284 | Jaime

Han pasado once años desde que Jaime y su esposa se marcharon de Santa Cruz, y cuando miran hacia atrás, sienten que el sacrificio valió la pena, que fue un acierto dejar Bolivia y lanzarse juntos a la aventura. Que sus cuatro hijos tienen hoy más oportunidades que las que tuvieron ellos entonces. «No fue sencillo -reconoce él, mientras comparte su historia-. Pasaron tres años muy duros entre que vinimos nosotros dos y pudimos traer a los niños… Fue una época difícil para toda la familia, tanto en la separación y la distancia, como el reencuentro, ya aquí en Bilbao».

En Santa Cruz, su ciudad, Jaime y Norma tenían trabajo. Cuando estaban recién casados, montaron un restaurante. Con el tiempo, él se dedicó al transporte y ella, a la educación: fue profesora -también secretaria- en una escuela de 1.200 chavales. Poco a poco, llegaron los hijos. La familia creció al tiempo que la capacidad de ahorro disminuía. Y un día tomaron la decisión. «Lo recuerdo perfectamente. Norma me lo dijo sin rodeos: ‘Jaime, me voy’. Nos organizamos, preparamos las cosas y, en quince días, resolvimos todo. Ella vino primero y yo viajé una semana después. Los niños se quedaron con mi suegra».

Eligieron Bilbao casi a ciegas. La única referencia era la tía de una amiga, que vivía aquí. Nada más. «Vinimos sin saber ni conocer nada, directos al País Vasco; como se suele decir, ‘a la aventura’. Ya puedes imaginarte lo difícil que fue abrirse camino y recorrer esos primeros años, lejos de nuestros hijos. Otro momento que nunca voy a olvidar es cuando pude abrazarlos de nuevo… Fue impresionante verlos otra vez, como un cubo de agua fría. Una cosa es hablar por teléfono y que te digan ‘sí, papá, estamos bien, no te preocupes’, y otra cosa muy diferente es mirarlos a los ojos y abrazarlos. Ahí no puedes esconder lo que sientes. Mi hijo grande lloraba como si fuera un niño», recuerda.

Ha llovido bastante desde entonces. El hijo mayor de Jaime y Norma acaba de convertirlos en abuelos. «Tenemos una nieta de cuatro meses y es la alegría de toda la familia», dice él, sin molestarse en disimular que está «encantado». El otro aspecto que le motiva mucho es que ahora todos trabajan juntos y ese proyecto los mantiene unidos. «Durante mucho tiempo yo trabajé en la construcción y en el sector del transporte, mientras mi señora hacía limpiezas. Luego ella consiguió empleo como cocinera». De hecho, llegó a ser jefa de cocina de una conocida cadena de restauración. Hace algo más de un año, decidieron lanzarse por su cuenta.

Restaurante familiar

Norma renunció al empleo que tenía y ahora lleva su propia cocina: la pareja y tres de sus hijos regentan un restaurante de comida boliviana en Bilbao. «Hemos venido a eso, a buscarnos la vida, crecer y progresar», dice Jaime, al tiempo que reconoce lo «duro» que es el sector de la hostelería. «Es sacrificado: trasnochas, madrugas… pero también tiene sus cosas positivas. Trabajamos juntos y, salvo uno de nuestros hijos, que aún es pequeño, los demás estudian y tienen un empleo. En general, yo atiendo las mesas, pero algunas veces, cuando hay mucho movimiento, me paso a la cocina para ayudar a mi mujer», cuenta Jaime, antes de enumerar varios platos.

«Majadito, patasca cruceña, picante de pollo, fricasé…». Para quien gusta de la gastronomía internacional, todo suena tan extraño como apetecible. Más aun si la entrevista tiene lugar a mediodía y el entrevistado describe la elaboración de cada plato al detalle. En el caso de Jaime y Norma, la comida de su tierra no es motivo de nostalgia, está claro, aunque «tampoco hay otros», apunta él, que viajó a Bolivia cinco años después de haber venido, por la muerte de su padre.

«Murió mi padre, luego mi hermana… Fue un periodo muy duro -dice con un nudo en la garganta-. La vida es una cadena; los afectos, tarde o temprano, te dejan. En estos años, ha muerto la mayoría de mi familia. Tus hijos se hacen mayores, se van. Por eso, aunque nunca sabes qué pasará y no puedes decir ‘de este agua no beberé’, no tenemos planes ni intenciones de volver. Queremos disfrutar de la familia que hemos construido. En este momento, solo me queda un hermano allá, pero aquí tengo a mi esposa, mis hijos, mi nieta… y la hipoteca».

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