270 | Viktor

Viktor Daniel Cartagena Chiuacama -así se presenta, orgulloso de este segundo apellido andino- está acostumbrado a hablar. A hablar y a que le escuchen, puesto que en su vida laboral describe muchas situaciones, responde a cientos de preguntas y comparte aquello que ve. «Solo transmito lo que las cartas me cuentan», dice este peruano, de Lima, que se dedica desde hace años a la parapsicología y la lectura del tarot. En su consulta, recompone cada día infinidad de historias. La diferencia es que, esta vez, no se centra en las de los demás, sino en la propia.

«Es la primera vez que alguien me entrevista para un diario», confiesa Viktor, que llegó al País Vasco en 2008. «Vine de vacaciones, a visitar a unos primos, y me quedé maravillado con el lugar. Me gustó el paisaje, el trato de la gente, la amabilidad, la organización… Cuando recibí una oferta de trabajo en firme para cuidar a un señor mayor, no lo dudé. Acepté e hice los trámites para poder quedarme», resume, aunque esos «trámites» incluyeron regresar a Perú, llevar en la maleta su contrato de trabajo y armarse de paciencia para esperar un año.

«Los pasos administrativos que debes dar para venir con todo en regla son lentos -explica-. Pero a mí no me importó. Yo sabía que volvería. Hacía años que tenía claro que viviría lejos de mi país y de América». De hecho, Viktor se marchó de Perú cuando tenía 18 años. «Cuando acabé el instituto, tuve que decidir dónde continuaría estudiando. Era una época difícil en mi país, Fujimori estaba en el poder, la situación política y social era inestable, había terrorismo y las universidades no eran entonces el lugar más seguro del mundo», apostilla. Tras discutirlo con su madre, decidió que lo mejor era partir.

«Mi idea original era estudiar en Buenos Aires. Pero, antes de llegar allí, pasé por Santa Cruz, en Bolivia, donde vivía mi padre, y acabé quedándome con él. Allí inicié la carrera de Psicología y descubrí la parapsicología y el tarot». Sin embargo, fue mucho antes, en su país, donde Viktor sintió curiosidad por los fenómenos «difíciles de explicar».

«Cuando tenía 13 años sufrí un accidente de tráfico -relata-. Iba en un coche con un amigo y con su padre, y tuvimos un choque frontal. El accidente me provocó una conmoción cerebral y estuve nueve semanas en coma, hospitalizado. El asunto es que, durante ese tiempo, tuve algunas experiencias que me marcaron y que siempre me causaron intriga. Veía gente que no había visto nunca, estaba en lugares nuevos y desconocidos, y me veía a mí mismo en la cama del hospital, y a mi madre junto a mí. Aunque después me recuperé y retomé mi vida, jamás pude olvidarme de aquello».

Cabos sueltos

El viaje a Bolivia y su incursión en la parapsicología le permitió retomar ese cabo suelto y, con el tiempo, dedicarse a ello de manera profesional. Si bien Viktor ha tenido diversos trabajos -incluso aquí, en Euskadi-, siempre se hizo un hueco para profundizar en esta rama que, como dice, le apasiona. «En la actualidad trabajo en un gabinete astrológico y me dedico a ayudar a los demás», explica, sabedor del escepticismo que provoca en algunos. «Una cosa son los programas de la televisión, que han llevado esto a un plano totalmente comercial, y otra muy diferente son las entrevistas personales, en un ambiente relajado y tranquilo, donde la persona puede sentirse cómoda y tú con ella. El intercambio personal es completamente distinto», matiza.

Viktor también explica que, a raíz de la crisis, el tipo de preocupaciones ha cambiado. «Las personas están muy agobiadas por la falta de trabajo, las deudas, las hipotecas y los problemas de pareja que derivan de toda esta situación. Los matrimonios que se rompen, y los juicios y los desacuerdos por los bienes materiales y los hijos están a la orden del día», lamenta, aunque intenta infundir cierto optimismo. «Yo siempre le pido a la gente que tenga paciencia, coraje, fe y fuerza de voluntad. En la vida, todo son ciclos. También esto es un ciclo, y va a cambiar».

«Mi trabajo -continúa- consiste en contar lo que veo. Y lo cuento todo, aunque no siempre sea fácil o agradable de escuchar. No le doy órdenes a la gente, no le digo qué debe hacer. Tan solo intento ponerme en el lugar del otro y ofrecerle mi consejo, que luego puede seguir o no. Todos tenemos problemas en la vida, la diferencia está en cómo los enfocamos para poder resolverlos».

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