281 | Marycell

«Sí, mi reina. Ningún problema, corazón. Hasta luego y muchas gracias». Con estas precisas palabras, Marycell Abello finaliza su jornada de trabajo. Son las ocho de la tarde, es momento de cerrar, y la última clienta acaba de salir por la puerta. «Perdona -dice-, ya está. Ahora podemos conversar todo lo que quieras». El día en la tienda ha sido muy largo, pero no le ha arrebatado la buena disposición ni las expresiones de cariño. Y todavía menos la sonrisa. «Mi negocio es atender bien a la gente -explica-. De todos modos, como colombiana que soy, no puedo evitar ser melosa -admite-. Es habitual utilizar palabras de afecto con alguien que acabas de conocer».

Marycell hace esa ‘traducción cultural’ con soltura. Dieciocho años en un país distinto al de uno alcanzan para entender y explicar cómo funcionan las cosas a un lado y otro del mundo. «Hay diferencias, claro. Pero, para ser honesta, debo decir que yo no me siento extranjera ni extraña, aunque no tenga la nacionalidad. Si me preguntas ‘¿de dónde eres?’, te diré que soy de Colombia. Si me preguntas ‘¿dónde te has hecho?’, mi respuesta será que en Bilbao. Yo quiero mucho a esta ciudad, a su gente, su cultura, y aprecio las oportunidades que me han brindado».

Le encanta el País Vasco. Tanto que jamás se ha planteado regresar a su tierra. «Soy un poco rara en ese sentido, supongo. No echo de menos mi país, ni vivo pensando en volver. Colombia es un lugar muy bonito, pero allí no hay término medio: o tienes o no tienes, y a mí me tocó pertenecer al segundo grupo, el de la gente que no tiene nada. Era desesperante. Hubo un momento en que comprendí que eso no iba a cambiar jamás y fue muy duro, porque yo tenía cuatro hijos y estaba sola. Tenía que hacer algo. Si quería salir adelante, no podía quedarme con los brazos cruzados».

El impulso se materializó en un viaje. «La hija de una amiga vivía aquí y me animó a venir. Me ayudó con el billete de avión y los trámites. Yo dejé a los niños al cuidado de mi madre, hice la maleta y emigré… Como a muchos, me empujó el hambre y la necesidad. Llegué a Madrid en febrero, en pleno invierno, y sentí frío. Vine a Euskadi… Entonces, tenía 27 años y era una cría ignorante que no sabía ni dónde estaba parada, pero llevaba cuatro hijos a cuestas», reconoce. Un motivo más que suficiente para armarse de valor y plantarse sola al otro lado del mundo.

«Soy muy ‘curranta’ -subraya-. El trabajo no me da miedo y había venido a buscarlo. Empecé lavando platos en un restaurante. Cuidé niños, limpié casas… Pero, sobre todo, seguí aprendiendo del mundo de la hostelería», relata Marycell, que no olvida su primer año aquí. «Fue duro, por supuesto, pero no tanto como se suele pensar. Puedes echar mucho de menos a tus niños, pero no puedes hundirte. Cuando los has dejado en una situación económica desfavorable, te sacrificas. Y cuando empiezas a enviar dinero para que estén mejor, coman y se vistan, la decisión te duele menos».

Con todo, tardó muy poco en traerlos. «Al año, ya estaban aquí, y un tiempo después pude traer a mi madre». Su proximidad desplazó la añoranza, aunque aumentó el desafío. «Sacar adelante a cuatro hijos tú sola es muy difícil en cualquier parte del mundo. La diferencia es que aquí no es imposible. De los dieciocho años que llevo en Bilbao, catorce los he pasado trabajando exclusivamente para eso. Yo no tengo propiedades en Colombia, no tengo bienes y puede que nunca los tenga. Pero ahora, que mis hijos ya son grandes, independientes y hasta me han hecho abuela, los miro y siento un gran orgullo. Esa ha sido mi principal conquista», remarca.

El tiempo también le dio a Marycell algunas recompensas y alegrías. Aquí conoció a su actual marido -«un gran compañero, vasco, que gusta de la comida colombiana y hasta sabe cocinar sancocho»- y pudo cambiar de rumbo, de la hostelería a la moda. «El mundo de la hostelería es muy bonito, pero muy sacrificado. Tuvimos un bar en Derio, pero llegó un punto en que era agotador. Yo soñaba con tener una tienda de ropa, trabajar en algo donde pudiera mantener las uñas largas», ilustra entre risas.
Lo logró hace tres años y se siente muy feliz. «Es un comercio pequeño de ropa colombiana. Disfruto con mi trabajo y, además, como casi todas mis clientas son de América Latina, puedo mantener ese lazo. La crisis nos golpea como a todos los comerciantes, pero seguimos adelante y eso es lo que importa. Hay que apostar por lo que quieres y trabajártelo».

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