297 | Karla

La historia de Karla Rando Peressutti tiene mucho que ver con el amor, pero también con las casualidades: cuando vivía en Argentina, no imaginaba «ni en sueños» que acabaría viviendo en Plentzia. En aquel momento, 2001, el pequeño municipio vizcaíno estaba demasiado lejos de su día a día, de su mapa y de sus planes. «Yo trabajaba en un ‘call center’ y compartía piso con dos amigas en Buenos Aires. En abril de ese año vencía nuestro contrato de alquiler, y una de mis compañeras decidió que quería viajar a Irlanda para estudiar inglés. Al mismo tiempo, mi otra amiga tenía una prima en Milán y yo tenía a mi hermano en Tarragona», explica.

Lejos de vivir aquella situación como un problema, las tres lo entendieron como una oportunidad. «En mi caso particular, yo tenía muchas ganas de viajar, de conocer otros lugares y de visitar a mi hermano, que llevaba años viviendo en Cataluña. Mi trabajo en Argentina no era algo que me retuviera y, aunque salía con un chico, aquello no avanzaba. Necesitaba un cambio», resume Karla, que se planteó aprovechar las circunstancias para pasar unos meses fuera del país. «Sólo un tiempo -subraya-, porque no tenía intención de marcharme definitivamente. Me gustaba mucho mi ciudad».

Viajó primero a Irlanda con su amiga, donde conocieron a un chico vasco que les habló de Euskadi, y quedaron en contacto con él. Siguiendo el plan, Karla se marchó a Tarragona, para reencontrarse con su hermano y, también, con sus sobrinos. «Eso fue lo mejor del viaje, que estuvieran ellos allí, porque la ciudad no me gustó», confiesa. Cuando llegó el verano, el chico que habían conocido en Irlanda les comentó que había dos bares en Plentzia que necesitaban personal para el mes de agosto. «Me pareció una manera genial de poder conocer otro sitio», cuenta Karla, que aceptó.

De su llegada al pueblo, el primer recuerdo que conserva es el viaje en metro. «Miraba el paisaje por la ventana y estaba maravillada. Cuando pasé por Urduliz, con tanto verde y tanta naturaleza, me quedé anonadada -comenta-. Ya el pueblo, Plentzia, me fascinó». De hecho, todavía hoy le fascina. «Es verdad que cuando uno lleva mucho tiempo en un lugar no aprecia tanto sus bondades, pero yo sigo encantada, con el sitio y con su gente, con la belleza y la seguridad, y con el trato honesto y respetuoso. Siempre digo que hace doce años que vivo en una burbuja».

Una razón para quedarse

Pero… ¿qué pasó para que Karla decidiera quedarse? «Pasó Asier», responde ella, dispuesta a contar esa historia. «Tal como estaba previsto, vine en verano para conocer la zona y, al mismo tiempo, trabajar en un bar. Era un local tradicional de pintxos al que iba todo el mundo, incluido él. Por otra parte, en ese momento no había tantos extranjeros como ahora, así que yo era una especie de novedad», relata.

«Al principio sólo nos mirábamos, no hablábamos ni nada más. Después, me saludaba en las fiestas del pueblo. Y, cosas de la vida, yo tenía la impresión que él era extranjero. Por sus facciones y su tono de piel, me parecía argentino, no vasco. Un día salí de fiesta, me lo encontré y me habló. Lo primero que me preguntó, sin decir antes ni ‘hola’, fue’¿Eres colombiana?’ y luego ¿Quieres una cerveza?’. Me encandiló con sus palabras», cuenta Karla, en medio de una carcajada.

Ironías aparte, reconoce que sí le gustó aquel modo tan sencillo y directo de iniciar una conversación. «Acostumbrada al cortejo de los argentinos, con mil halagos y mucho ‘bla bla bla’, me pareció maravilloso que un chico pudiera enfocar las cosas de esa manera tan natural. Además, después de todos estos años encuentro que los vascos son súper respetuosos en general, y con las mujeres en particular. Y son muy, muy compañeros. Por supuesto, hay excepciones, pero si tuviera que elegir un denominador común, sería ese: el del compañerismo y el respeto».

Dos años después de conocerse, Karla y Asier se casaron. Y hace solo cinco meses que tuvieron una niña. «Lo intentamos durante mucho tiempo, nos costó. Incluso habíamos iniciado trámites de adopción», cuenta ella que, durante esos años, regentó una tienda de ropa infantil. «Mira cómo son las cosas que, cuando cerré la tienda, me quedé embarazada… Mi marido y yo habíamos decidido empezar algo nuevo y estábamos ultimando los detalles del negocio que tenemos ahora, una heladería artesanal, cuando supimos lo del embarazo. Hay cosas imprevisibles… En última instancia, las sorpresas son lo que te mantienen vivo».

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