principio. Pero muy duro. «Engordé ocho kilos en los dos primeros meses. Sólo comía chocolate y croissants porque no conocía la comida de aquí y no hablaba ni una palabra de castellano», explica. Sin embargo, nada de eso fue impedimento para avanzar, «paso a paso. Yo sabía lo que quería, lo tenía muy presente, y me puse ese objetivo como meta. Si me iba bien, traería a mi marido y a mi hijo aquí. Y, aunque tardara en conseguirlo, no iba a dedicar toda mi vida a las labores domésticas».

Tras seis meses empleada como interna, empezó a trabajar por su cuenta. «Limpiaba casas por horas. Legué a atender once a la vez. Estaba como un robot, pero no me importaba. Alquilé una habitación en un piso compartido, luego vino mi marido y, cuando ya pudimos alquilar una vivienda solo para nosotros, entonces traje a mi hijo, que tenía 17 años», relata Gabriela. Vive en el mismo lugar desde entonces. «Hay muchos prejuicios sobre los rumanos y me parece importante matizar varias cosas, porque no es de justicia meter a todo el mundo en el mismo saco», señala.

«No me vi limpiando casas»

«Yo no me imaginaba limpiando casas toda la vida, así que me puse a estudiar otra vez. Hice estética, aprendí a hacer masajes terapéuticos y trabajé en un centro de aquí. Hace dos años y medio abrí mi propio local, y puedo decir orgullosa que lo hice con mis ahorros, con mi esfuerzo y el de toda mi familia. Mi marido, que es electricista, hizo toda la reforma, ahorramos hasta el último céntimo y no cogimos vacaciones en cinco años para que el proyecto fuera una realidad».

No lo comenta para jactarse ni «echarse flores», sino «para rebatir las ideas tan negativas que predominan sobre los rumanos. Me gustaría que nos conocieran y nos vieran de otro modo, que no nos catalogaran tan deprisa ni nos metieran a todos en la misma olla, porque hay gente de todo tipo en todas partes», reflexiona. «A mí me han llegado a decir a la cara cosas como ‘odio a todos los rumanos’ y eso es muy duro».

«Del mismo modo -prosigue-, muchas veces me preguntan que cuándo me voy a ir. Y yo siempre digo que cuando me jubile, porque tengo mi vida hecha aquí, pago mis impuestos como todo el mundo, me sacrifico como cualquiera y espero jubilarme algún día como un trabajador más. Sin embargo, esa parte no se ve».

«Lo primero que piensa mucha gente es que has recibido ayudas para todo, incluso para montar tu negocio. Y cuando les dices que no, que no te las concedieron porque ya eras autónoma desde hacía mucho tiempo, entonces piensan que tu marido es de aquí y por eso has conseguido hacer algo. Eso duele y es injusto para quienes hemos luchado mucho desde el primer momento. En última instancia, ¿qué más da? ¿Qué importa con quién te hayas casado o dónde hayas nacido, si vives aquí, aprecias esta tierra y tú y tu familia trabajan en ella?».

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