286 | Ana

Existen varias palabras para describir a Ana Villa, pero sólo cinco son fundamentales para construir y relatar esta historia. Activista, colombiana, madre, refugiada y desempleada. «He tenido un transitar muy complicado, y por momentos me lo han puesto más difícil, con trabas por todas partes», dice desde el lugar donde confluyen esos cinco rasgos. Se refiere a las administraciones y la burocracia europea, a la falta de protección y el riesgo de volver a Colombia, a la responsabilidad de estar sola con su hija y a una sociedad que vive de espaldas a la realidad del exilio y la soledad del refugiado.

Soledad de muchos, por cierto. Las migraciones forzadas afectan a 44 millones de personas, según los datos más recientes de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados. La violencia las arroja de su tierra en distintas direcciones para protegerse de las amenazas, la persecución, las torturas, las desapariciones, los genocidios y una larga (y penosa) lista de etcéteras. La mayoría son «desplazadas internas», desarraigadas dentro de sus propios países. El resto -16 millones- suman al desarraigo la no siempre sencilla condición de extranjeras. Ana es una de ellas.

«Pertenezco a una comunidad indígena -relata-. Cuando estaba en la universidad, me opuse junto a varios compañeros a la apropiación de tierras públicas por parte de los latifundistas. Se estaban apoderando de tierras sin documentos y aquella práctica se denunció. Mataron a mucha gente por eso. A nosotros, los estudiantes, nos amenazaron». En ese momento, Ana cursaba el cuarto año de la licenciatura en Educación Física en la Universidad de Antioquía, en Medellín. Y relata que, al haber una amenaza hacia varios de sus estudiantes, se ocupó de sacarlos de allí.

«Buscaron otras universidades fuera de Colombia donde pudiéramos convalidar nuestros estudios y seguir con las carreras. Cada uno fue a un sitio, pero por sus propios medios, porque nadie nos regaló nada. Me mandaron a Valencia. Tuve que pedir un préstamo para venir. Llegué endeudada, con lo que ello supone, y sin mi hija, que tenía cuatro años y quedó al cuidado de mi madre y de mi hermana. Recién cumplió once la pude traer».

Ana vivió en Valencia siete años. Empezó la carrera desde cero, pues las homologaciones no le fueron favorables. Mientras estaba allí, viajó a Colombia. Volvieron a amenazarla y pudo salir «de casualidad». Cambió de ciudad y se radicó en Bruselas, donde vivió un año, ya con su hija. Desde allí contactó con el Colectivo Bachué, la asociación de colombianos refugiados en el País Vasco. «Gracias a ellos, mi hija y yo vivimos ahora en Vitoria. Y gracias a una familia vasca tenemos techo, pues nos han hecho sitio en su casa. Todavía hay quien tiende la mano, afortunadamente. No sé qué habríamos hecho sin ellos», reflexiona.

Un día para pensar

El Colectivo que Ana menciona prepara un encuentro en Donostia para hacer visibles estos casos y reflexionar sobre ellos. Será el 20 de junio -Día Internacional de los Refugiados-, en el Salón del Trono de la Diputación de Guipúzcoa. En paralelo, ella sigue batallando contra las barreras del camino, que no son pocas, pese a que han pasado tantos años. Lo que más le preocupa es la vulnerabilidad.

«Tengo permiso de residencia y trabajo -expone-. He trabajado y cotizado, como mucha gente de aquí que ahora está en el paro, igual que yo. Cobro la prestación de 400 euros, un dinero del que dependemos mi hija y yo, y que nos ‘alcanza’ porque una familia ha tenido la generosidad de recibirnos en su casa. Pues bien; mi hija no tiene documentos de aquí, ni acceso a los servicios sanitarios, pese a ser menor de edad y a que yo soy residente legal. Cuando intento tramitarlos, me dicen que no me los pueden dar a menos que yo esté trabajando, presente un contrato laboral y las nóminas de los últimos seis meses», señala con una mezcla de tristeza y estupefacción. «No lo entiendo».

La situación de Ana se agrava porque regresar a su país no es tan sencillo. «No es seguro volver; y mucho menos hacerlo sin que mi hija tenga una documentación que le permita marcharse de Colombia otra vez conmigo, llegado el caso. Pero tampoco me puedo quedar aquí en estas condiciones, sin darle una estabilidad ni contar con unas mínimas garantías para ella. Las separaciones, la distancia, los cambios de ciudad y de país marcan mucho, hacen mella. Yo soy adulta, mi pequeña no. Es un cuerpo muy pequeño para cargar con tanto peso».

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