296 | Silvina

Para Silvina Cuffia y su esposo, Claudio, la vida es una suma de experiencias. Se vuelve interesante cuando ofrece cambios y aventura, y «cuando uno se atreve a probarlos». En su caso, no había ninguna razón que les obligara a emigrar de Argentina, excepto que lo desearon. Lo hicieron, literalmente, de gusto. «Vivíamos en Córdoba, hacía poco que nos habíamos casado y trabajábamos los dos como dibujantes publicitarios. Lo teníamos ‘todo’ y, visto desde fuera, no había necesidad alguna de modificarlo -resume ella-. Pero la vida es más que ir de casa al trabajo».

Aquello estaba bien, pero no era suficiente. Y los dos eran conscientes de que, en materia de cambios, hay algunas decisiones que son más fáciles de tomar cuando se tienen veinte años que cuando se tienen cuarenta o sesenta. «Queríamos hacer algo distinto, pero no sabíamos qué… Hasta que un día fue de visita un primo de Claudio que vivía aquí desde hacía muchos años y nos dijo: ‘¿Por qué no van para allá y prueban a ver qué pasa?’». La pregunta les alcanzó para dibujar al País Vasco en su horizonte. Anunciaron que se marchaban y desmontaron el piso en el que vivían. La familia, por supuesto, no lo entendió.

«Mis padres no estaban de acuerdo, como era de esperar. Y entre los amigos hubo de todo. La mayoría estaba en contra, otros nos apoyaron… pero todos, todos, nos preguntaban sorprendidos ‘¿y por qué?, ¿a hacer qué?’». La respuesta siempre era la misma: «A probar, a conocer, a ver cómo son las cosas en otra parte del mundo. Si vamos y nos encanta, fenomenal. Si no nos gusta o nos va mal, ya volveremos o iremos a otra parte», decían. Con esa idea hicieron las maletas -ella, una grande; él, una pequeña, «como las que llevan los niños a la escuela»- y se marcharon, «felices, contentos y llenos de expectativas».

«Vinimos aquí porque el primo de Claudio estaba aquí, pero podríamos haber terminado en Australia o en China», dice Silvina para ilustrar ese abanico de opciones tan amplio, tan desplegado y tan propio de la juventud. «Vivir en otro país es algo maravilloso, enriquecedor, que te abre la cabeza en muchísimos sentidos», reflexiona hoy, doce años después de aquel viaje. «Por supuesto, también tiene sus momentos duros. Hay altibajos. Hay días en los que uno se pregunta ‘qué hice’, o si no es mejor regresar… De hecho, hubo un momento en el que volvimos», desvela.

Expectativas incumplidas

Ocurrió hace siete años. Regresaron a Argentina con proyectos y vivieron allí casi un año… Pero el movimiento no funcionó. «Por un lado, las expectativas que teníamos no se cumplieron; por otro, extrañábamos mucho el País Vasco», reconoce.
Así las cosas, no dudaron en repetir el episodio de 2001, aunque esta vez, además de las maletas, traían a su hija mayor. «Fue diferente… La primera vez nos marchamos solamente porque queríamos. La segunda, además, porque nos convenía».

Eso sí, al emigrar por segunda vez, decidieron tomar distancia mental de su país. «Antes, Argentina condicionaba todas nuestras decisiones, hasta las más simples. Por ejemplo, no comprábamos un coche porque decíamos: ‘¿qué vamos a hacer con él si nos volvemos?’. En esa segunda oportunidad, nos pareció importante y sano asentarnos sin ese condicionante. Y lo conseguimos -confiesa-. Además, el hecho de que tus hijos crezcan, que tengan sus amigos y sus raíces aquí, también te ayuda muchísimo».

Y es que el proceso de adaptación es «complejo. Aunque parezca que es cosa de unos meses, no es así, lleva tiempo. Darte cuenta de que usamos las mismas palabras pero les asignamos diferentes significados, el modo de relacionarte, las costumbres… Todo eso implica un aprendizaje, es lento, te hace madurar mientras consigue que te vuelvas más tenaz, más perseverante y más paciente. Hacer trámites ayuda mucho a esto último», dice entre risas.

Aunque Silvina y Claudio nunca volvieron a trabajar como ilustradores -ella trabaja en una casa de compraventa de oro y él, en un hotel- han encontrado el modo de mantener vivos el talento y la creatividad. «Hace un par de años empezamos un proyecto pequeño, de repostería y decoración de tartas y galletas. Lo hemos bautizado como ‘Dulces ideas Bilbao’, es artesanal, y queremos hacer galletitas pintadas a mano», comenta, llena de entusiasmo. Entonces, ¿ha valido la pena emigrar? «Sí -contesta ella-, es un proceso muy interesante, y siempre les digo a mis sobrinas y mis hijos que hay que viajar, aunque termines volviendo… Tu lugar en el mundo puede estar donde menos te lo esperas».

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