288 | Julián

Julián Despaigne Larduet elige un concepto empresarial para hablar de inmigración. Emplea el análisis DAFO -acrónimo de Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades- para retratar la no siempre sencilla relación laboral entre los extranjeros y los vascos. «Ven en nosotros muchas debilidades. Nuestras fortalezas las perciben como amenazas y, por tanto, no nos dan oportunidades», explica a modo de síntesis. «La inserción laboral, para nosotros, no es fácil. A menudo tenemos que ‘reciclarnos’ para adaptarnos al mercado de trabajo, donde hay pocas ocasiones de sentirse realizado».

La situación que Julián describe es justo la contraria a la que existía en su país hace unos años, donde el escollo no era profesional sino económico. «Había mucha salida laboral, pero estaba mal remunerada. Cuba pasaba por una crisis bastante profunda, mientras que aquí se vivía una época de bonanza», compara. Esa diferencia, sumada al hecho de que en Euskadi conoció a quien hoy es su mujer, favoreció que se quedara pese a no haberlo planificado. Desde entonces han pasado quince años y muchas cosas. No solo se casó, también tuvo aquí a su hijo, encontró opciones para desarrollar su profesión y un proyecto personal para cultivar en esta tierra la música de la suya.

«Llegué en noviembre de 1998 y vine a través de la Asociación Euskadi-Cuba para hacer un máster en Cooperación Social, Paz y Desarrollo en la UPV», especifica, aunque no tarda en hacer una pausa para, papel en mano, «empezar por el principio». Metódico y detallista, se ha apuntado en un folio aquellas cosas que quiere contar. Por ejemplo, que nació en Santiago de Cuba, en la región oriental de la isla, el 7 de abril de 1959, un año trascendental e histórico para su país y buena parte del mundo.

«Hubo muchos cambios sociales en Cuba a partir del 59. Con la revolución se abrieron las puertas de las bibliotecas y se gestó una ocasión única para poder estudiar», dice. Años después, Julián se benefició de esa apertura cuando se trasladó a la capital para estudiar en la Universidad de La Habana. Su formación en Educación Sociocultural le permitió trabajar en diferentes escenarios; todos importantes, ninguno sencillo: «Atendí a niños con discapacidad, hogares incompletos, hospitales psiquiátricos, programas de fomento de la lectura…».

Aquí tuvo experiencias laborales similares. «Fui auxiliar de psiquiatría en San Juan de Dios, en Mondragón, trabajé como monitor de autobús en Uribe Kosta, colaboré con el Aula de Cultura de Getxo, con Euskadi-Cuba y también con Gorabide, una asociación que me gusta mucho por su visión humanística e integradora de la discapacidad», enumera, fiel al listado escrito en el folio. Los años que ha vivido en Euskadi, además de brindarle diferentes espacios laborales, le dieron a Julián la posibilidad de integrarse en la sociedad vasca y, también, mantener vivas sus raíces.

Identidad y cultura

Junto a tres amigos creó el grupo musical Rumbaché, con el que disfruta -y difunde- la rumba cubana. «Lo hacemos por afición y preferencia -explica-. Nuestro objetivo es rescatar un género musical muy ligado a la cultura popular de mi país. En Cuba -prosigue-, todo es música. Hasta los conflictos se resuelven con la letra de una canción. No queremos perder eso. En algún lugar leí que la identidad y la cultura forman parte de la configuración de una persona, y que si te faltan, si no las tienes, no estás completo».

Al hilo de esta reflexión, Julián añade que eso es, precisamente, lo que más le gusta de los vascos. «No te voy a decir ‘me gusta el Arriaga’ o ‘me gusta el Guggenheim’. Lo que de verdad me parece interesante es el arraigo, la identidad, que están muy definidos como pueblo y sociedad», remarca. En paralelo, de su isla echa de menos la risa. «Es lo que más extraño de mi país, la risa permanente, la alegría, el ‘choteo’. Por suerte, he vuelto allí en varias ocasiones».

Julián explica también que, desde fuera, «solo se conoce lo negativo, mientras que el aporte cubano a la transformación social no se dice, se niega». No obstante, también comenta que en estos años ha visto «cambios muy positivos; por ejemplo, una apertura al mundo que era necesaria. Hay que entender que en la vida todo es mutable, todo está en dialéctica. El mundo ha cambiado mucho y casi todas las cosas están en interrelación. En este nuevo marco, Cuba no puede estar aislada».

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