308 | Jair

«Ha valido la pena». Con esas cuatro palabras, Jair Correa resume una aventura que ha durado siete años. «Muchas veces me dijeron que estaba loco, que era imposible, que desistiera. Me lo dijeron en Brasil cuando me fui; en Portugal, cuando me quedé; y aquí en Bilbao cuando quise abrir mi propio negocio en una lonja que llevaba muchísimo tiempo cerrada. ¡La de veces que me dijeron que era un error, que me estaba equivocando!», recuerda.

«Pero yo no desistí. Desde pequeño siempre fui muy constante cuando me marcaba un objetivo. Creo que con buen trabajo, esfuerzo y sinceridad uno puede salir adelante en la vida, a pesar de las dificultades. También creo que hay que hacer la prueba… Y si las cosas no salen como tú quieres, puedes decirte a ti mismo ‘al menos, lo intenté’. La actitud es muy importante», reflexiona Jair en su gimnasio, donde imparte clases de jiu jitsu brasileño. «También se enseñan otras disciplinas, porque es un club deportivo de lucha», aclara antes de puntualizar que la suya es «la primera escuela de jiu jitsu brasileño en Bilbao».

Está orgulloso de lo que ha logrado. Satisfecho. Y comparte la alegría del acierto. «Cuando descubrí esta lonja, llevaba cerrada doce años. Estaba en muy mal estado. Abandonada, te diría. Mis amigos opinaban que era imposible arreglarla, que iba a perder muchísimo dinero con las reformas, que no valía la pena. Pero yo había trabajado en la construcción, así que me decidí a dar el paso. Cogí la lonja y empecé a arreglarla yo mismo. Me costó mucho esfuerzo, claro, pero aquí está, como nueva. Tengo hasta las fotos del antes y el después», relata entusiasmado.

En el gimnasio se enseñan varias técnicas de lucha, aunque hay algunas que sólo pueden transmitirse a través de la palabra. Por ejemplo, la que ha traído a Jair y su familia hasta aquí. «No fue fácil -recuerda-. «Me marché de Río de Janeiro en 2006 y mi primer destino fue Portugal. Lo elegí porque había demanda de trabajo y tenía la ventaja del idioma. Vine con un amigo que, nada más llegar, me dejó tirado en el Aeropuerto de Lisboa. Imagínate la sensación… Yo había dejado en Brasil a mi mujer y a mis hijos, que eran muy pequeñitos, porque estaba convencido de que eso iba a ser positivo».

Lejos de desanimarse, Jair espabiló rápido y empezó a buscarse la vida. Así supo que «en Pamplona necesitaban mucha gente para la construcción» y, sin pensárselo dos veces, viajó a Navarra. «Trabajé en la obra y empecé a dar clases de jiu jitsu en un gimnasio. Las cosas iban bien, así que volví a Brasil para hacer los papeles, tener todo en regla y traer a mi familia», explica. La espera en su país tardó un año. En ese tiempo, cambió el director del gimnasio, y el nuevo ya no tenía interés. Sin embargo, «me llamaron en 2008 para volver. Y volví… pero me encontré con la crisis. Las obras estaban paradas, sobraba gente…».

Volver a empezar

En ese momento, un amigo de Jair le comentó que en Bizkaia sí había demanda de profesores de jiu jitsu. «Vine aquí y empecé poco a poco. Trabajaba en un bar, recogía los vasos. Y luego daba clases en distintos gimnasios: Ortuella, Santutxu, Santurtzi…». Su periplo y su esfuerzo dieron frutos allí, en Santurtzi. «El dueño del gimnasio, Luis Prado, me ofreció un contrato de trabajo, me hizo todos los papeles. Y lo menciono con nombre y apellido porque le estoy muy agradecido. Es una persona estupenda que se portó muy bien conmigo», subraya.

Jair estaba «cómodo y a gusto», pero quería montar una escuela específica de su disciplina. Con los ahorros que tenía, abrió un primer gimnasio en San Inazio que, a los pocos meses, se le quedó pequeño. «Entonces fue cuando di el paso para coger esta otra lonja y reformarla», explica. «La verdad es que estoy muy contento. Mi familia ya está conmigo, mi mujer ha podido mantener su trabajo en Brasil, ya que es analista de soporte, se dedica al mundo del software y puede trabajar a distancia», añade.

También destaca que «Bilbao es un lugar estupendo para las familias con hijos pequeños. Quizá los jóvenes prefieran otra cosa, pero para nosotros resulta ideal. Hay muchas opciones de ocio y muchas iniciativas para los peques. Valoro la tranquilidad, la seguridad y la educación. Mis hijos van a la escuela pública y estamos encantados. Lo más divertido es que entre ellos hablan en euskera y yo no me entero de nada», confiesa entre risas.

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