307 | Radu

Con casi 14.500 personas, la comunidad rumana es una de las más numerosas en Euskadi, según reflejan las cifras del Instituto Nacional de Estadística. Pero también es una de las que soporta los estereotipos más negativos de cuantos existen en materia de inmigración, pues los rumanos, como colectivo, cargan con varios prejuicios. Antes se piensa en delincuencia que en trabajo y difícilmente se les asocia con la elevada preparación académica que muchos de ellos poseen. «No se habla de las miles de personas honradas que trabajan aquí y que se han integrado en esta sociedad, sino de las pocas que hacen las cosas mal», resume Radu Ursu, el arcipreste rumano ortodoxo de Vitoria.

Joven, trabajador y padre de familia, Radu encaja en ese perfil del que menos se habla: en su país estudió Teología y Derecho y aquí está haciendo un doctorado, en la Universidad de Navarra. «He presentado la mitad de la tesis, me queda la otra mitad… Por suerte, mi mujer me ayuda muchísimo», subraya. Su esposa, Daniela, compagina su trabajo como intérprete de rumano ante las instituciones públicas con las horas que pasa junto a él delante del ordenador. Licenciada en Matemáticas, con un máster en Estadística y ex profesora de la Universidad de Transilvania, ella también forma parte de ese perfil invisible.

«Daniela ha trabajado en distintos sitios, no solo como traductora», dice él, que además de dedicarse al sacerdocio, a sus estudios y a su familia, ha tenido diversos empleos aquí. «Yo trabajé en la fundición, en una empresa de limpieza y fui conductor de una compañía de mensajería. Ese empleo era particularmente duro porque, durante muchos meses, fui y vine a diario entre Vitoria y Madrid. Conducía por las noches y, cuando llegaba aquí, me ponía con mis labores en la iglesia. Si había algún bautismo, lo oficiaba aunque no hubiera dormido todavía», recuerda.

Y es que Radu ha tenido que buscarse la vida para salir adelante y mantener a su familia. Tuvo que pasar un duro examen para venir hasta aquí, donde ha asumido «grandes responsabilidades». «Me presenté a un examen ante el Patriarcado Ortodoxo de Rumanía. Gracias al resultado, pude elegir cualquier lugar del mundo para viajar como misionero. Viajar así implica que los gastos corren por tu cuenta. Tienes una misión religiosa, sí, pero eres responsable de tu manutención y la de tu familia», detalla Radu. «Escogí Euskadi porque mi hermano vivía en San Sebastián, aunque él acabó regresando a nuestro país poco después de que nosotros llegáramos».

«Un hijo quiere ser ingeniero»

«Me trasladé a Vitoria hace seis años con mi mujer y mis dos hijos, Andrei y Zacarías, que ahora tienen 17 y 12 años, y que se han adaptado muy bien al cambio de país. Los dos estudian en el modelo D y el mayor quiere hacer Ingeniería en Mondragon. Nosotros, como padres, deseamos que puedan tener un trabajo cualificado o que puedan optar a él sin que la procedencia sea un impedimento. Tenemos fe en que las generaciones siguientes vivirán la diversidad con normalidad», sostiene, si bien matiza que ellos, como familia, han sido muy bien recibidos aquí y han contado «con mucha ayuda de la Iglesia Católica».

«La Iglesia nos ha brindado una ayuda inestimable para tener nuestro templo y para desarrollar otras actividades de aprendizaje y cohesión, como el taller de creación de iconos en cristal que imparte el doctor en Bellas Artes Julien Gradinaru a los niños de la comunidad», menciona a modo de ejemplo. En Euskadi hay una presencia destacada de investigadores, músicos y artistas rumanos que forman parte del mundo universitario vasco pero, también, de iniciativas como ésta que cuenta Radu. Talleres que vertebran a la comunidad rumana del País Vasco y sus alrededores.

«El arciprestazgo de Gasteiz abarca un territorio más amplio», explica él, que no solo se mueve en Vitoria, sino que trabaja con las parroquias de Bilbao, San Sebastián, Logroño, Burgos, Calahorra, Pamplona, Santander y Soria. «Voy dos veces al año a cada una, para las celebraciones religiosas. Nos mantenemos en contacto con la comunidad. La mayoría de los hombres trabajan en fábricas y en la construcción, mientras que las mujeres trabajan cuidando niños o como empleadas de hogar. Son personas sencillas que han venido en busca de una vida mejor. Quienes vienen a la iglesia son personas de bien y no andan en cosas raras».

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